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Full text of "La Revolución de enero: apuntes para una crónica"

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LA REVOLUCION DE ENERO 

(APUNTES PARA UNA CTIONICA) 




















A mis compañeros de la División 
Cerro Largo, en el recuerdo con¬ 
movido de Enrique Goicoechea, Se- 
gundo Muniz, Luis J. Gino, Basi¬ 
lio Pereira y Marcos Hieres, muer¬ 
tos en el servicio de la República. 

El autor 








4 









NUESTRO PROPOSITO 


Un día se ha de escribir el proceso íntimo de esta 
hora de angustias que sufre el Uruguay, desde que 
una mano ruda desgarró los ceñidos velos de los sue- 
floH inocentes que treinta años de paz habían creado en 
la conciencia del país. 

Del rigor científico con que se estudien las causas 
do los fenómenos políticos que culminaron en el movi- 
inionto revolucionario de Enero, surgirá la total justi- 
fh'ación del mismo, no en su plano moral, que eso lo es- 
lA, por su esencia, sino en el de su necesidad, empuján- 
dotioH a la acción. 

Tentados estamos nosotros de hacerlo en este ins- 
lanlo; tan nítidas son las líneas que componen el pai¬ 
saje social de nuestra tierra, merced a la violencia con 
que la Dictadura ha polarizado los intereses y borra- 
(¡0, con su cruda luz, las medias tintas y los matices 
con que ciertos espíritus mutilados de timidez preten¬ 
dieron apagar ante la conciencia del pueblo, los rojos 
y negros violentos con que matan y mueren los ex¬ 
plotadores y los explotados. 

Tero el pensamiento tiene sus alas encadenadas en¬ 
tro nosotros y la verdad se ahoga y muere entre las 
tupidas redes de una ley de imprenta que un Ministro 
de Instrucción Pública redactó, para su vergüenza. 

Por otra parte, si ese proceso escribiéramos, no ha¬ 
rto iiioh más que agregar una página más a la historia 
du la decadencia de este siglo que, como todas, mués- 



tra su agonía con el encumbramiento de un Mussoli- 
ni en Europa y de todos los tiranuelos —de una lega¬ 
lidad más o menos hipócrita— que padece la América 
del Sur. 

En la actitud de un escritor, han de ser escritas es¬ 
tas páginas. Y para adoptarla, fuerza es que aparte¬ 
mos de ellas la imagen de Gabriel Terra y quienes le 
sirven. 

^ Porque este ejemplar de nuestra historia política y 
social, ni siquiere ofrécese al espíritu con esa oculta 
simpatía con que el autor tienta a su objeto, ya no 
por sus valores morales —que no es fin indispensa¬ 
ble de quien crea o escribe—, pero sí por lo que el ob¬ 
jeto tiene de calor humano y, por lo mismo, estético. 

Cierto es —y ya se ha dicho— que si Sarmiento pu¬ 
so su mano cargada de odio en el primer instante del 
comienzo del bosquejo magnífico de la figura de Fa¬ 
cundo, terminó la noble tarea, con ella ablandada de 
simpatía por la fuerza virgen y avasalladora, como un 
torrente despeñado de la montaña, de aquella figura 
tan americana. 

Es que sin esa simpatía —aún producida por antí¬ 
tesis— que se establece entre el creador y su obje¬ 
to, por más que muchas veces aquel la ignora, la obra 
de arte vuélvese imposible. 

Encendida curva de vida encerrada en ella, la frente 
del creador como la augusta curva del vientre mater¬ 
no, siente que sólo el amor despierta al misterio dor¬ 
mido en ella, y le conduce y conforma, hasta tenerlo, 
vivo, entre las manos calentadas de ternura, para sol¬ 
tarlo luego a andar por la claridad del mundo. 

¿Pero cómo sentir esa simpatía estética, por ese des¬ 
file de mediocridades sin relieve, en el que hasta la 
tragedia que han provocado, parece una cosa pegadiza 
y sin sentido? 

Apuntes, y no otra cosa, serán estas páginas de La 
Campaña Libertadora de 1935.—Visión objetiva de los 


— 7 — 


hombres y los sucesos que hemos conocido en las can- 
«ndas marchas y en la media voz de los fogones de los 
campamentos. 

Tal nuestro propósito, determinado por las circuns¬ 
tancias al volver nuestra vista hacia aquellas cercanas 
horas de la Revolución, desde esta del destierro en que 
cHcribimos. 

Se aviva en nosotros una vieja imagen de la infan¬ 
cia. Acaso traída hasta la frente, por la visión de esta 
pared en la cual están luchando la clara luz y las re¬ 
cortadas sombras de la tarde; reloj que fué nuestro, 
cuando en los días escolares se iba nuestro pensamien¬ 
to por el silencio extendido de las calles y los cerca¬ 
dos, (lue perfumaban las madreselvas y sombreaban los 
jiarralcs. 

Sobre la pared de la sala escolar, pende un cartón 
en el que se recortan, nítidos, los siete colores del arco- 
iris. Kn 61 está fija nuestra atención, imaginando el 
Inomento en que una mano enérgica lo hace girar so¬ 
bre» su eje; y entonces las franjas que quietas, perma¬ 
necen recortadas, sin comunicarse, comienzan a mover 
NU color y a expandirse en una recíproca simpatía, unas 
sobro las otras, hasta perder los límites propios y for- 
iiiiis y, con la luz de todos, componer la blanca luz de 
los días. 

Así están el paisaje y los hechos ante el espíritu que 
Ion contempla desinteresadamente. Recortadas sus for- 
iiiiih; nítido el color, la sierra, el llano, el cielo y el 
iiionlc; están ante nuestros ojos que ven entre ellos 
iiuívcrsc a los hombres; sucederse sus hechos; como in- 
fllfcrcntcs los unos de los otros. 

Nunca es más claro el contorno, ni más viva la luz 
ijuc los señala en el paisaje, que cuando los contempla 
el arlista, él también, indiferente y alejado de las co- 

NllN, 

Mas como el cartón coloreado, si una emoción enér- 
gl(*a pone en movimiento los planos más hondos de 


nuestra conciencia, vemos, revelarse ante nosotros una 
luz inédita, armonía del mundo, que se extiende y en¬ 
vuelve a los hombres y el paisaje. 

Muévense entonces, cerro, bosque, cielo y río; y vie¬ 
nen a encontrarse y recrearse en nuestro espíritu con 
sonidos sinfónicos. La simpatía de nuestra emoción 
anímalos de tal vida, que ya no sabemos más donde 
nació la luz que los une y comunica; si estaba en nos¬ 
otros, o de los cielos y los campos nos vino. 

Y creemos que no aquella quieta, y dispersa imagen 
que del paisaje conocieron nuestros ojos físicos, es la 
realidad; sino ésta que nuestra emoción une y confor¬ 
ma; idéntica a sí misma en el hecho del hombre, la 
curva de los días y la claridad de los ríos. 

Sólo entonces el artista está en el mundo, y éste en 
aquél; porque sólo entonces percibe a los hechos de la 
vida moverse con el ritmo imperturbable de la eterni¬ 
dad de los tiempos. 

Realidad de realidades, desde la que ascienden los 
sueños del hombre, desde que comenzó su día inacaba¬ 
ble de sufrimiento; o descendida de esos sueños, por 
ellos creada, para expresar su anhelo tenaz de una jus¬ 
ticia permanente. 

Así, sabemos que un día hemos de narrar esta lu¬ 
cha contra los grandes asesinos del mundo, de los que 
los gobernantes actuales del Uruguay no son más que 
instrumentos. 

Por ahora, sólo trazamos estos apuntes de sentido 
autobiográfico, pues es también nuestro fin entregar a 
las manos del crítico de la sociedad de nuestro tiempo, 
un vivo documento más, de la conciencia de un hom¬ 
bre americano. 


^ Brasil, 1935. 


Justino Zavala Muniz 




CAPH'ULO I 


LA PARTIDA 


— Está linda la tierra. 

— Ahora sí; casi azul en los surcos abiertos entre los 
maíces tan verdes. 

— ¡Pensamiento... Alegría... Bienvenido...! 

Más alta que nuestras voces en la ancha puerta del 
comedor, llega hasta los patios la voz de Rufino en la 
chacra, donde él es, encorvado bajo el peso del sol, una 
línea clara que avanza tras la mancha roja de sus bue¬ 
yes, bajo el arco negro y musical de los pájaros que se 
abaten en el suelo abundoso de los surcos. 

Horas van ya que el sol secó los húmedos cantos en la 
garganta de los gallos. Sólo las cigarras, infatigables, 
rayan el cristal del silencio. 

Tranquila paz de los campos, en la que el hombre tra¬ 
baja con premura lenta bajo la luz quemante del sol de 
Enero; esforzándose por cortar la tierra húmeda, antea 
do que vuelvan los días de seca y hagan imposible toda 
labor. 

— Debía vender las naranjas. 

— ¡Tú crees? — pregunta la madre. 

— ¿Qué sabe uno lo que puede pasar antes del fin de 
verano? ^ 

— Vendrá la revolución? 

— Desde que Terra traicionó al país, cualquier día 
puede asomar en estos campos. 



•- 10 — 


—¡ Treinta años de paz, y ahora...! 

—El la interrumpe con su deslealtad. En el espíritu 
del país, que vivía en el júbilo de sus pacíficas luchas, 
fiestas populares de nuestras esperanzas de justicia, se 
ha acostado ahora el desengaño. 

—¿Y el ejército? ¿No sentirá que hace treinta años 
que el pueblo mantiene su existencia de ocio, porque en 
su juramento de lealtad a la T^ey, descansaba la alegría 
del trabajo? Con tal que les paguen sus altos sueldos, 
¿será lo mismo para los militares recibir el dinero de 
manos del pueblo que lo produce, que de las de un 
Dictador que lo expolia? 

—¿Quién lo sabe? En él hay mentalidades jóvenes, 
poseídas de las ideas de su tiempo. Estos son los gran¬ 
des momentos para un carácter verdadero. 

—¡ Pensamiento... Bienvenida... Alegría... suurco, 
buey! 

La voz de Rufino se alza en la chacra y llega hasta 
los patios, refrescándose en la ternura de los álamos. 

—Por el camino de su casa viene un jinete. ¿Será 
policía ? Míralo: ya lo esconden los fresnos. 

—No parece..., así, al galope... 

—^Ya tus árboles interrumpen el camino, mirado des¬ 
de aquí. Toda la historia familiar, hablándome en las 
alturas, con la copa de los árboles: Allá, los dos ombúes 
de la estancia; desde su sombra, tu abuelo vigilaba la 
vida del pago. Estos naranjos, que el amor de tu padre 
levantó, mirándolos perfumarse de azahares refres¬ 
caba su alma, que duros desengaños no lograron que¬ 
brar. Cuando volví este verano, al subir el cerro de la 
estancia antes que al monte de esta casa, vi en la 
cuchilla al tuyo; recta línea obscura asomándose al ca¬ 
mino. Pronto descansaré, mirando la llanura extendida, 
bajo los árboles que tu hijito cuidó. 

—¡Ojalá en su nieto se interrumpa la tristeza cono¬ 
cida por sus mayores, de ver a los hombres levantar la 
guerra en defensa de una libertad que les roban. 



-11 ^ 


—Así sea. Pero, si es preciso, que haga él también el 
camino de Vds., que no nazcan de nosotros, los que no 
oigan esa voz que conocí de niña, en la casa de mi pa¬ 
dre. .. ¿Estuvieron los policías, anoche, en tu casa? 

—Yo no los sentí. 

—Vendrán hoy, entonces. 

La hermana llega y se sienta entre nosotros, y el 
mate da el ritmo de la conversación. 

—Se oye el motor ele unfuutomóvil. ¿De dónde ven¬ 
drá? 

—¿Dónde tienes el caballo? — pregunta la madre. 

—Ensillado, oculto bajo los ombúes que miran al río. 

—¿Por qué no montas? —aconseja, inquieta, la her¬ 
mana. 

—No es preciso; en un auto solo, no vendrán. 

—Sí; es seguro. Dos veces ya estuvieron aquí, y eran 
como una gran cuadrilla de bandoleros. Revisaron las 
ciiNas, el monte, el bañado. Inquietos y groseros, ni la 
intimidad de nuestros cuartos dejaron de hollar. 

—Así se vive ahora. 

—Ellos mismos se avergüenzan de lo que están ha¬ 
ciendo. Por lo menos, lo dicen. 

—Vergüenza que es de Terra, y no la siente. 

—Si fuera capaz de sentir la de estos hechos, antes ^ 

Me lia!)rfa muerto de ella, cuando la sangre de Brum y 
do Oraucrt, le salpicaron la vida. 

— I Pensamiento... Arbolito...! — suena la voz del 
labrador, mientras los bueyes avanzan apagando entre 
el vc’rdo fresco de los maíces las encendidas llamas de ^ 

Hwn lomos rojos bajo el sol. Ya corre por la avenida som- 
F lironda do euoaliptus, hasta detenerse al principio del ■ 

patio, el auto cuyos ecos las naranjas repiten. H 

—¿Vas a ir tü mismo? | 

—Sí; conozco al viajero. — Decimos, ya alejándonos | 

liada oí amigo que se ha bajado junto a una palma. ^ 

Todavía nos alcanza la pregunta de la madre: t 

—¿Es Exequiel? 


i 











— El estará en los montes, según creo. Vendrán de su 
parte. 

Así era. Dos años de afanosos trabajos, tolerando la 
grosera insolencia con que los agentes de la dictadura 
quitaban toda tranquilidad al espíritu; en Cerro Largo, 
en Montevideo. Dos años en los que nos sorprendieron 
los más amargos conflictos, sin poder detenernos en 
ellos para sondear su grandeza, porque la atención toda, 
puesta la teníamos en acercar esta hora que por fin ha 
llegado, imprevista en ese día, en el chasque veloz, en el 
diálogo breve: 

Su impaciente alegría no necesitó detenido comenta¬ 
rio; ni extensa explicación: 

—Vengo de parte del hombre; ya está en el monte. 
Es preciso que el domingo a la noche nos levantemos. 

—¿Ya el domingo? ¿No combiarán de nuevo de acti¬ 
tud, y otra vez tendremos que esperar? 

— Imposible, no podrán hacerlo; les faltaría el tiempo. 

—iPor fin! ¿Que otra cosa ordena? 

— Para Vd., nada más. Vd. sabe su marcha y la hora. 
Sólo le pide que trate de llegar la mañana del lunes, 
y que no se deje sentir hasta la noche del domingo. 

Se hizo un silencio. 

— ¿Qué día es hoy? — preguntamos. 

— Viernes, pues. 

—¡Viernes!... ¿Y es este domingo? 

—Sí. — Y nuestro amigo bromeó. — Ya estamos con 
el pie en el estribo. 

— Dos días, apenas. No nos será posible avisar a to¬ 
dos. Descorazonados, tiempo hacía que no hablábamos a 
nadie.. . Y ahora, así, tan de pronto. Exequial lo habrá 
pensado... 

— Todo está previsto. 

Nos pusimos de pie; las manos se estrecharon con una 
amistad más cordial. La misma esperanza ponía idén¬ 
tica alegría en la mirada de arabos. 

Bajo la bóveda de los naranjos resonaba ya el motor 

















— 13 — 


aquel auto que aun debía correr por los campos de 
(Vrro Largo llevando las órdenes, cuando volvimos jun^ 
tn u la madre y la hermana. 

—Bueno, ya está. 

—¿Era un chasque de Exequiel? 

—Del mismo; la revolución está ahí. 

—¿Ya?— Y en los ojos familiares, aquel anuncio tan 
enpcrado, puso una mirada de asombro.—¿La guerra?... 

Bromeamos para alejar de los rostros amados, aque¬ 
lla detenida preocupación: 

—Estos chasques en auto, no conoció Ud., madre, en 
la vieja estancia del caudillo. Bien ve, cómo nos vamos 
elviliznndo; hasta la guerra será menos incómoda. 

La dura vida de los campos del país llenando con sus 
vlaiones de guerra los patios familiares desde su infan- 
ela, Im quitado de los ojos de nuestra madre, las lágri- 
MiiiH inútiles en los momentos definitivos. El deber que 
iioN pone en sus brazos y en los de la hermana trémula, 
en el instante de la despedida, exige de ellas, como de 
nosotros, que enmudezcan las palabras de queja. En es¬ 
ta ley moral nació, y nos crió; no ha de traicionarla 
ahora, por más congoja que esté levantándose en su 
alma. 

Toco después avanzábamos por los campos sobre los 
que tantas veces extendimos nuestra imaginación, pre- 
fnnliendo evocar el momento en que nuestros paisanos 

f oi l<IoR, iban coronando las mismas cuchillas que suben 
lauta la estancia donde él caudillo los esperaba ya, 
ron la divisa en el sombrero. 

ICn los patios llenos de sol de nuestra pequeña casa, 
la alrvionta iba, con afanoso andar, poniendo orden en 
biN roMas; en la ladera, alzábase y caía la luz de la aza¬ 
da roii que Vicente iba abriendo ruedas oscuras al pié 
( 1(1 loa aromos. 

lh’H(lo el bañado, venía el canto de un carrero. 

Tor entre el verdor de los álamos, vimos las manchas 




— 14 — 


rojas deí los bueyes que la voz de Rufino alentaba, vol¬ 
viendo al corral de la casa paterna. 

—¡Alegría... Alegría... Alegríiia... buey! 

En el silencio resonante de la luz de la mañana, las 
palabras del labrador nos alcanzaron en la cuchilla; 
corrieron por la cañada, el monte... 

Y se acallaron. 

¿Por cuánto tiempo? 


I Somos tres ya en el monte. A la sombra de un sauce 

que una yerba de pajarito perfuma y mata, esperamos 
I la noche para marchar. 

Pesa sobre el espíritu la preocupación de poder lle¬ 
gar al campamento revolucionario, tal como es el deber 
que nos hemos impuesto. 

Desde la picada abierta por nosotros sobre el río Ta- 
cuarí, observamos los tres caminos que conducen a 
nuestra casa. Los policías los hacen de continuo, en una 
vigilancia tan torpe como tenaz. Empeñados en redu- 
; cirnos a la inacción cuando el traidor que los manda en 

I Cerro Largo se los ordene, nos asedian con su grosera 

I’ vigilancia, impidiendo todo reposo al espíritu, que no 

I. logra distraerse en ningún largo trabajo. No importa 

if. a su temor, el vernos por las mañanas y las tardes, só- 

¡ lo ocupados en el cuidado de los árboles; no importa que 

I vivamos alejados de toda sociedad en el pago, ignoran- 

I tes de lo que está ocurriendo en el país. Saben que go- 

biernan a un pueblo que los odia, y no les da descanso 
su miedo. 

1 En realidad, éramos prisioneros en nuestra propia 

I casa. 

Un día irrumpieron en nuestros patios, armados a 
guerra, fiero el gesto, y nos hicieron abandonar nues¬ 
tra mesa de trabajo, para conducirnos a la cárcel| Otro, 

I recién empezada la mañana, turbaron la paz laboriosa 

de la casa paterna; violentos, armados para un combate 









— 15 — 


que sólo ellos podían imaginar, y revisaron casa, quin¬ 
ta, chacra, bañado y monte; en largas horas nerviosas, 
en busca de un armamento que según ellos teníamos, y 
no hallaron. 

Nuestra tranquilidad era una burla que les azotaba 
el rostro. 

El día de la rebelión, por fin ha llegado. 

¿Los burlaremos hoy? 

Desde la alta cuchilla que interrumpe el paisaje, 
nuestra pequeña casa blanquea al extremo del sende¬ 
ro, verde alfombra que ya recortan los árboles plan¬ 
tados por la mano de nuestro hijo. 

Desde ella nos llega el canto de un gallo. Isabel va 
y viene por el claro de los patios. Su imagen, a cuyos 
movimientos la distancia vuelve lentos, nos trae la emo¬ 
ción de la soledad que se está extendiendo densa, como 
las sombras nacidas en los bosquecitos que nuestra ma¬ 
no elevó. 

Cuando viene la guerra civil, sólos los cobardes y 
los ladrones, buscan refugio en los montes”. 

Así escribimos, en los primeros qños de la mocedad, 
en nuestro primer libro, esta convicción que es hoy di¬ 
visa de nuestro deber. 

Ahora han vuelto a nuestra memoria, esas palabras 
que resumen nuestra más alta preocupación del instan¬ 
te. Porque en ellas creemos, sentimos que ya no podre¬ 
mos volver a construir nuestros sueños entre aquellas 
blancas paredes que la tarde ilumina, si no es vencedo¬ 
res o vencidos. 

Aún bastaría un galope del Charrúa, que está allí 
bajo los árboles; inquieto por el murmullo de la brisa 
en el monte; como tantas veces, como aquella, en que 
bajo el mismo sauce esperamos a que la tarde apagara 
la violencia de su luz para que nuestro pensamiento re¬ 
creara con las suyas las viejas imágenes idas de nues¬ 
tro campo; como entonces, un breve galope nos volve- 







— 16 — 


ría a la mesa donde evocamos para el romance, una vi¬ 
da campesina que creíamos para siempre perdida. 

Todo igual a entonces y, sin embargo, tan distinto. 
Desde el monte a la casa, se abre para nosotros el abis¬ 
mo insalvable de la ignominia de dejarnos apresar, y 
faltar a la cita que nuestro deber nos señala. 

Llegó la hora de las definitivas resoluciones. 

A nuestro lado, el labrador observa el campo cerca¬ 
no ; campo de su trabajo humilde, terminado en los ano¬ 
checeres en la tranquila rueda familiar, donde su hija, 
chingolito de los patios, halla siempre unos brazos 
abiertos por colmada porción de ternura. 

Junto a la playa del corral, lo esperan, pacientes, sus 
bueyes, mientras miran los planos de fresca verdura de 
las cañadas, donde pace el ganado. 

En los patios de la casa, se eleva la voz de la esposa. 
Los dos estamos pensando que la distancia ahoga a la 
de su hijita que estará allí, bajo la palma recta de am¬ 
plias hojas como una mano abierta señalando los cielos, 
a la espera de su regreso; igual a todas las tardes como 
ésta, en que él volvía, lento, arreando la música inge¬ 
nua de la majada. 

¿Chiántos como él, estarán ahora desunciendo los bue¬ 
yes ,ahogado el surco en los rastrojos, y vendrán luego 
con breves palabras a asombrar las miradas de la es¬ 
posa y los hijos, viéndoles así interrumpir el trabajo y 
montar a caballo, mientras siguen los chasques co¬ 
rriendo por los campos, de Cerro Largo? 

A nuestro lado, Vicente recrea ante nuestros ojos, 
el romántico entusiasmo que de los antiguos guerreros 
oímos mentar en los fogones. Pasión de mocedad espo¬ 
lea a su ánimo por rebelarse contra aquel que engañó 
a su partido y buscó humillar a sus hombres. 

Su mirada atenta describe, en espaciados movimien¬ 
tos, el círculo del pago cercano, mientras su voz firme 
va, con la mención de las imágenes que descubre, expre¬ 
sando la confiada paz del contorno: 










— 17 — 


— Allá va el barbero... Aquellos carreros van a mar- 
rlmr cuando se haga la nochecita; dejaron apagar el 
Isabel arrea los terneros; ¡cómo dispara el 
tiiiiiichado; le extraña el vestido!... Bueno el rosillo 
fie don Tomás! Bien podía prestármelo ahora. 

Uufino i)regunta: 

— ¿Quién silba en el monte? 

— Ks José que viene a enseñarle la picada a don Se- 
fcruiulu. 

1^)8 altos pajonales se abrieron al paso del nuevo ji- 
hclo (|ue esperábamos. Fuerte el busto; graves las lí- 
iiruM del rostro, que la mirada clara dulcificaba; lenta 
la voz, Segundo Muniz se ha sentado junto a nosotros. 

Hijo del caudillo, el pago todo recordaba en él la hon- 
rnílcz de álma, el valor impávido, la noble amistad y 
cuforzado tesón en el trabajo, que los viejos paisanos 
do hañado de Medina admiraron en Justino Muniz. 

-Te llamamos para avisarte: El domingo nos levan- 
liit'cmos. 

• -Oracias; ya lo sabía. Yo estoy pronto. ¿Cuándo se 
van de aquí? 

—lista noche. 

lil diálogo se extendió, con acento indiferente, sobre 
Ion rá¡)idos preparativos para la marcha de los que ha¬ 
brían de quedar en el pago, hasta la noche del domingo. 
l*or debajo de las palabras y las resoluciones, todo gi¬ 
raba ya en torno del punto invisible y trágico de la 
nnierto. 

-Uecién es viernes... 

Un fino ha expresado la idea que nos impacienta a to¬ 
llos, Hh preciso que durante estos dos días que aún fal¬ 
lan, nada denuncie nuestra actitud; de otro modo, tras- 
lornarínmos los planes de Exequiel Silveira. Sólo la as- 
hicla y el ánimo decidido, podrán burlar el cerco poli¬ 
cial y abrirnos los caminos. 

¡Que podamos llegar; sólo eso pido ahora! 
llegaremos. Cuando un hombre quiere, en verdad. 



ir a la guerra, siempre le queda un camino. Que lo bus¬ 
que, y lo encontrará. 

—¿Y el tiempo? Los chasques sorprenderán a mu¬ 
chos. 

—Los que quieren ir, no esperan a los chasques. Pa¬ 
ra cumplir el deber nunca pasó el momento. 

—¿No les parece que algunos se quedarán, descreí¬ 
dos? —pregunta Segundo—. Tantas veces se ha anun¬ 
ciado. .. 

—Pero no como ahora. Además, nunca cree que ha 
llegado la hora del sacrificio, aquel que le huye. El que 
la espera, es más fuerte que todo desengaño, y su es¬ 
fuerzo la acerca. 

—¿Seremos muchos? ¿Qué hará Montevideo? ¿Y el 
ejército? 

—Cómo saberlo? Treinta años hace que vivíamos en 
paz. Sólo podemos estar seguros de que entre los que 
irán, no faltaremos nosotros; por ahora es lo único que 
importa. 

—Tal vez se queden muchos, si no ven a una parte 
del ejército al lado nuestro. 

—Esos no irán nunca. No es de los hechos de esos hom¬ 
bres, que se nutre la historia de los pueblos en sus gran¬ 
des momentos. 

—No falta quien diga que será un sacrificio estéril 
de los hombres del campo. 

—Sólo la cobardía y el egoísmo son estériles. Aunque 
seamos vencidos ahora, si nuestra causa es la verdad 
del pueblo, nuestro sacrificio precipitará la victoria de 
mañana. En todo caso, sólo nos habremos perdido nos¬ 
otros; pero nuestra pérdida será la llamita que el país 
necesita para conocer su interés, y luchar por él. 

—¿Y si cae Terra, terminará todo? 

—¿Ustedes creen que basta eso? 

Pué una, la respuesta de los tres trabajadores; 

—No daríamos, sólo por eso, nuestras vidas. 

—Juntos lucharemos por una justicia máa cierta. 



— 19 — 



' —Pero; ¿y si se quiere parar ahí todo? 

—Terra ha sido un hecho con que la historia nos ha 
enseñado a muchos; ya no podremos jamás, confiar en 
l)alabras inocentes. Quien no sepa ver esto, será tam- 
ínán vencido. 

Así, mientras el mate iba de una a otra mano, bajo 
la sombra ya extendida del sauce, el diálogo asomaba 
a los labios las curvas más altas del pensamiento que 
nos ocupaba entonces. 

Segundo montó para marcharse. 

—Conseguirás salir el domingo sin que te adviertan? 

—Los dejaré durmiendo, a la hora de siesta—con¬ 
testó, con una bondadosa sonrisa en los labios y en los 
ojos. 

Comenzó a caer la tardecita. 

La brisa sobre el pajonal; los viajeros pasando por el 
alto camino; la voz de las majadas; las sombras de los 
nmbúcs en la casa paterna, parecían moverse con la 
misma lentitud con que iban acercándose los horizontes. 

Y hasta las palabras que se venían diciendo dos ji¬ 
netes sobre las ondulaciones del sendero del bañado, 
nos llegaban lentas, graves, como la voz de la tarde. 

—Ensille, Vicente. 

Cuando los caballos pisaron el campo abierto, la ale¬ 
gría del Charrúa sacudió al silencio de su querencia, 
en un relincho. 

Y montamos. 

—Aquellos que vienen por el bañado son policías. 
Traen este rumbo. 

Era preciso esperar. No podrían buscar la picada en 
(|ue estábamos, sólo de nosotros conocida. Era probable 
que buscasen el abrigo del monte para esperar allí a 
que cerrase la noche y entonces, como de costumbre, 
rodear nuestra casa. Era su táctica conocida. 

Las dos pequeñas sombras recortándose sobre el rojo 
del horizonte, tenían sujetas nuestras miradas, mientras 
de las amplias preocupaciones por la suerte del país, el 






— éo — 


peusamiento volvió, como un pájaro amigo, a posarse 
sobre los seres y las cosas del paisaje familiar. 

Como los cielos que nos circundaban; rojo y azul a 
izquierda y derecha, así el estado de espíritu mirando 
las calladas formas de nuestra casa. Insinuándose por 
debajo de nuestra firme resolución de marchar, la voz 
de aquellas imágenes que el atardecer dulcificaba, ha¬ 
blándonos con apagado reproche: ¡tanta esperanza;' 
tantos sueños y dolor entre ellas sufridos, ahora así 
abandonados, sin un gesto cordial!... 

Frente al rojo encendido de la alegría de un esperado 
deber que comienza a cumplirse, los vagos contornos 
azules de una emoción que nos viene de las formas por 
nosotros levantadas, como un pensamiento por siempre 
expresado, entre las formas del campo. 

Anochecer del paisaje con lenta luz que no quiere 
apagarse, lejana, mientras se enciende, sola y clara en 
el cielo desolado, la limpia luz del lucero. 

Anochecer del espíritu, donde se desgarra, lenta, una 
luz que fué de alegres días y queda, solo y alto, el lu¬ 
cero del recuerdo del hijo distante. 

Un fogón se encendió en la casa paterna. Y su luz 
fué como una palabra lanzada en el bosque de las som¬ 
bras levantadas, a la que contestaron, una luz en nues¬ 
tra casa; otra más allá; más lejos otra aún; sucedidos 
ecos del tranquilo descanso del hombre en la rueda 
apretada del mate, que la extendida noche intimida. 

—No se sienten los hombres que entraron al monte. 

—Estarán ahí no más. Cruzaremos en la otra picada. 
Ya está bien oscuro; ¿vamos? 

—Cuando quiera. 

—A caballo, entonces. Será preciso no hablar, ni fu¬ 
mar, mientras costeamos el río. 

Al sentir el cuerpo de Vicente, el Charrúa alza el ar¬ 
queado cuello y aspira con impaciencia la brisa que es¬ 
tá llenando de ligeras vocecitas las bóvedas de los ár¬ 
boles. El mozo siente el influjo de la audacia ágil con 






ál — 



í|ue el noble caballo lo lleva, abriendo surcos oscuroá 
entre los pajonales. 

— La taba está en el aire... — dice, apagando la voz. 

— Que ruede, o se clave, como quiera... 

El monte quedó atrás; alta línea oscura cercando la 
llanura del bañado por donde avanzamos rumbo a Gua- 
zú-Nambí. Con sonidos de maderas quebradas, los ca- 
raguatás se inclinan bajo el pecho de nuestros caballos, 
o se agarran a nuestro poncho de verano, amenazando 
desgarrarlo. 

Arriba, la noche se va enjoyando; abajo, van apa¬ 
gándose las luces de los hombres. 

— Esta caldera del diablo, va marcando con su sonido 
nuestra marcha. ¿La dejaré? 

— Si no puede arreglarla, tírela. 

— Hace rato que quiero hacerlo, pero no puedo. La 
dejaré aquí; bien señalado el lugar. Quién sabe no re¬ 
greso y vuelvo a tomar mate con ella. 

Un chajá lanzó su grito de alerta al silencio. Y su voz 
íué la ultima con que nos despidió el pago. 

El bañado continuó desarrollando su plana en- 
Monibrecida ante el trote sostenido de nuestros caballos. 
Ahí por largo tiempo fuimos despertando su sueño; 
unas veces en la sombra de seda de una garza volando 
«obre las lagunas iluminadas de estrellas; otras, en el 
apagado rumor con que los ganados huían de los trozos 
del campo limpio, a esconderse en los pajonales que íba¬ 
mos dejando a la espalda. Más lejos, en las voces me¬ 
drosas con que las ovejas se llamaban sobre el piso so¬ 
noro del rodeo, donde el aire se tornaba acre y cal¬ 
deado. 

llreves frases interrumpen el largo silencio que guar¬ 
damos, mientras los caballos se impacientan por acom- 
paNar a un mismo trote la marcha, que a cada instante 
Interrumpen perdidas lagunas, los duros caraguatás, o 
mujas que se abren, imprevistas, entre los pajonales. 

En la extensión abierta que cruzamos, el mismo rum- 






— 22 — 


bo nos une; y es como el pensamiento unánime, expre¬ 
sado en alta voz. 

A veces se deja concretar en palabras la sensación 
que nos viene acompañando, posada como un pájaro, en 
la frente: 

—La llanura es como el agua. Mirada, siempre pa¬ 
rece corta; es preciso andarla, para medirla. 

En la palma de la mano, abovedada de propósito, se 
ahogaba la pequeña luceeita de nuestro cigarro. 

Una colina, por fin. 

Suena, con ecos musicales que el monte multiplica, 
un alambrado al caer. 

—¿Cruzamos el camino? 

—E.s preferible el campo abierto. 

—¿Dará paso esta zanja?... Más a la izquierda, que 
aquí va el alambre de una chacra... Todavía tienen luz 
en aquella casa... ¿Te acordás, al lado de estas cina- 
cinas hay una apretada... Sí, llevamos un rumbo 
recto... 

Así va el comentario, jalonando las leguas en el cam¬ 
po perdido en la oscura noche. 

El ladrido de unos perros respondió a los ecos de 
nuestros caballos sobre la senda endurecida del camino. 

Una luz se abre en las sombras de unos ranchos, mien¬ 
tras, cordial y apagado, nos acoge el saludo que nos 
invita a bajar. 

Estamos en casa de un viejo compañero. Encaneció 
en el trabajo, después que las guerras conocieron su au¬ 
daz mocedad. Ahora tiene la palabra cansada entre los 
labios sonrientes. 

Dos hijos suyos seguirán con nosotros. El pago sabe 
del valor del anciano, pareja de su honradez en la men¬ 
ción de todos, que revive en sus hijos. 

La luz de la lámpara se quiebra y multiplica en los 
vasos de cerveza, colmados para nuestro obsequio y des¬ 
pedida; en los rostros humildes de la madre y sus hi¬ 
jos, que se han sentado en círculo distante de la mesa 




. — 23 — 

que ocupamos, en atento silencio bajo la palabra de los 
hombres; y se aviva en el rojo pañuelo que uno de los 
hijos se anudó al cuello, como su primer gesto de re¬ 
beldía. 

La palabra es alegre, en los hombres. La certidumbre 
ílo que el cerco de la vigilancia policial ha sido bur- 
lado por nosotros, se vuelve broma fácil en todos. 

—El segundo comisario está en la máquina —dice don 
hVnncisco. 

—¿Aquí cerca? 

—Sí, muy cerquita. Están trillando ahí no más. 

— lo mejor, nos sale. 

—No me gusta. . .—Y una sonrisa de burla, comenta 
la frase. 

—El hombre es vivo y porfiado. 

—Ya se ve. Les van pasando por el hocico, y siguen 
dormidos. 

— Al mejor cazador se le va la liebre. 

—Es que algunos de éstos, en ciertos lugares, pier¬ 
den la vista de noche. 

—I Quién iba a decirnos — comenta el anciano — an¬ 
tea, HU abuelo... Y los viejos tiempos que el padre 
eoMo<*ió y evoca en breves frases, atan a sus labios 
laa miradas del hijo menor, un muchacho apenas, que 
«iividia a sus hermanos esta hora de partir. 

Hólo en el rostro de las mujeres, la despedida tiene 
la emoción del fin que nos mueve. Sobre la pared sus 
«ombrns exageran la humildad de los cuerpos curvados 
liaidn nosotros. 

•-Y yo que creí que la guerra ya sólo quedaba como 
IMI miento de viejos.. . 

'Perra lo ha querido así. 

-.Toro él se queda, tranquilo, en la ciudad. 

(’arncülean impacientes los caballos bajo la enrama¬ 
da, iibroviando los abrazos entre las palabras de la des- 
liadlda. 

-^Vnn con usted, señor. 



Así suelta de sus brazos la madre a los fuertes mo¬ 
zos que se curvan sobre su frente para dejar en ella la 
emoción callada de la partida. 

El hilo de luz del rancho, dando sobre el cuello blan¬ 
co de nuestro caballo, es como un saludo extendido de 
aquellas sombras que se han quedado en el patio, ima¬ 
ginando nuestra marcha, aún borrosa por el claro del 
camino. 

—¿Quién lleva el rumbo—pregunta el mayor de los 
mozos. 

—Tómelo usted, que es baqueano — respondemos. 

El se detuvo un instante; evocó los accidentes del pa¬ 
go; trazó el rumbo y, por su línea invisible, avivó el 
trote decidido de su caballo. 

Por el campo abierto, lo seguíamos de cerca, unidos 
a él por palabras joviales. 

—Allí está la trilladora. Que le echen galgos—, co¬ 
mentó, riéndose. 

Los caballos nos llevaban, ágiles, a través de los lla¬ 
nos, las laderas, los sucios chircales. 

De pronto, las líneas de los alambrados detenían 
nuestro paso. * 

Sin premura, el baqueano sacudía los postes cerca¬ 
nos; a su derecha, a su izquierda, hasta encontrar la 
huella buscada. 

. — Es aquí—, decía, apeándose. Otro le imitaba. 

Bajo el peso de los cuerpos, el alambre se estremecía 
hasta acostarse en el suelo. 

Los caballos olfateaban, ariscos, las sonoras líneas 
tendidas delante de sus cascos, hasta aventurarse sobre 
ellas,- cautelosos. 

Y otra vez el sonido de las siete cuerdas, como un la¬ 
tigazo al silencio, y nosotros marchando, campo ade¬ 
lante. 

La Cruz del Sur, como una divisa de luz, brillaba 
sobre la frente de la noche. 




28 - 


Así íbamos por las huellas escondidas de los contra¬ 
bandistas, que el baqueano señalaba en voz alta. 

Nos detuvimos en un bajo que oscurecía un monte- 
cito de álamos. 

Ladraron los perros de la casa cercana, al sentir el 
latigazo del alambre al caer. Se abrió una puerta des¬ 
de la que surgió una luz. 

— ^Nos han sentido—, comentamos. 

— Es que están esperando a los hombres de la casa. 

La luz fué descubriendo, lenta, las blancas paredes, 
de un extremo al otro; se detuvo un instante, y volvió, 
con igual lentitud, al extremo donde había surgido. 

En el silencio del bañado, aquella luz rondando con 
lenta gravedad la casa callada, tenía la emoción miste¬ 
riosa de los relatos oídos en nuestra infancia. 

— ¿Qué hacen?—preguntamos en voz baja. 

— Creen que somos los viajeros a quienes hoy espe¬ 
ran del Brasil. 

— ¿Y por qué'así se pasea? 

— Es seña de que pueden llegar; no hay ningún pe¬ 
ligro. 

— ¿Son contrabandistas? 

— Sí; son trabajadores. 

Ya subíamos la loma próxima, dejando a nuestra es¬ 
palda la casa, cuando nos volvimos para mirar; deteni¬ 
da bajo un eucaliptus, a cuyo tronco daba contornos 
fantásticos, la luz estaba quieta, como expresando la 
sorpresa de quien la sostenía, ante el alejarse ensorde¬ 
cido de nuestra marcha. 

— ¿No sorprenderán a los vecinos, estas apretadas? 

—Venimos cumpliendo la ley del pago: No cortamos 
nliígún alambre; seguimos las huellas de los trabaja¬ 
dores, y volvemos a ocultarlas. Nos tomarán por una 
partida de ellos y nadie hablará. — Comenzamos a subir 
liüeia las sierras de Guazú-Nambí. 

líl trote de nuestros caballos tiene sonoridades me- 
Irtlicas que las hondonadas repiten; o se apaga, muelle, 





26 — 


en los bordes de las cañadas que el instinto de nues¬ 
tros animales va salvando. 

Al coronar una cumbre, vemos resplandecer en el ho¬ 
rizonte, la luz de Meló. 

Más a la izquierda, lejos, nuestra memoria sitúa la 
cuchilla en donde está, empequeñecida bajo el peso de 
las sombras, la casita blanca que abandonamos al ano¬ 
checer. Se olvida en la mano la rienda del caballo; no 
miramos ya la silueta borrosa del baqueano que sigue 
abriendo el camino; ni sentimos la brisa que aletea en 
el poncho de verano. No pensamos en la guerra, el país, 
la posible suerte de éstos que nos acompañan, y de to¬ 
dos aquellos que a estas horas irán, al igual de nosotros, 
buscando los escondidos campamentos, para surgir el 
lunes retando a los defensores mercenarios de la dic¬ 
tadura. 

Una lejana tristeza afloja la mirada tenaz con que 
íbamos descubriendo el seguro camino en la aridez de 
las sierras. 

Esta marcha señala la hora de un inmenso desga¬ 
rramiento, que nos alivia el espíritu. 

Aquella casa que nuestro esfuerzo levantó; ¡tan hu¬ 
milde y, no obstante, amplia para proteger en ella tan¬ 
tos sueños, ahora desvanecidos en la violenta luz de una 
realidad no esperada; los arbolitos creciendo mientras 
las Tres Marías, agujas de luz en la esfera de la noche, 
van, lentas, cayendo con las horas desde lo alto has¬ 
ta el horizonte; el hijo lejano... 

Camino andado, que nunca retomaremos; perdidas 
ya para nosotros las huellas por las cuales llegamos; 
ignoradas, entre sombras, aquéllas por donde avanza¬ 
remos. 

La noche está cayendo sobre nosotros, luminosa de 
estrellas, como río de profundas aguas que dividen para 
siempre la llanura de nuestra vida. 

¿En qué ignorados y lejanos* horizontes se refresca- 





— 27 — 


rán nuestros ojos, con la inocencia de un nuevo ama¬ 
necer? 

Sobre el campo en sombras, en el ágil caballo tordi¬ 
llo, somos una sombra que va dejando a su espalda, al¬ 
go más íntimo y luminoso que las cuchillas del pago. 

Y a estos que ahora nos acompañan, bajo la lejana 
l)áveda iluminada del cielo, ¿los llevará este camino in¬ 
visible, hasta los anchos campos soleados por la alegría 
«Ic ver para ellos realizada una justicia verdadera? 

¿Qué habrá para ellos, más allá de esta noche en cu¬ 
yo rumbo avanza tan seguro, el baqueano? 

Altas sierras; hundidas llanuras; cercos de firmes 
alambres; río; nada detiene su paso ni tuerce el trote 
díícidido de su caballo que la mano firme guía. El sabe 
ver en la noche, a dónde lleva el sendero que su mirada 
descubre. 

I Quién tuviera, como él, la misma seguridad, con¬ 
duciéndolos por los campos ensombrecidos de sus des¬ 
tinos! 

baqueano de sus vidas, ¿cómo tener la certeza del 
rumbo, en el paisaje sin huellas de los días venideros? 

Perdido el pensamiento, íbamos sobre el sonoro suelo 
lie la sierra, sin advertir el cansancio con que el reca¬ 
do comenzaba a lastimar los muslos. 

Así, hasta sentir a la brisa convertida en fresco vien¬ 
to, en las alturas que coronábamos. 

—¿Llegamos a las casas?—preguntó uno. 

—¿No habrá un monte cerca? 

—Hay una isla, perdida entre estas sierras; aparta¬ 
da de toda casa y camino. 

—Allí podremos campar. ¿Conocen al dueño del 
ca mpo? 

—Aunque nos descubriese, bastaría decirle que so¬ 
mos trabajadores. 

Tensa la rienda; abiertas las piernas; erguido el bus¬ 
to, comenzamos a descender por el suelo huidizo, alen¬ 
tando a los caballos que avanzaban medrosos al sentir 



— 28 — 


cómo resbalaban sus cascos sobre las piedras desnu¬ 
das, sucediéndose interminables. 

—ICuidado con el manantial! 

Advirtió el baqueano, cuya sombra vimos sacudirse 
amenazando caer, mientras se quejaba el caballo en el 
esfuerzo por arrancar sus patas de la prisión de tierra 
empapada, donde se hundía hasta el pecho. 

Esforzando la mirada para descubrir entre las chircas 
los traidores manantiales, continuamos andando por el 
cañadón a cuyo extremo se alzaba la sombra densa del 
monte. 

Sonó el quejido seco de un poste, al quebrarse; sobre 
el suelo de alto pastizal, tendióse, vibrando, el alam¬ 
bre. .. 

En las cercanas bóvedas, el grito asombrado de un 
hornero adelantó el amanecer que era, recién, un grave 
resplandor en el horizonte opuesto a aquel en el que 
estaban cayendo las Tres Marías. 

—¿Aquí no más? 

—Sí; aquí mismo. 

Imprecisos rumores comenzaban a andar por el 
campo. 

De las copas de los árboles se desprendían, hojas mu¬ 
sicales, los pájaros que nuestra llegada despertó. 

—¿Madrugamos luego?—preguntó una voz, desde el 
tronco de un coronilla. 

—^Ya el día nos despertará. 

En lo alto, el lucero estaba solo, centinela de la no¬ 
che, guardando el paisaje. 


CAPITULO n 


El Primer Campamento 


liOs palabras llegaban como de una remota distancia; 
imprecisas, aisladas, entre los relinchos de los caballos 
y el sonar metálico de los cerrojos de las armas, cuyos 
ecos se multiplicaban a lo largo de la roca viva que nos 
servía de abrigo. Y el pensamiento, recién salido del 
sueño, se dejaba llevar por ellas, mientras íbamos evo¬ 
cando las visiones de la noche anterior y comenzába¬ 
mos a recordar nuestra llegada al campamento. 

La memoria se poblaba con las dispersas escenas: 
el atardecer en que los cinco compañeros volvimos a 
montar, en aquel montecito donde nos detuvimos el sᬠ
bado, protegidos de la lluvia tenaz, bajo la copa de un 
coronilla; nuestra breve marcha entre las sierras, bajo 
las garúas, descendiendo con peligro de rodar so¬ 
bre las mojadas piedras del corralón; las figuras ilu¬ 
minadas de rojo, y sus perdidos contornos en la densa 
oscuridad de aquella isla hundida de improviso en el 
campo; los nombres conocidos, vueltos a oír al paso de 
los jinetes por el estrecho pasadizo abierto en el cerco 
de piedra que descendía de las alturas próximas y ce¬ 
rraba el campamento. 

Ya entonces la temprana luz pesaba ligeramente so¬ 
bre los párpados, todavía entornados por el sueño; se 
enternecía en las hojas de las arneras; se apagaba en 


— so¬ 


las ramas de los coronillas y, más alta aún, quebrábase 
en las desnudas rocas elevadas sobre la hundida isla. 

Así las voces; pausadas por el mate en un fogón cer¬ 
cano; alegres en el círculo donde sonaban cerrojos de 
armas y se sentían sonar las balas que los hombres iban 
eligiendo y clasificando; silbidos tendidos sobre las in¬ 
quietas cabezas de los caballos; saludos lanzados desde 
lo alto del campo, donde asomaba un jinete, levantan¬ 
do en el campamento sonoras ondas de respuestas jo¬ 
viales. 

Dulce reloj del monte apresado de la Lsla, sonaba 
el canto del sabiá en la húmeda mañana. 

Desde un fogón, nos levanta la invitación cordial: 

—¿Un mate, don? 

Un viejo compañero de humilde voz, pequeña esta¬ 
tura y mirada lenta, es quien nos habla. 

—Creíamos que usted no había venido—bromeamos, 
al tiempo de adelantar por entre las chircas mojadas 
por las garúas de la noche. 

El comprende y sonríe, malicioso: 

—Dudé en dirme con los milicos. Estos meses de cár¬ 
cel, me acostumbraron a estar entre ellos. 

—Podrá encontrarlos de nuevo, Enericio. 

—Estamos de vecinos. De aquí a la siib-comisaría, no 
hay más de quince cuadras. Tal vez vengan a visitar¬ 
nos... Sería un algo completamente de mérito. ¿Un 
amargo, don Emilio? 

Junto a la rueda se ha detenido un hombre joven, 
de menudos rasgos el rostro que avivan los ojos negros. 

—¿Han llegado muchos?,—^le preguntamos. 

—Siguen llegando. De aquí a la tarde, estarán todos. 

—¿Qué tal las armas? 

—Y, yo creo que van a alcanzar. Ahora estaba dis¬ 
tribuyéndoles la munición. La humedad perdió mucha. 

—Parece que los centinelas no han avisado ninguna 
novedad. 

—Todo está tranquilo, 





—¿Porque es domingo? 

—Es verdad; ya no faltan más que unas horas. 

—¿Marchamos en seguida? — Nos preguntó un pai¬ 
sano incorporándose sobre el recado que le servía de 
rnrna. 

—No; esta noche. 

—I Caramba; me recordé creyendo que ya habían en- 
HÍllado y no me daban tiempo pa un mate! 

íY no vamos avanzar a esos milicos? — preguntó 
nuestro cebador. 

—Si se quedan ahí, sí. 

—I Sería una lástima!... 

—Es la orden. No conocemos el plan trazado para 
fodo el país; una alarma antes de la hora fijada... 

—¿El general Basilio ya entró? 

—Muñoz pasará esta noche la frontera. 

Entró al campamento un jinete cuya presencia hizo 
levantar de los fogones a los paisanos. En el círculo 
formado bien pronto en torno de su caballo, se alza¬ 
ron las manos buscando a la suya que estrechaban, 
mientras sonreían los labios del mozo con una lenta 
sonrisa que acentuaba la mirada picaresca de sus ojos 
verdes. 

Era fuerte el busto bajo el poncho patrio levantado 
junto a la cabezada por el caño de la carabina; breves 
Ins palabras espaciadas con que respondía a las pre¬ 
guntas, nerviosas dq. afecto, de los amigos. 

Su nombre fué llevado por todos los labios a lo lar¬ 
go del campamento. 

—Arturo. Llegó Arturo... 

Era el matrero del pago; amigo leal, compañero es 
forzado; de probada valentía sin gestos, ni alardes. 

Desde aquel plano elevado en que nos hallamos, ve¬ 
mos todo el espacio abierto donde el campamento se 
anima, mientras se abre la mañana en las sierras. 

Nuestros ojos recogen la realidad que nos circunda, 
de un modo primario, fragmentada, sin que nuestro re- 






— 32 


cuerdo de las formas totales, la complete. Una recta de 
humo levantándose de aquella piedra; dos botas calza¬ 
das, tendidas sobre un cojinillo; una espalda curvada, 
que las hojas iluminadas de una embira casi a ras del 
suelo, decoran; el vientre de un caballo es un arco in¬ 
vertido, bajo el que se enrojece un trozo de carne ele¬ 
vándose sobre los altos pastos; un rayo de luz sube y 
cae entre las ramas de un coronilla por cuya copa se es¬ 
capan golpes secos. Grita una voz: ¡Junio...; y otras 
más altas, corean: ¡Tenes un tiento?, Esta arma no tira. 

Un silbido eleva un trozo de vidalita por encima del 
lomo de aquel caballo... 

De pronto una idea comienza a subir, imprecisa, y se 
extiende bajo el arco de la frente; como una sombra 
levantada en el horizonte, que envuelve y apaga las 
figuras iluminadas, y sus voces: ¿Qué será de estos 
hombres mañana? ¿Esas armas que ensayan entre ale- 
gres voces, servirán para abrirles el camino de una jus¬ 
ticia que a ellos aproveche, por fin? 

Uno de ellos pasa, y nuestra conciencia recoge y de¬ 
tiene su imagen. Cuatro son, con él, los hijos que la 
madre entrega a la revolución. Sus vestidos tienen la 
huella de la pulcritud amorosa con que las manos ma¬ 
ternas los tendieron sobre la cama, mientras calladas 
lágrimas corrían de sus ojos. Así fué antes; el mismo 
doloroso trabajo mientras bajo los ombúes del patio el 
abuelo iba ensillando su caballo de guerra; así después, 
cuando la partida del padre; así ahora; historiada en 
cicatrices de dolor sobre su corazón, la vida del pago, 
y del país. 

Y este otro, que ahora va cruzando entre los ponchos 
extendidos, lleva en el rostro la misma gravedad con 
que lo vimos sentado al calor de un brasero, en los fríos 
anocheceres del otoño pasado, oyendo sin atender la 
conversación de las dos mujeres de la casa, cuidadosas 
de no alzar las tímidas voces para no turbar el silen¬ 
cio del hombre. Cuidaba entonces con igual amor, el 


r/ilmllo y los árboles. Nunca animó la mirada baio los 
parpados entornados, la expresión de ninguna otra es- 
pinmza. ¿Cuál le mueve ahora? 

Más lejos, Arturo es el principio de un semicírculo 

110 contrabandistas, que hablan, tranquilos. Junio, Pe- 
nigildo, López, Rosalío; cada nombre una pelea; una 
nnicrte; largas noches de matreraje, y la extendida 
Ml(*ncióri del pago. 

Olvidados los surcos; entristecidas las ruedas fami¬ 
liares a la sombra del rancho, donde el mate disimu¬ 
la el silencio con que se está evocando al padre, perdido 

111 la loma próxima, viajando hacia los desconocidos 
oaiiiinos de la guerra. 

— ¿Cuál de ellos retornará? 

V'' éste, de ojos azules; alto; ágil, cuya palabra alegre 
Hi\ lo adelanta recorriendo todos los fogones donde siem¬ 
pre lo acogen las bromas, ¿estará llamado a quedar, 

I tunó viles las nerviosas manos, más azules los ojos por 
i’l cielo que caerá en ellos, impasibles? Sentimos que 
enfonces somos responsables de la suerte de estos hora- 
Im’cs que están, jubilosos, reunidos a la sombra de los 
Ai lM)les, mientras el sol pesa sobre los lomos brillantes 
<lc los caballos. 

— ¿Qué tal compañero, lo mojó la lluvia de anoche? 

Nos gritaba el Mulato, con amplio gesto cordial, al 
Ilempo que se detenía junto a nuestro fogón. 

lira, con Emilio, el otro compañero a quien seguían 
luN hombres allí reunidos. Cuando su llamado llegó a 
hiM casas, los ranchos, los perdidos campamentos de los 
cMiiIrabandistas, nadie dejó de obedecer, espontáneo, 
n la voz de aquel hombre, de cuyas haciendas y 
iMirns todos pudieron siempre disponer. 

Hubio, alto, fornido, el Mulato es la más sorprenden- 
fe contradicción entre su apodo y su figura física. Quien 
le oI>scrva el gesto, donde jamás se nubla la más clara 
alegría, y oye la palabra solícita con que su generosi¬ 
dad acoge a los humildes y perseguidos del pago, piensa 



— 34 ^ 



que sólo su bondad inmutable es la que mantiene a 
su alrededor el ancho círculo de afectos que rodea a 
su casa en la comarca. 

No otra fama se evoca en su presencia. Y, sin em¬ 
bargo, más allá de Tacuarí todavía resuenan en el co¬ 
mentario de los paisanos los ecos de sus hazañas. 

—¿Qué nos dice de los policías? 

—Ahí están, los hombros, amontonándose. 

—¿No nos habrán sentido? 

—^Yo creo que no. Si no vienen de Meló, avisados por • 
alguna alarma allá, por éstos no hay cuidado. 

—Los centinelas dominan los caminos de Meló. 

—¿Entonces, será grande la cosa? 

—Suponemos. Siempre se dijo que la orden sería 
dada con sólo veinticuatro horas de anticipación. Eso 
lo saben todos, desde hace dos años. 

—¿Y Montevideo? 

—No tenemos ninguna noticia directa. 

—¿Vd. cree en el ejército? 

—Las revoluciones debe hacerlas el pueblo. 

—Pero debe haber más de un regimiento con nos¬ 
otros. ¿No halla? 

—Nuestras noticias son ésas. Se nos dice que un ge¬ 
neral y otros jefes de fuerzas militares estaban pron¬ 
tos. 

—¿Cómo se levantará Cerro Largo? 

—Eso es lo que nos preocupa. Estábamos tan desen¬ 
gañados, que hace tiempo que a nadie hablábamos del 
asunto. 

—Sí; a mí me quedarán unos cuantos para atrás. 

—; A la orden, compañero! 

Nos dice con palabra firme un hombre de cabello 
encanecido, resuelta actitud, vestido de chiripá, reco¬ 
gidas las mangas de la camisa, que se ha detenido junto 
a nosotros seguido de tres mozos que empuñan cara¬ 
binas. 


I 




Un la severa arrogancia del gesto, tiene un tenue ma- 
llz (Je inocencia, que nos impresiona. 

—Bueno, ya sabe Don Damián: que no pierdan de 
vlwla los caminos de Meló y la subcomisaría. 

— ¿A pie o a caballo, los centinelas? 

—Con el caballo por la rienda, es mejor. A la som- 
lir/i de cualquier piedra, pueden hacer ocultos el bom- 
la*o. 

— Ta bien. ¡Media vuelta, vamos! 

V" se alejó, seguido de los tres mozos; firme el paso, 
(’rguido el busto, hacia la salida del campamento. 

lín lo alto de la pared de piedra que cerraba el cam¬ 
po, asomaron cinco jinetes. Uno de ellos, alto, magro, 
extendió el brazo señalando nuestro fogón. Al verlos, 
IcH gritó Vicente: 

— ¡Baje, Don Fermín! 

Por unos instantes las altas piedras volvieron a oeul- 
Iarlos; pero después formaron rueda entre nosotros. 

Uran nuestros esperados compañeros de Meló: los 
dns Mujica, Fermín y Jacinto, y Edmundo Pica; con 
ellos llegaron Luis Gino, hombre mozo de reposada bon¬ 
dad en el rostro, y un paisano llamado Felipe Almeida. 

Su presencia animó la charla, que se hizo de pre- 
Ktintas ávidas; de respuestas desviadas por una palabra 
<pie otro deja caer, distraído, en el diálogo; de pensa- 
laicntos cuya expresión no se termina, cortado por el 
comentario del otro que quiere penetrar, por fin, en 
la intimidad del ambiente revolucionario. 

— ¿Cómo anduvo esa salida de Meló? 

— !Muy bien. Esos zonzos no paran a nadie. 

— ¿Conseguirá el comandante Amestoy sacar a los 
xuyos? 

— ¿Vd. cree que en la Jefatura hay hombre para sᬠ
llele al paso? 

— ¿Y E.xequiel?, — preguntó otro. 

—Esta noche marchamos a incorporarnos. 






~ 86 — 


1 


—A nosotros nos sorprendió el aviso; no creimos qne 
fuese tan pronto. 

—La gente de Villanueva Saravia parece que ayer 
no sabía nada. — Comentó Gino. 

—¿Irán?, — le preguntamos. 

—Creo que sí. Por lo pronto, yo ya me vine. 

—Sin el ejercito va a ser difícil. ¿Tendremos armas? 

—^Los que dirigen el movimiento han dispuesto de 
nuestra absoluta confianza, y han trabajado en secreto. 
Veremos para qué. 

—El país está con nosotros. I 

—Pero una cosa es estar contra Terra, y otra ser ; 
capaz de montar a caballo y partir para la revolución. ^ 

—De esos van a haber muchos. 

—Si Montevideo no se levanta, nos echarán encima 
sus ejércitos. 

—Los directores deben haberlo pensado. 

—¡Claro!, es tan sencillo... 

—Nuestro Partido debe estar bien organizado, ¿no? : 

—Será una lástima que fracase Cerro Largo. 

—¿Qué hora es? - 

—Como las tres de la tarde. j 

—Si termina la tarde sin que nos sientan, aquí todo j 
estará salvado. i 

—¿Y los otros departamentos? ¿No los prenderán, 
antes, a los jefes? 

—Suponemos que si son jefes, deben haber pensado 
en eso. ^ ' 

—La cuestión es Montevideo. 

—No; la cuestión es que en todo el país se produzca 
el levantamiento. 

—¿Y Rivera y Tacuarembó? 

—Treinta y Tres está armado, ¿no es así? 

—Bien armado, no hay ningún departamento. Pero 
Treinta y Tres debe tener con qué levantarse. Así es¬ 
tamos nosotros. 

—¿Qué le parece la policía de Cerro Largo? ¿Impe- 




— 37 — 


ílirá esta noche la incorporación de todos nuestros gru- 

JMI8? 

—Esa dispara y se amontona esta noche en las comi- 
nnrías. 

— ¿Los buscaremos? 

— Nuestro interés inmediato es reunir toda la Divi- 
ulón Cerro Largo... 

— Natural. Ellos son los que guardan el orden... — 
Termina uno riendo. 

Se nos acerca un muchachón con rostro de niño. 

— ¿Ya vamos a marchar, compañero? 

— Todavía, no. ¿Por qué? 

— Y... quería ir hasta casa... ¿Sabe? 

— Pregúntele a Emilio o al Mulato. 

El muchacho queda un instante dudando, como si 
nuestra respuesta le hubiera desconcertado. 

El Mulato y Emilio se han sentado, solos, junto a la 
entrada del campamento. El los ve y dirige sus pasos 
liacia el lado opuesto. 

— ¿Ya se habrá arrepentido éste? 

—Tal vez no, 

— Se habrá olvidado de algo. 

— ¿Vamos a agarrar gente? 

— ^¿Antes de salir? 

— Sí, y después. 

— Antes, no. Es preciso salir ya hecha la noche y lle¬ 
gar mañana temprano. No tendremos tiempo que per¬ 
der. 

— ¿Qué distancia calcula de aquí a Aguiar? 

— Según el rumbo que tomemos. 

— ¿No iremos recto? Si rumbeamos dejando Pi’ayle 
Muerto a la izquierda, acortamos camino. 

— Las noches son muy chicas. Y esta tarde, que no 
termina nunca... 

— En cuanto caiga el sol ya se podrá marchar. Po- 
lircraos ir ladereando las sierras; el obscurecer nos en- 
euAitraría con dos leguas andadas. 





— 38 — 


—De aquí al Paso de Aguiar es un tirón largo. 

—¿Qué hora, dijo, que era? 

—Más de las tres. 

—Todavía corremos el riesgo de ser descubiertos. 
Un aviso telefónico, y de Meló a aquí pueden llegar an¬ 
tes de la noche. 

—Sí; estamos muy cerca. ¿No sería bueno cortar el 
teléfono ? 

—Es preciso tener paciencia. Necesitamos hacer todo 
lo posible para no despertar ninguna sospecha ; el éxito 
depende de que la revolución surja de improviso en 
todo el país. Que nuestra impaciencia no vaya a servir 
de pretexto para que otros se queden sin ir. 

La rueda del fogón fué disgregándose, atento cada 
uno a sus deberes. En el campamento continuaba oyén¬ 
dose el ruido de las armas que se limpiaban apresurada¬ 
mente por los recién llegados, mientras dormían a la 
sombra de los árboles los que desde la noche anterior 
ya formaban entre nosotros. 

Edmundo nos acompañaba en nuestra recorrida por 
los fogones donde intentábamos conocer el espíritu de 
todos en esos momentos. Nuestro amigo no había logra¬ 
do aún penetrar íntimamente en los sucesos que se es¬ 
taban desarrollando y esperaba hacerlo en este diálogo 
de confidencias. 

—¿Crees que venceremos? 

—^No podremos saber qué magnitud tendrá este mo¬ 
vimiento. Hace más de un mes que el Comité Nacional 
Batllista no nos comunica el estado de los trabajos en 
todo el país. 

—¿Cuándo llegó la orden a Cerro Largo? 

—El viernes; directamente de Exequiel. 

—¿De modo que en Montevideo han dispuesto de 
tiempo necesario para hacernos llegar cualquier pala¬ 
bra? 

^De allá a nuestra casa se llega en menos de veinte 













— 39 — 


liiirns de viaje en auto. Si hubieran querido comunicarse 
ruii nosotros, pudieron haberlo hecho. 

— ¿A qué obedecerá ese silencio? 

— Será por conservar un secreto que ellos creerán 
nrccsario. 

— Pero nosotros teníamos derecho a que nuestro Par- 
llilo nos comunicase directamente. Nadie podía dudar 
iln nuestra actitud... Aquí estamos. 

—Esa será nuestra mejor respuesta. i Ojalá todos pue- 
ilati darla igual. Nos hemos comprometido con Exe- 
quicl en todo lo que se refiere a Cerro Largo, y cum¬ 
pliremos ese compromiso, sin vacilaciones. De lo demás, 
va hablaremos después. 

— No veo que tengas grandes esperanzas. 

— A No te parece que basta con tener la noción clara 
lie cuál es nuestro deber? Vencedora o vencida, esta re¬ 
volución es necesaria, y se hará. 

—Así es. En cambio, qué franca alegría tienen estos 
compañeros! 

— No es menor la nuestra; aunque nazca de una dra¬ 
mática posición espiritual. Hay una hora para el hom- 
lirc en que el deber, pura y simplemente, constituye un 
placer. 

— En ese fogón no hay ninguno que no sepa lo que ' 
cH enfrentarse a la muerte, luchando contra los poli¬ 
cías. 

—Nos llevan esa gran ventaja. 

— ¿Será una emoción alegre la del valor cuando se 
emplea en la lucha? Oyéndolos hablar a algunos de és- 
loH, parecería que fuese así. 

— No tengo ninguna certidumbre de cómo será. Mu- 
iiiz, se cuenta, entraba alegre, más que a una fiesta, al 
combate, y terminaba enardecido y bravio aun con los 
que le seguían. 

— ¿Será un sentimiento espontáneo? 

— En algunos, tal vez. Pero aquellos a quienes nos 








1 


— 40 — 

' ' falta, confiamos en poder sustituirlo con el sentido de 

I la propia dignidad. 

I —Sin embargo, los nervios podrían traicionarnos. 

Esa sería la injusticia... 

—^Una voluntad ejercitada y despierta, ha de poder 
dominarlos. En las mesas de juego de las pulperías, co¬ 
nocí a un paisano que asombraba a todos por la imper¬ 
turbable serenidad con que perdía, durante toda la no- 
; I che. Mientras otros se impacientaban hasta el insulto, 

contra las cartas o la suerte, él continuaba impávido, 
como si tuviese la segura certidumbre de su triunfo fi- j 
I nal. Cuando la suerte se acercaba a sus manos, igual < 

indiferencia. Nadie le oyó nunca una queja, ni una ex¬ 
presión de irreprimible contento. Y se jugaba, todas las < 
noches, el pan diario de su casa. 

; I Sorprendidos ante aquella admirable voluntad, le < 

¡ I preguntamos, una vez en qué había perdido, sin levan¬ 

tar un poco más que de costumbre sus párpados entor- j 
' y nados, todo el dinero que puso delante suyo al sentarse: 

n ' ' ¡ ¿En qué consiste que usted no sufra la emoción de la 

pérdida, durante el juego? — Y nos contestó, con la 
V I misma indiferencia con que colocaba sobre las cartas 

' su dinero, que el tallador recogía, invariablemente. ] 

’' —Es que, cuando me siento, lo doy todo por perdi- j 

do. Ese es el sencillo secreto por el cual, después, ya i 
nada me duele. i 

^ ‘ ¿No podría ser ésta, acaso, la explicación íntima del I 

valor de muchos hombres? i 

I , —En todo caso, podría ser para nosotros, una lección - 

ejemplar para estos días. ^ 

i —Pues bien; que talle ahora el Destino, como quiera, 

i Sobre la carpeta está todo cuanto tenemos. i Ojalá nos 

sorprenda la carta de la buena o mala suerte, con el 
I gesto impasible del jugador! 

—¿Qué le parece, si vamos haciendo ensillar? 

—Como quiera, Ferreyra — contestamos a la pregun¬ 
ta del Mulato. 


I 








— 41 — 


Robre el espacio abierto del campamento, los paisa¬ 
nos volvieron a sus caballos, a los que iban enfrenando 
o conduciendo hasta las fogones junto a los cuales re¬ 
cogían los recados, que sirvieron de cama para la siesta. 

De pronto resonó, por encima de las voces con que 
los jinetes aquietaban la impaciencia de sus caballos, 
la voz de un centinela desde lo alto: 

— ¡ El avión! 

y sus palabras levantaron altos ecos entre las copas 
lie los chalchales y en los labios de los hombres. 

— IViene un avión!... ¡Escondan todo! ¡Que nadie 
se asome! 

Sobre la nerviosidad de unos, las bromas jactanciosas 
lie otros, la indiferencia de los que continuaban sorbien- 
ilo el mate, se repitieron las palabras enérgicas. 

En los senos de la sierra resonaba el zumbido lejano 
«cercándose velozmente hacia nosotros, mientras allí, en 
el hundido campamento, hombres y caballos desapare¬ 
cían bajo las frondosas copas de los árboles. 

— ¿De quién son esos cojinillos blancos que están ahí? 

— Míos, don; ya voy a recogerlos — contestó una voz. 

Uno preguntó: 

— ¿Le tiramos? 

— Tengan prontas las armas, pero esperen la orden. 
iQue nadie tire antes! 

Por los caminos silenciosos del cielo, sentíamos avan- 
rnr el zumbido jadeante cuyos ecos recogían y multi¬ 
plicaban las altas rocas que escondían al campamento. 

— ¡Apaguen esos fogones, pues! 

— ^Ya empiezan a amolar estos bichos—dijo una voz 
detrás nuestro. 

Parecía temblar el cielo y el campo; la isla era una 
«onora campana invertida, sobre la que caían los golpes 
ilcl motor avanzando. Piafaban los caballos, intentando 
librarse de la sujeción de los cabestros bajo los árboles, 
y huir al campo abierto. 

Buscando un claro de cielo, las miradas de los hom- 



42 


bres se alargaban por entre los ramajes, esperando ver 
pasar al pájaro fantástico que adelantaba hacia noso¬ 
tros. brillando el sol en sus alas. 

—¡Se nos viene encima!...—gritó la nerviosidad de 
un centinela. ' 

—¡ Quietos! 

En el extendido silencio del cielo,; sobre el atento 
silencio del campo, apareció, cortando el azul clarísimo 
como una reja luminosa cavando un surco gris, el se¬ 
reno vuelo del avión, por encima <je los cerros de Gua- 
zú-Nambí. 

Las manos firmes de los hombres dominaban la in¬ 
quietud de los caballos, mientras la curiosidad dejaba 
en suspenso a las palabras y agudizaba las miradas ha¬ 
cia la altura. 

Ya volaba sobre nuestras cabezas cuando de pronto, 
galopante sobre el caballo embravecido por la espuela; 
en alto el brazo que la carabina alargaba; echado hacia 
atrás el sombrero; firme la mirada pue'‘ta en el avión; 
desafiante el gesto del rostro envejecido, irrumpió un 
jinete en el claro del campamento. 

Sin contestar a las voces que le llamaban; pareciendo 
sólo el seguro sobre el instante de emoción que lo ro¬ 
deaba, guió el galope hacia la salida del campo cercado, 
trazando una paralela con la línea altísima que el avión 
iba extendiendo sobre nosotros. 

—I Adónde va, viejo? ¡Hemos dicho que se escondan 
todos! 

Pretendió sofrenar su galope, una voz de enojo. 

—Pues... ¡voy a descubrirlo, capitán!...—contestó, 
asombrado y severo, el jinete. 

Más altas que los ecos del motor ya alejándose, re¬ 
sonaron a la espalda del guerrero inocente, las burlo¬ 
nas carcajadas. 

—/.Nos habrá visto? — fue la pregunta que todos se 
dijeron, mientras volvían al inquieto apronte para la 
marcha. 





f 


— 43 


La tarde comenzó a caer. 

Alargadas sombras tendieron las altas paredes en las 
ropas de los árboles; junto a los caballos ya ensilla¬ 
dos; sobre las chircas blancas que la brisa empezaba 
n mover. 

Kn el cielo turbado por el paso del avión, ahora se 
nliondaba un alto silencio envolviendo los contornos 
nr.iiles de las sierras lejanas. 

I Enrojecíase el camino bajando de Guazú-Nambí, a 
• cuya vera blanqueaba la pulpería entre los sombríos 
iMiraliptus. 

La tarde pareció acercar la masa enorme del Cerro 
Uirgo, cuyas quebradas eran chorros violetas descendi¬ 
dos desde el lomo gris, suavizado de cielo. 

Junto al centinela que vigilaba el camino de la sub- 
j comisaría, veíamos adelantar entre ligeras nubecillas de 
I polvo que perdían a las patas de los caballos, a un gru¬ 
po de jinetes entre los cuales, de pronto, se avivaba un 
rayo de sol en la vaina de un sable. 

I Iban lentos, dispersos, por el camino descubierto. En 
la sonoridad de la hora, un grito nuestro los alcanzaría. 

I Se hundieron en una curva de la altura. Reaparecie- 
I ron más allá, casi perdidas las siluetas, pasando de- 
I lante de los eucaliptus. Donde el camino se dobla hacia 
la isla de nuestro campamento, el sol iluminó la cabeza 
' blanca de uno de sus caballos. 

¡ La claridad del cielo pareció dividir el grupo, re¬ 
cortando en luz los contornos oscuros de las figuras, 
cuando pasaron frente a la escuela. 

Y lentos, empequeñecidos, fueron entrando en la 
nombra que un monte acostaba sobre el camino. 

I Y se perdieron. 

' —Van tranquilos — comentó el centinela. 

—Por fin anochece — respondimos. 

—¿Ya marchamos? 

—Sí; recoja la guardia. 

En la cañada van surgiendo los jinetes nuestros, que. 

1 



se hablan con lentas voces; como si no quisieran turbar 
el silencio recogido que en el seno de las sierras va 
acostando la hora. 

El Mulato y Emilio nos esperan, apartados de todos, 
para convenir la marcha. 

Ellos conocen el rumbo; calculan la distancia y las 
posibilidades de encontrar alguna partida policial a la 
que combatir para afirmar la alegre disposición de es¬ 
píritu de nuestros compañeros. 

Si tomamos rumbo a Bañado de Medina para cruzar 
el Tacuarí en el Paso de los Carros, y de allí a Lagu¬ 
na del Negro, la distancia se acorta. Si tomamos hacia 
el Quebrachal, tendremos más de veinte leguas por de¬ 
lante. Será entonces preciso trotar sin descanso, si pre¬ 
tendemos llegar a Aguiar cuando empiece la mañana. 

En ese rumbo sería posible sorprender a algunos po¬ 
licías si ya hubiesen sentido a la gente de Exequiel. Por 
otra parte, recogeremos a algunos compañeros a quienes 
se les ha enviado chasque. 

De pié, los dos baqueanos extienden su sombra sobre 
nosotros, mientras ellos explican, certeros, cada trecho 
del viaje. 

Iremos por sus huellas de contrabandistas, evitando 
los pasos sobre los caminos. 

Vicente se ha acercado trayéndonos a Clarín. Un 
año ya, que no veíamos a este noble caballo nuestro. 

—Se vé que estaba en manos amigas—decimos al Mu¬ 
lato, aludiendo a la bella fortaleza que ostenta el alazán 
de blanca frente. 

—Se lo cuidé para ésta — contestó aquél bromeando. 

Un último rayo de la tarde, se hacía luz sobre el anca 
dorada como un campo de trigo. 

Nervioso entre tantos caballos, temblaron sus rojas 
narices, de viril impaciencia; bajo el pelo brillante, se 
avivaron las venas, como ríos; alzada la cabeza, su re¬ 
lincho anunció que allí estaba ,él sólo, poderoso y feliz. 




CAPITUIO III 


EN MARCHA 


—¿Montamos? 

—Cuando quiera. 

Ya sobre el caballo, pedimos. 

—Un favor de amigos: los batllistas que vamos aquí, 
<|Uisiéramos ser los primeros en tirar a los enemigos 
i|nc se puedan encontrar esta noche. Es seguro que si 
II algunos hallamos, ésos serán terristas, traidores a 
nuestro Partido. ¿Tienen ustedes los blancos, algún in¬ 
conveniente en ello? 

—Pues sí, ¿cómo no? Pero si llegamos a encontrarnos 
con herreristas, traidores nuestros, seremos nosotros los 
primeros. 

—Muy bien; muchas gracias. Ocuparemos, entonces, 
la vanguardia. 

—De acuerdo. 

Y-a está el lucero encendido, cuando por el cañadón 
comienzan a extenderse las voces de los jinetes que se 
hablan alegres, invitándose para formar juntos en la 
misma columna. 

No hay divisas en los sombreros; ni las románticas 
lanzas de los guerreros de antes; ni aquella china de 
chiripá y golilla tendida en la espalda, que vimos pasar 
confundida con las figuras desgarradas de los hombres, 
una lluviosa mañana de 1904, por las calles de Meló; 
ni sables en cuya empuñadura de nácar resbale, tierna. 




— 46 — 


la luz de la tarde. Ni guitarra, promesa de extendida 
emoción en los venideros campamentos. 

Apenas encuentra la brisa, la breve bandera de los 
ponchos de verano, para agitar sobre las inquietas an¬ 
cas de los caballos. 

Alineados de a tres, allí están, unidos por la volun¬ 
tad do librar al país del dictador a quien sirven merce¬ 
narios que visten de uniforme en los cuarteles, de frac 
en los salones de orgía, y manchan el aire del palacio 
del Parlamento con el vaho de servilismo que sube de 
sus palabras de adulación a quien los arrebaña y los 
paga. 

Llevan las misma ropas con que viven, desde el prin¬ 
cipio de los días hasta que el sol se pone, en la pesada 
labor de los surcos cuyo silencio sólo interrumpe, como 
truncada canción de un trabajo sin alegría, el alargado 
nombre de los bueyes. Los humildes trajes de los con¬ 
trabandistas, con las cicatrices de los espinillos y los 
talas en las picadas escondidas. Las rasgadas y desco¬ 
loridas camisas de los trilladores, que ayer no más agi¬ 
taban bajo un sol de fuego, y arrojaban en círculos 
dorados en el azul del cielo, las pesadas gavillas que 
llovían sobre los rostros, lastimando los ojos, polvo de 
oro. 

Pocos son los que calzan botas nuevas, lucen golilla 
de seda y montan sobre aperos cuidados. 

Ya los dos baqueanos delai.-te. ia impaciencia anima 
palabras alegres en los labios de todos, mientras aún 
esperamos a que se densifiquen las sombras del atarde¬ 
cer. 

—¿Marcamos nosotros, el trote de la marchat 

—Pues sí, sería mejor. — Nos contesta el Mulato. 

—Cuando quiera, entonces. 

—Cuando quiera. 

Avanzaron los baqueanos. Ocupamos el claro por ellos 
dejado delante de la columna y, volviéndonos, dijimos 
con una alegría que la voluntad no pudo reprimir: 







—I En marcha, al trote I 

Multiplicándose en las cañadas, las altas piedras, tur- 
liá el silencio de la hora el grito unánime: 

—¡Viva la devolución! 

La energía de aquel grito, que ningún labio calló; el 
Inmborileo repelido del trote en la ladera sonora; el 
l/'rniino —¡por fin!—, de la inquietud con que espe- 
ráhamos aquel instante y aquel grito; la severa gran- 
«Icza del paisaje, ahuyentaron de nuestro pensamiento 
loda sombría preocupación por la suerte de aquellos que 
Ihun, con alegres voces, despidiéndose del pago, en cu¬ 
yas alturas comenzaban a encenderse los fogones. 

Olvidados de todo; de la realidad amarga y de la 
tímida esperanza; de la responsabilidad y del deber; 
de lo que fuimos, y de lo que no alcanzamos a ser; de 
la vida y de la muerte, nos dejamos llevar por el trote 
gallardo de Clarín, envueltos en aquella fresca brisa, 
más débil que el viento nuevo de alegría que nos arre¬ 
bata el alma y la lanza, bajo los grandes cielos, sobre 
los campos abiertos, tras las sombras fugitivas de los 
baqueanos, conduciendo el redoble repetido de la co¬ 
lumna. 

Así debió ser antes. Así será siempre. 

Viva luz en el hombre, ique nunca se apague! Y que 
ella sólo sirva un día para iluminar los anchos caminos 
(le la justicia para los que como éstos van, más pobres 
(|ue nadie, por los obscuros rumbos de esta noche en 
busca del amanecer, en un horizonte todavía para ellos 
desconocido. 

Sobre el caballo ágil, que pide rienda sin que lo 
intimiden las zanjas que cortan el campo, el resbaladizo 
Huelo de las sierras, los empinados cuesta-arribas; que 
aspira sonoramente la brisa húmeda de las cañadas, y 
recoge las lejanas voces de los ranchos en las orejas, 
cambiantes como dos banderitas de sombra con que su 
instinto nos va anunciando todo extraño ruido o for¬ 
ma, avanzamos hacia el Norte, entre los resplandores 




de las luces de Meló a nuestra derecha; las de Prayle 
Muerto en los ojos, mientras, más alta aún, la Cruz del 
Sur se afirma sobre la curva perdida del Cerro Largo. 

Se ensordeció la marcha en la llanura del Tacuarí. 
Las sombras apagaron la luz caída de las estrellas en 
una laguna del río; despertóse el monte dormido, en el 
quebrarse de los sarandíes de la picada y en los gritos 
asombrados de un hornero. 

A nuestro lado un arma disparó, y el chasquido de 
la bala fué como un largo latigazo sobre el agua quieta. 

—¿Hirió a alguien? — Preguntamos. 

—A nadie — contestó una voz desde la orilla del 
monte. 

—Andando, entonces. 

De nuevo rehechas las filas, comenzamos a subir las 
alturas de Frayle Muerto. 

—¿Cómo va, Edmundo? 

—Muy bien—, contesta cerca nuestro la voz amiga. 

—¿Y el compañero Gino, extraña el viaje? 

—Por ahora, no. 

Detrás nuestro se han ido acallando las voces; cada 
uno va sólo con su pensamiento, que el trote de los ca¬ 
ballos acuna sin cesar. 

Los baqueanos se dicen en voz baja breves palabras 
rectificando el rumbo, y continúan avanzando delante 
nuestro, agujereando a la noche con la punta de los 
cigarros. 

—¿Cuántas leguas habremos hecho, Don Fermín? 

—Con aquella vuelta que dimos, tal vez más de seis. 

—¡Vamos muy retrasados! 

—Ah, si; la noche no nos va a alcanzar. Recién es¬ 
tamos al principio del viaje. 

Avivado por la espuela, las sonoras narices de Clarín 
van casi tocando el anca de los caballos de los baquea¬ 
nos. 

Sobre el campo limpio que vamos cruzando, resuenan 
los golpes de los rebenques a lo largo de la columna, 















— 49 — 


í|ue se esfuerza, sin tregua, en acoin.t)asar su marcha 
con la nuestra. 

Frayle Muerto está a menos de una legua de la cu¬ 
chilla por donde comenzamos a descender hacia la costa 
del arroyo. 

Toda nuestra atención se fija, desde entonces, en 
aquel extendido campo de sombras que rodean a las 
luces diseminadas del pueblo. Por él pueden llegarnos 
los amigos o los enemigos. 

En la avanzada noche, ya duerme el pequeño pueblo, 
cuyas luces vemos ahora espaciarse en el llano, tender 
dos rectas paralelas hacia el arroyo, y volver a multi¬ 
plicarse en la altura próxima. 

En cada uno de los dos barrios hay una comisaría. 
Desde tiempo atrás están bien armados y prevenidos 
Hus hombres, porque el rumor popular señala a Frayle 
Muerto como el primer punto de ataque de Exequiel 
Silveira y nuestro. Hacia allí convergen los caminos 
de la región del jefe batllista, y los de aquélla de donde 
hemos partido esa noche. 

De allí ya habrían salido entonces los compañeros que 
flo unirían, los primeros, a Exequiel. Es imposible que 
en una población de tres mil almas, los gubernistas no 
los hayan sentido. 

—Esa gente debe haber ocupado los pasos para cor¬ 
tamos el camino. 

—Puede ser. Es imposible que a estas horas ya no 
tengan noticias ciertas del movimiento. Es muy difícil 
conservar en secreto estas cosas. 

—Se nos informó que estas policías están reforzadas. 
Con Frayle Muerto como base, las fuerzas terristas pue¬ 
den tener vigilada toda la región que nuestros amigos 
necesitan atravesar para incorporarse a Exequiel. 

—¡Seguro! Creo que nadie ignora en Cerro Largo 
que en caso de levantamiento nos concentraríaQios en el 
Paso de Aguiar, sobre el Río Negro. 

—^En ese caso, si llegamos a reunimos allí, será más 




60 ^ 


vergonzoso par<a las fuerzas ferristas el haber sabido 
con anticipación un hecho tan importante y no haberlo 
evitado. 

—¿Vd. contó cuantos hombres somos aquí? 

—Cuarenta hombres, todos armados. 

Jacinto Mujica intervino en el diálogo que en voz 
baja veníamos sosteniendo con su hermano Fermín. 

—¿Por dónde va a pasar Don Basilio Antúnez? 

—Si ha podido moverse tranquilo, traerá este mismo 
rumbo. No debe venir lejos; nosotros vamos sirviéndole 
de vanguardia. 

Nuestros jinetes avanzados se detuvieron un instan¬ 
te bajo la pesada sombra del monte, buscando en la 
obscuridad el lugar por donde se adentraron en ella, 
uno detrás del otro. 

—iDe a uno! —Dijimos al verlos desaparecer entre 
las altas barrancas. 

Los caballos comenzaron a hundirse, quejándose, en 
el agua que corría formando remolinos a su alrededor. 
La clara luz de una linterna iluminó el anca del de uno 
de los baqueanos, y nos mostró la estrecha galería de 
árboles, cuyas ramas se cruzaban sobre nuestras cabe¬ 
zas. 

La obscuridad en que andábamos se hizo impenetra¬ 
ble. 

Clarín avanzaba apenas, chapoteando las aguas que 
le llegaban hasta el vientre; tropezando a cada instante 
con los troncos escondidos debajo de ellas, o rozando 
nuestras botas contra las oscuras paredes de los mim¬ 
bres que se apretaban sobre nosotros. 

—; Cuidado aquí 1 — Se oyó, baja y enérgica, la voz 
del baqueano, al tiempo que la luz de su linterna seña¬ 
laba la gruesa rama de un sauce, atravesándose en la 
picada a la altura del pecho del jinete. 

Fué preciso tenderse en una misma línea con el cuello 
inclinado del caballo; tensa la rienda, evitábamos cual- 










■—si¬ 


quier desvío de la huella sinuosa que entre los gruesos 
troncos iba describiendo la luz de la linterna. 

Apagadas, corrían bajo la bóveda oscura las palabras 
enérgicas: 

—i Cuidado aquí! |Más a la izquierda!... j Pegue su 
pingo al anca del mío, compañero! 

í^s caballos se detenían, medrosos, frente a las pe¬ 
sadas sombras que los cegaban; olfateaban el agua 
sonoramente, hasta que, firmes las riendas, avanzaban 
azuzados por la espuela. 

De pronto, nos llegaba una voz desde el fondo de 
aquella prolongada galería, en la que se multiplicaban 
los ecos de los cascos sobre la corriente: 

—^¿Se lastimó? 

—No, no fue nada; siga. 

Otras veces era el chasquido violento de un rebenque, 
y unas palabras nerviosas: 

—Bartolo, ¿dónde vas? 

—Aquí, pues; no te retrases que vas a perderte. 

Más cerca, otra voz dijo: 

—¿Tiene un fósforo, compañero? Encienda, que mi 
caballo no encuentra la salida. 

—¡Altooo! i A la derecha...! ¡Cuidado con el pozo! 

Como de una lejana distancia, nos llegó la voz de los 
baqueanos. Y la linterna iluminó la corriente ancha del 
arroyo, sobre la que caían las fantásticas sombras de 
los mimbres. 

Un sauce llorón era una ojiva por la que entraban la 
luz de la bóveda del cielo, en el que comenzaba a le¬ 
vantarse la luna. 

Sobre el claro del campo recogido en el seno del 
monte, del otro lado del arroyo, fueron surgiendo las 
lentas sombras de los jinetes. 

Las distancias comenzaron a hacerse visibles, bajo la 
clara luz que se iba elevando sobre las cuchillas que 
quedaban a nuestra espalda. 

Entre los que ya estaban apeados, Gino era una som- 



— 52 — 


bra más densa, arrollada junto a la sombra de su ca¬ 
ballo. 

—¿Cómo va ese ánimo, compañero? ¿Siente mucho 
la marcha? 

—No; voy bastante bien. — Pero su palabra tenía 
el cansancio que su admirable voluntad quería ocul¬ 
tarnos. 

—Le va a venir bien este alto que hacemos mien¬ 
tras terminan todos de pasar la picada. 

—¿Estamos rodeando a FVayle Muerto? Hace como 
una hora que siempre lo tenemos ahí, tan cerca, y siem¬ 
pre a nuestra derecha. 

—Es que veníamos haciendo un círculo sobre él, bus¬ 
cando la picada. 

—¿Qué hora será? 

—La luna recién salió; deben ser las once y media. 

—¿A qué hora salimos de Guazú-Nambí? 

—Antes de las siete de la tarde. 

—¡Cansa, este trote! Algunos vienen quejándose. 

—Vamos muy retrasados. Prometimos estar el lunes, 
temprano de la mañana. 

—Ya no llegamos; la distancia es muy larga, y la no¬ 
che muy corta. 

A medida que iban saliendo del monte, los hombres 
se llamaban en voz baja y formaban pequeños grupos, 
sentándose y teniendo el caballo por la rienda. Apenas 
si se oía el murmullo de sus diálogos. 

Mientras tanto, nosotros comentábamos con el nuevo 
baqueano, el rumbo a seguir. 

Las lucesitas de los cigarros brillaban y se apaga¬ 
ban, entre las sombras dispersas. Sonaba el rumor de 
los caballos comiendo. Se imaginaba una mano ahogan¬ 
do una carcajada que se elevó, distraída y ruidosa, en 
el extremo del campo. 

Así por breve tiempo, hasta que volvimos a montar. 

El baqueano puso su caballo señalando el rumbo, y 
nos preguntó: 





— 53 — 


—¿Vamos cortando campo, o buscamos las porteras? 

—Corte lo más recto que sepa, y apure la marcha. 

Poco después se alzaba ante nosotros el terraplén de 
la vía del ferro carril^ cuyos alambrados y telégrafo 
cortamos. 

]jb, luna clarea sobre la limpia llanura extendida an¬ 
te nosotros. 

—¡Al galope! 

Y el silencio resuena con el redoble de los caballos 
que la espuela aviva y levanta. 

Nadie habla, entre las sonoras sombras que continúan 
largamente por el campo abierto, donde de súbito sue¬ 
nan los hilos de un alambre al caer, o el grito de los 
tcru-terus levantados en las laderas. 

La luna va creciendo en el cielo; descubre los angos¬ 
tos trillos de las majadas, fugitivas cintas grises que 
pasan bajo el pecho de nuestros caballos; levanta leja¬ 
nas arboledas en las cuchillas que recortan círculos os¬ 
curos en el horizonte; aviva escondida luz de agua 
apretada entre las barrancas; y es polvo de plata que 
la brisa va esparciendo sobre los pajonales. 

Se empequeñece en el llano; es una nubecilla en los 
altos, frente al limpio cielo; se nos esconde en las que¬ 
bradas y de nuevo la alta luz lo alcanza en las lade¬ 
ras; pájaro de la noche es el baqueano, como los corre- 
caminos del día. Nuestro galope lo acerca y lo aleja, 
siempre él delante, mientras las leguas quedan a nues¬ 
tra espalda, en dormidos silencios. 

Así por largo espacio, hasta que se nos acerca un 
jinete. 

—Los hombres no pueden más. Vienen deshechos por 
esta marcha. 

—¡Qué extraño! Son todos paisanos... 

—Sí; pero se vienen quejando de este galope tan 
sostenido. 

—Está bien; trotaremos unas leguas. 

No habíamos avanzado mucho por el suelo sonoro 






de un camino, cuando un nuevo jinete se acerca a 
decirnos: 

—Gino y Edmundo vienen enfermos; no resisten más 
la sed. 

—¿Nadie trae caña? 

—Sólo uno la traía, y ya no le queda nada. 

—Arrímese entonces con ellos a aquella zanja. Nos¬ 
otros iremos esperándolos. 

La columna descendía ya una cuchilla detrás de la 
cual se habían apeado los amigos, cuando sentimos acer¬ 
carse un galope precipitado: 

—¿Qué ocurre?—preguntamos. 

—Por la retaguardia se siente venir un grupo hacia 
donde quedaron Edmundo y Gino. 

—¿No quedó nadie de los nuestros, atrás? 

—Nadie; nosotros venimos cerrando la mancha. 

—¿Qué rumbo traen los que llegan? 

—De Prayle Muerto. Por el ruido del galope, parece 
una partida. 

Torcimos bruscamente nuestro caballo, y avisamos a 
los compañeros que formaban con nosotros la van¬ 
guardia: 

—¡Viene gente!... ¡Varaos! 

Herido por la espuela, Clarín, era una bella voluntad 
tendida hacia la cuchilla donde sonaba el galope de 
los otros. 

Una voz enérgica resonó en la noche. Junto a nos¬ 
otros se extendió un semícirculp. de sombras inquietas, 
donde piafaban los caballos sofrenados de pronto y el 
resonar metálico de los cerrojos de las carabinas. 

En el declive de la ladera, abiertos en guerrilla, has¬ 
ta ocho jinetes, de los cuales uno se había adelantado 
hacia el bajo, audaz. 

—¿Quién vive? 

Gritó la toz de nuestro compañero López. 

Y, como un eco, tan igual fué la energía, contestó 
el desconocido: 










— 55 — 


—¿Quién vive? 

Hubo un emocionado silencio de palabras, que el gol¬ 
pear de los cerrojos llenó. 

—|Viva la Revolución!—vibrp sobre la atención ner¬ 
viosa, la voz del nuestro. 

Y otra vez contestó el eco en la ladera: 

—¡Viva la Revolución! 

Después de una pausa preguntó: 

—¿Quien manda esa gente? 

I^pez le gritó nuestro nombre. Entonces, la voz del 
otro, aún enérgica, se hizo cordial: 

—¿Es usté, sargento López? Yo soy Espejo. Acér- 
quese uno solo; el jefe o usté. 

Una voz nos gritó desde el círculo de los nuestros: 

—i No vaya! ¡Ordénenos tirar... mire que se nos es¬ 
capa! 

Y el círculo intentó cerrarse sobre el jinete. 

—¡Acerqúese uno sólo, o tiro! —gritó el otro. 

Mientras López nos enteraba sobre su filiación polí¬ 
tica, los nuestros se impacientaban ante la audacia con 
que el desconocido estaba allí, firme su caballo en la 
ladera. Sólo cuando nos vieron avanzar a pié hacia él, 
se acallaron las palabras de desafío con que amenaza¬ 
ban prenderlo. 

Brevemente, nos enteró de que íYayle Muerto esta¬ 
ba con guardias reforzadas; que nuestros compañeros 
de allí ya habían salido y que él, por su parte, andaba 
reuniendo gente para dirigirse rumbo a Tupambaé y de 
allí, en busca de Villanueva Saravia. 

Un cordial apretón de manos terminó el ligero diᬠ
logo, y volvimos a separarnos. 

Ya andábamos de nuevo sobre el camino, cuando uno 
nos dijo: 

—Tanto milico en Prayle Muerto, y no hay uno que 
se anime a salir del cerco del pueblo. Estarán asustaos. 

—A ésos les roban los ponchos con que están tapaos, 
y no se mueve ninguno—comentó otro, riéndose. 





— 56 — 


El peso del revólver parecía incrustarnos el cinto en 
las carnes; ya apenas sentíamos los cojinillos, ' aplas¬ 
tados sobre los bastos por la prolongada presión del 
cuerpo; de pronto teníamos la sensación de que uno 
de nuestros estribos se había alargado y nos obligaba 
a un incómodo equilibrio; el calor del cigarro nos que¬ 
maba la garganta reseca. 

Hasta la brisa nos pesaba en los hombros, agitando 
nuestro poncho de verano, mientras nos apretaba el 
sombrero sobre la frente. 

—Empezamos a sentir el rigor de esta marcha. 

—^Es la hora, compañero. Está viniendo la madruga¬ 
da —nos contestó Fermín Mujica. 

En el pensamiento fatigado, sólo estaban un instan¬ 
te la llanura, la zanja, el camino, la cuchilla, que el tro¬ 
te de Clarín nos iba descubriendo. 

Y la voluntad, firme como la rienda que el noble ala¬ 
zán tiraba como al principio del viaje, buscaba una idea 
en que distraer el ánimo, que el cansancio y el sueño 
amenazaban abatir. 

El baqueano se detuvo para cortar las dos líneas de 
alambre que cercaban un corredor. 

Miramos hacia atrás, sorprendidos de no sentir el tro¬ 
te de la columna, y la vimos, detenida y dispersa, so¬ 
bre una ladera. 

Un compañero se adelantó a decirnos: 

—No se puede seguir marchando; Gino y Edmundo 
se han tirado del caballo, rendidos. 

—Descansemos, entonces, unos momentos. 

Rodeados por los amigos, los dos compañeros se ha¬ 
bían tendido en el campo, perdida la voluntad, dis¬ 
puestos a quedarse. 

Esforzábanse todos por hacerles comprender la im¬ 
prudencia que significaba quedarse allí, expuestos a ser 
apresados por los gubernistas que seguirían nuestras 
huellas. Por nuestra parte, no podíamos abandonarlos 






— 57 — 


nsí, ni detener tampoco la marcha precipitada hacia la 
concentración. 

Nos dolía la crueldad del esfuerzo que estábamos exi¬ 
giendo de ellos, hombres ciudadanos, de volver a mon¬ 
tar y continuar aquel penoso viaje. Era un* duro deber. 

Cuando niños, nos había sorprendido el hecho de que 
nuestros antiguos gauchos, cuando evocaban la cruel¬ 
dad de la guerra, más que por el sacrificio de los com¬ 
bates llenábanse de emoción sus palabras describiendo 
las torturas de las marchas interminables; vencidos por 
el hambre, la sed y el cansancio, hasta que por fin el 
sueño los volteaba del caballo y los tendía, inmóviles 
en las cuchillas aunque sintieran llegarles las voces de 
los clarines enemigos tocando a degüello. 

Entonces teníamos la dolorosa imágen de aquel can¬ 
sancio, en aqellos dos amigos, delante nuestro. 

—Es la madrugada,—dijo uno, comentando su pro¬ 
pio pensamiento en silencio. 

—1 La peor hora I — dijo otro. 

Reuniendo las últimas energías, en un esfuerzo ad¬ 
mirable de la voluntad, los dos compañeros se pusieron 
de pié y asieron las riendas de los caballos. 

—Marcharemos al tranco — les dijimos, intentando 
una disculpa para nuestra tenacidad. 

—^No; como quieras — respondieron ambos. 

Y otra vez andando, en el silencio con que el cansan¬ 
cio cerraba los labios de todos. 

El día nos sorprendió sobre las llanuras que se ex¬ 
tendían hasta el Río Negro. 

En el campo; en el cielo; en el cercano monte, las 
voces y la luz tenían una inocente y niña alegría. 

Sólo en los párpados; en los lentos ademanes y las 
cansadas palabras del grupo que iba trotando por la 
llanura, quedaban aún las huellas de la noche. 

Las iluminadas manos de la mañana iban abriendo 
y alejando los horizontes. 

Bajo el macizo verde de unos mimbres, junto al azul 




-- 58 — 


intenso de una laguna, dormía una garza rosada; co¬ 
mo una estampa olvidada del amanecer. 

El paisaje tenía la ternura del canto de los pájaros, 
cuando de pronto el trepidar del motor de un avión 
quebró su inocencia. 

La columna se desvió hacia el monte del Prayle 
Muerto. 

Apenas entrábamos en él, cuando un compañero pre¬ 
guntó : 

—I Desensillamos ? 

—Sí; vamos a refrescar los caballos mientras el avión 
recorre estos campos. 

—?Se podrá dormir? 

—Va a ser peor. Nos faltan, todavía, unas leguas. 

—¿Pero podremos tomar un mate? 

—La mañana es muy clara; desde tan alto, ya se le 
perderá en la luz una columnita de humo. 

Mientras el avión continuaba poblando de resonantes 
ecos el cielo y los campos, algunos de nuestros hombres 
corrían por la llanura en busca de caballos; otros en¬ 
cendían pequeños fogones bajos los árboles, o se ten¬ 
dían en los recados. 

— !No se duerma, que es peor! Vamos a seguir en 
seguida. 

iban repitiendo el inútil consejo a los compañeros 
que se alejaban buscando lo más intrincado del mon¬ 
te, donde se dejaban caer, volteados por el sueño. 

Por largo espacio el avión continuó acercando y ale- ' 
jando sus roncas voces entre los diálogos junto a los 
fogones, hasta que, cansado de buscar en vano con su 
alta mirada en los tranquilos campos, dirigióse hacia 
los lejanos cielos, hiriéndolos con breves lanzas de luz. 

—jVamos, compañeros; es preciso marchar! 

Los hombres se esforzaban por levantar los párpa¬ 
dos; el sueño murmuraba en sus labios palabras sin 
sentido; acomodábanse de nuevo sobre el recado y, con 



— 59 — 


ademán de enojo ante nuestra insistencia, intentaban 
cubrirse la cabeza con el poncho. 

—¡A caballo!... ¡Ensillen... ya vamos a llegar!... 

Sonaban las voces; enérgicas; cordiales; como un rue¬ 
go, sobre los fogones donde unos esperaban la vuelta 
del mate, mientras otros calentaban pequeños trozos de 
carne, que pusieron bajo los cojinillos la mañana del 
día anterior, última vez en que había comido la co¬ 
lumna; o sobre los que, sentándose en el recado, hun¬ 
dían la cabeza entre las rodillas alzadas, rodeándola 
con los brazos, y así permanecían, doblados por el 
sueño. 

En fila deshecha fue la columna saliendo al bañado, 
mientras aún en el monte se oían las voces de los que 
iban levantando a los amigos. 

De pronto, en la llanura abierta que se alargaba al 
termino de los curaguatás, vimos a una pequeña co¬ 
lumna de jinetes tenderse en guerrilla. 

En la mañana luminosa que los envolvía, azul, sobre 
el verde del campo, como un césped de juguetería, achi¬ 
cados por la distancia, de frente sus caballos, amena¬ 
zando cortarnos el paso, aquellas figuritas oscuras, te¬ 
nían una emoción infantil, dispersas en el llano. 

Nos detuvimos, todavía ocultos por los caraguatás, 
para reunir a nuestros compañeros. 

El Mulato y Emilio formaron con nosotros el grupo 
desde el cual observábamos a los desconocidos. 

—¿Qué les parece aquella gente? 

—No se les ve relumbrar sables. 

—¿Serán policías? 

—^No se alcanza a ver si hay alguno de uniforme. 

—Los hombres parece que quisieran pelear. 

—Sí, se están acomodando. 

—Son como treinta. 

—Por ahí. 

—¿Qué «íompañero nuestro puede andar por aquí? 

—A esta hora, ninguno. 








— 60 — 


« I 

l 


—Allá se aparta un jinete; endereza pa acá. 

—Vendrá a reconocernos. 

—Yo le voy a salir, — dijo el Mulato. 

—Nosotros lo seguiremos. 

Por la llanura avanzaba el primer jinete desprendido 
del grupo, cuando nuestro compañero salió al campo 
abierto, seguido por nosotros. Al vernos, dos de ellos 
avanzaron al galope hasta alcanzar al primero. EmiUo 
y los Mujica se adelantaron con nuestros hombres des¬ 
plegados en guerrilla. 

Ya distinguíamos claramente las formas de los jine¬ 
tes, cuando el Mulato nos dijo: 

—Ese gordo que viene ahí, parece Leiva. 

—¿Es compañero? 

—Sí, es blanco. 

Pareció que en el grupo que se nos acercaba, el diᬠ
logo había tenido el mismo sentido, pues espolearon sus 
caballos poniéndolos al galope hacia nosotros. 

—¡Viva la RevoluciónI 

—¡Viva la Revolución! 

Fue el grito alegre, en la llanura abierta; repetido 
junto a los caraguatás; multiplicado en el monte, en¬ 
tre las cantos de la mañana. 

Los compañeros Brutti y Leiva comandaban el gru¬ 
po que galopó, disperso, hacia el nuestro, que iba a su 
encuentro con extendidas palabras de amistad. 

Y juntos ya, continuamos andando teniendo el Fray- 
Ic Muerto a nuestra derecha, rumbo al rincón donde el 
arroyo desagria en el río. 

—No creíamos encontrarlos por aquí, a estas horas. 

—Sí; ya debíamos haber marchado. Pero teníamos 
una comisión que cumplir, aquí en la séptima. 

—¿De Exequiel? 

—^Del mismo. Nos dijo que podíamos entretenernos 
tranquilamente en esta sección. 

—¿No encontraron policía? 

—^No, en toda la noche. Salió como dijo Exequiel. 


I 







— 61 — 


—El conoce mucho, todo esto. 

—Son como sus canchas. 

—¿Estamos lejos de A^uiarí 

—Allí se ve el bañado. Nos va a costar encontrar 
paso. 

—Traemos baqueano. 

—¿Muy conocedor? 

—El dice. 

• A nuestro frente, inmensos pajonales sobre los que 
se alzaban los caraguatás erizados, señalaban el bañado 
interrumpiendo la llanura y adentrándose hasta las is¬ 
las de espinillos que se adelantaban en los senos que 
el monte del Río Negro iba dibujando en el paisaje. 

La vista del río animó las palabras a nuestra espal¬ 
da» como si hubiera ahuyentado de los cuerpos el can¬ 
sancio de tantas horas de viaje. 

—Ya llegamos, amigo Edmundo. 

—Eso lo vienes diciendo desde anoche—comentó él, 
en un reproche cordial. 

—Pero ahora se ve el río; allí está. 

—^¿Y ese bañado? 

—^En cuanto lo pasemos, ya estaremos en el campa¬ 
mento. 

—La cuestión es pasarlo. ¿Tendremos que rodearlo? 
Serían dos leguas más. 

—Nos tiraremos derecho. En esta época debe estar 
seco. ^ 

El baqueano se detuvo sobre la barranca de una zan¬ 
ja que separaba el pajonal del campo limpio. Ante su 
actitud de duda, se acercaron otros jinetes indicando 
distintos rumbos por donde aventurarnos en la travesía. 

Bajo el pesado sol de la mañana, veíamos iluminar¬ 
se a trechos la extensión del bañado con los reflejos de 
la luz sobre las lagunas que se escondían, traidoras, 
entre los altos pajonales. 

Ni una huella que indicase un rumbo; ni un animal 
en la extensión callada, que señalase un punto de des- 







^ 62 — 


canso en la travesía; ni un árbol, ni pequeña loma en¬ 
tre los pajonales cerrados. Si alguien se aventuró al¬ 
gún día a imprimir allí la huella fugitiva de su caba¬ 
llo, la lavaron las aguas; la borró el pantano; la es¬ 
condieron las altas pajas; y el bañado quedó igual, 
inhollado. 

—¿Nos tiramos?,—preguntó el baqueano. 

—Sí, vamos. 

Los caballos comenzaron a hundirse, temblorosos, en 
la blanda superficie que se abría un instante bajo sus 
cascos, y se cerraba alcanzándoles hasta las rodillas. 

En bruscos escarceos, Clarín intentaba arrancarnos 
las riendas de la mano, para extender el cuello hasta 
los troncos de los macizos de paja y buscar, por sí mis¬ 
mo, el camino del regreso hacia el campo limpio. 

Bajo el castigo de la espuela; alzada la cabeza por 
las riendas, reafirmábase en ellas, abierta la boca, re¬ 
soplantes las narices; cayéndose; irguiéndose; detenido 
un momento; intentando dar saltos que la presión del 
pantano hacía imposibles; olfateando el aire tibio que 
subía de las lagunitas cubiertas de gramilla, que el sol 
calentaba; quejándose al sentirse herido por los cara- 
guatás, jadeante por adelantarse al caballito del ba¬ 
queano que iba, cayéndose, delante suyo. Aflojaba una 
mano; una pata; doblábanse las rodillas; tropezaba, se 
alzaba, levantando grandes chorros de agua ennegre¬ 
cida que el chapotear de sus cascos arrojaba sobre el 
anca del otro caballo. 

Era inútil mirar en busca de un trillo mejor. Abier¬ 
tas las piernas; firme la rienda; erguido el busto; sólo 
seguíamos la orilla de la huella que el baqueano iba 
abriendo en el fango, y sobre la que volvían a levan¬ 
tarse las pajas. 

Detrás nuestro oíanse las palabras de los compañe¬ 
ros, comentando los tropiezos, las caídas, el latigazo 
de barro blando con que el de atrás les golpeaba las 
espaldas; y sonaban los rebenques; cerca, lejos, en la 





— 63 — 


marcha trabajosa de la columna. A la izquierda; a la 
derecha; cerrando casi un círculo; trazando un canal 
recto y oscuro entre los caraguatás, avanzó por largo 
rato el caballito del baqueano. Hasta que, erguido el 
cuello, trotó ágil sobre el campo duro que escondían 
aún las últimas revoledas del pajonal. 

Ya fuera, nos apeamos a esperar el paso de todos. 

Apenas si se veían como pequeños puntos oscuros, 
casi perdidos, los jinetes lejanos; cerca, los rostros aso¬ 
maban por encima de las pajas, contraídos en un ges¬ 
to tan firme como la mano que levantaba el paso tam¬ 
baleante de los caballos. 

—¿Palta alguno?—preguntamos, al fin. 

—Sí; falta Gino, que se cayó en el barro. 

—¿Volvió a montar? 

—No; viene a pié, con el caballo por la rienda. 

Por la última curva de la huella, apareció Gino; cu¬ 
biertas las ropas de barro; cayéndose en aquella agua 
sucia que le alcanzaba hasta las rodillas; intentando 
sostenerse en las pajas, que le herían las manos o se 
doblaban bajo su peso; exhausto el gesto de cansancio. 

Pero más fuerte que su vencimiento físico, fue el 
ánimo bondadoso con que respondió a las bromas que 
le dirigieron los amigos. 

Trotábamos ya en el seno formado por la barra del 
Pi'ayle Muerto y el Río Negro, acercándonos a los mon¬ 
tes del río sobre el Paso de Aguiar. Desde la sombra 
de unos espinillos, vimos salir unos hombres. 

¿Eran los nuestros? 

Corriendo por la llanura se adelantó uno de ellos, 
dando grandes saltos y agitando violentamente los 
brazos. 

Una extraña sensación grotesca y salvaje tenía aque¬ 
lla figura humana corriendo hacia nosotros, lanzando 
a grandes voces palabras que la distancia borraba. 

Hasta que,ya más cerca, le vimos agitar nerviosa- 













— 64 — 


mente el sombrero en la mano, y gritarnos, sin dejar 
de correr: 

—jViva la Revolución I 

Nuestros compañeros avivaron hasta él el galope, y lo 
fueron rodeando con los brazos extendidos, entre los 
que lo estrechaban. 

—Es Rufino Noblía,—nos dijo uno. 

Ni el traje de campaña, ni la noche de viaje, alcan¬ 
zaron a borrar del rostro del amigo la iluminada ino¬ 
cencia de su juventud. 

—¿Está solo? 

—Con cuatro compañeros. 

—¿Y Exequiel? 

—No sabemos nada. Estamos como perdidos. 

—¿No ha visto pasar grupos de compañeros? 

—A nadie, absolutamente. ¿No habrán podido llegar? 
Hemos recorrido el monte hasta A guiar, y no hay ras¬ 
tros de nadie. 

Bajo los macizos de los espinillos, se iban tendiendo 
los recados; brillaban al sol los sudorosos lomos de los 
caballos, entre el pajonal. 

—¿Está cansado, compañero? Hemos troteado cator¬ 
ce horas sin parar. 

—Tenemos sed. ¿Cuántas leguas habremos hecho? 

—Más de veinte, de un tirón. 

—La gente debe tener mucha hambre; desde ayer 
por la mañana, que no come. 

—Ahora no quieren más que dormir. La marcha fué 
muy brava para un cuerpo desacostumbrado. 

En un claro del monte que un mimbre sombreaba, 
se encendió el fogón junto al cual estábamos, a la es¬ 
pera del mate. 

¿Qué habrá sido de Exequiel y los amigos? 

Pensábamos, mientras la llamita roja jugaba, ágil, 
entre los grises troncos que la guardaban. 









CAPITULO IV 


LA DIVISION CEERO LAEOO 


Los hombres que están allí, junto al monte del Río 
Negro, tendiendo los recados para el breve sueño des¬ 
pués de una noche de marchas; sorbiendo el mate mien¬ 
tras en el fogón se doran los asados, o limpiando las 
armas bajo los espinillos, han llegado de todos los pun^ 
tos de Cerro Largo. 

La voz de guerra resonó por los cuatro costados del 
departamento, del Río Negro hasta el Yaguarón; del 
Yaguarón al Tacuarí; del Tacuarí al Cordobés llaman¬ 
do a los hombres que van llegando, sin arreos de gue¬ 
rra, sin uniformes, sin armas casi; pero en el día y 
sobre el campo que los chasques señalaron. 

Cerro Largo está allí redivivo en los viejos nombres 
que todavía señalan los rumbos, denominan las co¬ 
marcas. 

Viejos nombres de los caudillos de antes; Muñoz, 
Amestoy, Noblía, larza, Muniz, Perdomo, González; 
que ahora los llevan hombres de cabellera encanecida, 
o negra de mocedad. 

Son pequeños ganaderos que han visto detenido el 
trote de su caballo, por los dilatados cercos de los in¬ 
mensos latifundios; luchadores esforzados por vivir 
de una pequeña industria que la incapacidad social de¬ 
tiene, y la voracidad del gobierno ahora mata. Arrinco¬ 
nada en la casa paterna, la lanza de los cruentos tra 





bajos del padre, mientras los hijos de hoy esgrimen la 
palabra que lucha, briosa como el caballo del viejo cau¬ 
dillo, en la tribuna y en la prensa. Lentos jinetes 
arreando por los campos oscurecidos o por los caminos 
calientes del día, las mugientes sombras o avivados co¬ 
lores de la tropa hacia los embarcaderos del ferro- 
carriL 

Viejos' nombres de Cerro Largo, en hombres nuevos, 
cumplen una consecuencia de sí mismos; ninguno de 
ellos ausente de este improvisado campamento de gue¬ 
rra que se ha levantado señalando el límite de una 
época. 

Montedónico, Rebollo, Artigas, Ubilla, Garate, Te- 
chera, Jorge, Delgado, López Toledo; la ciudad confor¬ 
mó sus hábitos; ensanchó sus aspiraciones, o ha puesto 
palabras nuevas en sus labios, que suenan a herejes 
en la quietud de la pequeña ciudad. 

Y entre ellos, más que ellos, los que no tienen histo¬ 
ria, y son la historia. 

Vienen de los surcos, de las picadas, ojivas puntilla¬ 
das del monte por donde cae en el río la luz del cielo, 
y pasan las lentas sombras de los contrabandistas ti¬ 
roneando las formas de los matungos, que los cargueros 
de caña y tabaco, ensanchan; de los recados tendidos 
bajo el alero de los galpones en que duermen, en pese¬ 
bres muelles, toros importados; de los mostradores ra¬ 
yados por las negras paralelas de las sombras de la 
reja, detrás de la cual duerme el campo en la luz, mien¬ 
tras el silencio encerrado canta en el zumbido de las mos¬ 
cas, y se agria en el vaho de las pipas de vino; de las 
oficinas de Meló, donde saltan las teclas de la máquina 
de escribir, cuyo sonido ahoga el carro que pasa, con¬ 
ducido por las altas voces del hombre, rompiendo con 
sus ruedas las piedras de la calle. 

Nada llena sus maletas, perdidas de vacías, entre los 
cojinillos; nada más que dolor quedó en la casa, donde 


— 67 — 


inafinna entrará la miseria a ocupar el hueco que entre 
los suyos dejaron. 

Y sin embargo, ellos aman aquella casa, aquel ran¬ 
cho; la tierra gris de la huerta que el verde luminoso 
do los yuyos cubrirá de olvido en el paisaje; los labios 
(|uc se alzan, temblorosos de admiración, hasta sus la¬ 
bios callados por silencios de sucedidas noches; la débil 
Voz del niño que los alcanza en la calle dormida en la 
pereza del medio-día. 

Lucharon contra la esperanza; terca, dolorosamente, 
hasta encerrarla en el círculo de la humilde realidad. 
Y así avanzan por los resecos caminos del deber que 
los otros les imponen de fuera, sin pararse apenas a mi¬ 
rar cómo, a largos trechos, está manando, callado, un 
liilito tímido de aquella agua fresca que escondieron tan 
hondo en sus vidas. 

¿Qué más alta esperanza trajo a unos anoche, a dor¬ 
mir a la sombra de los espinillos después de cansadas 
marchas, y a los otros, que buscan en los espacios abier¬ 
tos del monte y el pajonal, donde atar la soga de sus 
caballos? 

Vieja voz de los pagos, que creimos para siempre 
apagada en Cerro Largo bajo el trepidar de los avio¬ 
nes en los cielos anchísimos; por el jadear de las mᬠ
quinas en los caminos y las chacras; por el ferro-carril 
y el auto; se ha levantado ahora, después de treinta 
años de paz, en los que el rico se hizo más rico y el 
pobre más pobre. 

Vieja voz, que sonó en la guitarra de los payadores; 
se hizo relámpago de muerte en la hoja de los cuchi¬ 
llos junto a las rejas de las pulperías; reunió a los gau¬ 
chos a lo largo de las paralelas de los trillos, en la emo¬ 
ción de las ‘‘partidas’’ de galopes arrollados de los pa¬ 
rejeros, en cuyas patas pasaba la mayor velocidad que 
conocía la lenta vida del pago; que era cansado silbido 
del carrero, y gastada narración de una vida, en to¬ 
cios los labios, 





Vieja voz que hizo la música; el valor; el Juego; los 
amores románticos, la patriada y el entrevero. Porque el 
campo era ancho, hasta más allá de las querencias; los 
caminos largos para el columpio de los galopes; gran¬ 
des los rodeos, sobria la mesa del rico; y sobre la ca¬ 
rona, junto al fogón mismo, bajo los ombúes, la del po¬ 
bre. Perdido en los desconocidos rumbos de los días, 
el que pudiera llegar hasta los patios donde el sol se 
encendía en las amapolas y cortaba las manos y el ros¬ 
tro de las mozas. Y así la lealtad al hombre único que 
llegaba entre ausencias de largos meses, era el más fᬠ
cil ejercicio del alma, en la soledad vacía de tentacio¬ 
nes. Porque mientras los hombres iban en viaje de gue¬ 
rra por los pagos lejanos, el pulpero esperaba. Y si allá 
se perdían, aún quedaba el patriarcado del estanciero, 
que Se ejercitaba, fácil, en una lechera prestada, un 
trozo de carne, unos pocos dineros y viejos vestidos, 
para la viuda y los hijos, que pasaban a ser una pro¬ 
piedad más, que un bautismo o el trato cordial justi¬ 
ficaban. 

Treinta años hace, que en Cerro Largo áí están cer¬ 
cando los campos; acortando en las rectas de las carre¬ 
teras, las distancias. Allí mismo, en el Paso de Aguiar, 
crece y ruge el Río Negro hasta hundir las altas 
barrancas, inundar la llanura, bajo los arcos del puen¬ 
te por el que siguen pasando las tropas; los camiones 
que se vacían llenando los estantes de las lejanas pulpe¬ 
rías; la jardinera del correo que lleva las oscilaciones 
diarias de la tablada. 

La mesa del rico se ha hecho lujosa; ya no cabe en 
ella el pobre. Los ganados se amansan en los potreros 
cercados; asustarían su pastoreo las risas y los cantos 
de los niños del puestero, ya inútil. 

Treinta años hace que todo un pueblo aguarda la 
primavera y el verano, por que entonces llegan la es¬ 
quila y la trilla, que llaman a sus brazos parados a los 



^ 69 — 


grandes galpones y bajo los soles quemantes de las 
chacras. 

Treinta años, en los cuales al principio todo fué el 
gozo de restañar las heridas de aquellos otros que que¬ 
daron, sembrados de guerra y de muerte, para siempre 
olvidados, creían, entre ellos. Y en cuyos últimos, des¬ 
pués de un encorvado dolor de trabajo cada día más 
duro para una vida cada día más pobre, los labios que 
ya no conocieron la alegría ingenua de las milongas, ni 
los éxtasis lentos de los estilos, comenzaron a pronun¬ 
ciar palabras de una nueva esp ranza que el manotazo 
de Terra tronchó, en la mañana del 31 de Marzo de 1933. 

Y la vieja voz del pago, que hizo el valor en Cerro 
Largo, se alzó de nuevo; más alta que el jadear de los 
aviones gubernistas en los callados cielos. Y las ante¬ 
nas sutiles de las almas campesinas la recogieron, más 
clara y distinta que las misteriosas que el pampero trae 
en las noches desde la ciudad, y las vuelca sobre la 
mesa junto a la que el estanciero escucha el precio de 
la lana, y la hija languidece de ausencias bajo las que¬ 
jas de los bandoneones. 

Cambiarán las palabras; pero la misma, antes y siem¬ 
pre, será la voz, cuando las garras de los tiranos,— 
cualesquiera sean,—aprieten hasta ahogar, las gar¬ 
gantas. 

Apenas si se diferencian en los vestidos, los capita¬ 
nes de los soldados. En este rincón del monte, bajo el 
claro sol del medio-día del 28 de Enero, se está reu¬ 
niendo una sociedad en la que sólo queda el recuerdo 
(le las jerarquías que quedaron allá, donde aún domi¬ 
nan las fuerzas gubernistas. 

Estos que aún van llegando, entre alegres vivas; 
que estiran sus maneadores a los que van cubriendo de 
grasa; que miran al cielo por el alargado agujerito del 
cañón de sus carabinas; que enlazan el caballo de ner¬ 
viosa cabeza entre las tropillas que unos jinetes, pa¬ 
cientes, rondan, eran los últimos en la sociedad que 



^ 70 — 


Terra avasalló. Y sin embargo, aquí en la hora de la 
liberación, son los primeros. 

Ellos harán los pueblos, y desharán las tiranías. 
Donde ellos no estén, habrá golpe de Estado, o mo¬ 
tín; no revoluciones. Sin ellos, habrán discursos; pro¬ 
clamas sonoras; sacrificios nobles; mezquinas ambicio¬ 
nes entrechocándose. Pero la historia permanecerá in¬ 
móvil, indiferente. 

Sólo cuando ellos se pongan en marcha, a pié o a 
caballo, ella avanzará prestamente. 

Sin ellos no habrá caudillo posible. Cuando ellos lo 
precisen, en su seno ha de nacer y crecer. 

Parecen tardos para comprender; pero una vez toma¬ 
do un rumbo, nadie los desviará. 

Y tienen, más que todo, la admirable incapacidad 
para encontrar la palabra o la actitud de la puerca sen¬ 
satez con que el egoí.*^mo y la cobardía quiebran loa 
brazos que se adiestran para el sacrificio de remover 
los cimientos del mundo. 

Cerro Largo, tierra de los caudillos de antes, y bus 
revoluciones; aquí está de nuevo a la orilla del monte 
del Río Negro, aunque surquen sus cielos los aviones; 
corran los autos por sus carretras, y en los invisibles 
círculos de la brisa pase vibrando !a amenaza del Dic¬ 
tador. 

Aquí se aprendió antes, que quien monte a caballo 
sólo para vencer, no vencerá. 

Dos años hace que el país sufre, amordazado, la tira¬ 
nía de las fuerzas oscuras de la sociedad, sostenida por 
armas mercenarias. 

' '♦ Ni el diario ni el libro, han podido levantar la voz 

que el lápiz de un escribientillo cualquiera de una co- 
' misaría, ahogaba con una línea negra. 

El pueblo se hastiaba de palabras; quería otra voz. 
¡Aquí e?tá la voz! 

¿Hasta dónde se oirá? ¿Cuáles serán sus ecos? 






Parecían llegarnos de lejos las palabras. 

—El coronel pregunta por usted. 

Nos calzamos de nuevo las botas, mientras tratamos 
de reconocer el lugar en donde nos habíamos dormido 
después de tantas horas de marcha. 

—¿Ya estamos todos? 

—No; faltan todavía Basilio Antúnez, el Dr. Goyeno- 
la, Sofío Díaz y Edelmin* Noble. 

—¿Cuántos seremos aquí? 

—Como cuatrocientos. 

—¿Qué hora serán? 

—Ya pasó el medio-día. 

Ibamos así hablando; interrumpiéndonos de continuo 
para estrechar las manos amigas que se nos tendían 
de de los fogones junto a los cuales cruzábamos bus¬ 
cando a Exequiel Silveira. 

—¿De quién es este caballo ensillado?—gritaban, 
desde la sombra de un espinillo, frente al que pasó dan¬ 
do saltos un caballo que la manea apenas si sujetaba. 

—¿El Coronel?—preguntamos. 

—Está más adelante; allí, en la vuelta del monte. 
Siga a esos jinetes que se le van a pr'^sentar. 

En un pequeño claro del monte, hallamos a Exequiel 
Silveira en compañía del Comandante Amestoy. 

El abrazo con que nos estrechamos, tenía la alegría 
de un término tantos días esperados a través de in¬ 
quietudes, desengaños, fracasos. 

Este hombre de palabra enérgica y gesto bondadoso, 
nació rico, y no lo es. Trabajó siempre, vivió sin osten¬ 
tación ni lujos sensuales; sobrio en su vida, pródigo en 
la amistad. 

Vió pasar sobre los campos de la estancia paterna, 
las guerras del 97, de 1904 y las del 10. 

Pero él era, o demasiado mozo, o el que quedaba para 
salvar lo que se podía del diezmo de las luchas. 



^ 72 — 


En las rinconadas del Frayle Muerto y el Río Negro, 
vivió su alejada vida, en el trabajo tenaz, y no aumen¬ 
tó la herencia recibida. 

En la amistad con que le extienden la mano emocio¬ 
nada los humildes paisanos, que van llegando ahora y 
reciben de él las balas y el máuser, se aprende la razón. 

Batllista, ofreció su esfuerzo al Partido; sencilla¬ 
mente, como un paréntesis abierto unos días entre los 
trabajos continuados de su casa. 

Es franco, generoso y cordial, como un paisano. 

Un día le sorprendió la noticia trágica; su Partido 
traicionado; Brum muerto; la dictadura sobre el país. 

Buscó en Meló al amigo de siempre; al que acompa¬ 
ñó en todas las pacíficas luchas, sin preguntas. Lle¬ 
vaba ahora la interrogante angustiosa, de cual habría 
de ser su actitud. Y el amigo, aquel que era primero 
en la cosecha de las dádivas, en Cerro Largo, negó al 
Partido, a Brum, al País. 

Desde entonces, Exequiel Silveira, que nunca fué a 
la guerra, que jamás dirigió multitudes; que sólo en¬ 
tendió la paz del trabajo; que fué amigo sin reservas; 
que únicamente creyó en los caminos de la bondad, que 
eran los suyos, deseó la guerra; buscó las multitudes, 
no trabajó más que para la lucha; repudió al amigo; 
viajó de continuo por los rumbos y las picadas, donde 
cualquier noche pudo hallarlo dura muerte. 

Conoció el desengaño; la traición; las pequeñas intri¬ 
gas de las ambiciones; las palabras brillantes, alzadas 
sobre los oscuros propósitos; el halago; la prisión. 

Dos años así, esperando, acercando la orden, por fin 
recibida. 

Ahí está, calzadas las altas botas; firme la actitud 
gallarda; con alegría bondadosa el gesto que el cham¬ 
bergo sombrea. 

Le llegó la orden del levantamiento, en la frontera 
del Brasil; y la cumplió, sin preguntas ni vacilaciones. 

Ese es un hombre. 


j 




r 


— 73 — í 

A su lado está Amestoy. 

Nervioso; de menudas formas; vivos los ojos oscuros 
y pequeños; bondadosa sonrisa, con una olvidada emo¬ 
ción de inocencia infantil en el rostro coronado por el 
cabello ya encanecido. Suave la blancura de la piel; 
tiernas las formas de los dedos alargados; envuelve a su 
figura un extraño ambiente de pulcritud varonil que 
acentúa, aún más, la sensación de bondad condescen¬ 
diente que suena en su voz fina y clara. 

Sin embargo, nadie más que él, guerrero entre todos 
los que allí están. Desde niños, su paso por las calles 
de Meló nos llevó la mirada, curiosa por evocar en su 
pequeño cuerpo las imágenes de la hora de su valor en 
las guerras, que los labios de todos comentaban en la 
paz. Nunca supo quedarse; ni le ataron el salto sobre el 
caballo esperándolo bajo-los paraísos, los brazos aman¬ 
tes, en el primer día del matrimonio; ni gastaron sus 
fuerzas las balas que lo voltearon frente a las guerrillas. 

Como Exequiel es colorado batllista, Amestoy es 
blanco. Pero mientras uno no había conocido hasta aho¬ 
ra los campamentos, el otro ha dormido en ellos; per¬ 
seguido; persiguiendo; cansado de las marchas y de 
los combates contra los paisanos y soldados de divisa 
colorada. 

Y Amestoy, sin celos, sin vanidades; pulcro en la ac¬ 
titud moral como en el traje de guerra que viste, está 
ahí, junto al caudillo del partido cuyas balas derrama¬ 
ron su sangre; a sus órdenes, disciplinado y cordial. 

La dictadura terrista ha borrado por fin el espacio 
de odios ancestrales que en el país separaba a hombres 
de este carácter. 

Amestoy tiene ya puesta en el sombrero la nueva, di* 
visa; azul, blanca y roja, en él. 

—¡Caramba, Coronel Silveira!, ¿lo trajeron tan apu¬ 
rado los gubernistas, que dejó la suya arrancada en 
algún tala?—bromeamos al ver el sombrero del amigo. 




— 74 — 


—Es que no volví a casa después del aviso, y allá 
se quedó. 

Le ofrecemos la nuestra, que aún llevábamos sin ha¬ 
ber usado, roja, blanca y azul, para los batllistas. 

— ¿Y usted? — pregunta Amestoy—. Le devuelvo en¬ 
tonces ésta que usted mismo, hace alíjún tiempo, me dió. 

—Está sobre noble frente, Comandante. 

—Muchas gracias. A llevarlas con honor, Coronel, nos 
obligan las manos que las hicieron. 

—ilVa a ordenar algo?—preguntamos al jefe para 
callar las palabras que la respuesta caballeresca del 
amigo trajo a nuestro ánimo. 

—Sí; hágase cargo de la jefatura del Estado Ma¬ 
yor; nombre los ayudantes y vuelva, que vamos a or¬ 
denar la marcha. 

—/.Quiere indicar algún nombre para ir cerca suyo? 

—Todos los que están aquí, tienen mi confianza. 

—/.S?e sabe algo de Basilio Muñoz? 

—Debe pasar hov. de acuerdo con sus planes, por el 
camino de la rpcl^illa. Allí lo e^tá esperando el capi¬ 
tán Joaquín Bebollo con su escuadrón, para proteger¬ 
lo contra cualquier sorpresa de la poMcía de Tacuarem¬ 
bó, cuya comisaría queda allí mismo. 

—¿Trae mucha gente Muñoz? 

—Apenas serán unos pocos, pues vienen en dos au- 
• tos y dos camiones cargando unas armas que teníamos 
en el Brasil. 

—¿Y así pasó la línea fronteriza? 

—Así lo tenía resuelto. 

—;.Qué distancia debe recorrer para llegar hasta 
aquí? i 

—Tal vez más de treinta leguas. 

—¿Treinta leguas por los caminos públicos, el Oe- 
neral de la Revolución, cuando nosotros ya la había¬ 
mos proclamado ayer, al caer la tarde? ¿No lo habrán 
detenido t 


- 








7S — 


—Es un gesto de audacia, en la que tal vez confie 
con razón. 

Nuestras cruardias avanzadas sobre el Paso de Acruíar, 
han traído al campamento a vario*? viaieros. detenidos 
en los eaitiinos de Cerro Tiaríro y Tacuarembó. Por ellos 
nos enteramos de la sorpresa nue ha cau^^ado nuestro 
movimiento. Cerro Largo ha sido dominado durante la 
noche del domingo, por la Pevo^uc’ón, que ha podido 
desarrollarse sin ningún tropiezo, hasta concentrar^'e 
allí sobre el Pío Negro: tal como estaba previsto y or¬ 
denado en los planes de Exequiel Silveira. 

Aunque todavía faltan llegar algunos .iefes compa¬ 
ñeros, todo induce a creer que podrán realizar la tra¬ 
vesía sin mayore*? inconvenientes. 

Hemos dispuesto de todo el día anterior para las pe¬ 
queñas concentraciones, y de la noche para las mar¬ 
chas, que para algunos fueron de más de veinte leguas. 

Las policías se han concretado a enviar chasques de 
un lado a otro, que cruzaban huyendo por los caminos; 
o han abandonado los puestos de observación y aún 
mismo sus locales; en una huida que nos permitió mon¬ 
tar a caballo a la hora en nue lo habíamos dispuesto, 
después de haber ocupado todo un día en limpiar y dis¬ 
tribuir nuestras armas. 

Los viajeros deteneos por ^nestra«J guardias, a los 
que inmediatamene se pone en lii»e:“^-«d. nos dan la exac¬ 
ta sensación de lo que está ocurriendo <^n Cerro Largo 
Los policías huyen a concentrarse en Mel^. de.sde don¬ 
de no se han atrevido salir, ni una partida de ella, ni 
un escuadrón del regimiento que guarnece la ciudad, 
en nuestra descubierta. Y ya más de quinientos ham¬ 
bres en armas han cruzado todos los caminos del de 
partamento; de Meló, de Frayle Muerto. Cerro de ¡r.** 
Cuentas, Tupambaé, Santa Clara: ciudad y pueblos, han 
salido los contingentes revolucionarios y marchado en 
los rumbos que se les había señalado, sin haber sido 
perseguidos por nadie. 


— 76 — 


Nos han abandonado el campo, mientras se arrinco¬ 
nan en la capital y facilitan así los primeros pasos de 
la Revolución. Estamos sobre el límite de los departa¬ 
mentos de Tacuarembó y Cerro Largo; campados sobre 
una carretera hacia la cual convergen caminos de cla¬ 
ra importancia estratégica para las fuerzas gubernis- 
tas. A menos de* cuatro horas de viaje desde Meló, don¬ 
de hay un regimiento armado de todas las armas, más 
de doscientos policías, y dos aviones de guerra. A una 
hora del pueblo de Frayle Muerto, estación del ferro¬ 
carril de Montevideo a Meló, que dista menos de una 
hora de esta ciudad; a pocas cuadras de distancia de 
la comisaría octava de Tacuarembó. 

Y allí estamos, en la media tarde del lunes, domi¬ 
nando los puntos de tránsito que nos rodean; con un 
escuadrón avanzado sobre la Cuchilla de Pereyra, vi¬ 
gilando el pasaje de Basilio Muñoz, pronto para pro¬ 
tegerlo de cualquier ataque. 

La sola noticia de la Revolución, liberta los cam¬ 
pos y cerca en la ciudad y los pueblos a las medrosas 
fuerzas gubernistas, do entre las cuales en vano se car¬ 
pera que surja un hombre audaz que comprenda nues¬ 
tra necesaria desorganización y nuestra carencia de ar¬ 
mamento, y salga a descubrirnos y atacamos. 

Dos años se han pasado rodeando las casas de to¬ 
dos nuestros compañeros señalados como futuros je¬ 
fes de los grupos revolucionarios; siguiendo nuestros 
más insignificantes pasos; invadiendo nuestros domici¬ 
lios; con cualquier pretexto, a cualquier hora, insolen¬ 
tes, en la inútil ostentación de su fuerza. 

Todo éso para que, llegada la hora de la Revolución, 
ninguno de nuestros hombtes fuera preso; ni una de 
nuestras armas, tomadas; ninguno de nuestros peque¬ 
ños grupos, atacados o dispersos. Tanta fuerza lucida 
en una paz que ellos erizaron de rencores, se ha cer¬ 
cado por su propio miedo en las calles de la ciudad y 
los pueblos. 


77 — 


Generales; Estados Mayores, espionaje extendido co¬ 
rrompiendo la moral del pueblo; artillería, radio, avia¬ 
ción; estrategas; los más modernos instrumentos y mé¬ 
todos de guerra, ¿para qué sirven cuando falta un 
hombre¿ ^ 

Frente a ellos, ahí está el campamento revolucio¬ 
nario. 

Sin un militar entre sus fogones; paisanos ciudada¬ 
nos, sus capitanes y soldados. Más de un año hace que 
Re les dió el rumbo; se les distribuyó un armamento 
que debió ocultarse entre loS pajonales, en los senos de 
las sierras, bajo tierra. Robándole al pesado sueño des¬ 
pués del trabajo en las huertas, unas horas de la noche 
para llevar los chasques; obligados a explicar hasta al 
más torpe o el más mozo, la razón de las órdenes que 
RC los trasmiten, pues el espíritu ciudadano repugna la 
disciplina con que el jefe del cuartel puede sacar a sus 
soldados para conducirlos a morir por la libertad o por 
la tiranía. Aislados por el espionaje gubernista que re¬ 
corre los caminos, se agazapa en los rincones de las 
pulperías; llega, como un ladrón, en la noche a los pa¬ 
tios de las casas campesinas; viola impúdicamente nues¬ 
tra correspondiencia; soborna a los débiles y alienta a 
la canalla, con la promesa del empleo público o la to¬ 
lerancia para vivir y medrar contrariando la ley, mer¬ 
caderes del delito. 

Bastaron cuatro palabras la noche del domingo, para 
que el estudiante, el periodista, el labrador, el peón, el 
pequeño hacendado, vencieran todos los escollos, que¬ 
braran todas las resistencias. Y se lanzaron al campo, 
8Ín armas, casi; aventurándose en la noche y en la cla¬ 
ra mañana que los aviones gubernistas vigilaban; des¬ 
afiando al número, la vanidad y la fuerza de los que 
ahora se esconden y se miran, desconfiándose; servido¬ 
res de la traición, se aprietan y revuelven en las ca¬ 
lles de Meló no sabiendo qué piensan unos, ni la inten- 


/ 






1 





1 | 


— 78 — 

ci6n de los otros; recelando el General del Coronel; 
éste de aquél; el capitán del soldado. 

Se requisan los autos, los camiones, las caballadas; 
se ocupan los teléfonos, las radios. 

¡Nadie puede salir de Meló, ni de ningún centro po¬ 
blado ! 

Y los revolucionarios siguen saliendo y llegando a 
nuestro campamento. 

Entretanto, unos escuadrones fantásticos les roban el 
sueño y el hambre a los policías que, para su tremen¬ 
da angustia, han destacado en el pueblo de Frayle 
Muerto los jefes gubernistas. 

La mañana es clara; las distancias son visibles hasta 
lejanos horizontes; por el cielo limpio continúan vo¬ 
lando los aviones, que escudriñan los montes y las sie¬ 
rras; por los caminos siguen llegando los viajeros a 
quienes nadie ha detenido. 

De pronto, por las calles del pueblo corre un jinete 
levantando nubes de polvo, entre el ladrido de los pe¬ 
rros asombrados, y las miradas curiosas de las mujeres. 

Tembloroso el caballo; sudoroso el rostro; reseca 
de polvo la boca abierta con que vino tragando el vien¬ 
to caliente de la mañana, el chasque policial se detiene 
junto a la puerta de la comisaría. 

Le acogen oídos ansiosos. Bien quisiera el comisario 
levantar las orejas hasta la boca del jinete, que se ha 
encorvado sobre el pescuezo del caballo, y sobre el pe¬ 
lo empastado del cuasi enano que lo escucha, le golpea 
con las graves palabras: 

—¡Ahí viene la RevoluciónI |Ya se ven sus guerri¬ 
llas por las laderas! 

—¿Son muchos? 

—Sí, es toda la gente de Exequiel. Se nos vienen 
encima!... 

Suenan las botas sobre los pisos enmaderados; los 
sables golpean contra los marcos de las puertas; cae 
un rebenque contra los mosaicos, y parece que va a 


I 




quebrarlos; brillan los cañones de las carabinas; las 
calderas chorrean su agua hirviendo sobre el fogón. 

Grita el comisario, el sargento, el soldado. 

—¡Ahí vienen!... |A caballo! 

Y salen los héroes; los valientes escogidos entre loa 
que correft hacia los caballos. Van a descubrir a la 
Ilevolución. 

En la clara mañana avanzan cautelosamente. 

Allí está el monte del Prayle Muerto henchido quién 
sabe de qué trágicas sorpresas, por los revolucionarios. 

Se adelantan los bomberos: descubren el paso; pisan 
la otra orilla. Avanzan los héroes Cruzan la llanura; 
trasponen una loma; suben una cuchilla. Un jinete mira 
hacia atrás, donde quedó el pueblo; ¡cuánto se alejan! 

Quien los manda, dialoga con el chasque: 

—¿Detrás de aquella cuchilla? 

—Sí; de aquella misma. 

—¿De ésa que está sola; de la única que vemos aho¬ 
ra? ¿Por ahí venían ya? 

—Sí, sí, eso es... 

Es preciso entonces, aVanzar más despacio; desple¬ 
gados; con el arma pronta. 

Ya están en la cumbre. 

Ix)s ganados pastan tranquilamente en el bajo; los 
caballos, dispersos, están durmiendo el sueño de la ma¬ 
ñana; las ovejas van, bajo los balidos, en abiertas co¬ 
lumnas buscando la sombra de los mimbres. 

—¡Allá están! ¡Mírelos, tendidos en guerrillas! 

Dice el bombero sofrenando el caballo; extendiendo 
el brazo hacia la ladera próxima. 

—¿Dónde? 

—Allí, allí, ¿no los ve? Están paraos, esperándonos. 

—¿Aquella fila que baja la cuchilla? 

—Sí, aquélla, aquélla misma. 

—¿Usted crée?—pregunta el jefe, que ha reconcen¬ 
trado el gesto. Sólo él ha recordado qué son aquellas 



^ so ^ 


siluetas que el soldado señala. Y calla. Medita la or¬ 
den que ha de impartir a sus guerreros. 

Hasta que, rudo, valeroso, se dirige a su tropa seña¬ 
lando los bultos dispersos; con la voz temblándole de 
coraje: 

—jSoldados, de frente y al galope! 

Ante el épico galopar alzan, sorprendidos, el lento 
cuello de los ganados; sacuden su sueño los caballos; 
huyen entre balidos medrosos las ovejas. 

Y los héroes galopan, firmes, en abierta guerrilla; 
desafiantes, entre sonoros redobles de los cascos; avan¬ 
zando hacia la ladera. Las armas prontas; el gesto fie¬ 
ro; relumbrantes los sables que acompasan los saltos 
de los caballos, que la espuela decidida hiere. 

Pronto llegan sobre la altura; sólo uno se ha retar¬ 
dado. Rodean a los audaces bultos que han esperado 
impasibles, dispersos, en la ladera. 

Y los reconocen. 

Son los mismos que hace años están allí, alzados, ali¬ 
neados; postes de piedra sosteniendo el alambre que 
un revolucionario, la noche antes, cortó. 

El sudor de la carga decidida, vuelve pesado el som¬ 
brero sobre la frente y corre por las mejillas de los 
guerreros, que se miran con ojos alegres. 

Echan pié a tierra; lían y encienden un cigarro. 

No hay tiempo que perder. Otra vez a caballo. 

El jefe delante, duro el gesto, emocionada la voz, 
grita: 

—I Viva el Superior Gobierno! ¡ Viva Terra! 

Y en el grito se alivia el alma de los jinetes. 

Otra vez galopan, firmes, en abierta guerrilla, hacia 
el Frayle Muerto. Los ganados toman a pacer tranqui¬ 
lamente en el bajo; los caballos vuelven a dormir el 
sueño de la mañana; las ovejas se agrupan, con ahoga¬ 
da tos, a la sombra de los mimbres. 

Ya entran los guerreros por las calles del pueblo. 

¡ Qué ágil galope pone la espuela en sus caballos I 



Han arrollado la pelota con que unos niños jugaban 
al fútbol. Inútil es que las palabras infantiles les al¬ 
cancen, sonando a llanto; los guerreros galopan, sin 
mirar para atrás, firmes, callados. De la sombra de 
un cardo, despierta una gallina aterrada; corre, salta, 
vuela; i)ronto es un montón de polvo, de gritos y de 
plumas. 

Los guerreros galopan, sin pausas de piedad; a cual 
más ágil, más bravo. 

Más lejos, una vecina ha soltado a la calle a su cerdo. 
I Maldito cerdo, casi rueda sobre el, el caballo del jefe! 

Con andar dormido, una lechera va buscando los pas¬ 
tos verdes que las zanjas de la calle protegen del sol; 
arrastrando una soga con la que va dibujando víboras 
sobre la tierra. 

Los guerreros se acercan; el caballo de uno de ellos 
pisa la soga y la vaca da un violento cabezaso hacia 
atrás. Ya la rodean la pechan y la dejan; quieta, asom¬ 
brada, mientras los siguen los ladridos de los perros 
y las miradas de las mujeres que se han asomado, cu¬ 
riosas, a las ventanitas de los ranchos. 

Los guerreros llegan; fieros, jadeantes, sucios de su¬ 
dor y tierra, a la puerta de la comisaría. 

Trasmiten el parte de la descubierta, con gesto grave 
que los niños admiran desde respetuosa distancia. 

Y otra vez el grito, de los que llegaron y de los que 
estaban, domina en el pueblo. 

—¡Viva el Superior Gobierno! |Viva Terra! 

Pero el día es largo; el peligro cercano; las vecinas 
se lanzan de una a otra acera, desde la sombra de los 
parrales, noticias graves; los hombres se reúnen en las 
esquinas y se trasmiten secretos que el oído nervioso 
de los guerreros no puede percibir. 

Y los nervios se excitan; la inteligencia se fatiga; en 
la frente laten las venas. 

Por la cuchilla cercana, se ve pasar galopando a una 
punta de ganado; los caminos se vacían y permanecen, 





bajo el pesado sol, como en una silenciosa espera de algo 
que está a llegar desde los campos callados. 

La noche va a caer sobre el pueblo a nueve leguas 
de Meló. De pronto, un nuevo jinete irrumpe en las 
calles. 

Ahora sí, se ven las guerrillas de la Revolución acer¬ 
cándose. De nuevo salen los valientes. Más cautelosos, 
cruzan el arroyo, suben la cumbre, galopan sobre la 
ladera. 

Se despliegan; corren los cerrojos de las armas; de¬ 
cididos, fieros, acometen a los bultos que esperan, im¬ 
pávidos, alineados en el campo. 

lyos rodean; los cercan; los reconocen. Echan pié a 
tierra, y recuestan un momento el cansancio de la an¬ 
gustia, en los postes de piedra del alambre, hasta que 
el jefe ordena, decidido: 

—i A caballo! jAl galope! 

De nuevo se alarga en el grito de i viva Terra!, el des¬ 
canso del alma; como aquel que estira los brazos y las 
piernas para sentir que existe, cuando vuelve su pen¬ 
samiento de una pesadilla. 

Mientras tanto, a diez leguas del pueblo donde los 
guerreros gubernistas batallan con su miedo, comienza 
a levantarse el campamento revolucionario. 

El capitán Rebollo ha traído dos novedades de im¬ 
portancia: una de ellas decide nuestra marcha: El Ge¬ 
neral Muñoz no llegó por el camino por el cual se le 
esperaba, sino que pasó, algo más abajo, rumbo al Pa¬ 
so de Pereira en el Río Negro. Va a situarse en los lí¬ 
mites de los departamento de Cerro Largo, Tacuarem¬ 
bó y Durazno, a nuestra espera. La comisaría de la Cu¬ 
chilla ha sido abandonada por los policías que huyen 
hacia el norte, arreando las caballadas del vecindario. 

Buscamos al Coronel Silveira que ya está, con el ca¬ 
ballo por la rienda, dando instrucciones a los chasquea 
que han de quedar para indicar nuestro rumbo a los 



compañeros Antúnez, Goyenola, Díaz y Noble, que aún 
no han llegado. 

— Ijsl columna está pronta, Coronel. ¿Estos policías 
que están ahí, son compañeros? 

En la tarde tranquila, de suave luz dorándo'^e en los 
pajonales, la División Cerro Largo avanzó al tranco, 
por la orilla del monte, buscando la carretera del puen¬ 
te de Aguiar. 

—Este pobre segundo eomisario, si no llegamos a 
triunfar, va a ser la primera víctima de la vanidad he¬ 
rida del jefe terrista. 

—Creíamos que eran voluntarios, y le servían de es¬ 
colta...—bromeamos.—¿Son los que estaban al frente 
del puesto policial que vigilaba su estancia? 

—Este es el segundo de Fr.ayle Muerto. Tx)s otros dis¬ 
pararon anoche, dejando en la oficina hasta un par 
de botas y un maletín lleno de munición. 

—Parecía tan guapo el que los mandaba... 

—Ligero, es; cuando llegamos, de ellos ya no que¬ 
daba más que el rastro. Pero a este pobre lo prendí es¬ 
ta mañana, en el camino. 

—¿No intentó pelear? Ellos son cuatro. 

—Sí; el hombre iba a pelear, confundiéndonos con 
la gente del comandante Muñoz, de cuyo paso unos ca¬ 
rreros le habían dado aviso. Pero cuando me adelanté 
al galope a intimarle que se rindiera, me reconoció 
y resolvió entregarse sin resistencia. ¡Pobre; cargado 
de familia, no le van a perdonar el que se haya dejado 
aprehender por mi! ¡Es una lástima! 

—Se hubiera hecho matar, si se resiste. 

—Nosotros éramos como doce hombres. Resistirse era 
inútil y un crimen contra sus propios soldados. Pero 
usted va a ver: si la Revolución no triunfa, a éste lo 
arrojan a la miseria. 

—Con ese criterio, antes tendrían que destituir a los 
que han huido sin saber de qué. Desde anoche parece 
que la tierra se tragó a toda la policía de Cerro Largo. 



— 84 — 


—^Ah, sí. Pero éste no se salva; lo pensé desde que 
lo vi frente a nosotros en el camino. | Un paisano bueno, 
el pobre!... 

—Poro al servicio de una dictadura que es respon¬ 
sable de la muerte de Brum; del crimen contra Grauert 
y de todas las muertes que acaso tengamos que la¬ 
mentar entre los que van aquí. Esta es la dura vir¬ 
tud de la lucha; o se está con nosotros, o contra nos¬ 
otros. Y con las armas en la mano. 

—Sí, desde luego. Pero justo, a este buen hombre, 
cargado de familia, le había de tocar ser el primero. 
Esa es la lástima. 

—Si estuviera libre, iría a engrosar las filas guber- 
nistas. y las balas de este bueno, matarían a otro tan 
bueno como él, pero más pobre y, sobre todo, que ha 
venido con nosotros a luchar por los permanentes in¬ 
tereses de este mismo subcomisario que, si pudiera, lo 
perseguiría y mataría. El peor de los espectáculos, y 
el más desmoralizador, es el de los buenos al servicio 
de los malos. 

—Y... las necesidades. 

Sirviendo a quienes sirve, no hará más que rema¬ 
char sus propias cadenas. Y éso importa más que todas 
las íntimas intenciones. 

Jjñ columna va avanzando por el departamento de 
Tacuarembó, entre las palabras alegres y tranquilas de 
las mujeres que desde las casas próximas nos saludan 
y despiden. 

Marchamos por el camino público, sin que se advierta 
ningún signo de que las fuerzas gubernistas nos per¬ 
sigan o esperen. 

Nadie se aparta de su escuadrón; nadie llega a una 
casa de las muchas que bordean el camino; ni corta un 
alambre; ni apresa a un hombre de los que se ven, de¬ 
tenidos de sorpresa, sobre los surcos o en los patios; 
ni se quita un caballo. 

Nadie huye de la columna revolucionaria que conti- 


— 85 — 


núa al tranco, mientras la tarde empieza a tomarse 
azul y dorada. 

Después de treinta años de paz, ahí va pasando la 
guerra; anunciada por la gran polvareda que la brisa 
no alcanza a levantar más alto que la cabeza de los ji^ 
uetes; por las caballadas que marchan dispersándose, 
reuniéndose; deteniéndose a arrancar, en rápidos mor¬ 
discos, las matas de pasto verde que crecen en las huer¬ 
tas vecinas y se extienden hasta los alambres del ca¬ 
mino. 

Las pulperías permanecen abiertas; el pulpero en la 
puerta, sin temor. 

La sombra de una enramada acentúa la sensación de 
frescura que la vista de un barril levantado sobre sus 
pequeñas ruedas, produce en el ánimo de los soldados 
sedientos. Varios jinetes, unos apeados, otros sobre el 
caballo, se han adelantado y esperan sobre el camino, 
con paciencia cortés, a que les alcancen el jarro con que 
una mujer los sirve, entre palabras alegres. 

Pegándose contra el alambre que cierra por un cos¬ 
tado al camino, un niño va al tranco, golpeando con 
sus pequeños pies descalzos al petizo que monta. Nos 
mira desfilar, con ojos asombrados, con una lentitud 
que el lerdo petizo alarga hasta la angustia. De la mul¬ 
titud guerrera parten voces, saludándolo; ofreciéndole 
cambiar el caballo que se lleva del cabestro, por el su¬ 
yo, que se va deteniendo, con apagados relinchos, entre 
las caballadas. 

Lo envuelve la pesada nube de polvo en la que él 
entró, con una detenida sonrisa en los labios; lo achica 
la distancia en una vuelta en el llano. Y así nos sepa¬ 
ramos en el paisaje, él hacia el sur, la columna hacia 
el norte. Un pequeño punto oscuro en el alto; una alar¬ 
gada masa en el bajo, anunciándose en los relinchos, 
con puntas de sol entre la polvareda, sobre el caño de 
las armas. 

Desde una casa próxima nos sale al encuentro un 



muchacho. Llega preguntando por el Coronel, a quien 
alcanza en un alto del camino, junto a una pulpería. 

«—/,Qué andas haciendo? 

—Vine buscándolo Coronel. 

—¿Y para qué, muchacho? 

—Para acompañarlo. Yo también quiero ir. 

—¿Te invitó alguien? 

—No, señor. Estaba traba.jando en aquella casa que 
se ve allá; de lejos vi venir a la Revolución, y le sa¬ 
lí al encuentro. 

—¿Tenes caballo y armas? 

—No tengo nada; vine como pude. 

El Coronel sonríe ante la decidida voluntad del mu¬ 
chacho, que nos mira como pidiéndonos que no lo de¬ 
jemos. 

—¿Y cómo vas a ir, entonces? 

El se deja engañar por la broma y contesta, humilde 
y enérgico. 

—Como usted quiera. Coronel. 

El pulpero se ha acercado a estrechar la mano ami¬ 
ga del jefe revolucionario y sonríe, con la suficiencia 
de los años, oyendo el diálogo. 

—¿No se anima, compañero, a p|*estarle unas garritas 
a este guerrero? 

—¡Cómo no, Coronel! Tengo un recado pobre, pero 
que le va a servir. 

Se da orden de que se le entregue un caballo; y el 
muchacho se aparta de nosotros, agradecido y feliz por¬ 
que se le llevará en las filas. 

—Si todos los que deben hacerlo salen, como este hu¬ 
milde muchacho, al encuentro de la Revolución, vere¬ 
mos cuánto valen las tropas gubernistas. 

—Por desgracia creo que no va a ser así. Tengo la 
impresión de que ésto va a andar muy mal. 

—Vd. estuvo últimamente con los dos jefes de la Re¬ 
volución. ¿No estaba todo el país pronto, cuando die¬ 
ron la orden? 




^Me parece que ahí está la falla. Impresionan como 
il desconfiaran entre ellos, y se ocultaran intenciones. 
Yo fui sorprendido por la orden del levantamiento, al 
milir del Brasil. Usted sabe a qué había ido. 

— ¿Muñoz le envió la orden? 

— Sí; usted recuerda que siempre se nos dijo que de 
él nos vendría, pues sería el jefe inmediato nuestro y 
desde él nos llegaría más pronto y seguro el chasque. 

— Así es, desde que se piensa en la Revolución. ¿Qué 
día recibió la orden de levantarnos? 

— El jueves, como a las cinco de la mañana. 

— Hoy ya es lunes; de modo que han tenido tiempo 
para trasmitirla a todo el país. 

—La cuestión es que lo hayan hecho. 

— No se justificaría otra cosa. 

— Ya veremos. A mí se me aseguró que todo estaba 
dispuesto. 

— Cerro Largo ha cumplido su palabra. Aquí va, sin 
faltar ninguno, tal como lo había prometido. Otros son 
los responsables de lo que ocurra en toda la República. 

— Si los que mandan han hecho bien las cosas, el re¬ 
sultado puede sernos favorable. 

—No sabemos nada de Montevideo. 

—Anoche debió ser allí el pronunciamiento. Esta au¬ 
sencia de enemigos que vamos notando... 

— Puede ser un síntoma de que allá el Gobierno 
tambalea... 

—Vamos a ver. 

El anochecer está cayendo en la llanura por donde 
continúa avanzando la columna. 

De las cañadas se empieza a levantar un aire frío 
que va librando a los cuerpos de la peladez que el sol 
violento dejó en la frente y en las espaldas. A nuestra 
derecha, clarea en el cañadón una laguna donde se al¬ 
zan las voces de los caballerizos, azuzando a los ani¬ 
males que se resisten a seguir, viendo el agua fresca 
y las gramillas húmedas. 



— 88 — 


—¿Marcharemos toda la nochet 

—No; vamos despacio, haciendo tiempo para que nos 
alcancen Basilio, Antúnez y otros compañeros que fal¬ 
tan. 

—La gente viene sin haber dormido casi. ^ 

—Cuando se haga la noche haremos alto. 

La callada hora del campo ha levantado las voces 
de los hombres, que nos llegan desde las apartadas fi¬ 
las de la retaguardia. Dolante nuestro el cielo se abre 
y se cierra sobre el grupo de los exploradores, en los 
altos y los bajos. 

Desde una distancia ya perdida en la noche, relincha, 
celoso, un pastor al sentir los ecos de las caballadas 
llegarle hasta la tropilla que él domina y conduce. 

En una cuchilla en donde se ha encendido un fogón, 
suena el balido de un ternero llamando a la madre, sor¬ 
prendida por la noche lejos de la playa del corral. 

Ya la brasa de un cigarro es una luz roja en el pai¬ 
saje oscurecido. 

Seguimos marchando, mientras la noche crece y se 
ahonda en las puntas de luz de las estrellas. 

Encerrado entre altas cuchillas, se abre un llano por 
el que pasa una zanja cuya agua resplandece a trechos. 

La columna hace alto; se ordena echar pié a tierra. 
Con el caballo por la rienda, unos soldados buscan algo 
con que improvisar un fogón para calentar el agua del 
mate; otros encienden fósforos entre las barrancas, bus¬ 
cando un paso para llenar las calderas; más allá, entre 
confusas formas apretadas, los cigarros se empeñan en 
cavar un pozo de luz en la oscuridad. No es más alto 
que el murmullo de los caballos pastando, el de los diᬠ
logos de los hombres. 

Se encendió un fogón; después otro, otro... Son 
tantos como los escuadrones de la División en la que 
apenas si alguna risa se eleva venciend'’ al cansancio. 

Mientras unos sorben el mate, otros van tendiendo 
los cojinillos sobre los pastos que el rocío ya ha rao- 


— 89 — 


jado. Los veteranos calientan el trozo de carne que le¬ 
vantaron del campamento; otros, sólo quieren dormir. 

—Que no se desensille. Vamos a descansar con el ca» 
bailo por la rienda. 

Junto al automóvil en el que Montedónico conduce 
a nuestro pequeño parque, el Estado Mayor rodea al 
Coronel. 

—¿No se animan a conseguirme un poco de agua? 

—Yo se la traigo, Coronel—se ofrece Edmundo, que 
ocupa cerca nuestro el cargo de ayudante, con el grado 
de teniente. 

Clarín está inquieto al sentir la proximidad de los de¬ 
más caballos, que se cierran en círculo apretado sobre 
nosotros, sujetos del cabestro por los asistentes. 

Los cigarros se han apagado, en la mano olvidados, 
cuando Edmundo vuelve, alumbrándose con una peque¬ 
ña linterna, 

—^Aquí está el agua—dice en voz baja, inclinándose 
sobre nosotros, ya tendidos en los recados. 

—Gracias, ya no la precisa...—bromeamos.—^E1 Co¬ 
ronel se ha dormido. 

En el círculo alejado que nos rodea, brillan y se apa¬ 
gan las lucecitas de los cigarros, señalando la altura 
de las cuchillas en las cuales las guardias cuidan el 
sueño del campamento. 



CAPITUT.0 V 


¿HEMOS SIDO ABANDONADOS? 

Nos hemos levantíido con el día. La noche pesa aún 
sobre nuestros párpados, los hombros, las cansadas 
piernas. 

Dormimos tirados sobre los cojinillos; de almohada 
la maleta; calzadas la.s botas; envueltos en el poncho 
de invierno. 

No podemos precisar en los recuerdos, que libres aso¬ 
man y se van de nuestra frente, si oímos o soñamos 
los relinchos cercanos, dictantes, de los caballos en la 
noche; una voz preguntando, entre perdidos silenc¡o.s: 
¿consigue dormir?; el círculo rojo de un fogón, que no 
pueden apagar las pesadas sombras con que el cielo lo 
aprieta en el bajo; el sordo .sonar de unas botas pasan¬ 
do casi junio a nuestra cabeza; la palabra dormida de 
Vicente, aquietando a Clarín.’ 

Y cómo los recuerdos, las imágenes pasan, o están 
ante nuestros ojos; dispersas, incomunicadas, sobre el 
llano apretado, en el día recién amanecido. Ya mon¬ 
tan unos sobre los caballos de inclinada cabeza, mien¬ 
tras otros aún permanecen tirados sobre el campo, cu¬ 
bierta la cara por el sombrero que los protegió del se¬ 
reno de la noche y ahora de los ágiles rayos de luz 
que bajan de la cuchilla al llano, por los caminos de 
cristal del rocío; más allá, una rueda cerrada sobre un 
fogón, donde pasa el mate y suenan vivas palabras so- 




— 91 


liro un hombre acostado, como un tronco tirado, entre 
MtiN compañeros; Gino duerme aún, opreso por los ca¬ 
jones de munición que llenan el auto que ya en la clara 
llora, tiene tendida sobre los ojos dormidos del Coronel, 
una alargada sombra, como un trozo olvidado de la 
noelie. 

Las palabras se alzan; acláranse los rostros; se avi¬ 
van los pasos; las manos ágiles van quitando del campo 
las manchas blancas y oscuras de los cojinillos y los 
ponchos; los fogones son pequeñas ruedas grises que 
las nerviosas patas de los caballos dispersan. Como entre 
las distancias escondidas de un monte, los amigos se 
llaman, y los jefes dan órdenes. Tira del cabestro un 
Moldado a su caballo que se alejó en la noche buscando 
las tiernas gramillas y aún viene, lerdo, parándose para 
arrancar las altas matas; cuelga de la mano de otro 
un rebenque, suspendido de un círculo de luz. 

Mientras los ayudantes ya galopan por el campo, to¬ 
davía, aquel que nunca siente prisa, está con el caballo 
por la rienda; tendida en el suelo la carabina; el ma¬ 
te en una mano, la caldera en la otra; perdidos la mi¬ 
rada y el pensamiento en las cuchillas lejanas que la luz 
inunda. 

Sobre el cansado cuerpo en el caballo al tranco, la 
mañana nos golpea, con los ligeros dedos de la brisa en 
la frente; de la luz en los ojos; de sus voces lejanas, 
que se agudizan en el canto del gallo de aquella casa 
blanca sobre la cuchilla. Y se nos adentra en el espí¬ 
ritu, en el que se anima el pensamiento, que ahora avi¬ 
va un recuerdo, y otro, y repasa un juicio; amplio y 
claro como la luz del paisaje que vamos, con la marcha 
sonora y oscura de la columna, cortando. 

—Coronel, si nos permite vamos a buscar caballos. 

La orden se da, y bien pronto vemos desprenderse 
de la columna a un grupo de jinetes que enderezan el 
rumbo hacia un rincón del monte desde donde ha lle¬ 
gado el anuncio de un relincho. 





— 92 — 


Son apenas cinco, que marchan al principio al tran¬ 
co, mientras arreglan las armas para que no los moles¬ 
ten en la carrera. Luego sueltan el galope en el llano; 
ya se dispersan, empequeñecidos en el plano inclinado 
de las laderas; suben la cuchilla, se recortan en el ho¬ 
rizonte; ágiles, oscuros, son una pequeña bandada de 
pájaros en cuyas alas de pronto se aviva una punta 
de sol, o es un poncho de verano, sobre el caballo tor¬ 
dillo, una garza blanca que vuela, lenta, en el azul del 
cielo. 

Las casas nos miran pasar y alejarnos, con los espe¬ 
jos iluminados de sus ventanas; agachados los ranchos 
a la sombra de los ombúes; cerradas las puertas de las 
pulperías, junto a las cuales sólo el palenque traza una 
recta negra en el suelo, que ninguna otra sombra apaga. 

Dóranse los patios con las hojas secas que la noche 
volteó en ellos, olvidados en la crecida mañana por la 
sirvienta cuyo canto enmudeció el trote de nuestros 
baqueanos coronando la cuchilla; mugen las vacas de 
hinchada ubre junto a los corrales, donde permanecen 
aún sus hijos, con el sol tan alto, a la espera del peón 
que no llega; bajo el peso del yugo se adormece la quie¬ 
tud de los bueyes, en cuyos claros ojos se va cerrando 
el paisaje. 

Vacíos el campo, el camino. 

Sólo un viajero se cruzó con nosotros, y se alejó con 
el asombro de nuestra presencia guerrera, dejándonos 
la amargura de su noticia. 

El día anterior, lunes, había salido y llegado, de 
Montevideo a Cerro Largo. 

Casi toda la extensión del país, de una frontera a 
otra cruzó, y sólo allá en nuestros pagos le sorprendió 
la guerra. Los puentes de las carreteras permanecían 
intactos; las vías del ferrocarril, útiles. Nada detuvo 
al tren, ni vió interrumpido, en el largo trayecto, el 
trabajo de nadie. 

Montevideo se inquietaba con rumores muy vagos so- 





— 93 — 


bre pronunciamientos revolucionarios; el Globierno 
aprehendía a políticos conocidos y a ciudadanos de hu¬ 
milde actuación; se hablaba de nosotros sin saber cuán¬ 
tos éramos; ni dónde estábamos; ni qué armas te¬ 
níamos. 

Pero nada más. 

En el sur funcionaban los teléfonos, telégrafos; los 
servicios públicos y privados, todos. 

Y desde el atardecer del domingo anterior, ya los 
hombres de Cerro Largo se habían lanzado al campo 
y allí iban, desafiando a las poderosas fuerzas guber- 
nistas. 

¿Qué había ocurrido? 

Mientras marchamos, en la mañana tan clara, el pen¬ 
samiento ha perdido las palabras, ahuyentadas por una 
duda amarga. 

Dos años hace que la Revolución se espera como el 
único camino posible por el cual salir de la injusticia 
y el oprobio en que ha caído el país; hemos creído en 
la unanimidad del movimiento de opinión que la hará 
estallar, y en la discreta capacidad de quienes la co¬ 
mandarán. 

El Gobierno, tantas veces alarmado sin motivo por 
sus innúmeros espías, ha sido sorprendido por nuestro 
levantamiento. Nos explicamos su desconcierto de las 
primeras horas, y la falta de decisión de sus jefes para 
salir a descubrirnos y perseguirnos, ya, a más de cua¬ 
renta horas que estamos sobre las armas. 

Pero, ¿y nuestros amigos? 

Desde el 25 no hemos recibido una sola noticia de 
Montevideo ni de ningón otro punto del país. Este mis¬ 
mo departamento de Tacuarembó, por cuyo camino va¬ 
mos avanzando, ¿ha sido conmovido por nuestros com¬ 
pañeros aquí residentes? 

Y estamos viviendo las horas decisivas de las revo¬ 
luciones; todo tiempo que pase sin que se pronuncie 
en la extensión del país la rebeldía, será favorable al 












— 94 — 


Gobierno, que podrá reponerse de la sorpresa que nos¬ 
otros le habremos causado, distribuir su multiplicada 
vigilancia, y reunir a sus ejércitos para echarlos ar¬ 
mados de todas las armas, sobre nosotros. 

En el centro de la columna de Cerro Largo que va 
avanzando por el paisaje ondulado, vamos recordando 
palabras y gestos de los que, como nosotros, proclama¬ 
ban la necesidad de la guerra. 

¿Qué se habrá hecho de aquel incontenido entusias¬ 
mo de unos; qué, de las solemnes promesas de otros, 
de lanzarse a la calle a gritar su adhesión a los pri¬ 
meros que salieran al campo; qué de aquellas frases 
electrizadas de temeridad, que vibraban desde las tri¬ 
bunas políticas sobre la cabeza de las multitudes y arre¬ 
bataban y lanzaban a los espíritus por los caminos 
sombreados de la emoción, azuzándolos como una es¬ 
puela de fuego? 

¿Dónde están ahora, los conductores de multitudes? 
¿Y los de gesto huraño, palabra solemne, que el secre¬ 
to terrible, sólo por ellos conocido, emociona; los que 
todo lo saben y lo callan, porque tienen la sagrada res¬ 
ponsabilidad de lanzar a una sociedad al sacrificio pa¬ 
ra conquistar sus más altos destinos? 

Los que conocen el genio del pueblo; los que tienen 
leales oídos en todos los cuarteles; los que no adoptan 
una divisa de clase, porque tienen el milagroso instru¬ 
mento que une al fuego y al agua y con él llevarán del 
brazo, a morir por una misma libertad, al capitalista 
que mata al obrero en el taller, y al hijo de ese obrero, 
que agoniza de miseria; los prudentes, que siguen sir¬ 
viendo a Terra y ocupando puestos públicos, con la he¬ 
roica decisión de perderlo todo, pero sólo cuando haya 
sonado el primer disparo en el país, ¿estarán en estos 
momentos sitiando a Terra; acorralándolo en el cuartel 
de Bomberos? 

¿Y los generales, y los coroneles, cuyos nombres se 
pronunciaban con emocionada voz por el hombre del 





pueblo, que los creía dispuestos a ser ti brazo viril que 
derribaría el árbol podrido de la Dictadura? Ellos, los 
que no hablaban, ni actuaban: los del gesto reeoneen- 
trado; dioses de puños erizados de rayos que en la ho¬ 
ra de la E'^volución lanzarían, terribles y únicos, sobre 
las atemorizadas fuerzas gubernistas. ¿Dónde están, 
con sus ejércitos libertadores? 

Y mientras tanto, la División Cerro Largo va des¬ 
envolviendo lentamente los paisajes; vacíos, callados, 
sin otro viajero que aquel que dejó entre nosotros, con 
sus palabras, la semilla del primer desencanto. 

I.os ferro-carriles siguen turbando el silencio de los 
ríos, eon el estrépito de sus llenas voces sobre los puen¬ 
tes; los autos apresan y extienden las distancias en las 
cintas desatadas de las carreteras; las palabras ner¬ 
viosas de los generales de la Dictadura, pasan a lo lar¬ 
go de los hilos del telégrafo, de los que huyen en asus¬ 
tado \uielo las golondrinas. 

Ni un chasque nos ha llegado; las cuchillas y las lla¬ 
nuras siguen sólo manchadas por la tranquila paz de 
los ganados, que un memento turban los galopes de 
nuestros jinetes arreando las caballadas. 

No se trae de las casas que bordean el camino, un 
sólo hombre obligado a servir en aquella columna que 
va a la guerra, a través del sacrificio, a conquistar una 
justicia que será de todos; de los esforzados y de los 
indiferentes. 

En ellas quedan, mirándonos pasar hacia la lucha o 
la muerte, los que dicen ser, tanto como nuestros hu¬ 
mildes soldados, enemigos de la Dictadura. 

Y tal vez lo sean; y acaso tan sinceramente como es¬ 
te anciano que va aquí, a nuestra espalda, narrando 
con voz alegre el recuerdo de su último pasaje por es¬ 
ta misma llanura, en los días tan lejanos de 1904. 

La acción, cualquiera sea, tiene siempre un claro 
acento de sinceridad, que despoja al espíritu de los 






— 96 — 


confusos pliegues de las frases y los prejuicios am¬ 
bientes. 

Y una acción como ésta a que nos hemos lanzado, 
como el vuelo de un pájaro que el pampero abraza, 
sacude y lanza cerrándole los rumbos a la voluntad, a 
través de los cielos, sobre los campos, nos limpia el 
alma y así la lleva hasta los desnudos paisajes de la 
realidad, que sólo los ojos de una conciencia libre de 
gastadas palabras, pueden comprender bajo su cruda 
luz. 

Realidad de lo más íntimo de nosotros mismos, que 
subirá a la frente y moverá nuestras palabras, brazos 
y piernas, más que toda palabra o discurso. 

Realidad de los hechos que nuestra voluntad ya no 
podrá desviar; que romperá nuestros juicios que a ella 
se opongan y cumplirá sus leyes, indiferente a las de 
nuestro pensamiento si él se empeña en no percibirla 
y ordenarse como ella. 

Tal vez nos espera el momento de comprender que 
no somos lo que quisimos ser, sino lo que somos, ven¬ 
cida toda voluntad; que los hechos no se suceden có¬ 
mo y por qué nuestros deseos subjetivos los ordenan; 
sino con una mecánica propia que recién descubriremos. 

Desde aquel atardecer en que nos despedimos de los 
pagos familiares, una mano ruda, indiferente a nues¬ 
tros sueños, a nuestras esperanzas, sacude el columpio 
invisible y cierto que nos lleva y nos trae, entre los 
grandes términos de la vida y la muerte. ^ 

Detrás de aquella cuchilla puede estar, escondido pa¬ 
ra nosotros, insospechado cuando creíamos que la vo¬ 
luntad trazaba las rectas de nuestra vida, el pequeño 
punto desde el cual seremos lanzados tan alto, o arro¬ 
jados tan hondo. 

Dichosa frente a la que el viento del columpio sa¬ 
cude y aligera de todo egoísta pensamiento; ojos a los 
que el vértigo de flecha disparada en el arco inver¬ 
tido, borra los pequeños detalles, formas mezquinas, y 






RÓIo deja ver las grandes orillas de los espacios inson¬ 
dables que el alma arrebatada presiente; oídos sin pa¬ 
labras, que sólo el viento del columpio llena con sus 
voces; pies sin caminos, sin rumbos, sin cansancios, le¬ 
vantados y agudos como una quilla, enderezada hacia 
<•1 cielo, sin huellas. 

Vuelo en un paisaje sin medidas; en un día sin ho¬ 
ras; para el que sirve de cuerda donde asentar el alma 
wmx idea cualquiera, si es verdad en nosotros y sabe 
desatar en los oscuros senos del ser, los vientos de la 
pasión, emparedados por las duras piedras con que 
nuestros juicios, esclavos de los otros, van, día tras día, 
ajustando unas sobre otras. 

Felices las almas capaces de saltar así, por encima 
de las pequeñas realidades y columpiarse en la total 
realidad, aunque la ruda mano que las sacude, las lan¬ 
ce en un minuto a los abismos que sus pies orillean, 
y cuya presencia las angustia. 

Así son las de los que van ahora por los campos de 
Tacuarembó; no importa cuales sean sus palabras, cul¬ 
tas o torpes, ni sus gestos. De los que siguen avanzan¬ 
do, aunque ningún chasque se acerque a decirles que 
el Gobierno se debilita ante la rebeldía de todo el país; 
que la Revolución, cuyo trozo son ellos, los espera en 
el sur, se les acerca en el norte; vengadora, justiciera. 

En las casas del camino; en los pueblos; en las ciu¬ 
dades, quedarán los que tienen claras palabras para 
definir la virtud, juzgar el mal. Los que saben cuáles 
son los caminos de la justicia de los que por su falta 
80 mueren, y no los toman. Los que saben que el sacri¬ 
ficio existe; y lo describen, y lo exaltan; y lo rehuyen. 
Ix)S que se llenan la boca con el nombre de los muer¬ 
tos héroes, y sueñan con sus hazañas; pero se fatigan 
nada más que de mirar a un espíritu que ama y quiere 
vivir en el heroísmo. Los que admiran la generosidad, 
y la pagan con avaricia. Los que claman por un sueño 
que los liberte de un orden que les oscurece y mutila 






— 98 -- 


la vida; y cuando lo tienen, se llevan las manos a los 
ojos, quemados por su luz. Los que tienen un ideal— 
es palabra de su lenguaje—y miran como se lo arreba¬ 
tan o se esfuma en cercanos horizontes, y permanecen 
quietos, mudos, sin alzar los brazos para alcanzarlo, 
sin un grito desgarrado que lo llame. Los que dicen 
que fue grande Cristo, porque murió en la cruz; Dan- 
tón, a quien la guillotina cortó la cabeza, bosque de 
tempestades; Lenín, que estuvo en Siberia. 

Y siembran el mundo de catedrales en que lo ado¬ 
ran; las plazas de monumentos; las tribunas de pa¬ 
labras. • 

Pero, mientras tanto, cuidan su empleo; la amistad 
del que puede; o embalsaman su amorcito, como un 

! feto. 

I : De éstos se sirven los tiranos—hombre, clase o pre- 

I juicio—más que de sus escribas, sus espías y sus ejér- 

* citos. 

' • De aquéllos, todos los que esperan justicia;^un mun¬ 

do mejor. 

La columna ha hecho un aJto en el camino, sobre la 
cuchilla de Caraguatá. 

Aunque son alegres las palabras y los gestos, en lo 
íntimo del espíritu de los oficiales está trabajando la 

* tristeza por aquella falta de noticias en que vamos aden¬ 

trándonos por el departamento de Tacuarembó. 

En algunos, ya el descontento comienza a dictarles 
palabras que los sodados oyen, comentan y extienden 
por toda la División. 

El Coronel ha quedado en una casa próxima, a núes- 
I tra espalda, en busca de noticias sobre lo que está ocu¬ 

rriendo en lodo el país. 

• Nosotros nos hemos bajado del caballo y formado 

rueda en el escuadrón del Comandante Amestoy. 

A cada instante se nos acerca un soldado: 

—Mayor, yo no tengo tabaco. 

Luego otro: 


I 







— 99 — 


—Yo no tengo cojinillos. 

Así vemos cómo aquellos cientos de hombres dispues¬ 
tos a la muerte por realizar un país donde el hambre 
no aposente más a la tuberculosis en el hogar del obre¬ 
ro; donde las madres no tengan más lágrimas por los 
hijos asesinados por las balas de la Dictadura; donde 
el trabajo ^de todos no sea esclavizado por el capital 

de más allá de los mares al que Terra y los suyos sir¬ 

ven como todos los dictadores de Sud-América; éstos, 
que todo lo van a dar por conquistar la paz de todos, 
no tienen nada. 

Y damos la orden de que se aprovisionen de lo in¬ 
dispensable en una pulpería cercana. 

El Comandante Amestoy ordena al Capitán Isidoro 
Noblía que asegure el respeto al dueño del comercio 
y a su propiedad; mientras el Teniente Aníbal Artigas 
transmite a todos los escuadrones nuestra orden: Bajo 
la responsabilidad de cada comandante de escuadrón, 

ce hará una lista de todo lo que sus hombres nece¬ 

siten, y sea, exclusivamente, artículo preciso para los fi¬ 
nes de la guerra. Todo cuanto en el comercie sea ad¬ 
quirido, debe ser documentado de acuerdo con los pre¬ 
cios establecidos por su dueño, y firmado por el co¬ 
merciante y el Capitán Noblía. 

La cultura, la hombría de bien y el carácter del jo¬ 
ven capitán revolucionario, aseguraban el fiel cumpli¬ 
miento de la orden, que ningún soldado, espontánea¬ 
mente, intentó desoír. 

El cansancio; el hambre—no se ha comido desde la 
mañana del día anterior—; la falta del mate amargo 
que muchos, rendidos de sueño, no tuvieron tiempo de 
tomar en el campo donde acabamos de pasar la noche; 
y, más que todo, la carencia de noticias de lo que está 
ocurriendo en el país, han oscurecido los gestos, en 
la mañana tan clara. 

Los capitanes con sus soldados forman grupos en 
donde el disgusto pone un acento diu-o en las pala- 






— 100 — 


bras; en otros, el desaliento dieta frases injustas que 
alguien oye y trasmite, abriendo brecha en la firme 
voluntad de todos por continuar la marcha. 

Observamos con profunda tristeza cómo la discipli¬ 
na amenaza resquebrajarse y la desilusión que todos 
padecen quiebra la voluntad de los más débiles, algu¬ 
nos de los cuales ya hablan del retorno a los pagos. 

La mayor parte de los que forman la División Ce¬ 
rro Largo, no ha conocido nunca los continuados y du¬ 
ros trabajos de la guerra, ni los desencantos en la in¬ 
timidad de la vida política. 

Treinta años de paz en el país, han apagado las más 
fuertes potencias morales que las sucedidas guerras 
crearan en el espíritu de nuestros paisanos en el pasado. 

Por otra parte, las necesidades económicas de cada 
uno; el aumento de la cultura ambiente, han hecho ya 
de estos hombres, conciencias despiertas que exigen sa¬ 
ber hacia donde van, cómo y para qué. 

Antes de que las necesidades de la guerra les hagan 
comprender, por los avisos del instinto de conservación, 
que la disciplina es el medio para lograr sus fines y 
salvar la vida de los más, no es posible dictarles ór¬ 
denes que un soldado de cuartel obedece en cualquier 
tiempo, porque para eso ha sido deformada su psico¬ 
logía. 

Sin embargo, el sentimiento espontáneo del deber, y 
el recuerdo del gobierno contra el cual estamos en lu¬ 
cha, ponen un límite a las palabras de protesta, y luia 
valla al desencanto. 

De pronto, en el éielo clarísimo, comienzan a resonar 
los potentes ecos de un avión; y los espíritus se dis¬ 
traen, mientras las miradas sondean los iluminados ho¬ 
rizontes entre los que se repiten los resonantes ecos, 
como los de un insecto fantástico volando, aprisionado 
y jadeante, entre los curvados muros de la inmensa 
bóveda del cielo. 




Una voz lo señala en el espacio, hvhvo la llanura don¬ 
de se retuerce la curva obscura del Río Negro. 

Avanza hacia nosotros en línea recta, veloz, con un 
rayo de luz levantado sobre su cuerpo gris, como una 
bandera. 

Estamos sobre la curva más elevada del paisaje va¬ 
rios cientos de hombrea; nuestras caballadas reunidas 
en los círculos que los caballerizos les forman; el auto 
que conduce a nuestro parque está, con sus cristales, 
haciendo un saludo de luz a las distancias, como en los 
ingenuos tiempos de los enamorados gauchos. 

Todo hace creer que no dejará de descubrirnos la 
pupila de tan larga mirada del pájaro gris, que se acer¬ 
ca haciendo cstremecerce al aire suave de la mañana. 

Los rostros se alargan hacia la altura, mientras las 
manos nerviosas cogen las armas y suenan los cerrojos, 
aprestándolas para el ataque. 

Atravesó el horizonte; cruzó sobre las sierras leja¬ 
nas; voló sobre la línea oscura del río; la llanura es 
una pequeña plana que su velocidad abre y cierra en 
minutos. Sólo queda la cumbre de la cuchilla en la que 
estamos detenidos, limitando el paisaje bajo el cielo 
cuyo silencio turba el pájaro de alas rígidas que ya 
vemos tendidas hacia nosotros. 

Pero de pronto describe una curva, que el sol vuelve 
una raja de en el aire azul, y se aleja como atraído 
por la sugestión de las ondulaciones del monte del Río 
Negro. 

Estos modernos exploradores de las fuerzas guber- 
nistas, van ya dos días que nos buscan incesantemente, 
sin poder señalar nuestros rumbos en los campos abier¬ 
tos por los cuales avanzamos al tranco, mientras sus 
policías nos huyen. 

Campamos al descubierto; tendemos nuestros escua¬ 
drones avanzados, en las cuchillas; seguimos por los 
caminos públicos, formados en compacta columna; y 
estos aviadores gubernistas que desde hace dos años 





— 102 — 


no hacen ot»*» cosa que inquietar la paz de los cam- 
poo con el trepidar de sus máquinas, todavía no han 
podido precisar ni nuestra ubicación, ni nuestra 
marcha. 

Es que según la mentalidad torpe de quienes los di¬ 
rigen, o la de ellos mismos, sólo nos buscan a lo largo 
de los grandes montes de los ríos; y éso mismo, volando 
a una altura que les confunde una tropa de ganado con 
un campamento revolucionario, y les hace bombar¬ 
dearla. 

Todo porque en la mañana del lunes, uno de ellos 
creyó atemorizar a nuestros hombres amenazándolos 
desde la impunidad de una altura que calculó mal, y 
fué ahuyentado por las balas revolucionarias. 

Desde entonces hasta el final de la guerra, los heroi¬ 
cos aviadores gubemistas tendrán la cautela de arrojar 
sobre los campamentos rebeldes sus potentes bombas, 
desde una altura que los pondrá a cubierto del más le¬ 
jano riesgo de una respuesta. 

¡Gallardos y temerarios hombres jóvenes, al servicio 
de una dictadura; éstos son los héroes únicos que los 
generales gubemistas han encontrado para salir a mi¬ 
rar, desde tan alto como las nubes, a la Revolución que 
les cruza los campos, que ellos abandonan sin siquiera 
desplegar ante nosotros sus guerrillas. 

Continuamos avanzando al encuentro de Basilio Mu¬ 
ñoz, sin alejarnos del camino público por el que va 
Montedónico conduciendo en el auto a nuestro parque. 
Lo acompaña Gino, quien aún no se ha repuesto del 
cansancio del viaje desde Guazú-Nambí. 

Nuestra mirada va fija en el auto donde los amigos 
se nos adelantan; se nos pierden en los bajos; se hun¬ 
den en las cuevas de las laderas donde el camino toma 
un rumbo contrario al nuestro; o sólo sabemos de Bu 
marcha por los ecos del motor entre los montes de eu¬ 
caliptos que sombrean las casas. 

En aquel auto va todo cuanto tenemos, después de 




la munición que lleva cada soldado, y conducido por 
uno de los hombres más esforzados y capaces de la 
División Cerro Largo. El que durante los dos años de 
angustias, optimismos y desengaños de la preparación 
revolucionaria, siempre fué el mismo ;sereno, incansa¬ 
ble; sin gestos de alardes, ni muecas de vencimientos. 
Cuyas huellas cuidan desde entonces los policías a la 
puerta de su casa en Meló, y las pierden siempre en el 
primer camino; que no había conocido hasta entonces, 
más que el trabajo y el estudio, y por lealtad a la Repú« 
blica conoció luego con nosotros la cárcel, el peso de 
una acusación criminal; los viajes más largos que el tér¬ 
mino de las lunas en la curva del cielo; los más gravea 
secretos y más arriesgadas empresas entre los círculos 
que la policía estrechaba sobre sus pasos. Y nunca tuvo 
fatiga, ni reproche; ni palabras imprudente; ni obs¬ 
táculos que detuvieran sus viajes; ni caminos para su 
voluntad desconocidos; ni miedo. 

Todo ello sencillamente, en las horas robadas al des¬ 
canso, para volver al día siguiente a Meló, — sin haber 
dormido, ni haberse alimentado siquiera, — y dejarse ver 
por los torpes ojos policiales, distraído en el más tran¬ 
quilo trabajo. 

El conduce nuestro parque, esperanza de todos en la 
lucha.Y se lleva por las curvas del camino, la mirada 
de todos los hombres de la Divición Cerro Largo por 
que, más que por la munición que carga, a los paisanos 
inquieta la posibilidad de cualquier sorpresa que nos 
arrebatara a aquel hombre ciudadano que mueve la ad¬ 
miración y el afecto de todos con su lealtad y audacia, 
probadas cien veces con la más bella de las sereni¬ 
dades. 

El aire se quiebra en incontables cristales de luz que 
hieren los ojos, mientras el sol de la mañana avanzada 
aplasta el poncho de verano sobre las espaldas. 

Las zanjas que encontramos al paso, nos ofrecen un 








— 104 — 


agua turbia y caliente que nos pesa en el estómago y 
no apaga la sed. 

El cansancio ha extendido el silencio en la columna 
y en las caballadas que van, dispersas, a sus flancos, 
hacia la retaguardia. 

Coronamos una cuchilla; el Río Negro está ante nues¬ 
tra vista. 

Por la dilitada llanura sus anchísimos montes oscure¬ 
cen el paisaje bajo la luz derramada del sol sobre los 
campos. En una de sus curvas, se adelanta hacia nos¬ 
otros un ancho pajonal; en otra, espaciados grupos de 
espinillos avanzados sobre la llanura; un collar de cu¬ 
chillas levanta bajo el inmenso cielo una casa rosada 
entre el verde oscuro de los eucaliptos, y nos oculta el 
horizonte por donde el Río Negro sigue alargando sus 
montes hacia el oeste. 

La presencia del río; la quietud de los campos; la 
ausencia de caballos en toda la extensión que nuestros 
jinetes, desprendidos en busca de ellos, recorren; la 
soledad del camino, inquietan el ánimo de nuestros 
hombres. 

Comienzan entonces a llegar los partes de algunos 
escuadrones: hacia la derecha se ha visto a unos jine¬ 
tes alejarse al galope, buscando el monte; desde la 
retaguardia divisaron a otros, apeados en la curva de 
una cuchilla, como atentos bomberos vigilando nues¬ 
tra marcha; junto a aquella casa lejana se ve levan¬ 
tarse el humo de varios fogones. 

La inquietud mueve palabras nerviosas o bromas ale¬ 
gres en los labios; hinca las espuelas en los ijares del 
caballo y aliviana su tranco; repite los partes que lle¬ 
gan al Estado Mayor obligando a un continuo galope 
a nuestros ayudantes que recorren la columna, suben 
las cuchillas, sondean los claros paisajes, y vuelven a 
nosotros sin haber podido descubrir las novedades que 
se anuncian. 

Mientras tanto la División avanza hacia el Río Ne- 




— ao« 


l?ro que está allí, visibles ya las manos alzadas de bus 
palmeras sobre el inmenso semicírculo que describe su 
monte a nuestro alrededor, y que nuestra marcha va 
cerrando sobre nosotros. 

En sus senos pueden estar aguardándonos los ene* 
migos cuyas huellas no hemos hallado desde la noche 
dcl levantamiento. 

Estamos en los límites de Tacuarembó, Cerro I^argo 
y Durazno; tres departamentos sede, cada uno de ellos, 
de una jefatura de zona militar. 

Tal vez hallemos allí, en el repiqueteo de las ame¬ 
tralladoras multiplicándose sobre las quietas aguas de 
las lagunas bajo los espinillos, la razón de la prolon¬ 
gada ausencia de las tropas gubemistas; de los vuelos 
de los aviones por los cielos que cubrían nuestras mar¬ 
chas. 

Aunque la inquietud de muchos continúa repitiendo 
los partes de alarma, el Coronel sigue impasible, sin 
creer en ellos. 

En la vanguardia, a corta distancia de nosotros, los 
comandantes Amestoy y Muñoz van rayando con sus 
siluetas, el tranco perezoso del caballo, el rumbo de 
la columna que los baqueanos van punteando sobre la 
llanura. 

—¿Qué le parece esta ausencia de enemigos. Coronelt 

—Es muy extraña. Quién sabe lo que está pasando 
en el Sur. Tal vez se hayan pronunciado los regimien¬ 
tos que se decían comprometidos; y si Montevideo se 
ha inquietado, es probable que el Gobierno no tenga 
fuerzas ni coraje para hacernos atacar. De todos mo* 
dos, lo que está ocurriendo prueba que, a pesar de to* 
da.s las precauciones gubemistas, la revolución ha po¬ 
dido contar con más de cuarenta y ocho horas para 
pronunciarse y orgaiiizarse. 

—Esta misma lentitud en las fuerzas del Gobierno se 
observó en 1904 y 1910. Mientras no forman un ejérci¬ 
to dotado de todos los instrumentos de guerra, no son 





— 100 — 


capaces de salir al campo. Trescientos revolucionarios 
sin armas, sin munición, sin contacto con ninguna otra 
fuerza amiga, se atreven a lanzarse al campo sembrado 
de enemigos y avanzar hacia sus objetivos decidida, 
audazmente. Pero trescientos hombres de un regimien¬ 
to dotado de todas las armas, sabiendo lo que está ocu- 
rriendo en el país; con bases de operaciones hacia las 
cuales replegarse rápidamente en cualquier caso, o de 
las cuales recibir prontos refuerzos; con aviones que 
les sirven de descubiertas en el trayecto que se propo¬ 
nen hacer, son incapaces, aún así, de arriesgarse a salir 
en busca de la Revolución. Esta es la ventaja indudable 
que en las primeras horas de los sucesos tienen los 
revolucionarios sobre el Gobierno, y que la experien¬ 
cia anterior comprueba. 

—Por desgracia, parece que esa ventaja no ha pido 
aprovechada por los nuestros. ¿No le extraña esta so¬ 
ledad en que vamos marchando? Ni un chasque, ni no¬ 
ticias de levantamientos aquí, en Tacuarembó... 

—¿En dónde estará actuando el jefe militar del bat- 
llismo? No sabemos nada de él. 

—Desde que salí del Brasil, me inquieta profunda¬ 
mente la falta de armonía que me pareció ver entre 
los dos jefes militares de la Revolución. 

La presencia de dos jinetes empequeñecidos por la 
altura distante, interrumpe nuestro diálogo, mientras el 
Coronel los señala y nos dice: 

—¿No son dos hombres a caballo, aquellos que se 
ven allá, en la cuchilla? Mírelos con sus gemelos. 

Ix)s i>oderosos lentes nos acercan las imágenes de dos 
hombres, uno apeado, otro sobre el caballo, que obser¬ 
van la llanura por la cual va avanzando la columna. 
No podemos precisar bien, si es un reflejo del sol sobre 
la cabezada del recado, sobre el pasador de nna estri¬ 
bera o sobre la vaina de un sable, la línea de luz que 
vemos temblar junto al que permanece montado. 
Ahora se han reunido de tal modo, que la distancia 




-- 107 — 


confunde sus formas con las de una alta piedra en el 
camino, o con un pequeño árbol. Están sobre el punto 
más alto de la curva; la cabeza sobre el horizonte; a sus 
espaldas se presiente la llanura envuelta por los anchí¬ 
simos montes del río. 

—Son dos, Coronel. 

—¿Serán paisanos? 

—Tienen ropas oscuras. A esta hora, con un sol tan 
fuerte, es raro que no se vea blanquear la camisa de 
ninguno de ellos. Por el bajo, a la izquierda, se acercan 
otros, galopando. 

—^Bsos son nuestros; más atrás vienen los compa¬ 
ñeros formando ronda a una tropilla. 

—Es verdad; ahora los vemos. Estos dos siguen in¬ 
móviles, dándonos el frente de sus caballos, disimulan¬ 
do sus siluetas. Tiembla un rayo de sol al costado de 
uno. 

—Está bien; mándelos descubrir. 

Cuando cinco de nuestros jinetes se desprendieron de 
la columnp galopando hacia ellos, los que permanecían 
en la altura abrieron un claro de luz entre sus caballos 
y emprendieron la fuga hacia el horizonte caído detrás 
de la cuchilla. 

Los ojos de todos continuaron puestos en aquellas 
formas veloces de los nuestros, abiertos en semicírculo, 
en persecución de los dos puntos oscuros que parecían 
volar por la línea curvada del paisaje, hacia el monte 
del río. 

Así, hasta que unos se perdieron, y los nuestros, des¬ 
esperanzados de ahtanzarlos, volvieron hacia nosotros. 

—No pudimos rodearlos. — Dijo el que los mandaba. 
— Pero creemos que son bomberos del Gobierno; los 
dos eran policías. 

La presencia de aquellos bomberos observándonos 
desde la cuchilla que nos ocultaba el campo cerrado 
por el monte; su huida en dirección a la margen del 
río y sobre el punto por donde nosotros debíamos atra- 





— 108 — 


vesarlo, terminaron por inquietar el espíritu de la Di¬ 
visión con la posibilidad de una cercana sorpresa, aguar¬ 
dándonos en aquel círculo de montes y cuchillas que 
nuestra marcha estrechaba cada vez más sobre nos¬ 
otros. 

Transmitiéndose por los labios de los más impacien¬ 
tes, llegaban hasta ol Estado Mayor las noticias de los 
signos de la presencia del enemigo: a nuestra derecha; 
a nuestra izquierda; a la retaguardia. 

De una casa en un alto, se vio claramente salir a cua¬ 
tro jinetes galopando hacia el monte; otro viene mar¬ 
chando en línea paralela a la columna, perdiendo su 
silueta en el macizo oscuro de los árboles, en cuyas islas 
avanzadas entra y sale. 

Un parte llega de la retaguardia: El enemigo está 
a la vista. Por la orilla del monte; en la dirección en 
que huyeron los bomberos, se ve adelantar gente con¬ 
duciendo una caballada, como si tuvieran la intención 
de ocuparnos el Paso. 

El Coronel, irritado ya por la insistencia de la alarma 
y en vista de la seriedad del capitán que envía un parte 
tan concreto, nos ordena, enérgico: 

—Vaya Vd. mismo, Mayor; tome unos tiradores y 
descubra y ocupe el Paso. Llévese al compañero Couti- 
ño, que es baqueano, y si no encuentran novedad en el 
Paso, atraviéselo y busque el lugar conveniente para 
campar la División. 

Ya levantando en la rienda al ágil caballo zaino que 
montamos, preguntamos aún; 

—¿Vd. cree posible que encontremos cerca al Ge¬ 
neral Muñoz? 

—El General debe estar más adelante, ya sobre Du¬ 
razno, pero en este mismo rumbo. Interrogue a los veci¬ 
nos, a ver si sabemos la hora en que pasó por aquí y 
qué dirección llevaba. 

Llamamos de entre los ayudantes al Capitán Jacinto 
Mujica; pedimos seis tiradores a la vanguardia que 





— 109 


marcha bajo las órdenes del Comandante Muñoz, y par¬ 
timos hacia el monte del río, que aun está distante de la 
cuchilla que el galope de nuestros caballos vuelve so¬ 
nora. 

Mientras el viento de la carrera agita el poncho de 
verano y nos hace flamear las puntas del pañuelo sobre 
el rostro, el pensamiento se sorprende ante la inusitada 
alegría que se ha levantado en nuestro ánimo. 

Bello el galope del caballo que nos lleva, firme, por 
la llanura abierta; una íntima simpatía nos une a los 
compañeros que vienen detrás nuestro entre alegres re¬ 
dobles de cascos sobre el piso de la cuchilla... iQué 
grandes el cielo, el campo y el silencio sobre el monte 
hacia el cual corremos para descubrir qué guarda su 
seno! 

A nuestra derecha galopa el Capitán Jacinto Mu- 
jica; guapo entre los guapos, en la memoria de los pa¬ 
gos. Su nombre ya está envuelto por los tules vagos 
de la leyenda: atravesando los temores que la fama 
extendía alrededor de su figura, Jacinto Mujica buscó 
al célebre matrero Martín Aquino y le rodeó una noche 
en un rancho. FVente a frente; a cada disparo saltando 
hacia el rectángulo de luz donde el matrero asomaba, 
lo venció en brava lucha; tirándose casi al alcance de 
la mano. 

En cerrado semicírculo detrás nuestro, las cabezas de 
los caballos de los seis soldados quieren adelantarse, 
unas a las otras, impulsadas por la decidida voluntad 
de los jinetes. 

El viento del galope en la llanura, no sólo nos tira 
para atrás el flotante poncho de verano y los blancos 
banderines del pañuelo; una vida toda de paciente mo¬ 
delar de un espíritu; las más tenaces esperanzas a tra¬ 
vés de los años; la más pesada amargura, caída sobro 
los ojos más que los párpados volteados por el cansan¬ 
cio, oscureciéndonos la claridad del mundo; lenguaje de 
una cultura, con su sensibilidad y sus juicios; aventado 









todo en el campo abierto, por el galope del caballo ve¬ 
loz y enardecido. 

¿Es esto un sentimiento atávico, o simplemente un 
prejuicio actuando en el espíritu, a pesar de nuestra 
atenta voluntad? ¿Llegaremos así, con esta desnuda 
alegría hasta el momento decisivo? ¿O debajo de ella 
está aguardando un sentimiento que ha de saltar a 
nuestros ojos, tirará de la rienda deteniendo la carrera, 
y pondrá un gesto en nuestros labios, que nuestra ver¬ 
güenza ya no olvidará jamás? 

¿ Que oculta, para nuestra serenidad en la acción, este 
poncho cuyas puntas el viento agita en torno nuestro 
como un ágil pensamiento, y este sombrero que apenas 
sentimos sobre la frente? ¿Cómo será el valor? ¿Y el 
miedo ? 

Mientras tanto, el redoble se ha ensordecido en las * 
graraillas; ya algunos árboles nos manchan con fugiti¬ 
vas sombras; el silencio se ahonda; los horizontes se 
apoyan en las copas iluminadas de los espinillos. 

El campo se ha reducido a pequeños círculos que se 
abren y cierran entre los grupos de árboles, a cada tre¬ 
cho más compactos, que nuestros compañeros, en línea 
abierta, registran. 

De pronto dos de los nuestros asoman por el sendero 
del camino por donde avanzamos, trayendo un prisio¬ 
nero. 

Es un hombre joven; de aspecto ciudadano; al que 
el sol del verano ha enrojecido el pálido rostro. 

—Mayor; este hombre trae un parte del General 
Muñoz. 

El desconocido nos grita en voz alta, tanto que los 
soldados le oyen, la noticia desconcertante: 

—El General Muñoz disolvió ayer a su gente en el 
Cordobés, y ordenó que nos entregáramos con nuestras 
armas. Aquí traigo una carta para Isidoro Noblía, que 
da fe de mis palabras. 

—¿Quién es Vd.? 



111 — 


—Un voluntario de la Revolución. Estaba entre los 
hombres que el General ordenó volver a su casa. 

—¿Dónde está el General? 

—^Yo creo que a estas horas él mismo se ha entre¬ 
gado. La Revolución fracasó. 

—¿Quién se lo ha dicho? 

—^E1 lo dijo. 

—¿Pué después de algún combate desgraciado? 

—No hemos visto a las fuerzas gubernistas. Parece 
que lo desilusionó no hallar los contingentes revolucio¬ 
narios que esperaba. 

Leemos la carta que el desconocido nos entregó y 
que firmaba una persona cuyo nombre nos era extraño; 
en ella se confirmaba la veracidad de la noticia que 
acabábamos de oír. 

—¿Quién es este hombre que firma aquí? 

—^E1 comerciante que vive del otro lado del Paso 
de Pereira. 

—¿Vd. no se encontró con algunos de ésos que vienen 
por la orilla del monte arreando una caballada? 

—Los vi de lejos; no sé quiénes son, ni de qué gente. 
¿Noblía viene con Vds.? 

—Es Capitán del escuadrón del Comandante Ames- 
toy. Acompañen a este señor hasta alcanzar al Coro¬ 
nel. Díganle que nosotros ya vamos llegando al Paso; 
que le dejaremos allí las novedades recogidas en los 
interrogatorios y continuaremos en busca de campa¬ 
mento sobre el Cordobés. 

Ya se apartaban nuestros caballos, cuando aun pre¬ 
guntamos : 

—¿Esa noticia nos la trae por orden del General 
Muñoz? 

—No señor; digo lo que oí. 

Se ensombrecieron los rostros de todos los que con¬ 
tinuábamos internándonos en el monte del Río Negro, 
cuyas lagunas ya veíamos brillar bajo el sol del me¬ 
diodía. 








^ 112 — 


—Qué le parece, Mayor? — Nos preguntó Mujica. 

—Puede ser un desertor. Capitán, que necesita jus¬ 
tificarse. 

—No parece. 

. —Es verdad; no parece. 

Y al silencio lo llenaron los ecos de los caballos so¬ 
bre el piso del camino cayendo al Paso de Pereira. 

Sentimos sobre nosotros las miradas de los compañe¬ 
ros, como interrogándonos. Deseosos de defenderlos de 
la desilusión que la ncticia debe haber producido en 
ellos, como en nosotros, comentamos en alta voz: 

—Todos los que huyeron del campo de pelea en la 
batalla de Arbolito, cuando la guerra del 97, llegaron 
a Meló asegurando que habían visto morir a Muniz en 
la carga a lanza que produjo el entrevero. Y era Muniz 
quien había lanceado a dos, y vencido en la acción. 
Nadie confiesa que huye sólo de susto. 

—Pero este hombre no parecía asustado. 

Mujica expresa la convicción de todos, que nuestra 
palabra no ha podido hacer vacilar. 

Sobre Jas barrancas del Paso nos desviamos hasta 
una casa donde nos reciben con mirada nerviosa sus 
dueños. 

Blanca la piel; los labios rojos; graciosa elegancia 
del vestido y dulce la timidez con que sus manos opri¬ 
men nerviosamente el brazo del esposo; de una be¬ 
lleza tierna, el rostro, de grandes ojos negros, que el 
temor ilumina, la joven señora es para nuestro espíritu 
como una inusitada imagen de la ciudad que trae a la 
frente un melancólico recuerdo. 

Mientras nuestros hombres sorben ávidamente el 
agua fresca que se les alcanza, sentimos que aquellos 
dos seres que preguntan nuestros nombres y nos ha¬ 
blan con tranquila sonrisa, viven felices en su amor 
escondido al margen del camino, en la paz encerrada 
en el seno del monte, bajo el cielo profundo. Y sin que 
nos lo confesemos, nos quitamos el sombrero al hablar- 





— 113 -- 


les; dulcificamos el gesto y la voz, para que nuestra 
presencia guerrera no turbe ni un instante aquella emo¬ 
ción recogida bajo los enormes espiuillos florecidos. 

Muy vagas eran las noticias que podían darnos so¬ 
bre Basilio Muñoz. Apenas si nos aseguraban que el día 
anterior, lunes, creían haberlo reconocido cuando pasó 
por aquel mismo camino que nosotros llevábamos, via¬ 
jero dún en un auto. En cuanto a la afirmación de que 
había desistido del propósito revolucionario, conocían 
el rumor, sin poder precisar su veracidad. Cierto era, 
también, que en todo el contorno, apenas si la guerra 
había hecho su aparición con la presencia de algunos 
revolucionarios viajando por el camino. 

Volvemos a marchar hacia el Paso de Pereira, por el 
cual cruzamos al departamento de Cerro Largo. 

Al salir del seno de las barrancas, por las que el Río 
Negro inunda el campo en sus crecientes, llegamos a 
la pulpería cuyo dueño escribiera la carta que portaba 
el revolucionario detenido por nosotros. 

Interrogado minuciosamente, apenas si puede am¬ 
pliarnos las noticias desalentadoras que veníamos reco¬ 
giendo. Pero todo nos induce a creer que el General 
Muñoz no ha logrado reunir el ejército revolucionario 
que todos esperábamos, y que, acaso decepcionado, ha. 
desistido de dirigir en aquella zona a la Revolución. 

Interrogábamos aún al comerciante, cuando nuestros 
tiradores detienen a dos paisanos que galopaban por 
el camino de Cerro Largo, y en la dirección que traía 
la caballada vista por nosotros. Sabemos por ellos que 
son soldados de uno de los hermanos Saravia, y que 
aquellos caballos están destinados a servir a esos com¬ 
pañeros, que se están organizando para plegarse a Ba¬ 
silio Muñoz. Dicen haber visto la mañana anterior al 
general revolucionario, y no ser ciertas las noticias que 
se nos han transmitido. 

—Mayor: voy en una comisión urgentísima del Co¬ 
ronel ante el General Muñoz, y necesito un buen caba- 




— 114 — 


Uo. — Nos grita al acercársenos el teniente Rufino No- 
blía. 

—¿Vd. recibió la orden del Coronel cuando él ya ha¬ 
bía recibido nuestro último parte y un prisionero? 

—Sí, Mayor. Conocía por mí esa novedad. Anoche 
estuve cerca del bañado en donde ahora se encuentra 
el General. Ha disuelto a su gente y sólo esperará tres 
días más; si al cabo de ellos no recibe ninguna incor¬ 
poración apreciable, se entregará a la policía. 

—Hágale entregar ese caballo que va de tiro, Capi¬ 
tán Mujica. ¿El Coronel insiste en marchar en busca 
de Muñoz, Teniente? 

—Llevo orden de decir al Greneral que el Coronel va 
marchando a su encuentro con quinientos hombres. Le 
pide que no se entregue, que nosotros lo acompañaremos 
hasta quemar el último cartucho. 

—¿Espera todavía encontrar al General? 

—Sé dónde está, y ahora, con este caballo que Vd. 
da a mi baqueano, vamos bien montados. 

Poco después volvíamos a partir al galope rumbo a 
los montes del Cordobés, más de una legua distantea, 
en busca de campamento para la División. 

Por la llanura de la Cañada de los Tres Hermanos 
ya corren nuestros carneadores conduciendo el ganado 
por el rumbo que nuestra marcha les va señalando. 

Pesa el sol de la tarde sobre los hombros, el cansan¬ 
cio en los muslos; el calor reseca la garganta; el sueño 
quiere voltear los párpados que la tenaz voluntad le¬ 
vanta. 

No hemos comido desde la mañana del día anterior; 
ni siquiera probado un mate. Y hemos marchado sin 
cesar, apenas tirándonos una parte de la noche sobre 
el duro suelo del campo, sin más cama que los cojini¬ 
llos. 

La amargura que nos producen aquellas noticias so¬ 
bre Muñoz, abate el espíritu; entonces el cansancio del 





— 115 — 


cuerpo se apodera del pensamiento al que la voluntad 
ya no dirige. 

A nuestro lado pasa, galopante, iluminado de alegre 
decisión el rostro, Rufino Noblía, acompañado de bu 
baqueano. 

—¡Hasta la vista, Mayor! 

—I Que sea feliz, Teniente! 

En la cansada mirada nos queda la imagen de aquel 
joven compañero, adelantando al firme galope, en la 
hora que para nosotros se ha llenado de dudas. 

I Qué larga la llanura para nuestro cansancio; el fuer¬ 
te sol de la tarde seca y renueva el sudor sobre las pa¬ 
letas del caballo, y vuelve húmedas las riendas en las 
manos. 

—Allí está el Paso del Gordo, sobre el Cordobés. 
(Vamos a campar en él? 

—¿Hay buenas aguadas y sombra? 

—Son un poco escasas. 

—Corte entonces el alambre; varaos a buscar arroyo 
abajo. 

Un largo mugido que la sangre ahoga; el grito can¬ 
sado de un hombre; un silbido; dispersión de colores 
rojos, blancoS; entre los azulados árboles distantes; mul¬ 
tiplicados ecos alejándose por la llanura; jadear de 
muerte en el pecho de una vaca, con un arco de encen¬ 
didos rubíes volcándolos sobre el campo verde; un re¬ 
lincho. Allí se está fijando el campamento, mientras la 
mancha oscura de nuestro caballo nada por la blancura 
iluminada del arroyo. 

Lejos, la División Cerro Largo, lenta, empequeñecida 
bajo los grandes arcos de los horizontes que la gran 
llanura aleja, continúa avanzando hasta el rincón som¬ 
breado de la Isla de los Muertos, donde ya empieza a 
levantarse la línea recta y gris del primer fogón en¬ 
cendido. 




CAPITULO VI 


AL ENCUENTRO DE BASILIO MUÑOZ 


Mientras el campamento se va tendiendo a la orilla 
del monte, se dispersan las caballadas, ávidas por la 
llanura, entre los grandes círculos que los caballerizos 
les forman, y pasan soldados con trozos de carne san¬ 
grante hacia los fogones ya encendidos, juzgamos con 
el Coronel la situación en que nos hallamos. 

Ya era para nosotros cierto, que el país no se había 
pronunciado por la Revolución, con la entidad y ener¬ 
gía que habíamos esperado. 

Los viajeros detenidos en el camino; los pulperos; 
los dueños de las estancias, cuyas radios captaban las 
ondas de las transmisoras argentinas, ninguno había 
podido decirnos una sola y segura palabra sobre lo que 
estaba ocurriendo en la República. 

Y ya había pasado la hora de la expectativa espe¬ 
ranzada. El Gobierno habría dispuesto de tiempo sufi¬ 
ciente para ahogar, antes de pronunciarse, cualquier 
tentativa en la Capital. Ahora podría lanzar sus ejér¬ 
citos sobre nosotros y mantener su dominio en el Sur 
con las fuerzas policiales, reforzadas con los contingen¬ 
tes que le proporcionara la leva. 

Aquel plan de acciones por sorpresa y decisivas, por 
el cual sacrificamos nuestro criterio de agitación de 
los elementos populares, ya estaba fracasado, y del 
modo más absoluto. 




— 117 — 


Sólo quedaba la esperanza de una conmoción gene' 
ral y espontánea en el país, que nuestra presencia ar» 
raada pudiera provocar. 

Pero nosotros no creíamos en ella; como tampoco 
creimos nunca en la eficacia revolucionaria de la téc¬ 
nica de organización y propaganda, adoptada por quie. 
nes tenían la dirección del movimiento. 

Los directores políticos de los partidos revoluciona¬ 
rios, inducidos por el noble propósito de no dispersar 
ni amenguar las fuerzas de la Revolución, actuaban 
sobre un punto muerto de la psicología popular, que 
decretaba de antemano la debilidad del movimiento. 

Su ])unto de partida, para razonar, era de un carác¬ 
ter puramente político. Caían en el error de creer que 
debía contarse como revolucionario activo, a todo 
aquel que repudiaba a la Dictadura. 

De ahí tenía que surgir, necesariamente y sobre todo 
en lo que a las ciudades se refiere, un equivocado op¬ 
timismo. que produciría aquel desengaño que estába¬ 
mos padeciendo. 

Al espíritu de liberalismo político de nuestra socie¬ 
dad, repugna unánimemente la dictadura de Terra, por 
lo que tiene de despótica, policíaca y brutal. 

Esta es la certidumbre, ajustada a la realidad, de 
la mayoría de los directores políticos de la oposición. 

Un gobierno así repudiado, manchando con la sagre 
de Brum, Grauert y Sanguineti, no puede perdurar. 

Caerá por la propia descomposición de sus fuerzas; 
mercenarias, no sólo en los que visten uniforme poli¬ 
cial o militar, sino también en los que llevan toga o la 
túnica del médico. 

También es esto exacto, aunque nuestros juicios sean 
dispares en cuanto a la apreciación de las causas. 

Pero de estas comprobaciones de una certera lógica, 
no puede deducirse, necesariamente, que las masas so¬ 
ciales de un modo unánime, estén dispuestas a luchar 
para que el gobierno vuelva a manos de los partidos 


t 


— 118 — 

de la oposición, con sus métodos y hombres anteriores 
a la Dictadura. 

Aquellas comprobaciones, sólo inducen al juicio a 
afirmar que el pueblo es contrario al Gobierno. No, 
que sea partidario de la Revolución; tal y cómo deben 
entenderse las disposiciones del espíritu piiblico, para 
una lucha de ese carácter. 

Eran necesarias directivas claras y precisas. 

¿Para quiénes se hacía la Revolución? ¿Con qué fi¬ 
nes? 

¿Por la libertad, exclusivamente? 

La Dictadura señalabá,. en cuanto le fué posible, cla¬ 
ramente el camino. 

Se apoyó en la |iolicía; en el ejército; en los grandes 
terratenientes; en las ¡empresas extranjeras; en los 
dueños de la banca; en I 4 'iglesia; fuerzas todas de la 
reacción en lo p6lítico, lo económico y lo moral. 

Cierto es que llevó en su seno, y como una precau¬ 
ción necesaria en los primeros instantes, para ocultar 
las orejas de lobo con el gorro frigio de la democra¬ 
cia política,—prestigiosa a los ojos de un pueblo edu¬ 
cado desde hacía treinta años en el concepto de que él 
era el dueño de su destino,—una porción extraña al 
conjunto, encabezada por el Dr. Alberto Demichelli, 

Este mismo Dr. Demichelli, que después de haber si¬ 
do Ministro de Policía de la dictadura, nos enteramos 
ahora en el destierro, que acaba de ser baleado ale¬ 
vosamente por Francisco Ghigliani, a quien la víctima 
acusa de haberlo pretendido asesinar por la espalda. 

La demagogia de Demichelli, ya estaba de más en 
la legión de camisas negras que Ghigliani va sacando 
a lucir en la arena pública. 

Y pretendieron matarlo, con la misma saña y un 
poco menos de la impunidad, con que la tiranía, que él 
sirvió, mató en su tiempo, a Graner y Sanguineti. 



— 119 


Pero la Dictadura es consecuente consigo misma, por¬ 
que obedece a sus leyes de origen. 

La oposición, en cambio, titubea y se llama neutral 
en un grave conflicto entre el capital y el trabajo, que 
l'erra, como era lógico, decide a favor del primero. 
Ataca al Ministro de Policía, y llena las páginas de sus 
diarios con fotografías de los comisarios que matan a 
cualquier infeliz; y se conmueve, y proclama el heroís¬ 
mo y desinterés de esos mercenarios brutales, porque 
caen bajo las balas de un asaltante, no más delincuente 
que ellos. Habla en voz baja del ejército, y no la levan¬ 
ta para abrir delante de él, el abismo que separa el 
campo de los servidores de la sociedad, del de los pre- 
torianos que la traicionan. Saluda con frases de júbilo 
n los terratenientes, que llegan en trenes expresos a 
Montevideo, a reunirse en congreso y reclamar de Te¬ 
rra el oro que les hurta, y olvida que ésos que ahora 
protestan pidiendo más oro, son los mismos que rodea¬ 
ron al dictador en potencia, cuando gritaba contra el 
gobierno constitucional, “¡no más impuestos!’^ 

¿Qué brazos serán, pues, los que empuñen las armast 
i Sobre qué base social se levantaría el gobierno de 
una revolución triunfante? 

Dos años hace que lo estamos preguntando, los in¬ 
tegrantes de la “Agrupación BatUista Avanzar'’; in¬ 
tentando, desde el seno del Partido, clarificar el am¬ 
biente y proponiendo las nítidas líneas de una política 
de izquierda que nos quite, sí, dudosos concursos; pero 
que nos dé la adhesión que los hombres precisan sentir 
para arrojarse al sacrificio, hasta la muerte. 

Pero la tremenda lección de los prolegómenos del 
golpe de Marzo, no ha sido aún suficiente experiencia 
para algunos de los que se afanan por encauzar las co¬ 
rrientes y los movimientos de la opinión pública. 

Al contrario; no han faltado quienes, en una incom¬ 
prensible regresión mental,—ante hechos de una tan 
clara objetivación como han sido los fenómenos so- 








120 — 


ciales que produjeron y ambientan a la Dictadura— 
hablen de la necesidad de dar a la oposición un fer¬ 
vor místico o espiritualista. 

Productos de una cultura elemental, juzgan algunos 
grandes moviraietos de la Humanidad como impulsados 
por el tono sentimental de sus tribunos, y no advierten, 
a través de las palabras, formas de superficies, las 
profundas aguas que mueven a los pueblos en su ince¬ 
sante afán de liberación total sobre esta tierra. 

Fácil es caer en esa posición mental, al político de 
cultura mediocre, improvisada sobre las páginas de los 
periódicos; además, ella le presta un tono patético a 
los discursos con que él conmueve la frágil sensiblería 
de la gente. 

¡Espíritu puro!; proclaman como la primera nece¬ 
sidad revolucionaria, mientras Terra se sostiene con el 
apoyo de los grandes ricos de fuera y dentro del país, 
y los trabajadores nuestros y la clase media, se asfi¬ 
xian de miseria. 

¿Pero puede un pueblo, avanzar hacia la conquista 
de su justiciero destino, a través de la muerte, con¬ 
fiado en los éxtasis sentimentales o en los gestos his¬ 
téricos de sus tribunos? 

Su instinto, alerta por la necesidad, lo defiende in¬ 
variablemente. 

Pero por desdicha, todavía en nuestro país es difí¬ 
cil discutir ideas y métodos, sin que se grite que se es¬ 
tá atacando a un hombre. De este modo se mezclan y 
confunden los problemas, y se esteriliza lo mejor del 
razonamiento. 

Frente a esas fuerzas sin definición precisa, levan¬ 
tamos nuestra palabra, adelantándonos a señalar los 
peligi'os en los cuales tan pronto cayó el frente opo¬ 
sitor. 

Fuimos desoídos o vencidos, cuantas veces intenta¬ 
mos dar a la lucha, categóricas definiciones en mate¬ 
ria económica y social. 



Y sin embargo, estamos allí, en el campamento re¬ 
volucionario. No porque hubiéramos creído en el triun¬ 
fo de un plan militar que no conocíamos; pero sí por¬ 
que creimos, y seguimos creyendo, que sólo con una 
conmoción de esa violencia, podrían empezar a deter¬ 
minarse claramente los campos de la lucha; caerían 
muchos inocentes optimismos, y la realidad de los he¬ 
chos hablaría a los hombres con una elocuencia que no 
halló nuestra palabra en los debates. 

Por otra parte la guerra, cualquiera fuese su in¬ 
tensidad, serviría para descubrir ante los ojos del pue¬ 
blo, la íntima incapacidad del poder de Terra, y para 
valorar con exactitud, la eficacia de las fuerzas en 
que se apoyaba. 

Pero no eran éstos, los pensamientos que entonces 
ocupaban a los soldados de la División Cerro Largo, 
mientras junto a los fogones el mate continuaba sus 
lentos círculos, y chorreaba la grasa de los asados. 

En todos ellos los rostros eran graves; las palabras 
inquietas. 

Alguien nos traje la novedad de que el Mulato Fe- 
rreira no podía contener ya a su escuadrón, dispuesto 
a regresar a su pago. 

—Esa intención se extiende, Coronel, por todo el 
campamento. El hombre que detuvimos en el paso, nos 
enteró en voz alta de la dispersión de la gente del Ge¬ 
neral Muñoz, y nuestros tiradores lo oyeron. Alguien 
debe haberlo repetido en la columna, abatiendo su 
ánimo. 

—¿No le parece que sería bueno llamar a los oficia¬ 
les y plantearles la realidad de nuestra situación? 

—¿Para determinar su actitud de acuerdo con el 
resultado de esa entrevista? 

—No, eso no. Mi actitud está resuelta; mientras ha¬ 
ya un hombre que quiera encabezar la Kevolución, yo 
seré un soldado a sus órdenes. 




—Donde quiera que usted vaya, iremos nosotros. 
¿Nos reuniremos antes de acostarnos esta tarde? 

—¿No le parece mejor, en seguida de churrasquear? 

—Como usted orden. Creemos, sí, que debemos in¬ 
tentar detener el desaliento que se va extendiendo por 
los fogones. 

Ya empezaban los soldados a tender sus recados pa¬ 
ra el sueño, cuando los oficiales comenzaron a llegar 
a nuestro fogón. 

A nuestra espalda los altos mimbres y sauces som¬ 
breaban la Isla de los Muertos; una pequeña corriente 
de agua separábala del campo llano en que estaba ten¬ 
dida la División Cerro Largo. 

El sol de la tarde pesaba sobre el paisaje abierto y 
silencioso. En la sombra de los árboles de la isla, el 
suelo estaba húmedo bajo los viejos gajos caídos en 
el piso de arena; cruzábanse enredaderas espinosas que 
herían los brazos desnudos de los que iban llegando; 
resbalaban las botas en las barrancas de greda, o en 
el tronco mojado de un sauce, tendido como un rústico 
puente sobre el agua; en la copa de un árbol el canto 
de una paloma acompasaba al tiempo. 

Los rostros tienen el cansancio de las marchas y la 
gravedad del momento que todos comprenden; algu¬ 
nos llevan el pecho desnudo, en donde el sudor es go¬ 
tas doradas; otros tienen puesto el poncho de vera¬ 
no, remangada la camisa, en la nuca el sombrero. Las 
palabras lentas y escasas, como los gestos que el sueño 
apaga. 

Un ayudante guarda la entrada a la isla donde los 
oficiales comienzan a sentarse en círculo que el Coro¬ 
nel inicia. 

Un leve promontorio de arena; un tronco caído; un 
trecho de ceñida sombra; un sauce en el cual recos¬ 
tar la espalda, parecen muelles poltronas que los ofi¬ 
ciales se ofrecen, corteses. 




— 123 — 


El mate amargo ya está en la rueda; los cigarros en¬ 
cendidos; el silencio es atento. 

Es el Coronel quien habla: 

—Sé que corre por la División el rumor de que el 
General Muñoz ha abandonado la guerra antes dé ini¬ 
ciarla. 

—Así es;—dice uno, llenando el breve silencio. 

—Pues bien; hemos querido llamarlos a ustedes, com¬ 
pañeros, para que sepan por nosotros mismos, la ver¬ 
dad de la situación. 

Mientras unos clavan la mirada en los labios que ha¬ 
blan, otros húndenla en la arena del piso o entornan 
los párpados, como si quisieran alejar toda imagen que 
distrajera al pensamiento en acecho. 

—El Mayor detuvo en el Paso de Pereira a nn hom¬ 
bre que traía, en efecto, la noticia de que el General 
había resuelto abandonar a la Revolución. Por su par¬ 
te el teniente Rufino Noblía, nos ha trasmitido idén¬ 
tica novedad. Todo hace creer que la actitud atribuida 
al Grcneral sea, en cierto grado, cierta. Supongo que 
las condiciones en que ha debido realizar su entrada 
al país, lo obligaron a no esperarnos en la Cuchilla de 
Caraguatá, de donde salimos esta mañana; y no hemos 
recibido ningún chasque suyo, indicándonos su rumbo, 
que yo creo sea éste que traemos. Por mi parte, desde 
Pereira le he enviado al teniente Noblía, para que lo 
busque y le pida que no dé todo por perdido mientras 
no se incorpore a nuestras fuerzas, que continúan mar¬ 
chando hacia él, dispuestas a cualquier esfuerzo. No 
tenemos ninguna noticia de lo que ha ocurrido en Mon¬ 
tevideo ni en los demás puntos del país; no conocemos 
la actitud de los regimientos con cuya adhesión se con¬ 
taba, ni la del jefe militar de nuestro Partido, a quien 
vi últimamente en la frontera. Pero estamos, recién, a 
dos días del levantamiento; las comunicaciones son di¬ 
fíciles, y aún pueden producirse o haberse producido, 
acontecimientos que ignoramos. 





-- 124 — 


Por nuestra parte, el Mayor y yo, estamos dispues¬ 
tos a se^juir en lo que consideramos el cumplimiento 
de nuestro deber; mientras haya una esperanza, no de 
triunfo pero sí de lucha, continuaremos en pié de gue¬ 
rra. Pero nos parece indudable, que el gran levanta¬ 
miento que esperábamos en todo el país durante las 
primeras veinticuatro horas, no se ha producido. En 
cuanto a mí, ustedes saben bien que no soy un caudi¬ 
llo, ni tengo conocimientos militares para ser el Jefe 
de ustedes. 

Considerando estos hechos, he resuelto dárselos a 
conocer y decirles que, desde este momento, quedan 
ustedes desligados del compromiso de acompañarme 
en la guerra, con el qUe me han honrado tanto. 

Nunca me he sentido jefe, si no el amigo que los 
aeorapaña encuna lucha por una idea que nos es común. 
Acepten mi gratitud por eso. 

Se hizo un grave silencio en la rueda, donde sonaban, 
lentas, las emocionadas palabras. Difícil era, a través 
de los gestos reconcentrados, conocer los pensamientos 
que iban por las frentes inclinadas. 

La voz fina del Comandante Amestoy, levantó de 
nuevos las miradas de todos: 

—¿Usted ha dicho. Coronel, que con el General Mu¬ 
ñoz, o sin él, continuará la guerra? 

—Mientras tengamos quien nos acompañe, seguire¬ 
mos la lucha. 

—Entonces, para mí, aquí todo está resuelto: con 
uno, o con cien, entre los que lo .acompañen a usted 
me contará. 

—Muchas gracias, Comandante. Pero insisto en pe¬ 
dirles que consideren la situación que les hemos plan¬ 
teado, y mi incapacidad para dirigir la campaña. Por 
mi parte, ofrezco mi obediencia al jefe que ustedes 
nombren aquí. 

—No tenemos nada que cambiar. En todas las re¬ 
voluciones a las que he ido, situaciones parecidas a es- 






— 125 


ta se han planteado, sin culpa de nadie... Además, 
nuestro deber no es vencer, sinó luchar. 

El Mayor Silvino González, habló: 

—¿Usted cree que podremos comunicarnos con el 
(xeneral? 

—Le he mandado dos chasques. 

—¿No les parece entonces, que es prudente esperar 
a su incorporación para resolver la actitud definitiva? 

— 7 SÍ pedí esta reunión, fue también, porque me pre¬ 
ocupaba la idea de que alguien pudiera sospechar que 
ha sido por mí engañado. 

—De usted no se tiene, ni se tendrá nunca, esa du¬ 
da, Coronel. 

Las palabras enérgicas de González, expresaron el 
leal sentimiento de todcs, que las comentaron en unᬠ
nime y grave afirmación. 

El diálogo se dispersó entonces entre palabras amar¬ 
gas y promesas varoniles de aquellos hombres en cuyo 
ánimo más fuerte era la voluntad que el desaliento. 

Aislados de toda comunicación; habiendo atravesado 
largas distancias entre la indiferencia de los que mira¬ 
ban con ojos curiosos a los que iban a sacrificarse por 
el interés del país; desarmados casi; ante la tremenda 
realidad del fracaso, los hombres de Cerro Largo, cam¬ 
pesinos, ciudadanos, renovaban la vieja tradición de 
sus pagos, de sus nombres, en aquel apretado círculo 
bajo los sauces de la Isla de los Muertos. 

—¿Marcharemos esta noche? 

—Cuando se ponga el sol. 

—Hay tiempo, entonces, para dormir un rato... 

Nos pusimos todos de pié. 

Dignos; severos; más fuertes que el cansancio y la 
desilusión, los oficiales se quitaron los sombreros, y 
dijeron: 

—A sus órdenes, Coronel. 

La emocionada gratitud puso un temblor en las pa¬ 
labras de Exequiel Silveira al contestarles: 












— 120 — 


—Gracias. Hasta luego. 

Y por el tronco mojado, tendido como nn puente en¬ 
tre las barrancas, filáronse alejando los oficiales, mien¬ 
tras nosotros nos tendíamos sobre el recado. 

—¿Piensa dormir? 

—Todavía es temprano; diga a los ayudantes que 
pueden hacer lo mismo. 

El sombrero puesto sobre los ojos, nos apagó la ra^ 
diante luz de la tarde en el campo. 

—i Qué lejos relincha ese caballo 1... 

—No se les puede despertar.., 

Todavía oímos decir al asistente^, contestando a una 
voz cuyas palabras el sueño no nos dejó oír. 


—,. .Mayor... 

¿La estamos oyendo, o es una perdida palabra que 
la conciencia retuvo cuando ya el sueño nos apagaba 
las voces del campamento? 

—.. .Mayor... 

¿Quién habla así? ¿A quién llama? ¿Dónde estamos, 
para oír este zumbido de mangangaes junto a la ca¬ 
ra?... Debe ir naciendo el día; por esa rendija se ve 
clarear la luz afuera... Todavía hay tiempo para dor¬ 
mir unas horas... El cuerpo está caído, todo pesado, 
en el sueño; entornando los párpados, volveremos a 
dormirnos en seguida.... 

— ...Mayor... Mayor... 

¿De quién es ésa voz? ¿Por qué nos habla así, si que¬ 
remos dormir? ¿Dónde está el que nos llama? ¡Ah, nos 
hemos tendido en el recado; nos pesan los pies, con las 
botas calzadas... 

La palabra cruel que nos ha arrancado del sueño, 
nos continúa hablando, indiferente: 

—Aquí hay un hombre que quiere hablar con el Co¬ 
ronel. 

Ahora comprendemos todo: el Capitán Jacinto Mu- 




— 127 — 


jica fs quien nos habla; a su lado, de pié, un hombre 
de cabeza encanecida, con vestidos de rico del campo, 
nos mira con curiosidad. Es un tipo altanero, con la al¬ 
tanería del que no ha hecho otra cosa en su vida, que 
mandar a otros hombres tiene en los labios la huella 
violenta de las palabras arbitrarias y la mirada imper¬ 
tinente en sus pequeños ojos ensombrecidos por las ce¬ 
jas negras y abundosas. 

—¿Quién es usted? 

El nos dice su nombre, como si fuese una noble y au¬ 
gusta jerarquía que ha de impresionarnos. 

—¿Qué quiere de nosotros? 

—^De usted, nada; quiero hablar con el Coronel Sil- 
veira. 

Comprendíamos que aquel rico nos juzgaba inferio¬ 
res a él; bastaba vernos la modestia 3e nuestras ropas; 
acaso nos miraba como a malhechores lanzados a con¬ 
mover una paz en la cual él era un poder absoluto 
y despótico. 

A él le molestaba, por su parte, la somnolienta indi¬ 
ferencia con que le hablábamos. 

Despertamos al Coronel, a quien el desconocido se 
acercó, ya con el gesto desdoblado en una intención 
amable. 

El diálogo fué breve; alejóse uno por el campamen¬ 
to, mientras el jefe revolucionario se volvía para sen¬ 
tarse en nuestro fogón, donde el mate ayudábanos a 
alejar el sueño. 

Un jinete se detuvo frente a nosotros; sudoroso el 
caballo, alegre la expresión. 

Ija noticia que aquel hombre nos trajo, cambió de 
súbito la materia de nuestros pensamientos y deshizo 
la rueda de la cual se levantaron los ayudantes y asis¬ 
tentes, para impartir órdenes y ensillar nuestros caba¬ 
llos. El General Muñoz, alcanzado por nuestros chas¬ 
ques, pedía un escuadrón de cincuenta de los nuestros 




— 128 — 


para proteger su marcha, y enviaba la dirección en que 
debía moverse inmediatamente la columna. 

Estábamos a pocas leguas de distancia suya, y él de¬ 
bía incorporársenos esa misma noche. 

Por la llanura abierta frente al monte; bajo las alar¬ 
gadas sombras de los sauces; desde el seno ya oscure¬ 
cido de la isla, se alzaban las voces alegres de los solda¬ 
dos a quienes la noticia de la cercanía del General, es¬ 
poleaba de alegría el espíritu. 

El Mayor Silvino González recibió la honrosa orden 
de partir de entre nosotros en busca de Muñoz. 

Vestido de pantalón ciudadano; con un modesto sa- 
quito blanco; el pañuelo anudado al cuello, sin ostenta¬ 
ción; el sombrero sin divisa; suaves las líneas del ros¬ 
tro que la mirada de los ojos azules dulcifica; apaga¬ 
da la voz con que pronuncia casi para sí mismo las 
breves palabras, el jefe revolucionario jsemeja un pa^ 
('¡ente y sosegado hombre de oficina que ve pasar los 
días de su vida apacible, mientras llena las páginas 
blancas de sus libros con una letrita redonda, clara y 
pulcra. 

Quien le viera sentado en el fogón, silencioso entre 
la charla de los amigos: sin sable que cuelgue de su 
cintura, ni distintivo alguno de su jerarquía, no creyera 
en él las bizarras cualidades de guerrillero que la fama 
en el pago le atribuía y que sus hechos en nuestra cam¬ 
paña no desmintieron jamás. 

El chasque no sabe decirnos si el General Muñoz co¬ 
rre riesgo de ser atacado por las fuerzas gubernistas, 
ni cuántos son los soldados con que lo encontraremos. 
Pero aquella prisa con que se pide la protección y 
nuestra marcha inmediata, hacen pensar en que el pe¬ 
ligro amenaza de muy cerca al jefe revolucionario. 

González recibió de nuestros labios la orden, sin un 
gesto, ni pregunta; como un viejo soldado. Así iba a 
cumplirla; sin alarde ni flaqueza. 

La tarde está cayendo detrás de los árboles de la is- 




r 


— 129 — 

la, que alargan livianas sombras sobre la llanura don¬ 
de se inquietan las caballadas. 

Los fogones van achicando sus columnas de humo, 
mientras los hombres cruzan entre ellos; con el bozal 
en la mano, unos; tironeando el caballo que aún inten¬ 
ta arrancar los mojados pastos de las barrancas, otros 
atan a los tientos del recado la caldera, o cortan de los 
asadores un trozo de carne aún tibia, que aprietan en¬ 
tre los cojinillos. 

Pasa una brisa fresca que aligera el cansancio y le 
vanta las voces. 

Los oficiales, ya sobre el caballo, vienen y van cons¬ 
tantemente trasmitiendo las novedades al Coronel, a 
quien sigue con aire soberbio, aquel viejo rico que no 
oculta su gesto hostil ante el paso de nuestros hombres. 

Un paisano humilde lo ha reconocido y se acerca al 
viejo, humillado el gesto, en la mano el sombrero, sa¬ 
ludándolo. 

El lo mira desdeñoso, sin apartar las manos del bol¬ 
sillo, y le detiene con la impertinente pregunta: 

—i Vos quién sos? 

La inesperada grosería de aquella pregunta, detiene 
en los labios del humilde la sonrisa del afecto y deja 
su mano quieta y extendida delante del otro, como es¬ 
perando la limosna de un apretón cordial. 

Aquella escena, tantas veces vista por nosotros en 
los campos del país, reproducida ahora en medio del 
campamento revolucionario, nos lastima el espíritu co¬ 
mo a una cicatriz que groseras manos maltrataran hasta 
sangrar. 

En la desnudez del campamento, la presencia de 
aquellas jerarquías odiosas humillando los más delica¬ 
dos sentimientos de aquel hombre humilde, que ha creí¬ 
do en una igual amistad entre un pobre y un rico, mués¬ 
tranos cuán hondo ha enraizado la injusticia entre los 
hombres nuestros, y nos avergüenza el tolerarlo ante 
nuestros ojos. Sentimos en nosotros herida la dignidad 


I 





—. 130 — 


humana, y no vacilamos ni detenemos la violencia del 
gesto y la palabra con que nos dirigimos al viejo so¬ 
berbio : 

—¿Qué espera usted aquí, todavía? 

El se sorprende ante el tono de agresión con que lo 
tratamos y cruza por su mirada el pensamiento de 
sospecha de que acaso su libertad o tranquilidad de¬ 
pendan de nosotros. 

—¿Está usted pronto, compañero, para marchar?— 
decimos, dulcificando la voz, al paisano, que nos mira 
extrañado. 

—El Coronel quedó de hacerme devolver tres yeguas 
que el ejército sacó de mi campo—nos contesta el rico. 

—¿Ya no le dijeron que puede llevarlas; qué hace aún 
aquí? 

El Coronel nos ha oído y quiere atenuar la dureza 
de nuestra actitud, diciéndole: 

—Vaya, amigo; vaya a que le entreguen sus yeguas, 
y déjenos tranquilos. 

—Coronel, estamos por marchar y este hombre ha oí¬ 
do sus órdenes. Permítanos tomar con él, las medidas 
necesarias. 

—¿Qué piensa hacer, Mayor?—^nos pregunta el jefe, 
sonriendo. 

—¿No vió usted cómo ha humillado a este trabajador 
que va a jugarse la vida para conquistar una paz que 
va a aprovechar a este soberbio? Viene a llorar unas 
yeguas, entre hombres que todo lo dan para que él go¬ 
ce de los frutos de sus sacrificios. 

—Tiene razón; pero déjelo. Que no salga a decir que 
en nuestro campamento ha sido maltratado. 

—Usted manda. Coronel; pero no pienso como usted. 
De hombres como éste, se ha servido la Dictadura. 

—Este es más estúpido que malo. 

—Porque siempre ha contado con el poder del dine¬ 
ro, para serlo. 

La presencia del Mayor González que se ha detenido 




— 131 ^ 


frente a nosotros, pronto ya su escuadrón, interrumpe 
el diálogo. 

No se sabe qué palabra ni noticia, ha puesto en to¬ 
dos los rostros un silencio grave. 

Tal vez la precipitación con que se ha ordenado la 
marcha, cuando apenas se había logrado dormir una 
hora, ha hecho creer que el enemigo está cerca y que 
aquellos compañeros que González comanda, van a su 
encuentro. 

Ya iniciaban ellos la marcha, cuando el Coronel lla¬ 
ma a su hijo, el que lleva su nombre, y le ordena for¬ 
mar en la fila que sigue al caballo del Mayor. Ante 
aquella actitud, le preguntamos: 

—¿Usted cree que pelearán? 

—La urgencia con que el General pide la protección, 
me hace pensar eso. Que vaya, pues, mi hijo entre los 
primeros. i 

—¿Qué rumbo tomaremos? 

—Por Pablo Páez y costas del Cordobés. 

—¿A qué hora quiere marchar? 

—Cuando esté pronta la columna. 

Moni edénico está transportando nuestro parque pa¬ 
ra un carro, pues se ha comprobado la imposibilidad 
de continuar con el auto. 

Ya no quedan caballos en las sogas, y los que pacían 
diseminados por las llanuras, se enfilan y aprietan bajo 
los silbidos de sus conductores. 

Algunos jinetes sorben aún el mate, formando rue¬ 
da apoyados en la carabina o en el cuello inclinado 
de los caballos. De las ramas de los sauces van descol¬ 
gándose las maletas; las matas de carqueja vuelven a 
levantarse, libres del peso de los ponchos que se van 
arrollando y sujetando en los tientos de los recados. 
Nuestro asistente ensilla para nosotros un nervioso y 
pequeño tordillo, mientras Clarín pace, distraído, jun¬ 
to a un suce en cuyo tronco se anuda su maneador. 







— 132 — 


Los escuadrones comienzan a alinearse; pasan ale¬ 
gres palabras entre órdenes breves. 

Ya son los fogones círculos grises, punteados de ro¬ 
jo, sobre el campo ensombrecido. 

Más fuerte que los voces de los hombres, que los re¬ 
linchos, es el silencio que la tardecita está volcando 
en el paisaje, bajo la mojada luz del lucero tan alto. 

El Coronel ya anda con su caballo rosillo por la rien¬ 
da; con sus vestidos negros, el viejo rico es una sombra 
que le sigue. 

—Tja columna está a caballo. 

—Diga al Comandante Amestoy que ocupe la van¬ 
guardia; al Capitán Rebollo la retaguardia, con órde¬ 
nes expresas de no dejar que nadie se retrase en la 
marcha. 

Cuando trasmitimos al Comandante la orden recibi¬ 
da, ad virtiéndole que marchábamos al encuentro del 
General y que no se descartaba la posibilidad de hallar, 
antes, al enemigo, el guerrillero nos contestó, sin inten¬ 
tar ocultarnos su sobria emoción: _ 

—Cumpliré la orden, agradecido al honor que se me 
hace señalándome este puesto, en estas circunstancias. 

La delgada figura erguida sobre el caballo; el gesto 
grave; el acento emocionado; la palabra caballeresca, 
eran como una imagen de los viejos romances, rediviva 
ante nuestros ojos, bajo el arco inmenso de la noche 
llegando. 

—¿Marchamos? 

—Sí, Comandante. 

La División comenzó a desfilar lentamente; a su iz¬ 
quierda, la Isla de los Muertos; a su derecha, la man¬ 
cha oscura de las caballadas interrumpiendo la llanura. 

Ya montaba el Coronel, cuando le oímos alzar la voz 
enojada: 

—\Ko me moleste más, amigo! ¿Usted cree que es¬ 
tamos aquí para ocuparnos de sus yeguas? ¡Llévese¬ 
las, y no aburra! 




De al lado suyo se alejó, lenta y sola, la figrura del ri¬ 
co hasta detenerse y quedar, como un mojón de som¬ 
bra, en el campo abierto. 

—Ix) cansó el hombre... — bromeamos, cuando ya 
íbamos en medio de !a columna. 

—¡Caramba; toda la tarde aburriendo por tres ye¬ 
guas y cuando se le entregaron, pretendiendo que se las 
llevasen hasta su estancia. 

—Nos confundió con sus peones. El hombre está acos¬ 
tumbrado a mandar, y no cree que una Revolución pue¬ 
da arrancarle ese privilegio. 

Un soldado se acerca para decirnos con voz jovial: 

—Aquí viene este hombre, que se vuelve ciego cuan¬ 
do cae la tardecita, 

A su lado venía un paisano que comentó la frase con 
palabras temblándole de enojo: 

—Si señor; me vuelvo ciego cuanto cái el sol. Naides 
me crée, y yo digo la verdá. 

—¡Ciego, ¿y con un caballo de tiro? Se le va a per¬ 
der, compañero. 

—Usté tampoco me crée y se ríe. Pero yo puedo 
aprobar que soy tan revolucionario como cualisquiera 
otro; sí señor. Pero de noche... 

—^Bueno; métalo entre la fila. No sea cosa que se 
caiga en una zanja, o el caballo que lleva de tiro lo des¬ 
víe para la querencia. 

—¡Mire, Coronel... yo le puedo aprobar... de no¬ 
che !... 

Ya no le oíamos más; el suelo se había vuelto sono¬ 
ro en el claro del corredor alambrado. 

Avanzábamos por el departamento de Cerro Largo, 
costeando el arroyo Cordobés hacia el sur. 

La noche estaba oscura y fría. Ibamos al tranco y 
en silencio. El espíritu oscilaba entre la alegría de ir 
al encuentro de Basilio Muñoz, y la amargura produ- 
ida por la desobediencia de casi todo el escuadrón del 
iflulato Ferreira; aquellos con quienes montamos a ca-^ 













— 134 — 


bailo en el primer campamento de Giiazú Nambí. Ya en 
marcha la columna, se habían negado a incorporárse¬ 
nos, y desde su campamento cercano al Paso de Pereira, 
se disponían a regresar a sus pagos. 

El estado moral de la División, quebrantado por la 
certidumbre de que la inmensa mayoría del país con¬ 
tinuaba en paz, hubiera vuelto muy peligrosa cualquier 
actitud enérgica que se hubiese adoptado para obligar¬ 
los a continuar entre nosotros. 

Pero ese hecho podía ser un síntoma grave de mayo¬ 
res deserciones. 

La presencia de Amestoy en la vanguardia, era una 
garantía de que por allí no habrían de producirse. 

El Coronel, seguido de algunos ayudantes, fue a colo¬ 
carse junto al capitán Rebollo, cuyo escuadrón cerra¬ 
ba la marcha, mientras nosotros vigilábamos el centro 
de la columna. 

Una caballada se había adelantado y avanzaba a 
nuestro flanco, bajo las voces lentas y alargadas de 
los caballerizos. Sobre el silencio de los hombres, pa¬ 
saban los relinchos; en el bajo, en el alto, jalonando el 
(‘.spacio que la columna iba ocupando y dejando. 

De pronto, casi pegándose contra los alambres que 
cerraban el camino, cruzaba un jinete al galope fla- 
nu^ando sobre la sombra de sus formas, la más ténue 
del poncho de verano, visible bajo la luz de las estrellas. 

—j Refrescó la noche! 

—Seña de seca; tanto calor de día y frío de noche... 

—¿El General trae mucha genteí 

—Parece que no. 

Entre las pesadas sombras deslizándose con lentitud 
en la noche, se alargaba el chasquido vibrante de un 
alambrado al cortarse; se avivaban las puntitas rojas 
¿e los cigarros. 

—i Dt vuelta, compañero, que erra el camino! 

—¡A la izquierda, compadre! 

—¡No peche, pues!... 







— 13S ~ 


Se sintió un rebenque p:olpear sobre el anca de Un 
caballo, y una voz enojada: 

—jAbríte, pues! 

—iNo me peche, i no vé que soy ciego? 

—¡Ciego, y en la Revolución ¿Venís pa cantor? 

—Soy tan revolucionario como usté; ya le digo, pues! 
—Ta bien, compadre. Pero la Revolución va pa acá, y 
usté le va errando el rumbo. 

—¡Echelo por delante si no obedece, compañero; y 
cuídelo en los portillos — rezongó una voz enérgica. 

—¿Por qué me trata así? 

—¡Marchá, marché, desgraciao! 

—¿Qué pasa ahí? — dijimos, en voz más alta que el 
redoblar de los caballos sobre la cuchilla. 

—Aquí va un ciego muy raro: con cabaPo de tiro 
y en todos los portillos el hombre erra la senda y bus- 
ca pa la querencia. 

La explicación irónica tornó a enojar al otro, que al- . 
zó su voz para replicarle: 

—Buscando la querencia no, ¿sabe? Son ustedes, que 
me van rempujando. 

—¿Dónde va su escuadrón?—le preguntamos. 

—Yo no sé; no veo nada. 

—Desde hoy viene sentando pa atrás—explicó el 
otro. 

—Sentando, no. Si no veo, ¿qué querés que haga? 

—Pero se te aclara la vista en los portillos. 

—Será el caballo... 

—¿Quién manda en esta caballada? — preguntamos, 
para cortar el diálogo de aquellas dos voces en que una 
estaba a punto de reír, y la otra se empañaba con el 
principio del llanto. 

— ^Soy yo, Mayor; ordene — nos gritó la voz coiioci- 
da de Reboledo. 

—Haga marchar a ese hombre adentro de la caballa¬ 
da; échelo por delante. 

—¿Por qué me hace éso, si soy un voluntario? 















— 136 — 


—^Para su tranquilidad, compañero; así no se pierde. 
Y sáquenle el caballo que lleva de tiro. 

—¡Bueno, marchá, marchá! 

Todavía entre los multiplicados ecos de los cascos y 
los relinchos de los caballos asustados, sentimos la voz 
del extraño ciego: 

—¡No me peche, pues... soy un voluntario 1... 

Nos distrajo la noche, tan honda y luminosa. 

La llanura nos enviaba una brisa fría, que hizo de¬ 
cir a Rufino: 

—Parece que vamos a tener que echar mano a los 
ponchos de invierno. 

Debía ser ya tarde; ni un fogón en el campo, la aguja 
de luz de las Tres Marías, bajaba por la esfera azul 
del cielo. 

Fuéronse acallando los relinchos; cerca nuestro, a la 
espalda, sentíamos crujir las ruedas del carro del par¬ 
que. A veces distinguíamos claramente la voz de Mon- 
tedónico: 

—^Altooo... siiiga.., 

—^Va a salir la luna. 

—¿Usted crée? 

—Yüi hace mucho que venimos caminando. ¿No ve 
aquel resplandor atrás del monte? 

—Parece. Llevo los pies fríos. 

—¿Quiere un trago de caña? ¿Para los piés? 

—Siempre es bueno... 

Desde la retaguardia se acercaba el galope de dos ji¬ 
netes; cuando pasaron frente a nosotros, reconocimos 
al Coronel, que nos dijo; 

—^Allá en el bajo se ven venir unos autos. 

Desviamos nuestro caballo de las filas de la colum¬ 
na y lo pusimos al galope hasta alcanzar al jefe, segui¬ 
dos por el Estado Mayor. 

—Debe ser el General;—^nos dijo. 

—¿Viene en auto? 

—Tal vez. Ahora se distinguen claramente. 









— 137 ^ 


Vamos dejando a nuestra espalda los escuadrones 
que marchan alineados de a tres, comentando con al¬ 
to murmullo extendido a lo largo de la columna, la pre¬ 
sencia de aquellas luces en la llanura. 

—¿Van muy adelante sus descubiertasí 

— Deben ir ya por el bajo, Coronel—contesta Ames- 
toy cuando ya nos adelantábamos a la vanguardia. 

Las luces lejanas se van acercando con lentitud, des¬ 
cribiendo una ancha curva en el llano. De pronto se 
apagan, vuelven a encenderse, como si estuvieran con 
alguien comunicándose con esa simple telegrafía. 

Debemos ir entrando a un bañado; el piso se ensor¬ 
dece y los caballos galopan resoplantes y medrosos. 

A nuestra izquierda se levanta y corre a lo largo del 
silencio, el sonoro latigazo de un alambrado al caer; 
como un eco, respóndele el que cierra por la derecha 
el camino. 

Delante nuestro sentimos abrirse el sordo galope de 
la descubierta, cuyas sombras parecen flotar en la 
noche. 

Los focos de un auto son como una espada de luz que 
corta la copa de los árboles y el pajonal que ellos hacen 
visible en la llanura; jadean los motores con pesados 
ecos que se van rebotando en el silencio. 

Otra franja de luz sorprende a un jinete galopan¬ 
do en las sombras; lo arranca de ellas, y parece levan¬ 
tarlo sobre el piso iluminado, flotante el poncho cuyas 
puntas esconde la noche. Ya lo deja, y se extiende co¬ 
mo una angosta y alargada llanura por cuyas orillas 
galopan las sombras de los guerreros. 

Más alta que el eco de los motores, suena una voz 
enérgica: 

—¡Haga alto! 

Se ensordecen los autos y apagan sus luces, mientras 
sentimos el brusco sofrenar de los caballos de la descu¬ 
bierta, y una voz que al primer grito contesta, como 
un eco: 













1 


^ 138 -- 


—¡llaga alto! 

Y suenan los cerrojos de las armas; la luz de un auto 
se ha encendido y su claridad se va por el campo. 

En el silencio, nuestros caballos continúan marcando 
el compás del galope, con sus narices resoplantes. 

—jViva la Revolución! 

—i Viva la Revolución! 

—¿Quién vive? 

—El General Muñoz. 

—í.a División Cerro Largo. 

Aquellas palabras enérgicas y viriles despiertan nues¬ 
tra emoción, que se aviva en los ojos, aligera la frente 
y levanta la mano que con la rienda tensa, arquea el 
cuello del caballo. 

Se encienden de nuevo las luces y vemos andar por 
ellas a varios hombres vestidos con traje de campaña, 
que se adelantan y estrechan la mano a nuestros tirado¬ 
res formados en abierto círculo, con la cabeza descu¬ 
bierta. Reconocemos la figura alta, voluminosa, del 
Comandante Nicolás Muñoz. 

¿Y aquel otro, bajo, ágil; vestido con una casaca de 
cazador, pantalón de montar y altas botas; con som¬ 
brero de corcho; cruzado el pecho por la mancha ne¬ 
gra de unos gemelos de campaña, quién es? 

Detrás suyo forman círculo cuatro hombres jóvenes, 
de rostros ciudadanos. 

Desde nuestro caballo, nos parece más pequeño y me¬ 
nudo aquel que se lleva al sombrero la mano enguan¬ 
tada, y pregunta con una vocecita cordial y nerviosa: 

—¿Y el Coronel Silveira? 

—A sus órdenes, General — contesta desde al lado 
nuestn» Exequiel. cuando ya desmontaba y extendía 
sus brazos hacia los del General Muñoz, cuyo rostro 
inquieto, de ojitos vivísimos, parece ensancharse en una 
sonrisa leal. 

Echamos pié a tierra y formamos en el grupo a la 
espera de que el Coronel nos presente. Al oír nuestro 







r 


— 139 — 

nombre, el viejo General que ya nos estrechaba la ma¬ 
no, echó hacia atrás el busto, paseó su mirada alegre 
y punzante por todo nuestro cuerpo, y nos tendió los 
brazos con un gesto de vieja amistad: 

—Estaba seguro de encontrarlo en la Eevolueión. 

—Muchas gracias — contestamos con la satisfaenón 
que nos produce aquella anticipada certidumbre sobre 
nuestra conducta en stmejantes circunstancias. 

Le acompañan sus hijos Alberto y Basilio, dnan Fal- 
cón y Fares Marexiano; hombres ciudadanos, domi¬ 
nados por la alegre impaciencia de ir estrechando las 
manos amigas de los oficiales y soldados de Cerro Lar¬ 
go, que van llegando y desmontando junto a los autos. 

Alguien dió un grito que fue como un toque de cla¬ 
rín repetido a lo largo de la columna, levantando ecos 
cada vez más potentes que rompieron el silencio y tur¬ 
baron la noche. Como si aquellas palabras fueran por el 
llano, la cuchilla, el bajo, rebotando en las alma*^ es¬ 
condidas en las sombras y levantándolas en una enar¬ 
decida afirmación viril: 

—jViva la Libertad! ¡Viva el General Muñoz! 

Así iba el grito hasta no ser ya, en la oscurecida dis¬ 
tancia más que una alargada voz sin palabras que unos 
labios lejanos levantaban, y la brisa llevaba hasta ten¬ 
derla en el campo. 

Pero de pronto, más lejos, otras almas lo recogían y 
lo alzaban de nuevo, como una voz del silencio curvado 
por la tierra y el cielo. Parecía abatirse sobre las cabe¬ 
zas; recogíanlo otros labios más cerca, y tornaban a 
lanzar las palabras hacia las estrellas. Y así volvía a 
nosotros; ondulando, cayendo; levantándose; como law 
sucedidas curvas con que las cuchillas sobre nuestras 
Danuias se van. más allá de la vista, por el iluminado 
paisaje bajo el cielo. 

.. La presencia de Basilio Muñoz ha levantado esas 
palabras; banderas desplegadas que la brisa agita so¬ 
bre las cabezas. 














— 140 — 


Por el campo alejado se sintió acercarse el sordo 
redoblar de un galope, como ensordecidos tambores que 
vinieran a lo largo de la columna dando órdenes viriles 
o saludos de camaradas, a los que contestaban las voces 
de nuestros hombres: 

—¡Viva la Revolución! ¡Viva la División Cerro 
Largo! 

En el círculo tajeado de sombra y luz que se apre¬ 
taba a nuestra espalda resoplaron sorprendidos los ca¬ 
ballos; chocaron con las botas las carabinas; se oyen 
frases de bienvenida y apagadas risas; pies que se 
sueltan ágiles del estribo y pisan el suelo como al fi¬ 
nal de un salto; galope que una mano firme clava en 
la tierra. 

Volvimos hacia allí la mirada en el instante en que 
avanzaba entre los trozos iluminados de rostros y pon¬ 
chos de los que estaban apeados, y pechos de caballos, 
el busto del coronel Basilio Antúnez, cubierto por un 
poncho gris y en su rostro encanecido un gesto de ale¬ 
gría irreprimible. 

—¡A sus órdenes, mi General! — dijo, quitándose 
el sombrero y dejando al descubierto la frente tosta¬ 
da de sol bajo la cabellera cana que la luz del auto con¬ 
vertía en un blanco resplandor. 

¡Vieja estampa del país, que aquel rayo de luz 
arrancaba de la noche del campo sobre una abandona¬ 
da huella del camino, como de las sombras de los tiem¬ 
pos de nuestra historia olvidada! 

Basilio Muñoz, Exequiel Silveira, Basilio Antúnez; 
suave, rudo, ingenuo; caudillos de nuestra tierra sobre 
los campos de Cerro Largo abrazados. 

Blanco, colorado, blanco; así están los tres de pie 
ante nuestra vista, vestidos de guerra, modestos, so¬ 
brios, sin galones, sin espada, sólo el rebenque colgan¬ 
do de la muñeca, como aquel que fue el primero, de des¬ 
nudo pecho como el río Yi, en cuya orilla tenía su ran¬ 
cho levantado. 









^ 141 ^ 


Hablan con pausadas palabras, mientras sus mira¬ 
das se inclinan sobre las manos tranquilas que lían el 
tigarro. Sólo en un sombrero la luz aviva una divisa: 
azul, blanca y roja, sobre la frente del coronel Silveira. 

Gruesos pliegues o finos paños de ponchos que la 
brisa ondula haciendo modelar las rugosidades de las 
botas camperas o los fuertes muslos; relámpagos de luz 
en las carabinas y en los estribos; mórbidas ancas, ági¬ 
les cuellos; dorados y pequeños arcos en la prolija crin 
de los caballos, y en sus ojos pozos de luz, verde o ro¬ 
ja, invertidos; más alto, manchas blancas en los pechos 
de las camisas; temblorosas alitas de seda en los cue¬ 
llos, que quieren irse en la brisa; sombras de los som¬ 
breros deformando los rostros; estrellitas fugaces de los 
cigarros que la noche apaga; así es la multitud que se 
une en las palabras; 

—¡Viva la Libertad! ¡Viva la Revolución! 

Más fuerte que el silencio en la llanura, en la cu¬ 
chilla, en el bajo, desde las sombras de la tierra, es la 
voz viril de los jinetes invisibles sobre los campos de 
Cerro Largo. 

Arriba, lejos, va saliendo la luna. 

Parece que el tiempo no ha pasado; o que aquel 
auto ha levantado con el tajo audaz de su luz viejos 
fantasmas que dormían bajo las gramillas. 

Dormidos parecieron durante treinta años, bajo el 
canto de los motores de las trilladoras en las huer¬ 
tas; de los aviones entre las nubes; tirados, más allá de 
las más largas distancias, por las palmas grises de las 
carreteras, sus escondidos rumbo. Blanquearon las es- 
cuelitas de rojizos techos en las enchilas en donde an¬ 
tes humeaban los campamentos; se calló la voz de los 
payadores junto al mostrador en que el pulpero abrió 
la sábana blanca y negra de los diarios, y por el aire, 
que antes era monótona y apagada voz que el galope 
alzaba, pasan escondidas palabras en un vuelo más rá- 







pido que el de las palomas regresando al monte al caer 
de las tardes. 

Eran ya gastadas imágenes en los labios de los tri¬ 
bunos y sueños románticos en las frentes de pensamien¬ 
to recogido bajo la realidad de la paz que gozaba para 
siempre el país. 

Pero esta luz del auto, confundiendo los tiempos, 
los ha levantado de nuevo sobre los campos del Uru¬ 
guay y ellos son. otra vez, la cruda verdad del país. 

Sueño, inocente sueño, aquellos treinta años que 
una mano aleve quebró con la más inaudita y grosera 
realidad. 

—¡Viva la Libertad! ¡Viva la Revolución! 

Cuando ya montamos para marchar, todavía nos 
llegan desde la noche los gritos de los jinetes cuyas 
sombras la lenta luna va extendiendo en el campo. 

El coronel se ha ido en el auto con el general Mu-, 
ñoz a descansar en una estancia próxima, y ha entrega¬ 
do su caballo y el mando de la columna al comandante 
Nicolás Muñoz. 

—¿Dónde estamos? 

—Entre Pablo Páez y Cordobés. ¿Quién manda la 
vanguardia? 

—A m estoy. 

—Hágale avisar que nosotros llevamos el rumbo. 
Camparemos aquí cerca. 

La luna va abriendo el paisaje; el monte a la iz¬ 
quierda; ancha llanura a la derecha. Arriba, frente a 
nuestros ojos, la Cruz del Sur aleja con su luz al hori¬ 
zonte. 

Vamos marchando al tranco sobre el piso de un ba¬ 
ñado en el que la madrugada está levantando al frío. 

En el extremo de la columna se alza una voz; la 
distancia borra las palabras, pero sucesivas voces len¬ 
tas las van acercando: 

—Altooo... altooo... altooo.. • 

—¿Qué ocurre? 






— 143 — 

—^Es el carro del parque que pierde la huella. 

Los caballos se detienen; las palabras se callan, en 
la espera. Hasta que otra voz se levanta, lejos, y nos 
llega rebotando en los labios: 

—Siiiga... siiiga... siiiga... 

Una cañada; alto pastizal que ensordece la mar¬ 
cha; el declive de una loma; una zanja; se acercan y 
se alejan los trozos del paisaje, con la lentitud del tran¬ 
co cuyo compás van marcando las voces: 

—j Altoo!... iSiiga!... 

—Estamos — nos dice el comandante Muñoz. 

El monte forma un círculo obscuro a nuestra espal¬ 
da, a cuyo abrigo van alineándose los escuadrones. 

Echamos pie a tierra. 

Las caballadas comienzan a abrirse en el límite vi¬ 
sible de la llanura; se sienten caer los recados y pasar 
las voces alegres de los amigos llamándose. Por el cam¬ 
po van algunos seguidos del caballo, hasta encorvarse y 
hundir en el silencio los golpes que aseguran la estaca. 

Montedónico ha encendido un fogón que nos levan¬ 
ta del recado con la promesa de su calor y del mate 
amargo que ya vemos pasar en la rueda. 

El cansancio ha volteado a Gino sobre el pasto, sin 
darle tiempo a hacer la cama. 

La madrugada se ha vuelto fría y empapa de rocío 
los ponchos y las botas. 

—Todavía está bueno — nos dice Edmundo al de¬ 
volverle el mate y ponernos de pie. 

—Gracias; ya nos quitamos la sed. 

El murmullo sordo y tenaz de los caballos pastan¬ 
do se lleva nuestro pensamiento perdido. 

La Cruz del Sur parece sostener al cielo entre sus 
brazos de luz. 








CAPITULO VII 

La sorpresa de Cerrozuelo 


Hemos andado durante toda la mañana por las lla¬ 
nuras y los bañados del arroyo Cordobés; lo hemos 
truzado internándonos en el departamento de Durazno 
y continuado la marcha sin apartarnos de sus costas 
hasta campar, ya pasado el mediodía, sobre el Paso de 
Villar. :l< 

Los soldados tienen el ánimo abatido por las largas 
marchas y por el sol y la sed de estos días de un vera¬ 
no intensísimo, que hacen amarillear los campos y se¬ 
can o pudren el agua escasa de las zanjas. Las noches 
refrescan hasta volverse frías, mientras las mañanas se 
incendian de un sol que atraviesa los ponchos de vera¬ 
no, las camisas, y nos hiere con agujas de fuego en las 
espaldas y los brazos. 

No parecen calzadas, sino colgando de las piernas 
las pesadas botas; las carabinas machucan los músculos; 
los cojinillos se aplastan sobre el recado y a su blandu¬ 
ra perdida sucede la dureza de la cincha. Sería prefe¬ 
rible ir con el pecho desnudo, descubierta la cabeza que 
el sombrero oprime; pero no es posible resistir al calor 
de aquel sol que nos abrasa y reverbera en las grami- 
llas doradas, en los pedregales, sobre el verde tierno del 
monte, y se quiebra en infinitos cristales cuyos reflejos 
en las cuchillas lejanas, hieren los ojos. Abrimos sobre 
los hombros el círculo del pañuelo de seda; las riendas 









se humedecen y ablandan en las manos; las bombachas 
se pegan a las piernas. El sudor nos empapa las ropas; 
sécalo el sol y a poco nos cubre de nuevo, provocando 
en el espíritu una sensación extraña de animalidad sal ¬ 
vaje. Los caballos voltean el cuello; duerme la cabeza; 
sólo la espuela aguijoneándolos de continuo logra que 
no detengan el cansado tranco o tropiecen y rueden en 
las cuevas de lechuzas o en los troncos de las pajas. 
Cualquier agua los detiene en las zanjas y la sorben, 
ávidos, indiferentes al látigo con que los jinetes quie¬ 
ren levantarles el cuello para que no se sacien y luego 
lleguen a aplastarse*’ en una marcha cuyo término 
puede aún estar lejos. 

Nadie silba, ni canta, ni habla casi. Unos van ru¬ 
miando sus pensamientos, cuyas puntas dejan asomar n 
los labios en una palabra perdida, que el compañero 
apenas si contesta; otros van durmiendo bajo los pár 
pados entornados. 

Los cigarros se apagan en los labios resecos. Se ol¬ 
vida el paisaje; nadie mide la distancia, ni el tiempo. 

Las casas se muestran, lejos, con sus islas de som¬ 
bras; nuestra marcha sigue fatigosa en el mar queman¬ 
te de luz. Los soldados no han comido otra cosa, desde 
ayer a las tres de la tarde, que el churrasco asado en la 
Isla de los Muertos. Nosotros, con el Coronel, hemos lo¬ 
mado el café con leche que la gentileza de un viejo ami¬ 
go nos ha ofrecido en su estancia. 

Pero más que los sufrimientos físicos, abaten el áni¬ 
mo de los soldados las inquietudes morales. 

Al entusiasmo primero con que se acogió el en¬ 
cuentro con Basilio Muñoz, ha sucedido el desaliento. 

La División creía encontrarlo al frente de un ejér¬ 
cito y ha sabido que sólo seis hombres lo acompañan. 
Lo sabe por el rumor extendido en el campameoto, 
pues, a pesar de que hemos marchado durante tod<i la 
mañana y el principio de la tarde bajo sus órdenes, na¬ 
die ha visto al General entre nosotros. 




-- 146 — 


Por su voz, transmitida desde el Brasil, todos los 
que allí están en aquel inquieto campamento abando¬ 
naron familia, intereses, esperanzas; burlaron la vigi¬ 
lancia policial, se agotaron en viajes de leguas durante 
dos noches y se lanzaron a la guerra. 

La justicia de la causa que los movía bastaba, sí, 
para impulsarlos; pero la jefatura del viejo caudillo cu¬ 
yas hazañas del 97 y 1904 todos recuerdan, era una 
esperanza. 

¿Qué quiere ahora? ¿Por que esta nueva marcha y 
este campamento, sin llegar hasta nosotros? ¿Dónde 
está el enemigo? Y los amigos, ¿cuándo y dónde lle¬ 
garán? Durazno, tierra de su raza y su prestigio, ¿lo ha 
abandonado también? ¿Qué esperanza queda entonces? 
¿Es que él no nos acompañará ahora? 

Están estas preguntas sonando en los fogones, 
mientras el mate en la mano se olvida, cuando en el 
silencio del mediodía avanzado se extienden los ecos de 
un avión gubernista sobre el campamento recién ex¬ 
tendido. 

Su mirada desde la altura parece haber descubierto 
las columnas de humo en aquel seno del monte. Así 
avanza, seguro y recto, por los azules caminos del cie¬ 
lo hacia nosotros, quebrando y avivando la luz en su 
rígido cuerpo de acero. Los caballos levantan la cabeza 
asustados y detenidos por el cansancio; el motor sacu¬ 
de el silencio con repetidos y brutales ecos a los que 
responden los grititos nerviosos de los teru-terus. Al 
principio es como un trueno de tormenta lejana, que pe¬ 
sadas nubes acercan; ahora es una poderosa voluntad 
que avanza, con rezongos de cíclope, haciendo temblar 
al cielo y al recogido silencio que sombrean los árboles 
de copas abrazadas sobre las lagunas del Cordobés. 

Ocúltanse los recados; recógense los ponchos; las 
calderas chorrean el agua del mate sobre los fogones, 
que se ahogan en una dispersión de humo. Desde las 
cerradas sombras de los mimbreSi los hombres se lia- 








man; algunos ya le acechan por entre el claro de las 
copas, tirados en el suelo, el arma en la mano; otros 
confunden su cuerpo con el tronco de un sauce y alzan, 
por el caño de la carabina, la mirada hasta el trozo de 
cielo que cubre su cabeza. 

El avión ya está sobre nosotros; cielo y monte sa¬ 
cuden sus ecos. Todavía hay algunos soldados que co¬ 
rren de un rincón a otro que les parece más escondido, 
mientras otros se han sentado en la orilla de sombra de 
los árboles y con el mate en la mano, la caldera a los 
pies, apenas si levantan hasta el cielo la mirada desde¬ 
ñosa. 

Se diría que sabe que estamos allí; tanta es la te¬ 
nacidad con que el pájaro luminoso y gris nos busca. 

En lo alto él domina el silencio y el paisaje; ame¬ 
nazante, con su rápido vuelo y su jadear poderoso. 

En el seno escondido del monte le acechan los ca¬ 
ños de los fusiles, centenares de pequeñas líneas obscu¬ 
ras en las manos firmes y miradas atentas, mientras ca¬ 
llan los labios, en una espera que la emoción colma o 
como si quisieran ahogar hasta el más leve murmullo 
para que no se espante y aleje el pájaro soberbio. 

De pronto parece como si le enojase la quietud del 
monte y su soledad; va, viene, gira en círculo cerrado 
sobre nuestras cabezas, trepidando ensordecedor, ame¬ 
nazando abatirse en un vuelo de ave de presa, sobre la 
llanura. 

Abajo, callados o con breves palabras que la in¬ 
quietud aviva, lo acechan desde el silencio poblado de 
miradas atentas; las carabinas afirmadas en los troncos 
de los árboles; las manos prontas para hacer la descar¬ 
ga; severos y pacientes cazadores del ave amenazante 
y temerosa que vuela entre las nubes, donde las balas 
no podrán alcanzarla. 

—¿Le tiro? — pregunta uno. 

—Espera a que baje. 

—Se nos va a ir. Desde aquí lo veo claro. 







^ 148 — 





—^No lo alcanzarás. Hay que tirarle adelante. 

—¿Ves? Ahí se va. 

—i Que lo parta un rayo! 

Volvieron a encenderse los fogones, junto a los cua¬ 
les se clavaron los asados; formáronse de nuevo las 
ruedas que el mate unía y otra vez en los dorados pajo¬ 
nales se extendieron las manchas rojas y grises de los 
ponchos. 

—Desde esa altura, ¿a quién van a ver? 

—Míralo, todavía se distingue en el fondo del ho¬ 
rizonte. Parece una águila gris. 

Por el sendero abierto en el rincón del monte en 
que nos hemos reunido para comer, pasan continua¬ 
mente hombres desnudos, con el caballo por el cabes¬ 
tro, en dirección a la laguna desde la cual nos llegan 
las voces alegres de los que ya se están bañando. 

Uno de los compañeros en el almuerzo frugal nos 
señala a un paisano que va bajando hacia el arroyo, 
con dos latitas para llenarlas de agua. 

—¿No lo reconocen? — nos pregunta. 

—¿ Quién es ? 

—El ciego de anoche. 

Nos sorprende de tal modo saber que aquel hom¬ 
bre que va con el rostro alegre es el mismo que la no¬ 
che anterior quería desertar, que lo llamamos a nuestro 
fogón: 

—¿Qué tal, amigo; entonces se le había oscurecido 
la vista, anoche? 

—No señor, no se me había oscurecido; es que cuan¬ 
do dentra el sol, me vuelvo ciego. Allí va aquel com¬ 
pañero que puede aprobar si digo la verdá. 

Ante la extrañeza de todos, el otro confirmó las pa¬ 
labras del enfermo, con quien nos disculpamos por la 
injusta desconfianza con que lo habíamos herido. 

Recién nos habíamos tendido para el sueño, cuando 
llegaron al Estado Mayor los hermanos Rincón y Aní¬ 
bal Artigas, y el capitán Isidoro Noblía. 


k 




Los rostros preocupados con que acogieron la cor¬ 
dialidad de nuestro saludo, nos hizo pensar en que aque¬ 
llos compañeros, esforzados y cultos, llegaban deseosos 
de enterarnos de algún hecho cuya gravedad no inten¬ 
taban disimular en su expresión. 

Así era, en verdad. Autorizados por el Comandante 
Amestoy, en cuyo escuadrón formaban, los amigos ve¬ 
nían a trasmitirnos la impresión dominante en el cam¬ 
pamento desde que se nos incorporara el General. 

Rincón Artigas, medico de la columna; Aníbal, su 
hermano, dentista y más que éso, un estudioso autén¬ 
tico; Isidoro Noblía, periodista y orador, no son hom¬ 
bres a quienes derrota el ánimo un abandono como 
aquel en que nos hallábamos. Mas, espíritus sagaces, 
han percibido en las ruedas de los fogones, cómo crece 
el descontento y la desilusión, amenazando destruirlo 
todo. 

No se comprende la actitud del General, ni aquella 
marcha que venimos realizando sin verlo en nuestras 
filas. 

El Coronel les anuncia que Muñoz ha pedido uno de 
nuestros carros para trasportar la munición y las ame¬ 
tralladoras que tienen sus hermanos y Perdomo. Que 
ha ordenado ensillar para la marcha, probablemente al 
encuentro de esos compañeros, y que ha desprendido 
chasques llamando de nuevo a aquellos que en un pri¬ 
mer momento abandonaron la guerra. 

Oíamos aún a los amigos, cuando llegó a la rueda el 
Coronel Basilio Antúnez, preocupado por idénticos pen¬ 
samientos. La gravedad de las circunstancias, que ellos 
exponen con una certera visión, aconseja tomar una ac¬ 
titud inmediata y prudente. Antúnez y nosotros somos 
los encargados de ir al encuentro de Muñoz y pedirle 
que sin pérdida de tiempo se incorpore a la División 
cuyo mando ha de asumir. 

Acompañados por el noble jefe nacionalista de Ce¬ 
rro Largo y por el Capitán Fermín Mujica, cruzamos 







— 150 — 


el Cordobés y sepruimos orilleando su monte, hasta los 
fogones del General revolucionario, a quien hallamos 
ya vistiéndose para montar. 

Ahora podemos observarlo a nuestro placer, mientras 
él anda, con menudos pasos y movimientos ágiles, en¬ 
tre los escasos hombres que le rodean. 

Viene de los tiempos en que el coraje se alargaba has¬ 
ta las puntas de las lanzas y los hombres se miraban a 
los ojos para matar o morir en los entreveros, en los 
que el trabuco era lento y el puñal un relámpago. Lo 
recuerdan los viejos labios del campo cuando se ilumi¬ 
nan con las estampas de las antiguas crónicas que ilus¬ 
tran las melenas blancas de los caudillos, los vivos ro¬ 
jos y celestes de los chiripás, con sonidos de lloronas 
en las botas de potro y de coscojas en los frenos pla¬ 
teados. 

Es un claro recuerdo de nuestra infancia emociona¬ 
da, galopando audaz a chocar con la escolta de Mu- 
niz en la cuchilla ocre de Arbolito en el 97, y en las 
resistencias cruentas de las retiradas ante la presión 
violenta de nuestro abuelo en los días de 1904. 

Sangre de caudillos; nombre de ellos, los suyos, que 
eran tradición en un tiempo de los pagos, que hoy es 
ya tradición para nosotros. 

Decíase que era pulcro, cordial y suave en el vestir, 
los movimientos y el trato; y que eran los campos de 
las guerrillas y los entreveros, como salones alfombra¬ 
dos de verde y rojo, en los que él lucía un valor juve¬ 
nil, presumido y elegante. 

Vestía como un oficial de gabinete y hablaba con la 
cortesía de aquellos señores españoles del coloniaje. 

Frente a los gauchos que le descargaban el trabuco 
y le arrojaban las boleadoras, él adelantaba el sable, 
firme en la mano enguantada. 

Así lo hizo en nuestra imiginación el relato unánime 
de los que le vieron en los combates; con sonrisa cor- 




— 151 — 


dial y palabra sobria en los labios de Muniz, con gestos 
asombrados en los rostros ingenuos de los paisanos. 

Bajo este sauce a cuya sombra estamos hablando, 
el tiempo se borra en nuestro recuerdo, ante la imagen 
viva que está, como en las viejas narraciones que alar¬ 
gaban las veladas familiares frente a la plaza del pue¬ 
blo perfumada por los naranjos florecidos, calzándose 
ahora los guantes de cabritilla oscura. 

Tiene ya más de setenta años; su cabeza es blanca, 
pero los ojitos siguen iluminados por el brillo vivísimo 
de la juventud, que aumentan sus cejas negras. Todo 
en él, formas del cuerpo y del rostro, es menudo y 
elástico. Su voz apenas rayada por la edad; las pala¬ 
bras nerviosas. 

Nada en él recordara, para quien no conociese su 
historia, a los antiguos caudillos que manchaban el pe¬ 
cho de los ponchos con el torrente de sus barbas re¬ 
negridas. ni a aquellos a quienes el viento del galope 
-4Ítaba la melena como blancos pañuelos de seda. 

rJs preciso pensar en sus años; en cuantas imágenes 
de muerte habrán visto esos ojitos inquietos que ahora 
examinan el caballo tordillo; cuántas amarguras habrá 
soportado su espíritu; las horas en que las puntas de 
\as lanzas rodearon su pecho de curva levantada, y 
aquéllas en que las ametralladoras barrieron las ba¬ 
rrancas de los pasos en que él tendió la División Du¬ 
razno; es preciso recordar .su vida, para sentir la be¬ 
lla lección moral que está dando al país. Expuesto al 
bombardeo cobarde y aleve de los aeroplanos gubernis- 
Xas, cuando tantos jóvenes, militares, civiles, prostitu¬ 
yen su alma por los miserable» dineros que el Dicta- 
dor arrebata al pueblo y arroja en sus manos mendigas. 

Sí; es necesario el amargo conocimiento del oscuro 
lodazal de tantas almas que pudiendo servir al país, es¬ 
tán a estas horas sumando y restando intereses para 
saber cuál será su actitud en la lucha; es preciso avi¬ 
var en la frente ese recuerdo que la ensombrece, para 







— 152 — 


ver cuánta firmeza moral hay en este anciano que la 
oculta, como sus años, con ágiles movimientos, en las 
palabras de suave ternura con que habla a sus hijos. 

Nos separan de él, grandes distancias mentales; su 
partido es uno, el nuestro es otro; combatió a nuestro 
abuelo, en la paz y en la guerra. 

Pero como a nuestros mayores, a nosotros nos mueve 
emocionada simpatía la elegancia de su valor sin flaque¬ 
za y la lealtad de su espíritu. 

El parece haber sentido nuestro pensamiento; o aca¬ 
so se hizo el suyo al pasar esta clara corriente de agua 
en el Paso de Villar; 

—Quién nos iba a decir, Coronel Antúnez, que un día 
íbamos a llevar entre nosotros, sobre los campos del 
Cordobés, de compañero de guerra, a un nieto de Mu- 
niz. i Qué hombre aquél! 

—Es verdad, General. ¡Qué caudillo! 

—Con el Coronel Antúnez, ya hemos tenido el gusto 
de compartir una misma prisión — bromeamos. 

—La gente de Terra nos alojó quince días, por no sé 
qué historias — comenta Antúnez con un ceceo que da 
a sus palabras un tono de inocencia picaresca. 

Mientras vamos costeando el monte, la conversación 
pe endereza hacia el estado revolucionario del país. 

Advertimos que Basilio Muñoz habla con serenidad 
pero sin ningún optimismo; aunque él no lo dice, bien 
se vé que no cree ya en la posibilidad de un triunfo in¬ 
mediato y que sólo de circunstancias que hasta ese mo¬ 
mento ignora si se han producido, espera una victoria 
lejana. En sus palabras hay una reserva cuidada, que 
no intentamos quebrar; sólo nos importa ahora, que 
esos hombres que ya están sobre el caballo, formando 
círculo a la vera del monte, con sus oficiales al frente 
mientras nos acercamos a ellos y en el campo va cayen¬ 
do la tarde, reciban con la presencia del General, el en¬ 
tusiasmo que se ha ido perdiendo en largas horas de 
incertidumbre. 




Para muchos de ellos la revolución iba a ser un pa¬ 
seo gallardo y victorioso por los campos del país; para 
otros, la aventura brillante, que los devolvería al ho¬ 
gar con el legítimo orgullo de la jornada cumplida y 
la charla en el fogón enriquecida de bellos recuerdos. 
El alma del hombre, por más que pasen los años con 
sus lentas y extendidas amarguras, ha de guardar siem¬ 
pre, como una emulación heroica que estará actuando 
desde lo sub-consciente, el afán por realizarse en sus 
más nobles y bellos impulsos. 

La guerra, cansada, cruel, sucia, desnuda a las fren¬ 
tes de esos sueños; sólo los realmente fuertes de espíri¬ 
tu no se sorprenden, ni se abaten. 

Para las almas varoniles, y para las ingenuas, desea¬ 
mos la emoción de este momento en que el Coronel Sil- 
veira, seguido por los ayudantes, se adelanta por el 
centro de la llanura y bajo las miradas atentas de la 
División Cerro Largo, detiene su caballo y se quita el 
sombrero, frente al General Muñoz que igual le saluda, 
adelantándose a su escolta que nosotros formamos, tam¬ 
bién descubiertos. Y la emoción, en un ancho círculo 
que rodea el monte y por la llanura se extiende, desde 
allá nos abraza con un grito: 

—¡Viva la Revolución! 

Van los tres jefes delante; les seguimos nosotros. Es¬ 
tado Mayor y ayudantes del General, alineados de a 
tres, pasando frente a la columna formada, cuyos es¬ 
cuadrones, como un clarín alegre, repiten el saludo: 

—i Viva la Libertad! \ Viva el General Muñoz! ¡ Viva 
Exequiel Silveira y Basilio Antúnez! 

Así hasta adelantarnos a la vanguardia, a la que se 
da orden de marcha. 

La tarde se está tendiendo callada y suavemente en 
los brazos de los árboles y en los inclinados pajonales 
por los que pasa la brisa. 

A nuestra espalda, desde el alejado horizonte, nos es¬ 
tá mirando el lucero. 














— 154 — 


" ■ 

Vamos avanzando por el departamento de Durazno. 
Dejamos la llanura; comenzamos a subir y bajar cu¬ 
chillas cada vez más pronunciadas. 

Alguien ha extendido en la División, la noticia de 
que vamos en busca del enemigo para sorprenderlo; y 
los soldados la acogen con vivas entusiastas que du¬ 
rante largo espacio van turbando el silencio de la no¬ 
checita ya hecha en el campo. 

En realidad, marchamos por el camino de la cuchi¬ 
lla para torcer luego buscando el Paso de las Palmas, 
en donde deben esperarnos esa noche, de acuerdo con 
las órdenes que han llevado dos chasques, los herma¬ 
nos del General y Perdomo, con los suyos. El propósito 
es marchar después sobre el pueblo de la Paloma, en el 
cual se espera sorprender a una fuerza enemiga com¬ 
puesta por cien hombres bien armados. 

La alegría con que nos sigue la columna, contrasta 
con el tono grave que tiene el diálogo entre nosotros. 

Aunque nadie ha querido mostrar impaciencia por 
interrogar al jefe sobre el movimiento revolucionario 
en el país, y se respetan las lagunas que él va dejando 
en lo que dice, nos afirmamos en la impresión de que 
él cree, como nosotros, que estamos abandonados y ais¬ 
lados entre los ejércitos gubernistas, que ya empiezan 
a moverse formando un círculo de miles de hombres, 
armados de todas armas, sobre nuestras huellas. 

Aún expresa su esperanza de que se hayan sublevado 
los regimientos que se ofrecían como una de las bases 
más firmes de la Revolución y que el departamento 
de Canelones esté amenazando a Montevideo, mientras 
Colonia y Soriano sostienen el sur-oeste y nos aseguran 
la fácil comunicación con la Argentina. Treinta y Tres, 
en cambio, parece perdido; llegan noticias vagas de que 
los gubernistas detuvieron a tiempo el chasque que lle¬ 
vaba la orden del levantamiento. Espera hallar a sus 
hermanos y Perdomo, al frente de 300 hombres de Du¬ 
razno, bien armados. 




r 


— 155 — 

Se ha hecho la noche. 

La columna marcha en un orden sostenido, apesar 
de las irregularidades del camino por el cual vamos 
avanzando. 

En la primera línea, al frente, van el General, el Co¬ 
ronel Silvcira y un hijo de aquél, en su puesto de ayu¬ 
dante. 

Les seguimos nosotros; a nuestra derecha el Coman¬ 
dante Nicolás Muñoz; a nuestra izquierda los capita¬ 
nes Fermín y Jacinto Mujica. En seguida los demás 
ayudantes del General y el Estado Mayor; un poco más 
atrás, sentimos las voces del primer escuadrón cuyos 
soldados van anunciando a Montedónico los peligros 
del camino por donde él conduce el carro con el parque. 

La densa oscuridad que nos envuelve, apenas si nos 
permite distinguir las pesadas formas de los árboles 
a la vera del corredor que vamos siguiendo, y nos ocul¬ 
ta al resto de la División desde la que nos llegan al¬ 
tas voces alegres. 

A intervalos, muy lejos, se alza el relincho de un ca¬ 
ballo. 

—Feo lugar para dormir en el suelo vamos a tener 
esta noche. 

—¿Por qué, Comandante? 

—No he visto lugar de más víboras que ese Paso de 
las Palmas, donde vamos a campar. 

—¿Hay cruceras? 

—Es lo que sobra. 

—El sueño no nos va a dar tiempo a sentir miedo. 

—¿Viene muy cansado? 

—Pero no del caballo; lo que fatiga son estos soles 
tremendos que vamos soportando. Hoy apenas tuvimos 
un rato de sombra y ya volvimos a montar, sin haber 
hecho la siesta. 

—¿A qué hora se volvió a ensillar? 

—Tal vez a las cinco. 

—Ya son como las diez, 






— 156 — 


—Anochece muy tarde. 

Basilio Muñoz, hijo, adelanta su caballo y nos dice: 

—¿No podré mudar este matungo, por otro que ven¬ 
ga descansado? 

—La noche está tan oscura, y venimos marchando... 
A lo mejor pierde en el cambio. 

—Peor que éste, ninguno; se me viene cayendo. i Có¬ 
mo para ir al encuentro del enemigo!.,. 

—El asistente trae a nuestro alazán de tiro; ¿quiere 
ensillarlo 

—Se lo acepto, si a usted'no le molesta. 

—Al contrario; con mucho gusto: j Vicente—decimos 
en alta voz—ensíllele el Clarín al Teniente Muñoz I 

—¿Traemos buenas caballadas? , 

—Usted las ha visto, Comandante. Pero todavía no 
se ha organizado bien ese servicio. Con estas marchas 
tan continuas y prolongadas, se llega al campamento 
y no hay tiempo más que para comer y dormir. No fal¬ 
tan quienes crean que los caballos son propiedad pri¬ 
vada; habría que encontrar el modo de imponer una 
disciplina rígida que termine con esos conceptos. 

—El paisano es así, por el caballo... La verdad es 
que desde el día en que nos levantamos, no hemos co¬ 
mido más que una vez por día. 

—A usted le va a venir bien — bromeamos. 

—Mejor le va a venir a mi caballo — concluye jo¬ 
vialmente el Comandante Muñoz. 

Pasamos junto a un monte de eucaliptos que som¬ 
brea el camino en la cuchilla; los caballos empiezan a 
pecharse y resbalar en las profundas zanjas que en el 
bajo se abren y atraviesan ante nuestro paso; a veces 
estamos a punto de golpearnos las piernas contra los 
alambres que la oscuridad nos oculta; una barranca 
nos sorprende, con su curva de sombra, como si fuese 
un pozo en el que ya estamos por caer. 

Atentos a las sorpresas del camino, nadie habla en- 






tre nosotros; a intervalos nos llegan las voces que 
guían el carro: la la derecha 1, ¡a la izquierda, cuidado 1 

En la cumbre de la cuchilla que ahora vamos subien¬ 
do, se alza la pesada silueta de una casa en cuyos ár¬ 
boles se ahonda la oscuridad de la noche. Ya estamos 
frente a ella, cuando sentimos que Alberto Muñoz se 
separa de la fila junto al General y el Coronel, y se 
dirige hacia allí. 

—Haga hacer alto, —nos dice Silveira. 

La orden se trasmite a media voz a lo largo de la 
columna que se detiene en silencio. 

Delante nuestro, poco más allá de la cabeza de nues¬ 
tros caballos, se han detenido los jefes y hablan en voz 
baja. Sólo las puntas de los cigarros, que se avivan y 
apagan, nos descubren a los jinetes que nos rodean co¬ 
mo sombras confusas y calladas. Más atrás, se han de¬ 
jado de oir los golpes del carro en las zanjas del ca¬ 
mino. 

Alguna tos apagada; el bocado de un freno que un 
caballo nervioso hace golpear contra sus dientes; un 
relincho, más que turbar, ahondan la sensación del aten¬ 
to silencio. 

—¿En dónde estamos. Comandante? 

—Aquí es Cerrozuelo. 

—¿Eso es una pulpería? 

—Parece. 

Los dos jefes se han apeado delante nuestro, tenien¬ 
do el caballo por la rienda; Nicolás Muñoz se acerca 
a ellos inquiriendo la razón de aquel alto. 

Oímos de nuevo la voz del ayudante aludiendo a un 
hombre que la oscuridad no nos deja ver: 

—Papá, a ver si conoces a este hombre? 

—Quiero hablar con Vd., General, si me permite — 
dice una voz desconocida, hacia la cual vemos apar¬ 
tarse la pequeña sombra de Basilio Muñoz de la man¬ 
cha blanca de su tordillo. 

Hay un silencio de espera. 
























—i Haga alto...! 

—¡llagan alto! ¿Quién vive? 

Suenan a media voz las palabras viriles, al tiempo 
que sentimos sofrenar el tranco de unos caballos y 
chocar sables contra el suelo. 

Una voz en la que el temblor nervioso sacude las pa¬ 
labras, contesta: 

—¿El General Muñoz? ¿Dónde está el General? 

La vocesita del aludido se ha vuelto ruda al con¬ 
testar : 

—Aquí estoy, avance. 

—¿Qué es eso, Mayor? —nos pregunta el Capitán 
Jacinto Mujica. 

—Parecen soldados. 

Junto al alambre, del otro lado del camino y en el 
campo abierto, vemos al General que se ha apartado 
a hablar con un hombre entre cuyas botas ha chocado 
el sable que lleva al costado. Ante aquella valiente im¬ 
prudencia del jefe revolucionario, nos apeamos con el 
revólver en la mano, seguidos por los ayudantes, y for¬ 
mamos un semicírculo en torno de los dos hombres, uno 
de los cuales pregunta enérgico y contesta el otro en 
voz alta, con las palabras ahogadas por la emoción. 

Al grupo formado por el Coronel y el Comandante 
Muñoz, se han agregado otros hombres a quienes oí¬ 
mos hablar en un nervioso murmullo. 

—¿Son nuestras descubiertas? —nos pregunta un 
ayudante. 

—No; veníamos sin ellas. Nosotros éramos la van¬ 
guardia. Parecen prisioneros. 

—¡Arrímese, escribiente; lo llama el General! —di¬ 
ce en voz alta el desconocido a quien rodeamos. 

—¿Son policías? 

—Sí; se han pechado con nosotros —nos contesta el 
Coronel, que ha venido a detenerse a nuestro lado. 

—¿Cómo no nos sintieron? Si piensan con serenidad 














— 159 ^ 


y se les ocurre hacer una descarga, voltean al Coman¬ 
do de la División. ¡Qué extrañoI 

—^Es verdad... Habíamos hecho alto; pero asimis- 
mo... . . ! J 

—¿No vendrán a presentarse? 

—No; han caído sin pensarlo. Son las descubiertas 
del Coronel Barbadora, jefe de las fuerzas de Duraz¬ 
no. Dicen que están campadas ahí no más. 

—¿Con mucha gente? 

—Según éstos, entre los que vienen en autos y ca¬ 
miones, y la caballería, son como ochocientos, bien ar¬ 
mados. 

Ahora, cuando el Coronel se une al General, distin¬ 
guidos claramente a tres hombres vestidos de unifor¬ 
me, que se acercan un paso a nosotros. 

—¿Qué dice de ésto, Comandante? 

—Y... son como el ciego que traemos nosotros: no 
ven de noche. 

—¿Se entregaron todos los que venían? 

—Parece que se escapó uno. El comisario es ése de 
adelante. Dicen que la vanguardia de ellos está en ese 
bajo. 

—¿Sabían quiénes éramos? 

—Parece... Desde el principio gritaron por el Ge¬ 
neral. 

El Coronel nos ordena: 

—Hagan dar vuelta a la columna en el mismo or¬ 
den en que viene marchando, y que siga al tranco por 
el camino que traíamos. 

Cuando ya montábamos para impartir la orden, 
agregó: 

— Comandante Muñoz: hágase cargo de los prisio¬ 
neros. 

Pero el ruido de nuestros caballos girando en apre¬ 
tado espacio sobre el piso sonoro de la cuchilla, im¬ 
pidió que esa voz fuese oída por aquél a quien iba di- 











rígida, que ya marchaba con nosotros haciendo retro¬ 
ceder a la columna. 

Los hombres de la División iban acogiendo con sor¬ 
do murmullo, que el tranco de los caballos confundía, 
aquell.i maniobra extraña en la cual se desorganizaban 
los escuadrones, opresos entre los dos alambrados que 
cercaban el camino. 

—No me gusta esto — comentó el Comandante. 

—¿Iremos a buscar otro rumbo para llegar a I/as 
Palmas? 

—Parece que nos retiramos. 

Crujamos de nuevo el bajo, en el que sentimos en- 
cabritrrse a los caballos que tiran del carro y sonar 
la tijera cortando el alambre; volvemos a snbir la cu¬ 
chilla a cuya vera se alzan las sombras de unos euca¬ 
liptos; vamos ya por la ladera, entre las voces enérgi¬ 
cas de los caballerizos levantándose sobre las sombras 
móviles de las caballadas. 

La columna sigue girando sobre sí misma; lenta, tra¬ 
bajosamente, entre voces graves que imparten órde¬ 
nes breves, chasquidos de rebenques en las ancas; 
resbalar de cascos en las cortadas barrancas del cami¬ 
no y chocar de las culatas de las carabinas en los hi¬ 
los y postes de los alambrados. 

Por nuestro costado vemos surgir de la oscuridad 
de la noche, adelantarse hacia nosotros, enfrentamos y 
alejarse, a las confusas sombras de los jinetes, con las 
rojas bandoritas de los cigarros junto a los rostros que 
no alcanzamos a reconocer; en un murmullo de voces 
confundidas, del que no entendemos las palabras, ni 
podemos precisar cual es la del amigo que pasa. 

Se borran los hombres, y sólo queda la multitud co¬ 
mo una desmodelada forma ondulando en la noche, 
sombra en la sombra; con una sola voz, hecha de pa¬ 
labras apagadas y pasos de caballos sobre el camino; 
con una misma sensación y un mismo pensamiento de 







— 161 — 


peligro cercano, que sorprende a una mano nerviosa 
haciendo sonar el cerrojo de un arma. 

Lsos dos jefes revolucionarios han vuelto y marchan 
ahora en la misma línea que nosotros. El General aprue¬ 
ba la sugestión de Exequiel de interrogar severamen¬ 
te a uno de los prisioneros, para determinar entonces 
la conducta a seguir, y nosotros recibimos la orden 
de ir personalmente en busca de uno de los guardia- 
civiles apresados. 

Desandamos el camino, deteniéndonos junto a los ofi¬ 
ciales de los escuadrones para interrogarles por aquel 
a quien buscamos. 

Ya vamos subiendo la cuchilla de Cerrozuelo, cuan¬ 
do recién creemos hallar al prisionero, de quien nadie 
nos daba razón, marchando, todavía armado, al mar¬ 
gen de la columna. 

Volvíamos con él cuando se nos da aviso de una no¬ 
vedad cuya importancia hace- que galopemos hasta al¬ 
canzar a los jefes para trasmitírselas sin pérdida de 
tiempo. Montedónico avisa que el carro del parque se 
ha roto y quedado inservible para la marcha. 

Recibimos la orden de hacer cargar a lomo de caba¬ 
llo los cajones de munición, sin dejar un tiro, y vol¬ 
vemos a desandar el camino, acompañados por el Ca¬ 
pitán Jacinto Mujica. 

Ya la cabeza de la columna, en la que marchan los 
jefes, ha dejado a una larga distancia aquel bajo en 
que se ha roto el carro; muchos escuadrones marchan 
desordenados por los caballos que se mezclan entre 
ellos y se dispersan, con saltos de miedo al ser empu¬ 
jados por otros al fondo de las zanjas, o al sentirse en¬ 
redados en los alambres. Todavía está marchando una 
parte de la División hacia la cuchilla de la pulpería, 
mientras los otros ya vuelven por la margen del cami¬ 
no que nosotros vamos haciendo al galope. 

Los oficiales llaman por sus nombres a los soldados, 
que contestan desde el grupo de sombras quietas que 


l 






— 162 — 


forman los caballos extraviados; se alzan y extienden 
los silbidos de los caballerizos; pasan galopando a nues¬ 
tro lado, cayéndose, levantándose, sombras de jinetes 
que hacen sonar los rebenques sobre las ancas del ani¬ 
mal para afirmarlo en la rienda. 

Dejamos a nuestra espalda las lentas manchas oscu¬ 
ras de los escuadrones que retroceden bajo la voz de 
los oficiales que van repitiendo: al tranco, al tranco; 
no pierda la formación. 

Así llegamos al bajo en cuya oscuridad ahondada 
percibimos la silueta del carro del parque, desde la 
cual se alzan los ecos de un martillo golpeando en un 
hierro. Y a Montedónico, cuya voz reconocemos, tras¬ 
mitimos la orden: 

—Haga cargar a lomo de caballo toda la munición, 
sin dejar un tiro. 

Y como advertimos que los golpes del martillo se su¬ 
ceden, agregamos, pensando en la capacidad del amigo 
para trances semejantes: 

—...Desde luego, siempre que Vd. no pueda com¬ 
poner el carro. 

—Está bien; cumpliré la orden —nos contesta la co¬ 
nocida voz del compañero. 

De pronto, desde los árboles de la pulpería junto a 
la cual se tomaron los prisioneros, suena una descar¬ 
ga, instantánea, de fusiles cuyas rojas llamas relampa¬ 
guean un brevísimo momento en la oscura cuchilla que 
estamos mirando. 

Suena una voz enérgica, amenazante: 

—¡ No dispare, cobarde...! 

Más cerca nuestro, sobre la ladera de la izquierda, 
como formando un semicírculo sobre el camino en el 
que se aprietan los escuadrones, otra descarga hecha 
desde el suelo, sacude el silencio y nos muestra sus 
cuatro fogonazos rojos. 

— 1 Peleen, maulas... hagan frente...! 







— 163 — 


Gritan voces en nn tono de soberbia provocación en 
la cuchilla, en la ladera, en el bajo. 

A nuestra derecha, en el alto, vemos a un escuadrón 
que permanece en silencio, alineado tranquilamente 
dando frente al campo. 

...Todo cambia antes de que el pensamiento haya 
logrado formular una hipótesis; medir la situación. 

Estallan los relinchos asombrados; gritan las voces 
palabras de enojo, de insulto o de súplica; unos lla¬ 
man a los compañeros para tenderse en guerrilla, mien¬ 
tras otros pasan golpeándose contra las barrancas y 
los alambres, gritando que estamos rodeados por los 
enemigos. 

Un caballo ensillado viene disparando, hostigado por 
el terror, amenazando arrastrarnos en la violencia de 
su carrera; apenas si tenemos tiempo para perfilar el 
nuestro en la líneá paralela a la que trae el otro, que 
aún así nos golpea una pierna con el recado que ya 
va perdiendo del lomo. 

Dos jinetes que corren hacia nosotros y pasan ro¬ 
zándonos con el caño de sus carabinas, nos gritan: 

—¡Abrase compañero, ábrase! 

—¡ Den vuelta, maulas, peleen...! 

Exclama continuamente, hasta enronquecerse, una 
voz a la que contesta otra, cerca nuestro, como empa¬ 
pada de un llanto de coraje desesperado: 

—¡Sí, compañero, no los deje disparar... aquí va¬ 
mos a morir todos... 

Y otra, triunfando del tumulto: 

—i Qué quieren que hagamos; no ven que estamos 
embretados? 

Las sombras de los jinetes siguen pasando veloces, 
sonoras; tropezando en las barrancas; golpeándose 
contra los alambres, mientras nosotros, en la mano el 
revólver, unimos nuestra voz a la de aquellos que in¬ 
tentan detenerlos. 

Parece que la tierra se quiebra en mil pedazos que 















— 164 — 


del suelo se alzan, con profundos sonidos; que una tor¬ 
menta invisible se ha desatado en la cuchilla y rueda, 
cargada de truenos, hacia el bajo; que el huracán ha 
despertado y sacude cielo y tierra. En el poderoso cla¬ 
mor que ya baja rodando por la ladera, se ahogan las 
voces de los hombres y sólo se alzan sobre él los estre¬ 
mecidos relinchos con que los caballos lo vienen anun¬ 
ciando, como clarines de espanto. 

Ya se acerca; nos rodea... va a arrastrarnos... 

Retumbar de centenares de cascos sobre el duro sue¬ 
lo; lomos desnudos, levantadas cabezas como oscuras 
proas hendiendo el aire; ancas que se aprietan, se aplas¬ 
tan, se separan; jinetes entre estas sombras, que insul¬ 
tan, llaman, ordenan... 

Por un trecho abierto del alambrado, hemos podido 
guiar, levantado por la espuela y la rienda, a nuestro 
caballito tordillo, enardecido y medroso. 

Ya suben la otra cuchilla. El clamor no cesa, sólo 
se distancia y se agranda. 

Desde los árboles que nos quedan a la espalda, como 
de aquellos que están a nuestro frente, vuelven a so¬ 
nar disparos. 

Y las voces se repiten: 

—¡No disparen desgraciados... peleen! 

—¡Muestren el coraje, maulas! 

—Estamos cortados, en un círculo de fuego desde las 
dos cuchillas... 

—¡Nos embretaron! 

Más lejos, donde deben estar los jefes, sigue sonan¬ 
do el clamor poderoso de la caballada disparando. 

Cerca nuestro suenan disparos; tan cerca, que el 
pensamiento vigilante comprueba: no impresionan co¬ 
mo si lanzaran la muerte; de lejos, parecen más te¬ 
mibles. 

Desde el campo abierto, en la dirección en que se 
alza la pulpería, vemos acercarse dos sombras. Ibamos 
a hablarles, cuando de pronto una llama roja ilumina 



— 165 — 


el blanco cuello de nuestro caballo y el estampido de 
dos disparos nos queda zumbando largamente en los 
oídos. 

Los buscamos en la oscuridad, que el fuego de sus 
fusiles ahondó en nuestros ojos; el caballo ha dado 
un brinco hacia adelante, y nos ha distanciado de ellos, 
pareciendo que quiere romper las riendas tensas y lan¬ 
zarse a correr. Pero los volvemos a ver, apeados, cer¬ 
ca nuestro; extendemos el brazo y disparamos sobre 
ellos dos veces. 

Todo ello tuvo la rapidez de un minuto. Un pensa¬ 
miento nítido, preciso, guiaba la voluntad, como des¬ 
de la superficie de la frente: sujetar el caballo; bus¬ 
carlos; alargar el brazo; disparar; otra vez aún. Na¬ 
da más; basta con esos dos tiros. Y atrás de la con¬ 
ciencia actuante, una voz sorda, pero tan clara que 
nos sorprendió y avergonzó el espíritu. La voz que 
contestaba ahora, frente a los hechos, la pregunta tan¬ 
tas veces hecha; la que se burlaba de los prejuicios de 
nuestra sensibilidad de hombres cultos; del énfasis de 
nuestros asombros infantiles, y nos decía: ‘‘Ya ves; 
¡qué frialdad; así se mata, así se muere! ¡qué suave 
el revólver! Aún dispones de cuatro balas**. 

Varios jinetes se cruzan, galopando, entre ellos y 
nosotros por el campo abierto. 

Se oyen todavía las voces: 

—i Abrase, compañero! 

—¡No disparen! 

—¡Son amigos! 

—¡No se amontonen; tomen distancia! 

—¡Viva la Revolución! 

¿Quién manda? ¿Quién obedece? ¿Quién tiró desde 
el frente y desde la retaguardia? ¿Y estos dos a nues¬ 
tro lado, de dónde venían? 

Las voces se van callando; han cesado los disparos; 
todavía se sienten los relinchos en la distancia, levan¬ 
tarse como del seno de un trueno lejano. 










— 166 — 


Guardamos el revólver y nos orientamos buscando 
la dirección en que deben hallarse los jefes. 

Los repetidos galopes sonando sobre el piso endure¬ 
cido, nos señalan el camino al que nos acercamos in¬ 
tentando tomarlo. 

Un jinete viene en galope desenfrenado, por la mis¬ 
ma ladera que nosotros. 

—¿Tiene una tijera para cortar este alambre, com¬ 
pañero 

—No tengo nada. Nos tienen rodeados... —nos con¬ 
testa con la voz enronquecida, sin detener la carrera. 

Y así otro, y otro, y otro. Unos sobre el camino; és¬ 
tos por el mismo campo que pisamos. Nadie tiene tije¬ 
ra ; ninguno se detiene; no nos contestan siquiera; otros 
nos responden que es preciso huir, pues estamos rodea¬ 
dos. 

Recibimos la sensación de estar asistiendo al desban¬ 
de de las fuerzas revolucionarias que huyen en distin¬ 
tas direcciones de un enemigo que no ven, sin intentar 
antes una resistencia que nada demuestra su inutilidad. 

Y la tranquilidad de ánimo con que, sin nuestra vo¬ 
luntad, atravesamos los fugaces momentos en que crei¬ 
mos que ya sólo quedaba morir allí, de la más estúpida 
muerte, acaso causada por los propios compañeros, nos 
abandona entonces, bajo la angustia que nos sube a la 
garganta viendo aquel galopar desordenado de los ji¬ 
netes que siguen cruzando por el camino, por el campo, 
sin escuchar nuestras voces. 

Y todo esto ocurrirá sin que nosotros, por más fuer¬ 
te que sea nuestra voluntad, podamos hacer nada para 
evitarlo. 

Para que la angustia nos colme, advertimos que esta¬ 
mos expuestos a quedar aislados de los jefes, cuya suer¬ 
te ignoramos, por aquel alambrado que nos cierra el ca¬ 
mino, y acaso por algún otro que no taraará en atrave¬ 
sársenos en las sombras, sin que haya nadie que nos 
alcance una tijera para cortarlos. El General y el Co- 



ronel estarán esperándonos, llamándonos, no sabemos 
dónde, para organizar guerrillas de resistencia o para 
morir rodeados de unos pocos. Y allí no estaremos nos¬ 
otros. 

No tuvimos que esforzar la voluntad para mantener 
el espíritu sereno durante los momentos en que crei¬ 
mos que en la muerte estaba para nosotros el fin de 
aquel entrevero. Acaso aquella voz que nos subía desde 
lo más íntimo de la conciencia, era la de una desga¬ 
rradora convicción sobre ciertos valores de nuestra vi¬ 
da, que la volvían inútil y destrozada a nuestros ojos. 
No entraba en aquella serenidad, para nada, el valor; 
quien ha mirado largamente tambalear y caer los más 
bellos edificios que la esperanza y generosas realidades 
levantaron en él, no ha de sentir mayor dolor porque 
una mano desconocida arroje al viento el polvo de las 
columnas sobre las que se asentaron los arcos por don¬ 
de se iluminaba la casa de su alma. 

En cambio, nos es precisa toda nuestra voluntad pa¬ 
ra dominar la angustia que nos acomete en este instan¬ 
te veloz en que creemos que va a dispersarse en la obs¬ 
cura noche, la División Cerro I^argo. Recordamos la 
responsabilidad que nos cabe en su formación; nuestra 
palabra en las tribunas públicas; todo lo que hemos 
callado y sufrido, para que llegase la hora de la Revo¬ 
lución. El sentimiento del deber puede así rechazar los 
impulsos del instinto de conservación, y él, que no tiem¬ 
bla ante la muerte, puede llorar de vergüenza ante una 
derrota que no se ha merecido y no puede evitar. 

Y seguimos galopando junto al alambre, frente al 
camino, mientras pasan las sombras de los jinetes que 
no oyen nuestra voz, no contestan a nuestras palabras 
que se repiten como una obsesión: |Una tijera, una ti¬ 
jera ! 

Nos exalta la amargura, la vergüenza de pensar que 
en aquel momento decisivo, no estamos en nuestro pues 






















"1 


^ 168 — 

to, y acaso se nos imagine entre éstos que van en un 
sordo galope, quién sabe hacia qué rumbos. 

Alcanzamos a reconocer, entre los que pasan por el 
camino, al Capitán Jacinto Mujica, y le gritamos: 

— ¡Capitán, haga el favor, corte este alambre! 

El nos ha reconocido, a su vez, y se acerca a nos¬ 
otros. 

—No tengo tijera, Mayor. 

—Pare a alguno de ésos. Capitán, y pídasela. 

El intenta hacerlo con uno, con otro; atraviesa su 
caballo en la carrera de ellos; ordena, pide. ¡Todo in¬ 
útil; nadie tiene tijera, ni llave! 

— Vamos a quebrar el primer poste débil que encon¬ 
tremos. — Nos dice, y galopa inclinado sobre el alam¬ 
bre, intentando sacudir las maderas que se resisten, 
inmóviles, a su impulso. 

— ¿Qué puede hacer Vd., Capitán, que es un vete¬ 
rano? 

— Vamos a ver. Mayor. ¡No han cortado los alam¬ 
bres . . . , maturrangos! 

— ¡ Qué vergüenza ; nos estarán esperando, y nosotros 
aquí! 

Así vamos, separados por aquella obsesionante línea 
del alanibrado, galopando y hablando, mientras él con¬ 
tinúa estirándose sobre los postes para probar su re¬ 
sistencia. 

¿Cuánto hemos andado? La inquietud de no estar eií 
nuestro puesto ayudando a detener a los que la con¬ 
fusión y el pánico producidos por la disparada de la 
caballada, que les hizo creer fuese el enemigo soi*prem 
diéndolos, nos alarga la distancia y el tiempo. 

— Ha sido un entrevero entre los nuestros mismos. 

— Nosotros también lo creemos. ¿Pero quién para ci¬ 
ta gente desbandada, ahora? 

—En todas las guerras ocurren estas confusiones. Son 
los peores momentos... Después, esta noche tan obscu¬ 
ra y este camino cercado... 





— 169 


—Nadie obedece a nadie, Capitán. 

—Así es al principio; después se calman. 

—iQué tristeza; con el enemigo tan cerca!... 

—¿Qué vamos a hacer? El Comandante Amestoy y 
otros escuadrones quedaron en la retaguardia. 

—Sí; pero los que se han dispersado, ¿qué sabemos 
cuántos son? 

—Es lo peor que hay, una disparada de caballada... 

En la cuchilla que empezamos a subir, vemos moverse 
grupos de sombras como de íinetes que estuvieran de¬ 
tenidos. Cuando llegamos hasta ellos, el Teniente ayu¬ 
dante Rufino Silvera se apea de su caballo y corta el 
alambre para abrimos paso al camino donde ellos s© 
encuentran. 

Un poco más allá, sobre la ladera en el campo abier¬ 
to, sentimos la voz del Coronel y hacia allí nos dirigi¬ 
mos para transmitirle la novedad de la terminación de 
aquel desgraciado entrevero. 

No habíamos terminado de darle nuestra opinión so¬ 
bre el origen de aquellos sucesos y de afirmarle que 
en el bajo donde se produjeron aún quedaban fuerzas 
revolucionarias, cuando un jinete que nos está oyendo 
afirma con palabras impacientes y voz emocionada: 

—^Yo le aseguro. Coronel, que allá no quedó nadie. 

—¿Cuándo salió Vd. de allí?, —preguntamos, irrita¬ 
dos por aquella afirmación. 

—^A los primeros tiros... Yo le aseguro, por mi ho¬ 
nor, que allá no quedó nadie... Podíamos marchar, Co¬ 
ronel ... 

La inquietud con que hablaba, disculpó en nuestro 
ánimo la impertinencia de aquellas palabras con que 
el compañero, perdido el dominio de sus nervios, in¬ 
tentaba arrancar la orden de marcha. 

Los jinetes continuaban llegando; silenciosos, al tran¬ 
co, y se situaban entre los grupos que se movían en la 
ladera obscurecida, sin orden alguno, entre inquietos 
murmullos. 
















Sobre el caballo cuyo tranco el cansado había vuelto 
pesado, íbamos entre las sombras de los que allí estH- 
ban o iban llegando, impartiendo órdenes que era pre« 
ciso repetir dos, muchas veces, sin que pareciese que 
nos entendían ni obedecían. 

En el principio del bajo el General Muñoz se había 
apeado a la espera del Coronel, con el cual juzgaron, 
con apagadas palabras que no alcanzaron a oír los que 
los rodeaban, la situación en que nos hallábamos. 

No alcanzaban a cien los que allí estaban, reunidos 
o dispersos; la impaciencia dictaba planes en los labios 
inquietos, o gritaban órdenes que nadie atendía. Los 
más serenos guardaban un grave silencio, o se habían 
bajado del caballo y formaban oscuros círculos en el 
campo, en los cuales clareaban las fugaces chispas de 
los cigarros. 

De pronto, desde la llanura de la izquierda, vimos 
venir la sombra de un jinete galopando, mientras daba 
grandes voces que el silencio de la noche alzaba y lle¬ 
vaba por las cuchillas: 

—I Ahí vienen..ahí vienen..me traen cerca.. 
allí están...! 

—¿Dónde? —Gritó una voz enérgica. 

—¡Allí..., en el llano... 

En el breve paisaje que la voz señalaba, se veían las 
quietas sombras de la caballada pastando. 

—¡No sea maula; callesé, desgraciado! — Volvió a 
gritar la voz enojada. 

Pero aquella medrosa había ya sonado entre los ar¬ 
cos elevados de la emoción contenida de muchos de 
los que allí estaban, levantando multiplicados ecos que 
volvieron a avivar la inquietud. 

Entonces surgió el caudillo; con su ruda voluntad; 
las palabras enérgicas, punteadas por el insulto, como 
un látigo azotando a las almas dobladas por el miedo, 
enardeciendo a los fuertes. Y como si la estuvieran 
aguardando para hacerle coro, por ella emuladas, tras 


la voz del Coronel Silveira se alzaron las de los oficia¬ 
les más decididos, alineando a sus hombres. 

De nuevo aquella misma voz quebrada por el terror, 
se acercaba, ahora de la llanura de la derecha, con la 
velocidad del galope, gritando: 

—¡Allí vienen, me traen cerca..el enemisro...! 

Ni cerca, ni lejos, alcanzábamos a ver ni oír a los 
enemigos que aquel infeliz parecía sentir como en la 
cola de su caballo. Ya íbamos a hablarle, con na^abras 
reposadas y piadosas, que su angustia movía en nuestro 
espíritu, cuando de nuevo se alzó la voz de Exequiel, 
ruda, amenazante: ^ 

—Hagan callar a ese desgraciado, aunque sea a azo¬ 
tes! 

Esa era la voz y la actitud del momento. 

Los ayudantes corrían por el campo entre los grupos, 
cada vez mayores; los oficiales llamaban por su nom¬ 
bre a los soldados; los dispersos continuaban llegando 
de todas direcciones; los diálogos van explicando la 
razón y el desarrollo del entrevero. Tx)s espíritus van 
recobrando la calma, y la disciplina comienza a mover 
de nuevo a los hombres que van, callados, abriéndose 
en guardias de prevención sobre la cuchilla y la la¬ 
dera. 

El General está, el cigarro encendido en una mano, 
la rienda del tordillo en la otra, apeado entre los ba¬ 
queanos consultando los rumbos. 

Acompañamos al Coronel Antúnez, que con un no. 
queño grupo de compañeros se ha situado en el portillo 
del alambre sobre el camino, para recibir y guiar a la 
columna de los escuadrones, cuya marcha hacia nosotros 
ya se ha anunciado. 

Desde la distancia invisible, en donde de pronto se 
vuelven a oír las palabras de mando de Exequiel Sil¬ 
veira, nos llega de nuevo la voz aterrada: 

—¡Allí vienen..., me apuran..., allí están...! 

—^Ese hombre está loco. — Comentamos. 







— 172 — 


—^El cansancio y la alarma del entrevero le han ven¬ 
cido los nervios. 

Por el camino oscurecido ya venía asomando la som¬ 
bra alarí^ada del resto de la columna, anunciada por 
las chispas de los cigarros y el tranquilo murmullo de 
las voces sobre el sordo sonar de los caballos al tranco. 

lia presencia de los compañeros levantó en altas pa¬ 
labras de saludos joviales la alegría de los que espe¬ 
raban, y el orden se rehizo bajo una disciplina lenta 
y tranquila. 

¿Cuánto había durado aquella angustia? 

Apenas más de una hora; pero en la que las escenas 
y las emociones pasaron por el espíritu de un modo 
vertiginoso, como el pampero de las caballadas dispa¬ 
rando en el corredor alambrado. 

Habíamos asistido a una de las escenas más dramᬠ
ticas de todas las guerras gauchas; aquel torrente de 
sombras avanzando, incontenibles, entre relinchos de 
espanto, contra el cual nada podían las voces, ni el re¬ 
benque, ni los alzados tizones encendidos, de nuestros 
antiguos paisanos. 

Los viejos labios de los ganchos, veteranos de tantas 
guerras, se llenaban de emoción cuando en las ruedas 
de los atardeceres de la estancia, evocaban escenas se¬ 
mejantes en el campo abierto. ¿Cuánto más no habría 
de impresionar el ánimo de aquella tropa constituida 
en su mayoría por hombres que no habían conocido la 
guerra, arrollados por el aluvión de sombras en el lí¬ 
mite estrecho de un camino, sorprendidos por descar¬ 
gas de fusiles, venidas desde el mismo punto invisiore 
de la noche en que se prendieron las descubiertas de 
un enemigo cuya cercanía nadie esperaba? 

Pero, a pesar de todo, rarísimos son los que desertan; 
en el escuadrón del Capitán López Toledo vienen, a 
lomo de caballo, las municiones del parque; Gino y 
Montedónico han encontrado compañeros que al verlos 
a pie, pues han debido abandonar el carro, les han pro- 



— 173 — 


porcionado caballos y recados en qne montar; los pri¬ 
sioneros siguen bajo custodia, con excepción de uno, 
por quien se hicieron los primeros disparos; se ha con¬ 
seguido reunir gran parte de la caballada. Los jefes 
están al frente de la columna; los oficiales, de los es¬ 
cuadrones; los soldados en las filas. 

No ha habido ni un muerto, ni herido, en el entre¬ 
vero. 

Ya son las formas de los baqueanos, pequeñas som¬ 
bras que flotan entre el campo y el cielo, frente a nues¬ 
tros ojos. 

La ooche se ahonda en las altísimas e infinitas pun¬ 
tas de luz de las estrellas; la División se alinea en las 
fugaces y rojizas de los cigarros. 

El paisaje es un inmenso seno azul y negro, que eT 
silencio colma. En marcha, la columna en él se aden¬ 
tra; lenta sombra extendida, de apagado rumor, por el 
rumbo perdido que sólo ven los ojos diestros de los ba¬ 
queanos. 







CAPITUIX) vni 


UN CAMPAMENTO 


—¿Aquí, Mayor? 

—Sí, ahí mismo. ¿No hay un altito seco? 

—^Hay uno aquí, entre las pajas, abajo de estos espi- 
nillos. ¿La del Coronel, también? 

—Sí; avísele a Cascallares y desensillen juntos. 

—¿Suelto el oscurito? 

—Suéltelo; mañana ensillaremos el Charrúa. 

—El que viene muy lastimado en el lomo es el Cla¬ 
rín; no han sabido apretarle la cincha. No lo va a 
poder montar más... 

—¿Vamos, Mayor? — Sentimos detrás nuestro la voz 
jovial y afectuosa de Basilio Muñoz. 

—En seguida, General; estamos esperando al Coro¬ 
nel. 

—Cuando quieran, ya estoy aquí. — Nos gritó la voz 
de Exequiel desde la franja de sombra junto a la la¬ 
guna iluminada. 

—Con permiso. General. 

—Pase no más, compañero. 

Haciendo esfuerzos por no caer en la i>equeña ba¬ 
rranca cuya greda han mojado y vuelto resbaladiza los 
que entran y salen del agua, Muñoz se detiene para 
dejar paso a un soldado que lleva un caballo del ca¬ 
bestro. 

Desnudo para el baño; apenas envuelto en la toalla; 







pisando levemente para no herirse los pies en las es¬ 
pinas y troncos de espinillos, el General va junto a 
nosotros hacia la laguna que el atardecer mancha de 
rojos y azules; ágiles los movimientos, alegre la voz. 

Por la angosta franja de campo limpio que el pajo¬ 
nal abre sobre el río, van y vienen los jefes y soldados, 
libres de ropas; comentándonos las incidencias de la 
marcha extraordinaria que acabamos de hacer, guiando 
otros los caballos, que al pisar la orilla se sacuden, 
gozosos, el agua fresca en que se han bañado. Pasan 
junto al General, y al reconocerlo en aquella figurita 
nerviosa, o en la voz alegre y clara, le dirigen palabras 
de afecto, que el respeto hace breves, a las que él con¬ 
testa con la más juvenil franqueza, limpia de toda in¬ 
tención de conquistar con ella voluntades. 

—¿Está fría, Coronel? 

—Como para sacarnos del cuerpo el sol de esta mar¬ 
cha. 

En la luz azulada de la tarde apagándose, sobre la 
claridad de la laguna, flotan los desnudos pechos de 
los guerreros que se hablan con las infantiles palabras 
que el gozo pone en los labios, mientras las pesadas for¬ 
mas de los caballos se están quietas, como encogidas, 
bajo la lluvia que una mano tira sobre sus lomos, o 
entre sonoros resoplidos se levantan sobre la quebrada 
superficie y tientan dar saltos que el agua aprieta. 

A nuestro lado pasa nadando hacia la bóveda oscu¬ 
recida que forman altos árboles en la orilla opuesta, en 
acompasados y lentos golpes sobre el agua, un amigo 
a quien reconocemos por el trozo de rostro que lleva 
descubierto, como una proa avanzando. 

—^No pasan los años, compañero. 

—No son tantos. 

—Será entonces que los nuestros son muy pocos; pues 
éramos niños, y en Meló ya era popular la picardía de 
su ingenio, Héctor Texeira. 

—Es que fui un niño prodigio. — Ríe el amigo, le- 










— 176 — 


Yantando la boca de la móvil superficie que su cuerpo 
va hendiendo. 

En el cerrado semicírculo del puerto; en el seno que 
los árboles oscurecen; en el alejado y ancho espejo 
que la tarde ilumina con sus últimas luces, andan los 
guerreros. Van y vienen con cautelosos pasos para no 
herirse los pies en las caídas espinas de los espinillos; 
afírmanse en los lomos relucientes de los caballos me¬ 
drosos, bajo cuyos cascos se ahonda el piso de arena; 
hundiéndose, levantándose, entre una dispersión de 
círculos lentos que otros más allá quiebran con el gol¬ 
pear de sus brazos. Torsos blancos, en los que la morte¬ 
cina luz de la tarde se aviva en el agua que los moja; 
manchas oscuras tendidas y alejándose, calladas y len¬ 
tas, como troncos de árboles que la corriente arrancase 
de una orilla y hacia la otra llevara, hasta tender so¬ 
bre la playa; brazos abiertos, crucificados; un tajo de 
luz en un pecho, una punta en la frente vuelta hacia 
el cielo. 

—i Pudoroso el hombre! 

Gritan desde el agua a uno que se acerca a la orilla, 
conservando en la línea levantada del cuerpo la man¬ 
cha blanca de alguna ropa. Y el aludido ríe, mientras 
responde: 

—Es que no tengo más que esta ropita, y aprovecho 
pa lavarla. Cuerpo limpio en ropa sucia, no veo la ga¬ 
nancia. 

Cerca nuestro, llegándoles el agua apenas hasta el 
vientre dos guerreros de pie, cruzados los brazos, uno 
frente al otro, hablan en voz baja con tranquila grave¬ 
dad, mientras vienen a romperse en sus cuerpos los 
círculos de agua que los otros extienden, o les moja las 
espaldas y los pechos desnudos, la lluvia que los caba¬ 
llos lanzan a su alrededor al sacudir la cola empapada. 

—¿Cuántas horas habremos caminao desde ayer? 

—Veinte, lo menos, desde Paso de Villar a Cerrozuelo 
y de allí hasta este Picada de las Piedras. 








— 177 — 


—¡Con estos soles bárbaros! 

—Y el General derechito, arriba del tordillo... 

—Oíle la voz; allá se le siente bromear. ¡Tan tran¬ 
quilo I 

—¡Qué resistencia de hombre! Con setenta y cuatro 
años; una tarde, una noche y un día, marchando arriba 
del caballo, y ahí lo tenés, bañándose como un mu¬ 
chacho. 

—Le viene de raza. 

—La voluntad. 

* —Tal vez duerma mientras marcha. ¡Milico viejo!... 

—Dicen que no ;* pero pueda ser que sí, que camine 
pescando. 

—¡Y siempre de buen humor! 

—iUi, sí; éste nunca se entristece ni se enoja de más. 
Yo lo conozco de otras; no lo vas a sentir reír a car¬ 
cajadas, ni mandar a los gritos. 

—El Coronel Silveira ya es otra cosa. 

—El Coronel es un paisano de buen corazón, pero 
cuando se enoja lo lleva el Diablo. 

—Ha de ser duro... 

—Enojao, sí. 

—^Y decían que se habían acabado los caudillos. 

—Mientras haya un paisano y un caballo, siempre 
puede aparecer un caudillo. 

—Y un dictador como Terra en el Gobierno, que lo 
obligue a ser... 

En el centro de la laguna, hasta el cual llegamos na¬ 
dando, nos alcanza un compañero que nos habla, jo¬ 
vial: 

—Ni en Montevideo, Mayor, conseguíamos una playa 
y un baño como éstos. 

—A nosotros nos fatiga el mar, tanto como nos gus¬ 
tan los ríos. 

—Hombre de Cerro Largo... 

—Tal vez. ¿Se te fué el sueño, Regino Llanos? 

—^E1 agua fresca me lo va quitando. 










— 178 — 


—¿Te acuerdas de aquel profesor de inglés que te¬ 
níamos en el liceo del pueblo, que dejó la cátedra para 
hacerse contrabandista V 

—¡Buen nadador! ¿Te acuerdas de Plorinda? 

—^¿Qué fué de ella? 

—Dejó los estudios para casarse. Se fué al campo; 
tuvo hijos, y allá se murió. 

— Tan alegre y suave, como era...! El que alcanzó 
celebridad fué Borche, aquel pardito compañero de es¬ 
cuela. 

—¿Qué se hizo? 

—Asesino. Asaltó un cambio, en Montevideo. Ahora 
está en la cárcel. 

—¡ Los padres eran tan buenos 1 Pero él, desde chico, 
fué amigo de pelear. 

Las sombras de dos nadadores trazan una perpendi¬ 
cular frente a nosotros, y se alejan lentamente hacia 
la orilla. Sus palabras nos llegan, alejándose: 

—¿Cuál será peor, Terra o Herrera? 

—Pa mí, el portugués. 

—Pa nosotros, Herrera. 

—Vos sos blanco. Cada uno habla de su traidor... 

—Ah, claro. 

Llanos vuelve a hablarnos. 

—¿Cuándo vas a amarguear a nuestro fogón? 

—En cuanto haya tiempo. Hemos marchado día y 
noche. ¿Qué ánimos trae la gente? 

—Tú puedes verlos, desencantados. 

—El cansancio de estas marchas extraordinarias, de¬ 
be contribuir en gran parte a desmoralizarlos. 

—La gente se ve abandonada... 

—^Un día se explicará eso. Pero nosotros tenemos que 
empeñarnos por evitar la desmoralización. 

—^Hasta el más simple comprueba verdades amar¬ 
gas. 

—La guerra no es un paseo. Que piensen en el bien 
que al país están haciendo con sólo haberse levantado. 







^ 179 — 


—^Yo creo lo mismo. 

Entre las sombras que pasaban a nuestro lado na¬ 
dando, íbamos acercándonos a la playa, en la que aún 
se veía cruzarse las borrosas siluetas de los que ya sa¬ 
lían del baño, con las de los que llegaban deformadas 
por la luz de los fogones ya encendidos al abrigo de 
los espiiiillos. 

—^¿Quieres un mate? 

—Gracias; mi escuadrón está lejos de aquí. Hasta 
mañana. 

—^Hasta mañana. 

Bajo la noche oscurecida, de altísimas estrellas, viva 
luz levantada entre las sombras de los que volvían co¬ 
mentando con palabra tranquila la bondad del baño, 
recogido en el seno del pajonal que la brisa ondulaba, 
aquel fogón del Estado Mayor donde se alzaban las 
voces de los compañeros, nos impresionaba con la ex¬ 
traña emoción de un hogar. Era un rojo resplandor que 
se alzaba hasta quebrar en trazos violentos las copas 
de los espinillos; subía por el grueso tronco de un 
sauce, o como ágiles lagartijas de luz, viboreaba y se 
perdía en los apretados agujeritos de sombra que for¬ 
maban los sarandíes en un remanso de la laguna. 

Rodeándolo, el Coronel y los ayudantes; más lejos, 
el silencio extendido, que algún relincho desgarraba. 

Sobria escena para tallarse en madera que ilustrara 
una página de la lucha de los hombres del país por 
librar a éste de tanta ignominia que lo oprime. 

Talla para oponer a la que nos llega de Montevideo, 
en la que vemos a un gobernante azuzado por la in¬ 
quietud que le producen las bayonetas que lo cuidan 
y las fuerzas que lo sostienen. 

Amargado; atemorizado; vacilando entre el capital in¬ 
glés que le prestó millones, y el nacional, que lo aplaude 
o lo ataca, según lo sirva o lo explote. 

Liberal con el arzobispo sentado a su diestra; colo- 







— 180 — 


rado batllista^ con Herrera, blanco fascista, sentado a 
su siniestra. 

Frente a esa imagen de decadencia del país, se opone 
ésta que la alta luz del fogón crepitante aviva y recorta 
en el ahondado fondo azul de la noche. 

Descubierta la cabeza, desnudo el torso, vestido el 
pantalón de montar y calzadas las botas, el Coronel 
Silveira está sentado sobre la mancha blanca de un co¬ 
jinillo ; el mate en la mano, la mirada tranquila. Frente 
a él, Gino, apenas vestido con leves ropas, semeja el 
bronce de un atleta adolescente, con los vivos reflejos 
que la luz pone en la cabellera renegrida, en la frente 
y en el alto pecho de volúmenes lentos que el agua del 
arroyo cubre como una brillante pátina. Athos Viera, 
de verdes ojos que la luz vuelve dos puntas metálicas 
en el rostro tostado de sol; desnudos el pecho moreno 
y los brazos de alargados músculos, por los que suben 
franjas de dorada luz, tiene una sensación de juvenil 
y reposada fortaleza en la actitud atenta en que se ha 
sentado, cruzando los pies calzados con gruesas botas, 
sobre un pequeño tronco de pajas. 

Junto al Coronel, Edmundo se ha dejado caer sobre 
un brazo, con una sensación de cansancio, que está en 
sus párpados entornados, en la barba azul crecida sobre 
la pálida blancura del rostro; en los labios entreabier¬ 
tos; en la pesadez con que tiene tendidas las piernas, 
una sobre otra. 

Ijos Capitanes Mujica ahí están, altos, magros; de 
cabello encanecido, Fermín; negro aún, Jacinto; múscu¬ 
los de acero, manos sarmentosas, aunque los pechos pa¬ 
rezcan débiles y los hombros se levanten, encorvándose. 
Los mismos ojitos, como puntitas de luz; las mismas 
narices de temblorosas aletas; los mismos pómulos le¬ 
vantados y agudos; el mismo gesto cansado en los la¬ 
bios que se curvan hacia abajo en las comisuras. 

Uno viste traje campero; el otro, ciudadano; los dos 



— 181 — 


humildes desde el sombrero de anchas alas, hasta las 
botas. 

Tienen algo de extrañas aves de presa y de nobles 
lebreles. En medio de las más graves preocupaciones, 
los dos hermanos se hablan y chancean con la misma 
alegría de cuando eran niños, y de los labios envejeci¬ 
dos las palabras salen, como en los lejanos días de la 
infancia, con una no gastada inocencia que el alma 
conservara escondida en la dura vida, y que la presen¬ 
cia de uno levantara en el otro, empapada de ternura. 

La viva luz que ilumina la escena y alarga las som¬ 
bras de los espinillos sobre el mqro ondulante del pa¬ 
jonal donde la brisa se enreda sin llegar a nosotros, 
destaca los pesados volúmenes del Teniente Almeida, de 
cabellera azulada y brillante, como la noche que nos 
envuelve. 

Menudas las formas; callados los labios y el gesto 
apagado por el cansancio; alta la frente, en la que se 
aviva el resplandor de las llamas; echado de bruces 
sobre el cojinillo, Rufino Silveira deja irse su mirada 
por el abierto campo ensombrecido. 

Y sobre aquella rueda donde el estanciero, el perio¬ 
dista, el ciudadano, el contrabandista, el pequeño la¬ 
brador y el peón, síntesis de la sociedad de tierra aden¬ 
tro, rodeando un fogón en el monte, se abate y se alza 
en lentos movimientos de cebar el mate, la figura de 
Felipe AJmeida; como una fresca estampa de los tiem¬ 
pos de mocedad del país, con sus botas camperas, chi¬ 
ripá de alpala, desnudo torso, rostro juvenil sobre el 
que cae el paréntesis negro de dos mechones de su bre¬ 
ve melena. 

Crepita el fuego; chilla la grasa del asado al gotear 
y llamear entre las brasas. La luz se ahoga bajo el 
peso del humo que sube en blanca y recta columna 
hasta quebrarse y dispersarse en las ramas de los espi¬ 
nillos, o se levanta, nueva, jugueteando en las sombras, 
dorándose en los pechos desnudos, en las frentes; pía- 











— 182 — 


teándose en las hojas de los puñales y en los aros de 
las espuelas; estirándose sobre el pasto, subiendo al anca 
de un caballo. Y así sale al campo, pretendiendo levan¬ 
tar a la noche que allí cerca la ahoga, como a las otras 
que a lo largo del monte su esfuerzo reniten; pequeñas 
manchas rojas en el gran paisaje ahondado de silencio, 
bajo la sola luz altísima y mojada de las estrellas. 

Entre las oscuras columnas que loa troncos de los 
espinillos simulan, las siluetas confusas de los tres asis¬ 
tentes, Cascallares, Vicente y Juan José parecen apre¬ 
tar a la pequeña rueda de su fogón, sobre la que se 
encorvan con apagado murmullo, cerca nuestro. 

—¡Qué desgracia la de anoche, Coronel! 

—Ahí, sí; una verdadera desgracia. 

—¿Desde el primer momento la intención fué reti¬ 
rarse? 

—^No. Ibamos retrocendiendo de la pulpería de Ce- 
rrozuelo, en vista de los informes de los policías que 
prendimos, cuando, de acuerdo con el Comandante Mu¬ 
ñoz, le propuse al General un plan que me pareció lo 
más prudente en aquel caso: Sacar de la columna a 
uno de los guardia civiles para interrogarlo con seve¬ 
ridad y conocer por él la verdadera situación de Bar- 
badora y el poder de sus fuerzas. 

—¿Pensaba pelear. Coronel? 

—Eso se iba a ver de lo que consiguiéramos sacarle 
al prisionero. Nuestro armamento y nuestra munición 
nos obligan a pensar muy bien las cosas, antes de com¬ 
prometer pelea. Toda nuestra munición era la que traía¬ 
mos en el carro, y nuestros soldados, muchos de ellos, 
no tienen confianza en sus armas. 

—¿Y el General estaba de acuerdo? 

—Ah, sí. En cuanto se lo propuse, le pareció una 
buena idea, y me encargó que yo mismo interrogase al 
prisionero. Vds. saben que él pensaba recibir antes la 
incorporación de sus hermanos, que tienen buenas ar- 







— 183 — 


mas y munición, y atacar a los que estaban en I>a Pa¬ 
loma. 

—¿Su plan era sorprenderlos? 

—^Pues está claro. Si los hombres no estaban muy 
bien acomodados, nosotros camparíamos allí no más, 
con el caballo por la rienda, y en cuanto quisiera ir 
viniendo el día los atacaríamos. 

—El Comandante Muñoz era de esa idea. 

—Con él la habíamos hablado... Pero antes de lle¬ 
gar el prisionero vino la noticia de que se había roto 
el carro. Y en seguida el entrevero. 

—¿Cuántos tiros se habrán hecho en la confusión? 

—Como cien. 

—Tal vez no tantos... 

—Ya no se podía sorprender al enemigo, con la gente 
en el estado de espíritu en que quedó. 

—A más de que, seguro, han sentido nuestros tiros 
y se han preparado. 

—Y el prisionero que se escapó... 

—Claro. 

—¡Perdimos un gran momento! 

—Lo peor es el desánimo. 

—Según nuestras noticias, cinco ejércitos del Gobier¬ 
no nos rodean. 

—Nuestros hombres no tienen, hoy, arriba de cien 
tiros cada uno. 

—¿Cuántos seremos entre todos? 

—^Alrededor de seiscientos. Muchos desarmados. 

—¡Qué marcha bárbara! Una tarde, una noche y un 
día. 

—¿Vieron el balazo a Emilio Yarza? Se salvó por 
milagro; le atravesó la pierna del pantalón, los cojini¬ 
llos y el recado. Un poquito más arriba, y es un balazo 
mortal. 

—¡Tan buen compañero! 

—¡Cómo no! * 

















— 184 — 


Tjos recuerdos nos distrajeron del diálogo, que tenía 
la lentitud del mate en la rueda. 

Los sucesos que acabábamos de presenciar nos habían 
dejado una sensación de amargura en el espíritu. Te¬ 
níamos la impresión de haber envejecido en aquella no¬ 
che y el día de marcha, de un modo doloroso e impen¬ 
sado. 

Desde que montáramos para la guerra, habíamos 
dispuesto nuestro ánimo para la más rígida disciplina, 
acallando en lo íntimo del espíritu la melancólica idea 
que (le la vida y sus luchas teníamos en la frente por 
ella oscurecida. Queríamos ser un soldado al servicio 
de una sociedad, con el alma indiferente a los sacrifi¬ 
cios, a los desengaños, a los triunfos; sólo empeñada 
en los rudos trabajos, que para nosotros no terminarían, 
bien lo sentíamos, ni en la victoria ni en, la derrota de 
aquella Revolución. 

Almas hay a las que los grandes dolores con que la 
vida las sorprende y asombra, quiebran sus más nobles 
resistencias morales y las arrastran por los fáciles ca¬ 
minos de un cinismo desolador, que sólo busca satisfa¬ 
cer las inmediatas esperanzas de la sensualidad. 

En otras, el dolor es como un hacha que dura mano 
voltea sobre los elevados gajos, abiertos a la claridad 
de los lejanos horizontes, y sólo deja, ahincada en la 
oscura tierra, escondida raíz que sigue recibiendo y 
creando la vida, sin sospechar hacia qué cielo ha de 
dirigirse el tierno gajo de su nueva forma, que un día 
ha de crecer de la quemada cicatriz de su tronco. 

Desde el oscuro subsuelo en que entonces se encoge 
su vida, no ve ni siente la sinfónica presencia del mon¬ 
te y el campo. No sabe qué fruta colgará su rama, ni 
qué nido acogerán sus gajos; si repetirá su perdida for¬ 
ma, curvada en una emulación de cielo, o si en disper¬ 
sos troncos retorcidos se ahogará bajo los mimbres 
crecidos. 

Vieja, ávida, generosa raíz, que absorbió los zumos 







— 185 — 


de la tierra y los alzó hasta sus brazos iluminados, copa 
musical, sostén de horizontes, y que hoy toda ella está 
bajo el oscuro suelo, mutilada, reducida a sí misma, sin 
forma visible, pero sin cesar un instante de recrear la 
vida, porque esa es la ley de su destino. Aunque a su 
más pura y nueva forma, la queme el rayo o el hacha 
la tronche. 

Así estaba la nuestra; cubierta por la arena de los 
días, que ningún ojo veía. 

Pero aquellas escenas de la noche anterior y las de 
la mañana y la tarde del fin de nuestra marcha, pasa- 
ron como un viento scbre el espíritu y dejaron de nue¬ 
vo descubierta ante nuestros ojos la quemada cicatriz. 

Habíamos oído el pánico en unos labios; la crueldad 
del egoísmo, en otros; visto la fácil desilusión y el 
deseo de abandonar el camino del sacrificio que espon¬ 
táneamente se habían elegido; la protesta contra los 
guías que no se les había impuesto, sino que habían 
buscado; el cansancio del cuerpo, que hace renegar al 
alma de sus más fuertes promesas; lo que fué entusiasta 
grito de júbilo por la esperanza de una victoria que 
se creía fácil, volverse murmullo de rencor en el cami¬ 
no desandado. 

Naturaleza de la muchedumbre; almas en tensión, 
como arcos de flecha, que con la misma fuerza lanzan 
al viento la palabra que exalta y la que abate, olvidan¬ 
do el tiempo desde donde viene el hecho del hombre 
y aquel hacia donde se proyecta. 

Las imágenes vienen a nuestro recuerdo, iluminadas 
con la viva luz de la emoción con que en la realidad 
impresionaron a nuestro espíritu. 

Algunas se detienen en la memoria, y aun nos hie¬ 
ren, como entonces.—Veníase abriendo la mañana sobre 
la cañada de un arroyuelo envuelto aún en los tules 
azulados y grises de la cerrazón. 

La columna marchaba con grandes espacios entre 
sus escuadrones, que habían perdido la rigidez de la 







formación en las filas. Algunos soldados se apartaban 
buscando dormir sobre el caballo al tranco; trotaban 
otros para aliviar el cansancio de aquel paso con el 
que veníamos marchando desde la tarde anterior; olvi¬ 
daban unos la jerarquía militar, y avanzaban sus caba¬ 
llos hasta ponerlos junto al del oficial que marchaba 
solo, al frente del pelotón, y en quien ellos solamente 
veían al amigo. 

Todos hablaban a media voz y con las más breves 
palabras; la débil luz de la mañana recién amanecida, 
pesaba en los párpados; en los labios se apagaban, ol¬ 
vidados, los cigarros. Hay quienes han anudado las 
riendas y sosteniéndolas en la cabezada del recado, col¬ 
gados los brazos, van como un bulto balanceándose so¬ 
bre el caballo que sigue, hipnotizado en su cansancio 
las curvadas ancas del que va delante. 

La fatiga de la marcha sólo ha dejado en todos la 
voluntad de ahorrar esfuerzos; del pensamiento, de los 
labios, de los ojos. A veces, alguno que ha venido le¬ 
guas callado, mira al pajonal que se extiende en el 
bajo, y dice: 

—iQué lindo para tenderse a dormir! 

Otras veces, uno descubre al amigo, unas filas más 
adelante, y surge en él la esperanza de que en su com¬ 
pañía y diálogo distraerá los dolores con que la mar¬ 
cha la.stima a su cuerpo. 

Aviva el paso del caballo hasta acercársele y se es¬ 
fuerza por pronunciar altas palabras alegres: 

—¿Qué tal, vienes bien? 

—Sí, muy bien. — Contesta el otro, iluminando el 
rostro dormido con un breve gesto cordial. 

—^No te vi en toda la noche... 

—^Veníamos aquí. 

—jAh! — Pronuncia el llegado, pero como si ya no 
fuese él quien hablara. 

Y sin que ni uno ni otro lo advierta, se les caen los 
párpados; quedan entreabiertos los labios y van bajan- 







— 187 — 


do y subiendo cuchillas, dormidos los dos y acompañán¬ 
dose. 

Desde un grupo que marcha en la vanguardia se al¬ 
zan voces y risas, cuyo tono de burla denuncia que de 
algún compañero van haciendo mofa. 

Ponemos al galope el caballo hasta alcanzarlos, y te¬ 
nemos el disgusto de ver que varios de los que allí van 
ríen de la mala figura que hace un jinete, arrollado 
sobre dos cueros de oveja que ha puesto en el lomo 
desnudo de un flaco caballo. En el gesto dolorido del 
rostro y en la sonrisa amarga de sus labios, se advierte 
el estoicismo con que aquel hombre va soportando la 
marcha en aquellas condiciones y la valerosa paciencia 
con que no responde a la crueldad de las burlas. 

Nosotros le conocemos bien. Labrador de Cerro Lar¬ 
go, indiferente a las luchas políticas, sólo abandonaba 
el arado en el surco el día en que iba a votar por un 
partido que no es el nuestro. Humilde, digno, austero, 
desde que la Dictadura sumió al país en la esclavitud, 
olvidó su trabajo, su tranquilidad, su familia, para ser¬ 
vir a la Revolución en que ahora va. 

Esa noche, viendo a Edmundo privado de caballo y 
recado, él le dió el suyo y montó, como pudo, sobre 
aquel flaco rocín y los dos cueros de oveja, olvidado 
de su cansancio y de que es un enfermo. 

Lo ha hecho todo sin alarde, ni jactancia; en la ex¬ 
tensión de la noche, nadie ha visto su gesto de dolor, 
ni le ha oído una queja. Es oficial; el Coronel sabe 
cuánto vale y sirvió durante dos años a nuestros tra¬ 
bajos; es nuestro amigo. Pudo acercarse y con sólo ver¬ 
lo uno u otro, que lo sabíamos enfermo, hubiéramos, 
ordenado que se le ayudase. No lo hizo. Y ahora, cuan¬ 
do el fresco de la mañana borra el sueño de la frente 
de éstos que van a su lado, y en la luz descubren su 
figura cansada de dolor, témanlo de objeto de sus bur¬ 
las, olvidando que así va, porque es generoso, estóico y 
humilde. 








— 188 — 


La crueldad de aquella escena nos hiere hasta poner 
en nuestros labio» palabrasi de enojo y ordenar que 
uno de nuestros asistentes cambie con el dolorido com¬ 
pañero su caballo ensillado. 

Avergüénzanse lealmente los que reían, cuando ha¬ 
cen conciencia de la íiijustieia de sus burlas; pero a 
nosotros nos quedó en los labios el sabor amargo de 
aquella dureza de los hombres. 

Inédita crueldad de la guerra, que no cuentan las 
epopeyas, y envejece el alma de quien las sufre. 

Aún sentados a la luz acogedora del fogón, mientras 
cortamos el pedazo de carne que ha de ser nuestra ce¬ 
na, aquel recuerdo nos entristece el espíritu; para ahu¬ 
yentarlo, preguntamos a la rueda: 

—¿Saben cómo empezó el tiroteo en Cerrozuelo? 

—Los que cuidaban al guardia civil, cuando vieron 
que se les escapaba rumbo a la pulpería, le gritaron que 
se parase. Y como no hizo caso le hicieron una descar¬ 
ga. En ese momento llegaban del bajo los que Monte- 
dónico había enviado a las casas a buscar con qué 
componer la vara del carro, y al sentir que en la oscu¬ 
ridad de la noche les hacían aquella descarga de cua¬ 
tro fusiles, contestaron con una de los de ellos. 

—Por eso pareció que formaban una guerrilla flan¬ 
queando a la columna en el camino. 

—Es claro. Los gritos de ;no disparen maulas!, y 
las respuestas de los otros, terminaron, en una noche 
en que no se veían ni las manos, de hacer lo demás. 

—la disparada de los caballos... 

—Pué lo peor. 

Del otro lado del pajonal se alza el murmullo de 
la charla en el fogón de Basilio Muñoz, cuya voz sen¬ 
timos discutir, ágil, cordial, con sus ayudantes. 

J.argas horas durante la noche y el día de marcha, 
las hicimos a su lado; distraídos del cansancio, en la 
narración de viejos recuerdos de tiempos que vieron 





r 


— 189 — 

SUS ojos mozos y conocimos nosotros de los labios pa¬ 
ternos en las veladas familiares. 

Desde que hemos podido oírlo y observarlo, creemos 
estar en conocimiento de los ocultos impulsos que lo 
mueven en estos días. 

Muñoz no cree ya en el triunfo de esta Revolución, 
y sólo le preocupa la suerte de estos hombres que le 
siguen, entusiastas o resignados, trabajados todos, en 
lo íntimo, por la misma dolorosa certidumbre que en¬ 
tristece al General. Y tanto cómo le preocupa la vida 
de sus soldados, le acicatea el deseo de entregar la suya 
en cualquier entrevero, o en cualquier sorpresa de la’ 
marcha. 

Basta verlo colocarse siempre en las filas de vanguar¬ 
dia de la División, y, sobre todo, cuántas veces hemos 
tenido que poner al galope los caballos del Estado Ma¬ 
yor y sus ayudantes para rodearlo, siempre que un mon¬ 
te o un bañado se cruzaban en nuestro camino. Enton¬ 
ces, sin advertirlo a los que iban a su lado, adelantaba 
el tordillo y se adentraba, primero que nadie, en los 
altos pajonales, en los desfiladeros de las sierras o en 
las profundas picadas de los ríos. 

Cuando le alcanzábamos, nos recibía sin dar ninguna 
orden, sin expresar el propósito que lo había distan¬ 
ciado de la División, ni preguntarnos qué móvil nos 
llevaba galopando cerca suyo. 

Tampoco se lo preguntábamos nosotros. 

Y es que uno y otros sabíamos cuál era el pensamien¬ 
to, que ninguno expresaba. 

Si la suerte de la guerra quiere que en un momento 
nos hallemos cercados por alguno de los ejércitos gu- 
bernistas que están marchando sobre nosotros, fácil es 
imaginar lo que ha de ocurrimos. Tenderemos las gue¬ 
rrillas; comenzará el combate, cuya duración no podre¬ 
mos prolongar con los cien tiros que tiene cada uno de 
nuestros soldados. 

Y si el general que mande a los terristas es capaz de 








— 190 — 


avanzar, sobre la derrota nuestra, que no habrá medio 
material de impedir, vendrá la muerte de un puñado de 
hombres que estarán, revólver en la mano, rodeando a 
Basilio Muñoz. 

No lo podemos imaginar dando rienda a su tor¬ 
dillo y galopando en la huida, bajo el insulto y el sar¬ 
casmo de los enemigos. 

¿Y Exequiel? 

No hay, en toda la División, dos opiniones sobre euál 
ha de ser su actitud. La violencia que llamea por de¬ 
bajo de sus palabras joviales, se desatará entonces en 
su frente y allí ha de quedar, sin dar un paso atrás. 

Nosotros salimos para la guerra; en ella se nos se¬ 
ñaló un lugar y un deber: al lado de los jefes. Nuestra 
conducta es, pues,, sencilla; mientras esté la guerra, 
nosotros en ella estaremos, cumpliendo con aquel deber 
y en aquel lugar.. Seguramente, sin valor, sin gallardía, 
sin gestos, heroicos; sencillamente, como al fin de un 
tranquilo raciocinio al cabo de dos años de espera, de 
amarguras, de desengaños. 

No es esta idea la que nos duele. El que no es valien¬ 
te y sale para la guerra, ha de adiestrar antes a su al¬ 
ma en el pensamiento de la cercana muerte, como el 
atleta sus músculos para el salto. 

Duélenos sí, en cambio, el recuerdo de la frialdad con 
que disparamos nuestro revólevr, la noche antes, sobre 
dos hombres. 

Durante los largos días en que esperamos el instante 
de marchar para la guerra, y cuando el pensamiento 
caía en querer adelantar el tiempo y los hechos, sólo 
imaginábamos cuáles serían nuestras posibles fatigas y 
dolores; jamás el daño o la muerte que nuestra mano 
pudiera causar. 

y no era que creyésemos que no sería nuestra volun¬ 
tad responsable de las desgracias que la guerra trajera 
sobre cualquier vida, deshecha o mutilada por las ar¬ 
mas de aquellos que con nosotros irían. El presente del 





— 191 ^ 


país exige esos tremendos desgarramientos, y a nuestro 
espíritu no cabe otra actitud que provocarlos; surcos 
de dolor para que de ellos nazca una vida mejor. 

Pero, i qué distinto ésto, al hecho de que por nues¬ 
tra propia mano quedara allí tendido un hombre, per¬ 
didas para siempre en las sombras de la noche y de la 
muerte, sus esperanzas! 

Compañeros o enemigos, cualquiera de aquellos dos 
hombres, tendría una esposa que por sus ojos viera las 
realidades y los sueños del mundo; una mesa y un le¬ 
cho, descansos de sus traabjos, íntima sombra de sus 
fatigas. Tendido sobre el recado en los campamentos, 
o durmiéndose sobre el caballo, olvidará el cansancio 
con la promesa cierta de su regreso y de la hora en que 
la angustia y el llanto contenidos en los días de larga 
espera, se extenderán hacia él. en el seno abierto de los 
brazos amantes, estremecidos de dicha. Meditará con¬ 
sejos graves o fábulas regocijadas, para modelar con 
ellos el alma de sus hijos, en el amoroso y vano intento 
de darles la experiencia de la vida, limpia de sus do¬ 
lores y sus luchas. 

Y de pronto así, cuando recién empezaba esta guerra 
de la que espera volver con el orgullo del deber cum¬ 
plido, seríamos nosotros quienes tendiéramos sobre el 
campo tanta dichosa verdad, y sin emoción, sin odio que 
a nuestra mano moviese, cegáramos aquellos ojos, callᬠ
ramos aquellos labios, frescas fuentes donde bebían los 
corceles ágiles del amor y el deseo de la esposa; espe¬ 
jos donde se mirara la inocencia de los hijos. 

Acostados ya sobre el recado, en el campamento dor¬ 
mido en el que sólo se encendían las brasas de los ciga¬ 
rros y oíanse los pasos de los centinelas sobre el sordo 
murmullo de los caballos pastando, aún se alargaba en 
nuestro espíritu la dolorosa sensación de haber perdi¬ 
do en aquella noche de Cerrozuelo, la virginidad del al¬ 
ma, desgarrada por aquel ademán tendiendo la mano 
para dar la muerte, sin un latido más en las sienes. 














— 192 — 


A nuestro lado está tendido el Coronel, que nos ha¬ 
bla, jovial: 

—Niinca he dormido mejor que en esta cama. 

—El cansancio la ablanda. ¿Marchamos mañana tem¬ 
prano ? 

—No sabemos que será lo que pasará mañana. ¿No 
oyó que invité a los oficiales a nuestro fogón? 

—No sabíamos nada, 

—Sí, pues. Parece que muchos se quieren ir y aban¬ 
donar la guerra. 

—Habría que hacernos pelear. Un combate levanta¬ 
ría la moral de los fuertes y sosegaría a los débiles. 

—Es lo que nos hace falta. Tengo hasta curiosidad 
por ver cómo se inician las guerrillas. 

—Creemos que el combate hará más amigos a los 
compañeros y más respetados a los jefes. 

—Sí, nos hará mucho bien. T^a gente cobrará una 
tranquila confianza... ¡Presea, la noche! 

—Está refrescando. ¿Lo llamamos, si ocurre alguna 
novedad? 

—Sólo que crea que es importante. 

—Hasta mañana. 

—^Bueno; hasta mañana. 

Dos hombres se están hablando con voces ensordeci¬ 
das, del otro lado de la pared que forman en torno nues¬ 
tro los espinillos. Los pesados pasos de un caballo se 
van acercando, por la arena de la playa hasta la lagu¬ 
na. A la orilla del agua se ha encendido el fogón de la 
guardia y estira, como un brazo enrojecido, su resplan¬ 
dor sobre la quieta superficie del río. Encorvadas som¬ 
bras de hombres le rodean; sobre ellos, un sauce extien¬ 
de un gajo como'una pesada nube de tormenta. 

Los recuerdos pasan por la frente, como trozos de 
una película; dispersos, inexpresivos. Gestos sin aca¬ 
barse ; truncadas frases; pensamientos indiferentes; 
cansancio de una pierna; agua clareando entre los sur- 




— 193 — 


eos; un alto en el camino que la noche esconde; el avión 
trazando grandes círculos grises. 

Y el espíritu se distrae de ellos, sin curiosidad ni 
emoción, mientras los ojos se cierran bajo el levísimo 
peso de la luz de aquella estrella que allá está, en la 
más alta rama de este sombrío espinillo. 


—¿Es éste? 

—Sí, ahí está. 

Parece que estas dos sombras que se inclinan sobre 
nosotros, nos sacudieran con sus voces graves. 

—Mayor... Mayor.. 

—¿Qué hay? — respondemos, levantando el busto so¬ 
bre el recado. 

—Los centinelas' de la retaguardia mataron a un 
hombre recién. 

—¿Adentro de la guardia? 

—^No, señor. En la misma Picada de las Piedras. 

—¿Algún bombero enemigo? 

—Todavía no se sabe. 

—Pídale informes al Comandante Amestoy, que es el 
jefe de la retaguardia, y tráigalos. 

—Sí, señor. ,¿ Ordena algo más? 

—^No, nada; gracias. 

Las sombras giraron sobre nuestra cabeza y se aleja¬ 
ron con sus voces graves. El Coronel se movió en el re¬ 
cado, y preguntó : 

—¿Ocurre algo? 

—Mataron a un hombre en la retaguardia. 

—¿Enemigo? 

—Mandamos averiguar. 

El poncho está empapado de rocío... ¡ Qué mal hue¬ 
le a sudor de caballo, este jergón que está a nuestros 
piés!... ¿Dónde ladrará ese zorro? 


—¿Tiene orden? 









— 194 — 


—Sí, el Capitán ha dicho que lo recuerde; traigo una 
novedad. 

—Mayor... Mayor... 

¿A quién llama esta vezí ¿Dónde estamos, para 
sentir este frío en la frente, y a este hombre que nos 
habla casi pegando su rostro sobre el nuestro? 

—¿Qué dice? 

—Traigo el informe sobre el hombre muerto, como 
se ordenó. 

—Ah, sí. ¿Habían muerto a uno? ¿Cuándo fué éso? 

—Hace como una hora, en la Picada de las Piedras. 

— Sí, sí; ya recordamos todo. ¿La guardia lo mató? 
¿Quién era? 

—Marcos Mi eres. 

— ¿Marcos Miedes? 

— Sí señor, un compañero. 

— ¿Quería de.sertar? 

— No, señor. Entregó el ser^ncio, y parece que dor¬ 
mido agarró por adentro del monte, en vez de volver 
al escuadrón. La cuestión fué que de pronto los centi¬ 
nelas que están sobre la Picada, vieron venir un hom¬ 
bre rumbo al río, afuera del campamento. Le dieron 
tres veces la voz de |alto!, y no contestó. Se abrá asus¬ 
tado, o seguía dormido. Y le tiraron. 

—¿Venía a pié? 

—Sí, señor; por entre los espinillos. 

— ¿Por qué no lo prendieron? 

—Dicen que amagó disparar. Le habían dado el al¬ 
to!, las tres veces. 

—¿Está muerto? 

—Dos tiros mortales, tiene. Murió en seguida. 

—¿Cómo dijo que se llamaba? 

—Marcos Mieres. 

— ¿Era joven? 

—Un muchacho, casi; muy bueno. 

—iQué lástima, pobre!... Diga al Comandante que 
haga una investigación. 





1 


— 195 — 

—¿Ordena algo más! 

—Nada más. 

—Con permiso; hasta mañana. 

—Hasta mañana. 

Mareos Alieres... Marcos Aliercs, un muchacho casi; 
muy bueno... 

La picada es muy larga; todavía era el sol alto de la 
tarde, y al cruzarla ella nos adelantó las sombras del 
anochecer... Una angosta, tortuosa galería de troncos 
de espinillos... pequeñas ventanas en las copas, por 
donde se ven trozos de cielo. El Río Negrro pasa allí, 
formando bruscos remolinos, embravecido, sobre las 
piedras. Ancha cinta de cielo en la sombra del monte. 
iQué silencio!... Allí se sentirá la ronca voz del río 
alejándose; luz en la noche. Una manchita negra en la 
breve arena como una sombra caída de los espinillos, 
será el cuerpo del compañero muerto... 

En Montevideo, a estas horas, las ramblas de las pla¬ 
yas aún estarán cubiertas de mujeres bellas, insinuan¬ 
tes, felices. Los jóvenes — así era Atareos Mieres — las 
mirarán con miradas que se alargan como manos tem¬ 
blorosas de deseos, por las formas suaves, prietas, ági¬ 
les, que pasan; olvidados del Dictador, de sus culpas, 
de la guerra. 

Huyendo de la quebrada música de las bocinas; de 
las voces de los vendedores; de las orquestas; de los 
tranvías, dos jóvenes enamorados han llegado junto al 
mar. Levantan hasta las estrellas la mirada perdida, 
mientras la ronca voz de las olas oculta el silencio de 
sus laidos, apretados en un beso... Hasta estas estrellas 
cuya luz está cayendo sobre la sonora claridad del Río 
Negro; sobre la manchita de sombra callada, de este 
muchacho campesino muerto... 

Marcos Mieres... Atareos Atieres,.. 


L 








CAPITULO IX 


Donde se explica por qué invadió Muñoz 


Ya pasan los soldados hacia la laguna llevando el 
caballo del cabestro, unos; la caldera en la mano, otros, 
cuando aún es más viva, más cálida y más roja que la 
luz del cielo, la de los fogones bajo los espinillos. 

La mañana está llegando ágil, luminosa, a los escon¬ 
didos senos del monte en los cuales se recoge el cam¬ 
pamento. Ya está en la clara luz que corre por los con¬ 
tornos de las pesadas nubes, se abre en las verdes co¬ 
pas de los árboles, pone hilitos de plata en las ondu¬ 
lantes melenas de los pajonales y se acuesta en el río, 
limpia, desnuda de cerrazón bajo el cielo profundo. Ya 
es voz de júbilo en la garganta de los pájaros en el 
monte; llamado tierno del cordero a la madre distraída 
en la llanura mojada del rocío; impaciencia de relin¬ 
chos de los caballos en las sogas, mirando abrirse en 
el campo a las tropillas de extendido cuello, entre las 
carreras de los potros que se persiguen y muerden, re¬ 
tozando. 

El cuerpo está ágil; libre la frente de los cercanos y 
amargos recuerdos que el sueño alejó y que la fresca 
alegría de la mañana, vuelve apagadas imágenes. 

No hay orden de marchar, y nos proponemos ganar 
el tiempo organizando algunos servicios de la División. 

Cuando llegamos al fogón del Greneral, ya el guerre- 











— 197 — 


ro se ha levantado y sorbe el mate, en rueda con sus 
ayudantes. 

—General — decimos—, dos días van que usted es¬ 
tá al frente de la columna; durante ellos, ha podido 
conocer y apreciar la capacidad de los que están bajo 
Hus órdenes. El Coronel ordena decirle que en este mo¬ 
mento cesan los cometidos y grados que él asignó, in¬ 
cluido el suyo propio, para que usted quede en absoluta 
libertad de disponer lo que tenga por conveniente. Los 
que han sido integrantes del Estado Mayor, le declaran 
que estarán gustosos al servicio de la Revolución, en 
cualquier lugar que usted designe. 

—No tengo nada que corregir, si no aprobar, todo 
cuanto el Coronel Silveira ha hecho. Haga el favor de 
extender el decreto, para oficializar con mi firma las 
designaciones; lo que haré gustosísimo, pues he podido 
valorar la capacidad y la lealtad con que están bajo mis 
órdenes, al servicio de la Revolución. 

Ya nos disponíamos a escribir, apoyado el papel so¬ 
bre una carona que nos servía de mesa, cuando le ad¬ 
vertimos : 

—¿Quiere tener en cuenta, en la composición del Co¬ 
mando, la filiación política de sus integrantes? 

—No, señor. Todos somos igualmente compañeros en 
el servicio del país, y todos tienen por igual mi con¬ 
fianza. 

—Sin embargo. General, nosotros se la señalaremos, 
por un escrúpulo de lealtad, en cuanto al Estado Mayor. 

Redactamos el decreto, que él lee mientras nosotros 
le vamos indicando el partido a que pertenecen (1) las 
personas cuyos nombres pronuncia en voz alta, con un 
tono de complacencia indicando su particular apro¬ 
bación : 


(1) Indicación que agregamos en esta página al margen 
de los nombres. 







— 198 — 


‘,E1 Comando del Ejército Libertador," 

Decreta: 

Art. i®. Reconózcanse como Jefe de la División Ce¬ 
rro Largo e integrantes del Estado Mayor, a los ciu¬ 
dadanos y con las jerarquías que a continuación se ex¬ 
presan : 

Coronel: Exequiel Silveira (Colorado batllista). 

Mayor: Justino Zavala Muniz (Batllista). 

Capitanes Ayudantes: 

Fermín Mujica, Jacinto Mujica, Juan F. Muniz (Co¬ 
lorados batliistas). 

Tenientes Ayudantes: 

Secretario, Edmundo Pica (Batllista); Athos Viera, 
(Colorado batl-ista); Rufino Silvera (Nacionalista In¬ 
dependiente; Lionel Escouto Almeida (Colorado bat- 
tllista). 

Alférez Ayudante. Felipe Almeida Jimeno (Naciona¬ 
lista Independiente). 

Asistentes: 

A. Cascallares (Colorado batllista); Vicente Silvera 
(Batllista) y Juan José Valerón (Nacionalista Indo- 
pendiente). 

Art. 2®. Los Comandantes de escuadrón deben hacer 
llegar en el día de hoy al Estado Mayor, el número y 
composición de las fuerzas a su cargo. 

(Firmado): General Basilio Muñoz. 

Picada de las Piedras, sobre el Río Negro, 2-1-935". 

—Necesitamos, General, dar a conocer la integración 
del (Aiarlel General. 

—Muy bien; sírvase escribir: “El Comando del 
Ejército Libertador, designa: 








Ayudante Mayor: Teniente Coronel Salvador Olive¬ 
ra (Nnrionnlista Independíente! 

Ayudantes: Teniente Juan D. (Nq/»?onai'R^a 

Independiente); Teniente Ba^^iMo Muñ'^z (hi^o), r\a- 
cionnlista Independiente; Teniente Alberto Muñoz (Na¬ 
cionalista Independiente. 

Secretario: Teniente: Pares Marexiano (Colorado). 

Firmado: General Basilio Muñoz. 

Picada de las Piedras (Río Negro), 2 1-1935. 

Desde el día del levantamiento, los oficiales han de¬ 
bido proveer, con sus propios recursos, de las cosas más 
indispensables a sus soldados. Para evitar que aquella 
injusta situación se prolongue, nos d''tenemos largamen¬ 
te en el fogón de Basilio Muñoz, redactando con él el 
decreto que impone a los propietarios, contribuciones 
de guerra. 

El viejo caudillo nos sorprende con la agilidad de 
pensamiento y la generosidad de espíritu con que dis¬ 
cute y acepta los principios políticos con que nosotros 
defendemos las sucesivas tasas del impuesto que esta¬ 
mos creando. Mientras escribimos, estamos pensando 
que aquel hombre no será nunca un peligro para nues¬ 
tras más avanzadas ideas en el ca»^po económico y so¬ 
cial. Porque militamos en p.irtidos desemejantes, eump’e 
a la lealtad decir, que en el momento en que nos separᬠ
bamos del fin común inmediato, de lucha contra la 
Dictadura, para anunciar en aquel decreto cuáles se¬ 
rían nuestras directrices merilales en cualquier even¬ 
tualidad de triunfo, sentimos en.Basilio Muñoz una ge¬ 
nerosa amplitud de espíritu que asegura a la República 
que él nunca será, por su propio impulso ese fruto mal¬ 
dito de las revoluciones de América: caudillo triunfa¬ 
dor en la guerra, ensoberbecido tirano en la paz. 

Que no intente ningún político mañoso servirse, pa¬ 
ra sus fines, del ciudadano que ha honrado a su nom¬ 
bre lanzándose a una de las revoluciones más justas que 










— 200 — 


el país ha presenciado, y Basilio Muñoz sabrá honrar 
aún más esa actitud, con el leal acatamiento a los va¬ 
lores cívicos y morales que surjan de la revolución a 
la cual sirvió. Esta tranquila seguridad espiritual,* nos 
la da su actitud mientras discutimos y redactamos el 
decreto, cuya aplicación se comete a los compañeros 
Oribe, Noble y Juan Montedónico. 

Dispóncse asimismo, que las caballadas dependen del 
Comando y están al servicio de la División; ordenando 
así un estado de cosas que, por la propia naturaleza de 
los hechos, era contrario a la .disciplina y amenazaba 
producir algún conflicto en momentos en que más ne¬ 
cesaria fuese la cohesión de todos los elementos revo¬ 
lucionarios. 

\Ibamos ya a abandonar el fogón del General, cuan¬ 
do él nos ofrece una muestra de la cordialidad inalte¬ 
rable que se mantiene entre el comando de la División 
y su General; obséquianos con los banderines y la ban¬ 
dera tricolor con que desde entonces se señalará en 
los campamentos la ubicación de los fogones de Basilio 
Muñoz y los del Estado ¡Mayor. 

Del campo nos llegan las voces de los carneadores, 
levantándose sobre los mugidos de dolor de las vacas 
que se están sacrificando en la mañana ya cálida. 

Hacia la laguna van los guerreros, casi desnudos, en¬ 
tre alegres charlas. Llegan las descubiertas que se han 
enviado la noche antes, y algunos vecinos adictos a la 
Revolución, con precisos informes sobre la marcha de 
los ejércitos gubemistas; salen los asistentes hasta la 
pulpería cercana, o grupos de soldados hacia las caba¬ 
lladas. 

La animación del campamento mantiene en el espíri¬ 
tu la alegre disposición del trabajo, y así llegamos al 
fogón dei Coronel. 

Habíamos olvidado que la noche anterior, él había 
pedido a los oficiales que allí se reuniesen para juzgar 
las posibilidades militares de la División. Por eso nos 




sorprende la presencia del grupo que se ha reunido for¬ 
mando círculo y eji el que se habla con gestos graves y 
palabras lentas, entre largos silencios. 

Ya nos sentábamos entre ellos, cuando oímos que el 
Coronel dice: 

—^Bueno; pero en ese caso, algunos tendremos que 
ofrecemos para acompañar al General hasta la fron¬ 
tera. 

—Ah, sí;—dicen unos. 

Pero será difícil hacerlo con la División; muchos 
quieren irse desde aquí. Tanta es nuestra sorpresa que 
aún queremos oír, antes de preguntar cuál es el propó¬ 
sito que, más que en la palabra, anuncian algunos ges¬ 
tos reconcentrados, como si un oculto pensamiento es¬ 
tuviese a punto de asomar a los labios. 

—^Hemos sido engañados... 

—¿Por quién? 

—¿Yo qué sé? La cuestión es que no se nos ha incor¬ 
porado nadie. 

—Ya prometí a los míos, que esta mañana queda¬ 
ría en libertad de irse el que lo quisiera. 

La dolorosa certidumbre de lo que allí se está resol¬ 
viendo, nos hace hablar con una impaciencia nerviosa 
que no podemos, ni queremos ocultar. 

—¿Pero qué es lo que ocurre, Coronel? 

—Que según algunos compañeros, ya hay quienes no 
quieren seguir más, y hoy disolveríamos la columna. 

—¿De qué hecho surge esa actitud? Es cierto que no 
hemos recibido incorporaciones; pero sabemos que aquí 
mismo, buscándonos, siguen nuestros pasos los compa¬ 
ñeros que manda el Dr. Goyenola y los de Sofío Díaz. 
Todo hace creer que Edelmiro Noble se nos está apro¬ 
ximando. Es exacto que parece haber fracasado el gran 
movimiento nacional que esperábamos. Pero la incapa¬ 
cidad demostrada por esos cinco jefes gubernistas, en¬ 
tre cuyos ejércitos hace una semana que nos estamos 
moviendo, sin atreverse a acercársenos hasta obligarnos 








a combatir, todavía nos permito imanar tiempo hasta in¬ 
formarnos exactamente sobre lo que está ocurriendo en 
el país. 

—I.a moral de la gente está quebrada por el des¬ 
engaño. 

—Empeñémosnos nosotros en reconstruirla. Este cam¬ 
pamento es, por lo menos,, un rincón de la República 
en el cual no impera la dictadura terrista; es, además, 
un índice señalando a la conciencia de todos, el cami¬ 
no del deber. Es, al cabo de una semana de Revolución, 
una prueba que el país necesitaba, de la incapacidad 
de ese ejército mercenario y de esa aviación que pasa 
todas las mañanas sobre nosotros, sin reconocernos ni 
hacernos daño. 

Sin combatir, mientras estemos reunidos, estamos 
venciendo; de ellos es la tarca de guardar el orden de 
sumisión que soportaba el país hasta nuestra rebeldía. 

Mientras no haya orden, es que ellos son impotentes. 

Luego, y aunque nunca hemos creído en gestos indi¬ 
viduales contrarios al interés de su clase, algu'en puede 
abrigar la esperanza de que algunos de esos generales 
que tienen ejércitos en sus manos, quiera convertirse 
en el Libertador... 

—Sacrificaremos a nuestros soldados... 

—Todos estamos expuestos, en la misma medida, al 
mismo sacrificio. Y éso es la guerra. 

—No se puede decir que haya una sola probabilidad 
de triunfo. 

—No lo podemos afirmar. Pero esta Revolución crea¬ 
rá en el país la p.sicología necesaria para la otra, vic¬ 
toriosa, que vendrá. 

—El país nos ha abandonado. Cerro Largo está solo. 

—Así parece desde anuí. Pero el país tendrá que asu¬ 
mir up día. esta actitud que Cerro Largo le señala. 

—Nuestros soldados son ciudadanos que creyeron en 
la solidaridad de la República. Yo ya les he dado mi 
palabra de no obligarlos a seguir. 






— 203 — 


—Nosotros también hornos dndo la nuestra. Mientras 
los jefes crean que es posible mantener la puerra, en 
cualquier condición, nosotros los acompañaremos. 

—Usted sabe. Coronel, que personalmente yo lo acom¬ 
paño a donde quiera que usted vaya. Pero no puedo 
prometer lo mismo de muchos de mis soldados. 

—Sí, ésa es la cuestión. Personalmente todos los que 
estamos aquí, acompañamos a los jefes, cualquiera sea 
su decisión. Pero, ¿quién levanta el espíritu de los sol¬ 
dados? 

—Muy bien. Yo comunicaré al Creneral la opinión de 
ustedes y, en todo caso, volveremos a reunirnos. 

Los oficiales se fueron alejando, preocupados, en pe¬ 
queños prupos o solos, de aquella reunión de la que 
nosotros recorrimos la certidumbre de que el sostén mo¬ 
ral de la columna estaba roto. 

Creíamos, como ellos, que ya no era posible pensar 
en una victoria militar de la Revolución: pero creíamos, 
también, que todavía no estaba todo perdido. ¿Qué sa¬ 
bíamos, en verdad, de lo que estaba ocurriendo en el 
país? Y lueíro, así. sin combatir una sola vez; sin in¬ 
tentar un ultimo sacrificio; sin haber perdido toda es¬ 
peranza, abandonar las armas y someternos... 

Había alrro en nosotros que se rebelaba a admitir sin 
protestas, aquella doloroso necesidad. 

Si disolvíamos aquella División revoluoionaria. ¿qué 
acción intentar más tarde, cualesquiera fuesen los suce¬ 
sos 011'' lueíro conociéramos? 

Todavía el Oeneral podía, con su prestigio, detener 
aquellos hechos cuya presencia nos nmareaba tan pro¬ 
fundamente Y autorizados por el Coronel, cuva oni- 
nión era idéntica a la nuestra, volvimos al fogón de 
Basilio Muñoz. 

Le encontramos ienorante todo lo que estaba ocu¬ 
rriendo. Al principio de nuestro relato, sus ojos se di¬ 
lataron en una expresión de asombro: lueoro fué de 
amargura su gesto. Pero cuando sintió el calor con que 



— 204 ^ 


le ofrecíamos la adhesión de los que estábamos dis¬ 
puestos a acompañarlo, hasta que se hubiese perdido la 
más remota esperanza, se alegró de nuevo en una tran¬ 
quila sonrisa y dispuso que media hora después se rea¬ 
lizase en su fogón la reunión de oficiales, tal como 'se 
lo proponíamos. 

Los ayudantes partieron presurosos a los fogones del 
campamento, llamando a los jefes, que a poco fueron 
llegando y formando círculo en torno del General. 

Centinelas colocados a distancia, impedían que nadie 
pudiera acercarse ni oír lo que en aquella reunión se 
hablase. 

Ya estaban todos sentados en círculo bajo la sombra 
de los espinillos, cuando el viejo General, con palabra 
tranquila y bondadosa, habló: 

—Los he llamado, compañeros, para que hablemos so¬ 
bre los sucesos en que estamos actuando. Sé que algu¬ 
nos de ustedes tienen el ánimo dolorido ante el rumor 
que se extiende entre nosotros, sobre el abandono en 
que nos hallamos y la inutilidad de mayores sacrificios. 
Yo ruego que se me diga cómo son esos rumores, y 
qué es lo que se quiere. 

Se hizo un silencio. 

Los labios estaban detenidos, sin palabras, ante las 
de aquel anciano que había hablado sin amargura, sin 
rencor; con la serena calma de quien no espera, ni se 
abate. Las miradas estaban puestas en aquella figura 
de menudas formas, tostado de sol, blanca cabeza, que 
esperaba, mirando sosegadamente el círculo de aquellos 
hombres cuyo afecto había conquistado con su sacrifi¬ 
cio sin gestos ni alardes. Los espíritus sabían que iban 
a herir al suyo, anunciándole una verdad que a todos 
dolía; y nadie quería ser quien primero lo hiciese. 

En la sencillez del ambiente; en aquel círculo de 
hombres sentados en el suelo a la sombra de los espini¬ 
llos, sentíase la grave emoción de los momentos defini¬ 
tivos, en que la realidad viene a los labios, desnuda 



— 205 


de palabras solemnes, porque aún las más simples o 
pueriles, asoman grávidas de la más íntima sinceridad. 

Uno habló. Su voz tuvo la emocionada congoja que 
los labios expresaban a lo largo del campamento. 

Estábamos solos, sin comunicarnos con nadie; segu¬ 
ros de que cualquier sacrificio de nuestros compañeros, 
ya no sería bastante para levantar al país, entre cuya 
indiferencia iba marchando y campando, nuestra co¬ 
lumna. ¿Las causas? No las sabíamos. Pero aquella era 
la ruda y triste realidad, después de dos años de espera. 

Se nos había llamado para la guerra; a combatir con¬ 
tra ejércitos armados hasta el exceso con los dineros 
del pueblo; sin armas, casi, nosotros; a sufrir, sin po¬ 
der repeler la agresión cobarde del bombardeo de los 
aviones; sin más recursos que el caballo y una decidida 
voluntad de sacrificarnos por la felicidad del país. 

Y habíamos ido, sin faltar ninguno. 

Pero, ¿qué podíamos esperar ya, como no fuera el 
dolor de arrojar a la muerte a aquellos que nos habían 
seguido, y con la certidumbre de que al otro día del tre¬ 
mendo sacrificio, sólo tendríamos la congoja de nues¬ 
tra derrota, y la pena agobiante, del recuerdo de los ho¬ 
gares en donde el llanto de las madres y los hijos, sería 
el coro desolado comentando nuestros hechos? Los la¬ 
bios se apretaban; las miradas fijábanse en las botas, 
o en la negra hilera de hormiguitas que iban abriendo 
caminos de juguetería entre las pajas, bajo las caídas 
ramitas, sobre las gramillas; las manos golpeaban los 
látigos sobre las botas o estaban, afanosas, afinando 
con el cuchillo reluciente, la pequeña vara que corta¬ 
ron de sobre la cabeza. El pensamiento está allí, si¬ 
guiendo el camino que las palabras abren, o se va, ol¬ 
vidando del tiempo y el espacio, hacia el recuerdo de 
los días que han pasado sobre el hogar, sobre el país, 
o quiere adentrarse y ver qué horas se guardan en los 
senos ignorados de los días que vendrán. 

La voz del General vuelve a alzarse, cordial, tran- 







— 208 — 


quila, velada apenas por una ténue emoción de amar¬ 
gura : 

—Nuestra situación no es, todavía, desesperada. 
Chasques venidos recién de Cerrozuelo, nos comunican 
que el Coronel Barbadora se retiró precipitadamente 
hacia el sur, después que le tomamos los prisioneros. Es¬ 
tamos entre cinco ejércitos del Gobierno. En Durazno, 
las fuerzas de Barbadora. A nuestra izquierda, las de 
Tacuarembó; a la derecha, las de Rivera. Por Cerro 
Largo avanzan dos columnas; una desde Santa Clara, 
la otra desde Meló. Pero la lentitud con que marchan 
todos, prueba el desgano con que vienen cercando a la 
Revolución, o la incapacidad. Los aviones no han lo¬ 
grado localizarnos ni, a la altura que pasan, llevan pro¬ 
babilidades de hacerlo. Llevamos ya una semana en el 
campo, y no se nos ha obligado a combatir, o a reti¬ 
rarnos por su presión. O nos temen, suponiéndonos más 
fuertes de lo que somos o no sienten mucho ardor por la 
desgraciada causa que están defendiendo. Cierto es que 
su actitud nos permite aún movernos entre ellos, desde 
este punto estratégico que ocupamos, de acuerdo con 
nuestras conveniencias. Esperamos recibir hoy la incor¬ 
poración de Perdomo y mis hermanos, quienes traen 
armas y municiones con que abastecer a la columna. 
Busquemos aproximarnos al Brasil, previendo cualquier 
eventualidad, y mientras tanto conoceremos exacta¬ 
mente el estado del país. Tal es nuestra opinión. 

—General: ¿podemos preguntarle francamente! 

—Todo cuanto deseen. 

—Muchas gracias. ¿Usted cree. General, que los dos 
grandes partidos opositores estaban avisados de cuán¬ 
do sería el levantamiento! ¿Había alguna fuerza militar 
comprometida con nosotros! 

—Tengo el deber de creer que estaban avisados. Se 
me aseguró que contábamos con tres regimientos. 

—¿Y si no se hubieran levantado esos regimientos! 




— 207 -- 


¿Y si nuestros partidos no hubieran sido avisndos con 
tiempo y sólo somos nosotros los que estamos en armas? 

—En ese caso buscaremos, marchando ordenadamen¬ 
te, el camino del Brasil. No es mi propósito precipitar¬ 
los a un sacrificio que sería doloroso para mí y estéril 
para la República. El Coronel y yo, creemos que aún 
no estamos vencidos y sep:uiremos con aquellos que to¬ 
davía quieran acompañarnos. '(fi ¡n 

—General: yo no sé hablar mucho; pero le ¡sé decir 
que mientras usted mande, le obedeceré; sea para lo 
que sea — Dijo, con palabra emocionada, Basilio An- 
túnez. 

Se animaron las voces; alzáronse las miradas; decidi¬ 
dos se hicieron los gestos y cada uno, todos los que allí 
estaban, proclamaron ante el jefe revolucionario, en cu¬ 
yo rostro había una olvidada sonrisa, la decisión de 
acompañarlo hasta el fin. 

Cuando nos pusimos de pié, y los oficiales se hu¬ 
bieron alejado, Basilio Muñoz dejó que la emoción flo¬ 
reciese en sus labios y se agitara en los brazos entre los 
cuales nos estrechó, como a un viejo amigo, con bon¬ 
dadosas palabras. 

La alegría por aquella noble adhesión de los oficia¬ 
les, se expresaba en altas voces en los labios de los hi¬ 
jos del General, y en bromas pueriles entre los ayu¬ 
dantes. 

Solos los tres, mientras el mate volvía a poner en el 
fogón su pausado ritmo, Basilio Muñoz, el Coronel Sil- 
veira y nosotros, hablábamos: 

—Es preciso que usted diga, para que se recuerde 
y publique con las reservas que la situación del país ha 
de exigir, las causas de su invasión. General. Su con¬ 
ducta será juzgada, y no debe serlo sin su palabra— 
dijimos. 

—Ah, yo creo, General, que es necesario que se sepa 
la verdad — comentó el Coronel. 

—¿Por qué resolví invadir el 27 de Enero? 









^ 208 — 


—Sí, señor; por orden o de acuerdo con quién. 

—Yo estaba, como usted sabe, Coronel, en San Ga¬ 
briel. No pensábamos aún que ésto fuese tan pronto. 
Pero el día martes, 22 de Enero, llegó un chasque de 
Montevideo, enviado por el Presidente en ejercicio del 
Directorio Nacionalista Independiente. 

—¿Ese Presidente era miembro de la Junta de Gue¬ 
rra? 

—Sí, señor. Me hacía saber — y decía que con cono¬ 
cimiento de otros dos miembros del Directorio — que, 
o me lanzaba inmediatamente a la Revolución, o ésta 
se vería aplazada por un tiempo indefinido. Se sabía 
que el Gobierno iba a ordenar la prisión de todos los 
presuntos jefes revolucionarios y el traslado o destitu¬ 
ción de los jefes y oficiales que estaban comprometi¬ 
dos con nuestra causa. En cuanto a mí, se iba a insis¬ 
tir en el pedido de mi internación. Por esa causa los 
oficiales al mando de fuerzas, y amigos nuestros, en¬ 
tendían que el aplazamiento hasta más allá del primero 
de este mes, significaba la pérdida para la Revolución, 
de las unidades que habían de apoyarla y cuya adhe¬ 
sión yo conocía. 

—¿Eran tres. General? 

—Tres regimientos. En esa disyuntiva, contesté de 
inmediato, por el propio chasque, que invadiría el 27 
de Enero, a las doce de la noche. 

—¿Qué día puede haber llegado ese chasque, de re¬ 
greso a Montevideo? 

—Salió de San Gabriel con tiempo para llegar a Mon¬ 
tevideo el día jueves; el levantamiento se produciría 
el domingo. 

—¿Qué tiempo antes de la Revolución, habló usted 
por última vez con el jefe batllista? 

—El mismo día en que había despachado al chasque. 
Nos vimos en San Gabriel. 

—¿Usted lo enteró de su resolución y las causas que 
la motivaban? 











— 209 — 


—Recuerdo perfectamente las palabras con que nos 
expresamos sobre ello: Apúrese, compañero, o vaya 
pensando en detener su viaje de regreso al sur, porque 
yo no sé lo qué podrá pasar en estos días. Pero de cual¬ 
quier manera, tenga en cuenta que usted nunca llegará 
tarde. 

—¿Y nuestro correligionario no le pidió explicación 
de su lenguaje, tan vago en esa circunstancia? ¿No de¬ 
seó conocer qué reservas contenían sus palabras? 

—No, señor. Al terminar la mañana de ese día, nos 
despedimos; y no he vuelto a saber de él. 

—¿Pero en los planes que a usted se le trasmitieron 
por orden de ese Presidente del Directorio, no se le ha¬ 
blaba de un poderoso concurso batllista y que depen¬ 
día, probablemente, de nuestro jefe? ¿No se le indicó 
que apreciase, al formar su juicio para fijar fecha, esa 
circunstancia? 

—No, señor. 

—¿Lo recuerda nítidamente. General? 

—^Lo recuerdo de un modo absoluto. 

—¿Usted, entendió. General, que esa comunicación 
traída a San Gabriel por el chasque, era del solo co¬ 
nocimiento de las autoridades de su partido? 

—^Yo entendí siempre, que era una orden de la Jun¬ 
ta Revolucionaria que los dos grandes partidos inte¬ 
graban. Actué con la convicción de que el partido de 
ustedes, el Batllismo, era solidario de esa orden. 

—¿De modo que usted cree que su respuesta ha sido 
trasmitida al Batllismo, en el mismo momento que al 
nacionalismo ? 

—Ah, sí, desde luego. Yo no he estado, en este as¬ 
pecto de nuestras luchas, obedeciendo órdenes de mi 
partido, sino de la dirección revolucionaria, que los 
dos partidos integran. Tan clara es mi convicción a 
este respecto, que actuando con ella fué que di aviso 
inmediato a ustedes los Batllistas de Cerro Largo, por 
intermedio de mi amigo Exequial. 








— 210 — 


—Según eso, General, dcberaos creer que nuestro par¬ 
tido ha sido avisado con el tiempo necesario... 

' —Yo entiendo que la resolución fué tomada, vuelvo 

a decirles, por representantes de los dos partidos, y 
en el mismo conocimiento de idénticos hechos. Yo no 
soy más que un soldado al servicio de la Revolución. 

—En vista de los sucesos actuales, ¿no cree usted 
que puede haber ocurrido algún funesto mal entendido? 

—Desgraciadamente parece que así fuese. 

Cuando nos levantamos del fogón del General, nues¬ 
tro ánimo se hallaba abatido por los hechos que aca¬ 
bábamos de presenciar y, sobre todo, por aquellas re¬ 
velaciones que nos quitaban toda esperanza de que aún 
pudiera organizarse un levantamiento eficaz en el país. 

Así lo íbamos diciendo al Coronel, cuando nos detu¬ 
vimos bajo los espinillos que sombreaban el campamen¬ 
to del Estado Mayor. 

Advirtieron los ayudantes el tono de confidencia que 
nuestro diálogo tenía y permanecieron apartados 
de nosotros, que nos pusimos a cortar el asado, mien¬ 
tras hablábamos. 

—No podemos explicarnos cómo no se ha levantado 
el Batllismo... 

—Yo creo que ha sido sorprendido... 

—¿Lo deduce del diálogo que nos acaba de narrar- 
Basilio Muñoz? 

—Y de los hechos en que actué directamente. Al otro 
día de estar con el General Muñoz, el jefe batllista es- 
estuvo conmigo. Yo tenía ya la impresión, por palabras 
del Comandante Nicolás Muñoz, de que la Revolución 
iba a estallar muy pronto. Usted sabe que pensábamos 
que serían unos cuantos días después... 

—¿Y usted le trasmitió esa opinión al jefe batllista? 

—Se lo dije con verdadera inquietud. Apasionada¬ 
mente le pedí que volviera a hablar con Muñoz, pues 
estábamos expuestos a perder elementos poderosos que 
se acababan de lograr... 


—Pero él hnhía hablado ya, el día antes... 

—‘Y así me lo diio. Mas no creía qne Muñoz inva¬ 
diese. Aludió al compromiso de los partidos; atribuyó 
esas palabras y actitudes del Treneral blanco, a astu¬ 
cias suyas, necesarias para presionar el ánimo de sus 
correlicrionarios e impulsarlos a la acción. 

—/.Tampoco él le dijo si había pedido aclaración de 
esas palabras de un sentido tan vago, que le había dicho 
Muñoz? 

—No les dió importancia. 

—Y hablaban dos jefes... 

—Ahí tiene. Me prometió, eso sí, volver al sur y to¬ 
mar las medidas necesarias. Esa madniírada, cuando 
ya salía para el Uruguay,"recibí concretamente la or¬ 
den de levantarnos. 

—I^De parte de Muñoz? 

—Usted sabe que era el jefe de quien debíamos re¬ 
cibirla nosotros, los de Cerro Largo. 

—Así es. 

—Por eso creo que el Batllismo ha sido sorprendido 

—Pero el chasque de Muñoz llegó el Jueves a Mon¬ 
tevideo y el levantamiento fue el domingo por la no¬ 
che. Había tiempo suficiente. 

—Pero, ¿que sabemos cómo han ocurrido allí las 
cosas? 

—Eso es lo que habrá de explicarse, un día. Están 
en juego la suerte del país, el presticrio de la Revo¬ 
lución y la vida de los que han cumplido, a su hora, 
con su deber. Quienes dirigen a la opinión, tienen el 
deber de mantener en ellos la confianza pública y ac¬ 
tuar con ella, como con cosa sagrada. 

—Tal vez no haya culpa de nadie en todo eso. 

—La historia nos juzgará. Por nuestra parte, esta¬ 
mos seguros de que si hay alguna culpa, ella no está 
en este fogón. 

—La verdad es que todo ha sido una gran desgracia. 












— 212 — 


Pero todavía puede reaccionar el pueblo, y no estar 
todo perdido. 

—Nosotros no lo creemos. La técnica que se siquió 
para preparar la psicología revolucionaria, fue profun¬ 
damente equivocada. Pero cualquiera sea nuestra con¬ 
vicción, Vd. sabe, Coronel, que mientras Vds. creen que 
es necesaria la rebelión, de muchos o de pocos, nosotros 
estaremos sobre el caballo. Preferimos equivocarnos ex¬ 
poniéndonos en esta guerra, que todos hemos proclama¬ 
do como una necesidad, a acertar, quedándonos en ca¬ 
sa o en el extranjero. 

—¡Ni un diario hemos leído!... 

—Es verdad. ¿Cuánto habremos robado ya, según los 
escribas del Gobierno? Ya deben contarse por centena¬ 
res los vecinos a quienes hemos saqueado o degollado. 

—Son muy conocidas esas historias, para que se las 
crean. 

—Pero ellos no dejarán de contarlas. 

—i Coronel!, ¿ sintieron ? — Nos grita desde su fogón 
el Capitán Juan Muniz. 

—¿Qué ocurrió? 

—El avión... 

—¿Viene? 

—Se sintió una bomba... ¡Ahora otra! 

—Sí, está tirando sobre el río, todavía muy lejos. 

—Parece qu hoy nos visita de malhumor, el pájaro— 
comentó una voz. 

—¡ Otra! 

—^Viene volando hacia aquí. 

—Ordenen que se prepare el campamento y apron¬ 
ten las armas, por si se le puede tirar. 

—¿No les digo?, el hombre se retrasó y viene eno¬ 
jado ... 

Cada vez más cercanos, se repetían los poderosos es¬ 
tampidos de las bombas que el avión venía lanzando 
sobre el monte. 

Eran, al principio, como truenos lejanos en la maña- 



— 213 — 


na tan clara; más cerca, tremendos golpes sacudiendo 
al silencio de la tierra y el cielo, cuyos ecos repetía el 
monte y por el río se alejaban. 

—¡Allá viene! 

—¡ Otra! 

—No le va a quedar ninguna para nosotros. 

Los caballos habían dejado de pastar y se quedaron, 
inmóviles, en una espera medrosa. 

De la laguna comenzaron a salir los guerreros y a 
correr por el campamento, diciéndose alegres bromas 
sobre el avión, que ya brillaba bajo el sol de la lumi¬ 
nosa mañana, siguiendo la costa del monte. 

Ya se percibía claramente su forma; la rígida proa, 
el sordo martilleo de los motores, cuando de pronto se 
apartó de la elevada paralela del monte y se alejó so¬ 
bre la llanura. 

—¿Nos habrá visto? 

—Es difícil; va muy alto. 

Lejos, en el tranquilo horizonte, todavía volvió a es¬ 
tallar el pesado estampido de otra bomba. 

—Parece un cañón — comentó un veterano. 

—Vamos a sestear un rato; lo que es ése, hoy no 
vuelve a hacer ruido. 

Bajo el dilatado silencio de los amplísimos cielos, a 
la sombra de los espinillos, durmiéronse los guerreros; 
tapados los rostros para oscurecer la luz radiante del 
medio-día. 


Apenas nos hemos dormido, cuando nos recuerdan 
para informamos que nuestros observadores, Aníbal 
Artigas y Noblía, comunican desde la estancia próxima 
en donde están destacados, que el enemigo se acerca 
sobre nosotros. Sus descubiertas, una partida del regi¬ 
miento de caballería de Tacuarembó, ya han llegado al 
puesto de la estancia, y sus bomberos se ven aparecer 
en las cuchillas cercanas. 





9 


— 214 — 

Trasmitimos la novednrl a los jefes, quienes ordenan 
que ensillen los integrantes del Cuartel General y del 
Estado Mayor. 

Por la llanura que los pajonales recortan, nos nde- 
lantamos hasta un grupo ais’íido de árboles en donde 
el General detiene a su tordillo y báiase, rodeado por 
sus ayudantes, a observar la lejanía del paijaje. 

La tarde tiene una suave dulzura de égloga. 

Lejos, los montes de eucaliptus son manchas violetas 
sobre el horizonte de un azul celeste; la luz se quiebra 
y refleja en los blancos lienzos de las estancias en las 
alturas. En el llano blanquean las cañadas en los lomos 
de las ovejas dispersas; empequeñécense los espinillos 
solitarios a cuya sombra donnitan los ganados. 

Los horizontes son un gran círculo cerrando el nai- 
saje, apoyados en las copas de los árboles del Pío Ne¬ 
gro; en el suelo, quietas, las manchas multicolores de 
las caballadas. En la bóveda de luz resonante, grandes 
' nubes, viajeras lentas, iluminadas, por el mar de silen¬ 

cio de la tarde. 

, A nuestra espalda, blancas columnitas de humo que 

se alzan del círculo rojo de los fogones y suben, rectas, 
más altas que las copas de los árboles, sin que las quie¬ 
bre ni disperse, ni la más leve brisa. 

Tres grupos se han formado bajo los espinillos dis¬ 
persos y adentrados en la llanura. Los jefes en uno; 

^ los ayudantes en otro; los asistentes, teniendo los ea- 

I ballos, más lejos. 

[ ' Las miradas están puestas en la cuchilla más alta 

^ que domina el paisaje; a la sombra de un árbol, se ha 

visto moverse a un jinete. 

' Se dirigen hacia allí los gemelos; pero el ramaje con¬ 

funde la lejana visión. De pronto, hacia la derecha, más 
allá del monte, surgen desde un grupo de eucaliptus, 
hasta seis jinetes que m.archan con grandes espacios en- 

II tre ellos. 

i Se detienen en el filo de la cuchilla; han puesto sus 


— 215 — 


caballos de frente a nosotros, y son apenas seis pun- 
titos negros que la hondura del cielo vuelve aún más 
pequeños. 

Dos de ellos se acercan. Ahora se distinguen bien, 
pues se aventuran y bajan galopando la ladera cuya 
curva más baja ocultan los árboles de la otra orilla 
del río. 

Desde el árbol solitario sobre la elevada cuchilla ha 
salido la forma que entre el ramaje se ocultaba. Va ga¬ 
lopando sobre el filo de la altura... 

Se hundió en el horizonte iluminado que está caído 
más allá del paisaje. 

Ya vuelve. Otro le sigue; y otro. Parecen golondrinas 
que van volando, veloces manchitas negras a ras del 
suelo, sobre la curva afilada de la altura, en el cielo 
clarísimo. Y en el ramaje de! árbol se acogen y allí 
quedan, escondidas, dominando el abierto círculo del 
monte, donde siguen elevándose las rectas columnitas 
blancas de los fogones. 

A nuestra izquierda el pajonal simula otro piso, do¬ 
rado, ondulante, que esconde al campo 

La cabeza de un hombre hiende la móvil superficie; 
se esconde, vuelve a verse, y se pierde. 

Ya está cerca; alza el busto junto al que flota, co¬ 
mo un trozo de pajonal, el poncho de verano; vuelve a 
perderse. Blanquea la frente de un caballo, el cuello es 
una quilla; el jinete se acerca galopante hasta salir al 
campo limpio, adelantarse aún, y apearse a nuestro 
lado. ^ 

Trae en el rostro el sudor del sol y la alegría de la 
novedad que trasmite con palabras que parecen salir 
de sus labios, con el ritmo precipitado del galope con 
que cruzó las distancias: 

—Por una radio argentina, en la estancia próxima 
se ha sabido y confirmado, que un batallón de infan¬ 
tería combate desde esta mañajia en las calles de Mon¬ 
tevideo. El pueblo le apoya, con multiplicados focos de 







— 216 — 


insurrección. En el departamento de Colonia, los re¬ 
volucionarios han derrotado a las fuerzas gubernistas. 
Todo el país arde en la guerra y en la escuela de avia¬ 
ción militar se ha descubierto que varios aviadores iban 
a plegarse a la Revolución. El Gobierno vacila, y no 
ataca. 

La esperanza, tantas veces abatida; la honrada con¬ 
vicción de que estábamos allí expresando la inmensa 
voluntad del país, el deseo de creer, venciendo el cerco 
angustioso de las inmediatas y amargas realidades, es¬ 
tallaron de pronto en el espíritu de todos, y el entu¬ 
siasmo fue una mano que nos levantó del campo, con¬ 
fundió los grupos, borró las jerarquías, los gestos pre¬ 
ocupados; lanzó al aire los sombreros, y a los hombres 
en brazos de los hombres. 

Se olvidó el cansancio; la desilusión; aquellas man- 
chitas negras volando sobre la afilada curva de la cu¬ 
chilla, ya no llevaban tras sus vuelos las miradas aten¬ 
tas; ojos alegres las veían. Las manos de los jefes apre¬ 
taron, jubilosas, cordiales, a las rudas manos del chas¬ 
que, que estaba allí, de pié. fatigado, feliz, como si en 
ellas apretaran y guardaran la noticia grávida de pro¬ 
mesas que sus labios habían arrojado entre nosotros. 

—¿Se trasmite, Coronel, la novedad a la División? 

—Sí, señor. Hágase acompañar por el Estado Mayor, 
y arengue a los escuadrones — contesta el General. 

Por primera vez, desde que salimos para la guerra, 
hemos ensillado al Charrúa, nuestro noble caballo crio¬ 
llo, cuyo trote liviano nos acompasó tantas meditacio¬ 
nes sobre las lomas del Bañado de Medina, en las ca¬ 
lladas noches bajo los hondísimos cielos de infinitas es¬ 
trellas, él con una en la frente. Las marchas, la sed; 
los caminos pedregrosos, han apagado en su cuerpo ya 
viejo, aquel ardor con que iba haciendo sonar el freno, 
mientras nosotros evocábamos sobre él, escenas seme¬ 
jantes de las pasadas guerras gauchas, que creíamos 
ya idas para siempre del país. Pero nuestra alegría hin- 




— 217 — 


ca en sus ijares la espuela que lo azuza, lo levanta y 
enardece; y otra vez lo llevamos, sonoro el freno, en 
aquel galope con que sus patas ágiles redoblaban en los 
silenciosos paisajes de nuestro pago. 

Describiendo la onda invertida que el monte forma, . 
los escuadrones, con sus oficiales al frente, se alinean, 
de pié, el sombrero en la mano; el gesto curioso. 

El Comandante Nicolás Muñoz nos acompaña y la 
alegría rebosante de su rostro anticipa la suerte de no¬ 
ticia que traemos a los compañeros que esperan, atentos, 
comprender la razón de aquella escena que los ayudan¬ 
tes del Estado Mayor cierran, a nuestra espalda. 

La emoción dicta nuestras palabras: 

‘‘iC iudadanos soldados del Ejército Libertador!: 

De parte de vuestro General, os transmitimos la fe¬ 
liz noticia: Acaba de saberse, por intermedio de una 
radio argentina, que el país ha respondido al llamado 
de vuestra voz proclamando el principio de la rebelión 
contra la Dictadura, Un batallón sublevado lucha en 
las calles de Montevideo, sostenido por el pueblo. En 
Colonia la Revolución ha derrotado al Gobierno; el sur 
del país está convulsionado y dominado por los nuestros. 
Algunos aviadores militares salvan el honor de esa ar¬ 
ma, que por primera vez guerrea, sirviendo a la causa 
del pueblo. La columna que vosotros fuisteis los pri¬ 
meros en formar, comienza a moverse, en los campos 
y las ciudades, atravesando victorias. 

¡Ciudadanos soldados, de la División Cerro Largo! 
Vosotros señalasteis el derrotero de la redención na¬ 
cional. 

Adelante de todos, ¡seguid por él! 

¡Viva la Libertad! ¡Viva la Revolución!** 

—¡Viva la Revolución! ¡Viva la Libertad! 

Las voces fueron bandadas de pájaros alegres que 
volaron de los labios estremecidos, y poblaron el mon¬ 
te hasta más allá del río. 

Cuando volvemos a los espaciados espinillos de la lia- 







— 218 — 


nura donde aírnardan los jefes, recibimos la orden de 
mandar ensillar. Las noticias de la cercanía del enemi¬ 
go se han concretado, mientras aquellas manchitas ne¬ 
gras que se veían galopar por las elevadas cuchillas del 
paisaje, empiezan a confundirse con los horizontes que 
el caer de la tarde está azulando. 

—Vienen por el paso de Ramírez — nos entera el 
Coronel. 

—I Los esperaremos ? 

—Aguardamos la incorporación de los hermanos Mu¬ 
ñoz y de Perdomo, que vienen bien armados y muni¬ 
cionados. 

! —4Saben nuestra ubicación? 

I —Basilio Peréira los guía. No deben tardar. 

—4Ve, General? Ahora es una partida de^^plegángose 
, en aquella cuchilla — dice el Comandante Olivera, qui- 

j, tándo.se de los ojos los gemelos. 

P —4No será Leiva, que salió a buscar caballos? 

'I|l —No; Leiva debe venir por este rumbo opuesto. 

' —Se ha mandado ensillar, Coronel; ¿es para mar- 

j char? 

, 1 —Es una precaución; con el enemigo ya cerca... 

, i Ya apenas se vé más allá de la llanura; los cielos 

i han empezado a acercarse y van escondiendo las estan- 

1 cias más próximas. 

j Pero los gemelos todavía atraviesan las azuladas le- 

janías, y los labios van señalando la presencia y des- 
J i aparición de jinetes sobre los horizontes. 

t El enemigo parece estarnos rodeando y observando 

El General y el Coronel miran en silencio los horizon- 
^ tes azules o enrojecidos, y dan las órdenes, sin prisa, 

‘ sin emoción; con palabras indiferentes. 

* Fatigados de seguir con la vista los pequeños puntos 

I oscuros que se nos señalan, y que apenas percibimos 

I , en la media luz del atardecer, nos distraemos sintiendo 

la suave emoción que tiene el paisaje, con su lucero de 
fresca luz y este silencio que parece estarse derraman- 










— 219 — 


do callfvdamente del cielo profundo, y tendiéndose, té- 
nue, sobre el pajonal. 

Callado el monte oscurecido, hacia el que van a re¬ 
cogerse los tranquilos vuelos de las palomas. Blanquea 
una iluminada laguna del río. 

Se asusta un chajá en el bañado; un balido se ahoga 
en el silencio. Las palabras que anuncian al enemigo 
cercano, caen en el espíritu distraído y abren una onda 
que se ensancha y confunde con aquellas que la visión 
del paisaje levanta. Nuestras palabras son el punto en 
que los círculos mentales se hieren: 

—¡Fuello lugar para morir! ¡Todo está terminando 
aquí, en esta hora, tan suave y calladamente! 

—Asegúrele la cincha a ese colorado—bromea el Co¬ 
ronel. 

— Ahí está Basilio Pereira — dice el Comandante 
Muñoz, señalando al jinete que se ha desmontado fren¬ 
te a nosotros, a la orilla del pajonal. 

Trae el rostro grave y la palabra nerviosa. Trasmite 
el parte de lo que él mismo ha visto: 

—Los hermanos Muñoz y Perdomo han sido disper¬ 
sados y abandonaron las armas. Todo debe haber caído 
en manos del enemigo. 

Los hombres, las armas, la munición que esperába¬ 
mos, ¡todo perdido! 

Y son los propios hermanos del General, los que han 
sufrido ese contraste. 

El rostro del viejo caudillo se nubla de amargura; 
sus labios enmudecen largamente. 

Nadie quiere turbar su silencio. 

—¿No estará asustado este hombre, Comandante? . 

—Este hombre no se asusta, Mayor. 

—¡Qué desgracia, entonces! 

—Así es. 

Basilio Muñoz monta al tordillo y dice, más parece 
que hablándose a sí mismo: 

—¡(^ué vamos a hacer! Ordenen la columna de a 












' ■ — 220 — 

w l''!v 

cuatro y que marche en' filas espaciadas — y agregó, 
como un comentario:—Por si el enemigo nos está ob¬ 
servando. 

Espoleó al tordillo; se recogió sobre los hombros el 
poncho claro, y avanzó. 

Bajo las frentes se recoge el silencio; como en el cie¬ 
lo, en el monte, en el campo. 























CAPITULO X 


Cansancio 


—¿Qué rumbo llevamos, Coronel? 

—^Nos iremos acercando al Brasil. 

—^Esta noticia que trajo Basilio Pereira ha sido un 
rudo golpe para el General. 

—El tenía muchas esperanzas puestas en la ayuda de 
esos compañeros. Ahí se han perdido, además de las ar¬ 
mas y municiones de ellos, dos ametralladoras nuestras. 

—¿Usted cree que esté tan cerca el enemigo, como 
dicen? 

—Parece que sí. 

—La verdad es que nunca lo hemos visto. 

—Pasan los días y no podemos tender unas guerri¬ 
llas. .. 

—Llevamos miras de no hacerlo. 

—Sería una lástima... 

Adelante van, al trote lento, el baqueano y los ex¬ 
ploradores; les sigue el General con sus ayudantes; 
luego nosotros, mientras la columna ha comenzado a 
moverse y desfilar al tranco por la orilla del monte. 

Vamos describiendo las curvas que el pajonal traza 
sobre el campo limpio, que unas veces se abre ante 
nuestros caballos, y otras se oprime hasta no ser más 
que un sendero. 

Ya están perdiéndose en el suelo las alargadas som¬ 
bras del monte que nos rodea, mientras arriba se van 

















— 222 — 


encendiendo las estrellas y un tono azul intenso va la¬ 
vando las grandes manchas rojas que el sol dejó en el 
horizonte, al morir. 

La nochecita está cayendo en el bañado y levanta 
una brisa fría, que hace decir a uno de los ayudantes: 

—Me parece que esta noche la haremos de poncho. 

—Va a estar oscuro — comenta otro. — Estamos a 
boca de noche y ya apenas se ve. 

Una caballada viene trotando rápida y dispersa por 
el pajonal, obligando a los conductores a encerrarla 
y calmarla entre alargados silbidos. A nuestra espalda 
avanza, deslizándose, la mancha oscurecida de la colum¬ 
na, sobre la cual las brasas rojas de los cigarros simulan 
en el bajo la franja estrellada del Camino de Santiago 
que ya es un vivo sendero de luz, arqueado de horizon¬ 
te a horizonte. 

Nos llega del General, la orden que trasmitimos: 

—Está prohibido hablar y fumar en la marcha. 

Sombra adelantando en las sombras de la noche; si¬ 
lencio de los hombres, en el silencio del paisaje; una 
extendida emoción en las frentes y una espera en los 
ojos que sondean la oscuridad; un apagado rumor de 
tranco de los caballos sobre los altos pastos, van lenta¬ 
mente saliendo del círculo de los montes, cruzando la 
llanura, y subiendo la cuchilla del árbol solitario entre 
cuyo ramaje veíamos, en la tarde, esconderse las man- 
chitas de los jinetes enemigos. Coronamos la altura; la 
oscuridad se aliviana y el cielo se ahonda, ya vestido 
con su leve túnica plateada de estrellas infinitas. 

Sobre el murmullo de la marcha se siente redoblar 
un galope y a un jinete que viene preguntando: 

—¿El Estado Mayor? 

—Aquí va. ¿Qué hay? 

—Comunican del escuadrón que hacia aquel rumbo 
se han visto dos focos de luz, como de camiones. 

—¿Aquellos que se ven allá? 

—$í señor. 










—Es la luz de una estancia. 

—Hace un rato los vimos de frente. Ahora están a 
la izquierda nuestra. 

—Somos nosotros que vamos haciendo una vuelta. 

—Sí, señor. Con permiso. 

—La orden de no fumar ni hablar les va a hacer ir 
viendo al enemigo. 

—Vamos marchando en esta cerrada oscuridad, con 
tan severas precauciones que es fácil explicarse la in¬ 
quietud de los soldados. 

Las sombras van cansando las miradas que quieren 
penetrar en sus senos, livianos sobre las orejas del ca¬ 
ballo, densas, cayendo sobre los hombros del General, 
cuya silueta percibimos como flotando en el horizonte 
al coronar una cuchilla. 

La marcha se hace lenta, monótona. La brisa se ha 
vuelto un viento frío en las alturas, que silba en las alas 
de los sombreros. El Charrúa va pisando cautelosamen¬ 
te y tira del freno queriendo olfatear el piso que se 
ahonda debajo de sus patas; ier^jue las orejitas que si¬ 
mulan dos pequeños álamos lejanos. El cuesta abajo se 
alarp:a en las sombras que flotan hasta el principio de 
la otra cuchilla. 

Otras veces alip:era el paso: alza el cuello; entretiene 
los nervios en continuos resoplidos. Si una pierna mo¬ 
vemos y la espuela lo roza, se atraviesa en la fila, embra¬ 
vecido. pretendiendo galopar por la llanura. 

Pisa pesadamente; quiere extender el cuello que la 
rienda contiene; parece que se achica bajo nuestro pe¬ 
so, mientras su paso es decidido y firme subiendo las 
alturas. 

De pronto se sorprende, levanta la cabeza hasta ver¬ 
le blanquear la estrella de la frente; enhiestas las ore¬ 
jas, escucha el rumor del tranco de una caballada que 
se ha adelantado y amenaza cortar a la columna. 

Vuelven a oirse los chasquidos de los alambres al ser 






cortados, y a poco pasamos entre las perpendiculares 
de sombra que los postes levantan en la noche. 

Y seguimos andando, sin fumar, en silencio, lenta¬ 
mente, imaginando por la actitud con que el caballo las 
atraviesa, las irregularidades del paisaje que la noche 
nos oculta. 

—¿Duerme, Capitán? 

—Todavía no — nos contesta la voz apagada de 
Fermín Miijica. 

—Parece aquella noche en que fuimos juntos al 
Brasil. 

—¡Viaje bravo aquél, bajo la lluvia! 

—Entonces, todavía era tiempo de alarmar al país 
contra la Dictadura, que se veía venir. 

—¿Qué hicieron de su informe? 

—Lo de otras veces: no hicieron caso. Y aquí va¬ 
mos... ahora. 

—A lo mejor, tampoco hacen caso. 

—Y... 

Los que van adelante se han perdido en una densa os¬ 
curidad de la que nos llega el ruido de ramas secas al 
ser quebradas; parece un pajonal aquella masa sombría 
que de improviso se ha levantado en la cuchilla y nos 
oculta la forma del suelo. 

Al llegar a su orilla el Charrúa vacila en avanzar y 
se detiene con nerviosos resoplidos, como en la barran¬ 
ca desde la que se cae a un río; lo hiere la espuela y 
en el breve salto que dá, quiebra con el pecho aque¬ 
llas gruesas ramas secas, iguales a las que se aprietan 
contra nuestras botas, sobre nuestras rodillas, y ame¬ 
nazan rompernos las piernas. 

—¿Qué es ésto. Capitán? 

—^Un chircal bá^-baro, parece. 

—¿Tan altas y gruesas? 

—Nunca había visto igual. 

Las sombras se pueblan de breves y secos estallidos 
de las ramas quebrándose; de resoplidos medrosos de 




225 — 


los caballos, que alzaban la cabeza y hundían los pe¬ 
chos queriendo atravesar rápidamente aquel extraño 
monte que se había alzado en la oscuridad apretando 
sus gajos contra las patas, arañándoles los ijares, el 
vientre; enredándose en las colas, tironeándoselas, co¬ 
mo si quisieran impedirles el paso. 

A pesar de la orden de silencio el dolor hacer ha¬ 
blar a los licinbros, que deben levantar las piernas y 
apretarlas, como al cruzar un río, porque las ramas, co¬ 
mo duras manos, se agarran a las rugosidades de las 
botas, en los pliegues de las bombachas, en la lana de 
los cojinillos; y tiran, una, otra, otra, con una fiera te¬ 
nacidad por arrancarlos violentamente del recado. 

—¡Cuiden los ponchos y las maletas! — se oye en 
voz baja el consejo. 

—Parece que ha sido quemado. 

—Yo no le veo hojas, ni se siente el aroma. 

—... ¡ Y cómo se quiebran!... 

—Es verdad... 

El Capitán Muniz se acerca a decirnos: 

—La columna se retrasó al entrar al chircal; está cor¬ 
tada. 

—Vuelva y vigüela, que al salir haremos alto espe¬ 
rándola. 

—Esos caballos se van a perder — dice el Coronel 
aludiendo al ruido que a nuestros flancos levanta el 
trote precipitado de unos animales. 

Aquellos en que van los guerreros montados, quie¬ 
bran las líneas rectas que la espuela y la rienda los 
obligan a trazar en la oscuridad erizada del chircal ; se 
pegan unos contra los otros creyendo que aquel que va 
al costado anda por algún sendero escondido, y vuelven 
a apartarse, enardecidos, medrosos. Estiran el cuello en 
el desesperado afán de abrir con la cabeza el apretado 
círculo de ramas que los hiere, pero pronto desesperan, 
las narices en alto, resoplantes, e intentan saltos impo¬ 
sibles que les abrevien aquel martirio. 





— 220 


r 


Lflos más débiles se detienen exbantos, temblorosos; 
miran a la derecha, a la izquierda; olfatean el cerrado 
espacio que junto a ellos se abre hasta el suelo. Hacia 
atrás, adelante, los costados, igual siempre aquella som¬ 
bra callada que los aguarda con sus ramas alzadas y 
tendidas hacia ellos, con espinas más hirientes que las 
rodajas de las espuelas; con filos más duros que los de 
un pajonal; piso más áspero que el de la más quebrada 
sierra, cuyas puntas se meten en los Yasos y se clavan 
en sus sensibles carnosidades. El dolor y el miedo, 
riendas sobre la voluntad, los paran allí hasta que el re¬ 
benque suena, enérgico, sobre las ancas. Ya cualquier 
tronco les hace tropezar y amenazan caer; doloridos los 
cascos, doblan las rodillas, los garrones, como si fueran 
a echarse de narices, con impacientes quejidos. 

En la frente de los jinetes la voluntad tensa, como 
iii los músculos del brazo que sostiene la rienda, se siente 

doler sobre los ojos. 

Este no habla palabra, para que en ella no se afloje 
la idea fija de seguir abriendo un cauce sonoro de ra¬ 
mas secas rompiéndose, mientras otro descansa su ten¬ 
sión nerviosa en bromas pueriles, y aquél alivia en su 
ánimo la sensación de dolor que los golpes de las ra¬ 
mas le producen, comunicándolos a sus compañeros. 

Inútil mirar al suelo; si una zanja se abriera a nues¬ 
tro paso, por ella rodaríamos sin verla. En vano, así 
mismo, buscar en derredor un trecho en donde las som- 
’ bras que se aprietan sobre nosotros, se aligeren con la 

promesa de un sendero entre ellas. 

Sólo queda tirar la rienda firme del Charrúa y dejar¬ 
lo ir, el pecho vuelto una quilla, volteando rayas de 
sombras que se quiebran y estallan bajo sus cascos. 

Arriba, el cielo con sus horizontes circulares que las 
estrellas alejan, unidos por el sendero blanco, ¡tan lim¬ 
pio !, del Camino de Santiago. 

Así andamos aún una distancia que no podemos me¬ 
dir, entre aquel monte raquítico y sin hojas, hasta que 








*S. ■ '■ 


— 227 


comienzan a espaciarse los macizos de sus ramas y pisa¬ 
mos por fin el campo abierto. 

Todavía adelantamos un trecho para dar espacio a 
la columna, la que sentimos aproximarse anunciada por 
el crepitar de las chircas, como si entre ellas se levan¬ 
taran, no las sombras de los jinetes, sino las llamas de 
un incendio. 

Los ayudantes vienen guiando a los escuadrones has¬ 
ta dejarlos en la limpia ladera en la que se reorgani¬ 
zan, mientras aún sentimos los relinchos asustados de 
las caballadas dispersas, que sus conductores van reu¬ 
niendo con los más apagados silbidos. 

Uno ha encendido un fósforo y su luz es un temblo¬ 
roso resplandor rojizo que le ilumina el rostro. 

—Capitán: se ha dado orden de que nadie fume, 
brasa del cigarro había sido apenas dos breves 
volidos de luz, cuando la vimos describir un arco en las 
sombras y perderse en el suelo. 

En la oscuridad reconocemos a los jinetes por el vo¬ 
lumen de sombras que levantan desde el suelo, sobre 
el caballo; si cambiarán éste, ya no sabríamos quién es 
el que lo monta. 

—Duro estreno de ayudante va a tener. Capitán Mu- 
niz. 

—Lo hago con gusto. La falta del cigarro parece que 
ha dado sed a todos. 

Delante nuestro el Coronel va en aquel grupo desdi¬ 
bujado que forman el General y sus ayudantes. 

Tiene algo de irreal y solemne esta marcha callada 
que va por las llanuras, las cuchillas, atravesando los 
campos del país oscurecidos de noche, bajo aquella luz 
niña y eterna de las estrellas. 

No sabemos donde estamos; cuanta es la altura que 
subimos, ni profundo el bajo que descendemos; no vemos 
los gestos fugaces y sólo advertimos las simples líneas 
totales de los jinetes; no nos distraen palabras, expre- 








— 228 — 


sión clel minuto que vivimos, y el pensamiento se busca 
a sí mismo en la noche sin hora. 

Todo aquello que es nuestro, del individuo, no lo al¬ 
canzara a distinguir ningún ojo, por más cercano que 
estuviese observando el desfile. El rojo encendido del 
color de nuestro caballo; nuestras formas mismas; la 
viva mirada con que queremos animar el paisaje per¬ 
dido, se borran en la noche y no somos más qe un trozo 
de sombra en la lenta teoría que avanza, silenciosa, por 
rumbos desconocidos. 

¿Sobre qué paisaje, hacia qué rumbo, la luz del día 
que vendrá, señalará nuestra marcha? 

De esta confusa sombra alargada avanzando en si* 
lencio, ¿cuál será el gesto que el claro sol de la maña¬ 
na hacia la cual caminamos, iluminará ante todos los 
ojos? ¿En qué tierra, suave o áspera, se detendrá esta 
marcha? ¿Cuáles las palabras que romperán, estridentes 
como un clarín, este silencio? Acaso vayan ya bajo al¬ 
guna de estas frentes que no se ven, o reunidas y apre¬ 
tadas en alguna de estas cerradas bocas sedientas. 

¿Por qué vamos aquí, sombra en las sombras? ¿A 
dónde lleva este rumbo, entre chasquidos de alambres 
cortados; tierra, propiedad, cuyos límites rompe esta 
columna sin saber quién es el dueño de la pesada casa 
que se esconde en la oscuridad? 

El Teniente Almeida nos distrae, llegando desde la 
retaguardia: 

—Los hombres vienen durmiéndose y se apartan de 
la columna, con peligro de extraviarse. 

—Diga al Coronel que si él no ordena otra cosa, pon¬ 
dremos flanqueadore? para que vigilen la marcha. 

Comienzan a mortificarnos la falta del cigarro y la 
sed. Vicente ha buscado en todas las zanjas que hemos 
ido cruzando, y ha vuelto siempre con la misma noti¬ 
cia: el agua es puro barro, no podría tomarse. 

Los paisajes continúan sucediéndose, bajo el tranco 
cada vez menos vivo de los caballos; el frío de la noche 








— 229 — 


va haciendo desatar los ponchos de invierno, que los 
guerreros se visten sin dejar de marchar. 

La noche no tiene horas en la inmóvil luz de las es- 
trellavS, ni el camino distancia en el círculo de sombras 
que se va abriendo y cerrando a nuestro paso. Pero 
ellas, horas y distancias, se expresan entonces en nues¬ 
tro espíritu, con el ritmo que marcan las espaciadas pa¬ 
labras de los ayudantes: 

—La columna se detiene... La columna se acerca... 

Y nos detenemos a esperarla, o volvemos a andar. 

Las caballadas van marchando sobre los flancos de 
la División, pues sus conductores temen extraviarse en 
la oscuridad; esto hace que en los lugares en donde 
el terreno transitable se angosta o en los portillos que 
los exploradores van abriendo, los caballos sueltos se 
mezclen en las filas de los escuadrones desorganizándo¬ 
los o deteniéndolos. 

¿Cuántas leguas caminamos así? 

Sólo es posible calcularlas por el cansancio que van 
expresando los guerreros, y por el recuerdo de las ve¬ 
ces en que el Capitán Muniz se ha acercado a decirnos: 

—I.*a columna se detiene... 

—La columna se acerca... 

Desde una llanura nos hiere la cansada vista el refle¬ 
jo de la luz de la noche sobre un lienzo de agua exten¬ 
dido en el bajo, y los caballos al verlo no esperan la 
espuela de los jinetes para avivar el paso por la llanu¬ 
ra que el gramillal ensordece. 

Rómpense las filas; disgréganse los escuadrones y 
el claro espejo azul se mancha con las sombras en¬ 
cogidas de los hombres y los caballos sedientos. 

Ijos sombreros; las calderas; el cuenco de las manos, 
son vasos que se hunden en el agua y se alzan, cho¬ 
rreantes, hasta los labios de los guerreros, mientras 
sus animales hunden en el barro de las orillas sus patas 
delanteras, y sorben sonoramente, distraídos de los pe- 














1 


— 230 — 

^ chazos que reciben o de la violencia con que el cabes¬ 

tro oprime el bozal sobre los hocicos. 

La sed colmada parece alejar el cansancio del cuerpo, 
y el pensamiento se anima en breves diálogos que se 
extienden en un sordo murmullo en la marcha. 

Pero las gargantas que el agua refrescó, sufren ahora 
por la ausencia del cigarro en los labios. Por eso, a 
nuestro lado mismo y sin detenerlos el ejemplo que va¬ 
mos dando, los guerreros simulan que el sueño les ha 
volteado el mentón dentro del poncho, a través del cual 
vemos avivarse a intervalos ténues resplandores ro¬ 
jizos. 

El doloroso esfuerzo de voluntad que nosotros vamos 
haciendo para no violar la orden, nos hace condescen¬ 
der con aquellos a quienes ha vencido el vicio, y simu¬ 
lamos no advertirlos, distraídos en hablar con el Capi- 
•♦I tán Muniz, cuya fortaleza física le permite cumplir 

el penoso servicio con el cuerpo ágil y el pensamiento 
despierto. 

Debemos haber andado ya muchas leguas, pues el 
poncho de invierno nos pesa en los hombros como si dos 
ludas manos se afirmaran en ellos, oprimiéndolos; los 
cojinillos han perdido su blandura y el Charrúa ya no 
tira la rienda en continuos escarceos. 

^ De pronto una sombra pasa a nuestro lado, y a poco 

sentimos a uno de los flanqueadores xiue le habla: 
j —¿Dónde va, compañero? 

" Contesta una voz velada por el sueño: 

— ¿Quién ordena más que yo? 

— Párese, compañero, ¿va durmiendo? 

— Soy el jefe... voy a echarme en ese bajito. 

—Si aquí no hay ningún bajo... ¡Dé vuelta, amigo, 
despiértese! 

— Ah_ sí... ¿Pero cómo? 

Y la sombra del jinete vuelve a pasar a nuestro la¬ 
do. hacia la retaguardia, buscando a su escuadrón. 

— Van muchos como ése — nos dice el ayudante. 





Al fin llega la orden del Coronel, de echar pie a tie 
rra, y todos la reciben con la alegre seguridad de que 
podrá fumarse un cigarro. 

Estamos sobre una llanura, bordeando una zanja; 
rodeándonos se presienten elevadas cuchillas que detie¬ 
nen la brisa fría que venía lastimándonos los cansados 
ojos. 

Al murmullo producido en el momento en que la 
columna se detuvo y los guerreros echaron pié a tierra, 
poblando la llanura de innúmeros bichitos de luz, ha 
sucedido el silencio al que sólo turban los caballos pa¬ 
ciendo. En la rueda de los jefes donde nos hallamos, 
suena alegre, clara, la vocesita de Basilio Muñoz re¬ 
cordando viejos tiempos guerreros en que hizo marchas 
tan penosas como ésta. 

—Debe venir llegando la madrugada — dice el Co¬ 
ronel. 

—¿Habremos caminado tanto? 

—¿No vé cómo se empiezan a entregar los cuerpos? 
Es la hora peor. Ahora, cuando estemos entre dos luces, 
será necesario vigilar severamente, pues se nos va a que¬ 
dar alguno dormido en el primer alto que hagamos. 

—i Se extraña el cigarro, marchando! 

—Con éste que fuman ahora, soportarán bien hasta 
que aclare el día. No ha de faltar mucho. 

—Y la sed... 

—Eso es lo peor. El sueño y el hambre se soportan; 
pero la sed... 

Por la orilla de la zanja vemos venir un hombre que 
parece caminar con los ojos vendados, pues anda trope 
zando en el suelo llano y limpio; al acercarse reconoce 
mos en él al Capitán Noblía: 

—¿Paseando Capitán? 

—No, compañero; se me perdió el caballo. No me ex¬ 
plico ; me dormí con la rienda en la mano... 

—¿Y vé lejos, Capitán? 

El comprende la broma, y contesta: 









á 


— 232 — 

—No mucho; de pronto se me tiende un velito en los 
ojos, y los pies encuentran al suelo antes o después 
de lo que esperaban. 

—Haga prevenir, Coronel, que vamos a marchar. 

—Mayor, recorra la columna, no se nos vayan a que¬ 
dar escuadrones extraviados. 

Las voces de los oficiales comienzan a oírse, cordia¬ 
les al principio, enérgicas muy pronto, entre los guerre¬ 
ros de los que unos ya montan a caballo, mientras otros 
signen aún volteados por el sueño. 

Dos soldados se han puesto de pié y con el oscureci¬ 
do recuerdo del último pensamiento antes de dormirse, 
buscan en el suelo la rienda. 

Cada uno de ellos ha encontrado una del animal que 
pastaba allí, casi sobre sus cuerpos; y sin pensar más 
nada, uno de ellos tira de la izquierda, otro de la dere¬ 
cha. Los dos, del mismo caballo, que ha levantado la 
cabeza y espera, paciente, que termine aquella extraña 
maniobra. 

Hasta que los soldados, sorprendidos ellos también, 
aligerados del sueño por el aire frío que les da en el 
rostro, comprenden el cómico engaño y se ríen de sí 
mismos. 

Otro se ha sentado bruscamente y busca a su caballo; 
todos los que le rodean ya tienen encima a sus jinetes. 
Se pone de pié, nervioso, en el instante en que pasa 
frente a él un compañero que lleva al suyo de tiro. Sin 
vacilar, moviéndose con la rigidez de un autómata, se 
dirige hacia el soldado que va pasando y le arrebata 
la rienda con que guiaba al animal. Y éste sigue, caída 
la cabeza sobre el pecho, sin detenerse ni protestar, por¬ 
que él también, dormido, va sin percibir los hechos. 

Vuelve el primero con el caballo de tiro, y a poco 
se hace un ovillo de sombra en el lugar del cual había 
partido. Así se queda, olvidado otra vez del^cabalUo 
que se va alejando lentamente, ocupado en pastar por 
la llanura pródiga. 




— 233 


Nos cruzamos con el Comandante Amestoy, que se 
inclina afanoso sobre el oscuro suelo. 

—¿Perdió algo, Comandante? 

—Qué sé yo... Me dormí, no sé bien dónde, y perdí 
el revólver. 

Por fin todos montan y volvemos a marchar. 

Hemos colocado a nuestro caballo entre los de los ca¬ 
pitanes Mujica, y le dejamos andar, distraído el pen¬ 
samiento en el recuerdo de nuestro niño. 

¿Qué tiempos verá su juventud? 

¿Será todavía el país, estas inmensas extensiones de 
campos despoblados que nosotros vamos cruzando sin 
hallar una huerta, entre perdidos ranchos, sombras hu¬ 
milladas bajo los cielos inmensos? 

¿Tendrá él, como nosotros, que un día mover su vida 
en este columpio dramático que han conocido todas las 
generaciones del país desde que existió: guerra, paz, 
guerra ? 

¿Han de estar todavía, como ahora, ciegos los pue¬ 
blos y desarmados, para no ver, y defenderse del ene¬ 
migo que acecha, y socava los cimientos de su sobera¬ 
nía, con el oro y los brazos que explota y esclaviza, de 
ellos mismos? 

Ijos hijos de los que aquí van, como éstos, lo son de 
aquellos que a las antiguas guerras fueron, ¿no com¬ 
prenderán, al fin, que ellos son el músculo y el pensa¬ 
miento que edifica la justicia en la paz; las vidas que 
se dan en las guerras, para que unos cuantos gocen de 
sus sacrificios y en sus labios, vasos de sensualidad, 
prostituyan hasta las más nobles palabras? ¿No com¬ 
prenderán que los gobernantes como Terra no son un fe¬ 
nómeno aislado, sino la violenta expresión de una casta 
de explotadores que se visten de frac en los alfombra¬ 
dos salones de sus orgías, y levantan los estandartes 
chillones de unos valores morales que ellos sólo usan 
para tapar los ojos, ardientes de llorar injusticias, de 
los que trabajan y luchan? 










— 234 


¿Sobre esta tierra tan chica, bailará aún sus danzas 
lascivas esa turba de grandes capitalistas y encumbra¬ 
dos burócratas, que hasta a sus mujeres llevan a los 
besamanos del Dictador? 

¿Se comprará a un escritor con un empleo público, 
y pintores habrá que con su tela vendan su alma? 

¡Espejo de América, nos decían! 

¡Magnífico resultado de una cultura política funda¬ 
da sobre palabras que velaban la terrible realidad 
social! 

Y hemos caído, ni más ni menos que cualquiera otra 
de las repúblicas sudamericanas; y todavía, desde la 
oposición, se nos quiere guiar con las mismas palabras 
•^ue el puñal de la Dictadura ha desinflado hasta la 
flacidez. 

liOS campesinos, los jornaleros, los pequeños agricul¬ 
tores que aquí van, durmiéndose sobre el caballo, re¬ 
secos de sed los labios y las gargantas, no tuvieron nun¬ 
ca en ellos las palabras: Honor y Virtud. 

Apenas si al volver rendidos del trabajo en los atar¬ 
deceres, tuvieron tiempo para decir entre los prolonga¬ 
dos silencios del mate amargo, una frase tierna a sus 
hijos, o una queja de cansancio a su mujer. 

Virtud, Honor, eran de los militares y los caballeros 
í'el Jockey Club; las tenían en los labios o en medioe- 
'"des códigos que ellos interpretaban con gravedad de 

ir-ures. 

c ando la ignominia cubrió los claros cielos del 
trabajo en la paz, los humildes montaron a caballo; ol¬ 
vidaron la herramienta con la que ganaban el escaso 
pan de sus hijos, en tanto los generales sirven a la 
Dictadura para no perder sus galones, y los caballeros 
del Jockey Club la halagan, para que prestigie su circo 
y cuide sus privilegios. 

Hasta Terra, ha de mirarlos y sonreír de desprecio. 

Pero mañana, cuando la Revolución que ha de venir, 
nacida de estas doloridas marchas que vamos haciendo, 






— 235 — 


triunfe, lotra vez las palabras sonoras y los qre'^tos so¬ 
lemnes volverán a engañar a estos luchadores, y sobre 
el sacrificio de ellos continuará asentada la im'usticia 

Si por lo menos, el dolor de estas horas sirv’era al 
país para abreviar las etapas de su comprensión... 

Avisan desde la retaguardia que parte de la columna 
se ha extraviado, y se ordena hacer alto a esperarla y 
echar pié a tierra. 

—¿Va a dormir, Teniente Silveraí 

—Ahora no; el aire frío me quitó el sueño. ¿Podre¬ 
mos fumar? 

—Mientras estemos parados, sí. Haga el favor; tén¬ 
ganos el caballo mientras dormimos. 

Debe ser tarde; el rocío moja el campo en que nos 
hemos tendido, de cara al cielo. 

El recuerdo de nuestro niño está en nuestra frente; 
las estrellas en los ojos; el cigarro es una pequeña 
herida roja, en las manos cruzadas sobre el pecho, que 
se va cerrando, cerrando... 

iCómo fatiga la vista, esta letra tan peoueñn de^ 
libro! No debe imprimirse sobre papel de un blanco bri 
liante; termina por herir los ojos... 

Nos distrae la voz de nuestro hijo dictando, con eres 
to reconcentrado, lo que él llama su segundo libro. To¬ 
davía, cinco años tiene, no sabe escribir; pero el am¬ 
biente en que ha nacido y se ha criado, le presta un len¬ 
guaje que él maneja, grave, y cuva sonoridad le sor 
prende, de pronto, hasta hacerle decir: 

—Papito, escucha; mira qué frase!—la repite, adar¬ 
gando los acentos, consciente de la musicalidad que 
en su espíritu adquieren las palabras de las imácrenes 
con que está jugando su pensamiento, tal como otro ni¬ 
ño jugaría a manchar de vivos colores el blanco virgen 
de una hoja: 

—La luna es el alma de los que se mueren. Tx)s áln 
mos duermen estremecidos en la noche... 

Este mate está frío.... Podíamos dejar este vicio- 








— 236 — 


puede llegar una hora en que su falta nos haga sufrir, 
y ésto es absurdo... También debíamos no fumar más... 

Una clara voz conocida ríe en el fondo del escrito¬ 
rio, y otra vez nos distraen las palabras del niño: 

—^Papito, escucha. No me entienden, y es tan claro 
lo que quiero poner en el libro. 

—A ver, dígalo. 

—Dos peones van cansados, por un camino del cam¬ 
po. .. Lee, pues... 

La voz repite el diálogo que el hijo ha dictado: 

—¿Ves aquélla luz? 

—Sí. 

—Deben ser unos ricos que vienen a caballo. En la 
noche brillan sus espuelas de oro. 

—¿No será un fósforo encendido que han dejado caer? 

—i Qué suerte que vienen esos hombres! ¡Estamos 
tan cansados!... 

—Si son ricos, no pasará nada; serán como el viento 
en el campo. Si son pobres, galoparán y no tocaremos 
los alambres. 

— No está bien, papito? 

—¿Por qué dice eso de los ricos? 

—Pues está claro; pasarán sin pararse a a3aidar n 
los pobres... 

—¿Y lo de no tocar los alambres? 

—¿No son los alambrados, lo único que hay en el 
campo en donde agarrarse para no caer? Si son pobres 
los que vienen, correrán a abrazar a los peones y no 
los dejarán caer... 

—Mayor... Mayor... 

—¿Cómo dijo? ¿En el campo? 

—Dieron orden de marchar. Aquí está su caballo. 

—Ah, sí; tiene razón... 

Y otra vez marchando, sin hablar palabra, las ma¬ 
nos afirmadas en el recado: la cabeza caída sobre el 
pecho; entre los capitanes Mujica que van durmiendo 







237 — 


en la raarcha con la misma profundidad con que lo ha¬ 
rían tendidos en el campo. 

No sabemos dónde, ni que tiempo después de haber 
vuelto a montar, cruzamos una zanja. El Coronel pide 
agua y Vicente se aparta para llenar nuestra cantim¬ 
plora y alcanzársela. 

—¿Usted quiere. Mayor? 

—Guárdela; después le pediremos. 

De pronto nos parece que el cielo gira delante de 
nuestros ojos entornados; que el caballo va a hundirse 
en un pozo abierto de improviso delante de sus patas; 
que alguien nos llama de una distancia que ignoramos; 
el poncho se aplasta sobre los hombros; el rocío ha 
achicado el sombrero que nos oprime las sienes. 

Sentimos una extraña angustia en el estómago y re¬ 
cordamos que no hemos comido desde el día anterior; 
el frío nos corta los labios resecos y el aire pasa por 
la garganta como un filo. 

—¿Queda agua todavía en la cantimplora? 

—Sí señor; sírvase. 

Cuando alargamos hacia ella los labios sedientos, nos 
pega en la cara el pesado olor fétido del agua descom¬ 
puesta, y no podemos bebería. 

—¿Cuándo alzó esta agua? 

—Es la que tomó, hace un rato, el Coronel. 

—Tírela; imposible tomarla. 

Los párpados se caen pesadamente y hacen un ho¬ 
rizonte de desnuda oscuridad sin estrellas; el Charrúa 
ha comenzado a aflojar las manos, y sentimos que se 
va hundiendo en un tembladeral. 

j Cómo duermen estos Mujica sobre el caballo! i Quién 
pudiera!... 

—Hay orden de hacer alto; la columna viene retra¬ 
sada. 

Cuando miramos de nuevo, nos hallamos junto al 
Coronel a cuyo lado echamos pié a tierra. 

Miramos a lo largo de la columna y sólo una sombra 









288 — 


vemos elevada sobre el caballo; es la del General Mu¬ 
ñoz. Al frente, los exploradores están cortando un 
alambre. 

Y nos dormimos. 


—¡Vamos, compañero, arribaI 

Parece molestarnos de propósito la voz; y sin embar¬ 
go, obedientes, nos ponemos de pié, sin saber quién nos 
llama ni qué se quiere de nosotros. 

¿Qué son estas sombras que se mueven rodeándonos, 
hablando a media voz? 

—¿Y el Charrúa, nuestro caballo, que ha hecho, Te¬ 
niente Silvera, de él? 

Sentimos la voz del Coronel que nos habla: 

—¿No es ése, su caballo? 

Pero nosotros no queremos escuchar sus palabras: 
nuestro pensamiento es otro; él no sabe lo que estamos 
diciendo, ni con quién hablamos. 

—¿Qué ha hecho, Teniente de nuestro caballo? 

El Coronel insiste en contestar a un. pensamiento 
nuestro que él no conoce; queremos estar allí, sin mo¬ 
vemos, repitiendo aquellas palabras, nada más que 
aquéllas, pues presentimos lo fatigoso que será decir 
otras... 

—^Ahí tiene su caballo. El Teniente no está aquí. 

Sí, es verdad; ahora reconocemos al Charrúa porque 
le vemos blanquear la estrella de la frente. - 

—¿Y las riendas? 

El Coronel ríe con tal fuerza, que nos sacude el pen¬ 
samiento y lo dispersa. 

—Si las tiene en la mano... ¿Está dormido, com¬ 
pañero? 

Y ahora reímos los dos, mientras montamos y vol¬ 
vemos a andar. 

—Creíamos estar, todavía, en el otro alto que hicimos. 
Allí le habíamos dado el Charrúa al Teniente. 

El cansancio ha enmudecido los labios de los gue- 







rreros; volteado las miradas y aflojado las riendas 
cuyas ondas los caballos van columpiando por debajo 
de BUS extendidos cuellos. 

Las únicas palabras que se oyen son para quejarse 
de la sed, del hambre, de la necesidad del cigarro; a 
veces sentimos las voces enérgicas de los flanqueado- 
res devolviendo a la columna a los soldados que, dor¬ 
midos, se dejan ir al antojo del caballo, también enton¬ 
tecido por la fatiga. Otras veces, las contenidas risas 
de los que, más fuertes, chancean al compañero que 
al cruzar un portillo ha perdido la fila y va a pegarse 
contra el alambre firme. 

Uno se ha apeado y marcha con su animal de tiro, 
defendiéndose del sueño con el ejercicio físico. 

Ninguno intenta siquiera iniciar un diálogo en qué 
distraerse, porque sabe que nadie ha de contestarle 
otra cosa que monosílabos sin sentido, para que no Ies 
interrumpan el sueño. 

Nuestra voluntad comienza a recogerse en los planos 
oscuros de la conciencia, desde los cuales la trae de 
nuevo a la frente cualquier palabra que se nos dirige; 
pero cada vez es más fugaz su presencia, y se retrae co¬ 
mo algo que blandamente se disgrega en nosotros. Se 
nos cansan los párpados; el poncho parece volteamos 
los hombros; el pensamiento huye y sólo nos queda so¬ 
bre los ojos entornados la sensación de una invencible 
pesadez y un silencio de los cuales salimos en esfuerzos 
cada vez más dolorosos. A nuestro lado, los capita¬ 
nes Mujica van balanceando el cuerpo hacia atrás, ade¬ 
lante, con el lento ritmo del tranco. A intervalos uno 
de ellos alza la cabeza, tira de la'rienda, tose apagada¬ 
mente, y vuelve en seguida a encogerse y continuar 
durmiendo, acunado por el paso lento que llevamos. 

El Capitán Muniz continúa yendo y vinieíido, y sus 
palabras son como tirones que da a nuestro pensamien¬ 
to perdido: 









240 — 


—La columna se detiene... La columna está en mar¬ 
cha ... 

—Capitán: entiéndase con el Coronel directamente. 
El sueño nos vence. 

iQué alivio haberlo dicho! Ahora podemos mirar a 
los Mujica sin envidia; también nosotros afirmamos las 
manos en la cabezada del recado, volteamos sobre el 
pecho la cabeza, no pensamos nada... 

El cielo ha perdido las estrellas, el suelo no es duro, 
son mullidas sombras en las que se hunden las patas 
del Charrúa... i Por qué nos pecha, don Fermín? 

Vamos bajando... bajando... bajando... 


¿Cuándo entramos en el día, y por dónde? 

La cerrazón cierra el paisaje; voltea los cielos en las 
llanuras; es levísima cortina gris que las pesadas for¬ 
mas de los exploradores van rompiendo y que cae so¬ 
bre las alzadas cabezas de las caballadas que vienen, 
con un trote alegre, descendiendo las laderas entre las 
cuales va marchando la División. El caballo del Gene¬ 
ral parece un fino y elegante juguete pintado con sus claros 
colores, sobre el que va el jinete erguido, sin vencimien¬ 
tos, tan ágil la actitud como el atardecer en que mon¬ 
tó; como si sus viejos hombros no hubieran atravesado 
tan larga distancia sosteniendo el peso de la noche. 

—Nos venció la madrugada — bromea el Coronel. 

—Es verdad. Nunca creimos poder dormir de este 
modo. 

Los rayos del sol ya elevado hieren, con heridas ca¬ 
da vez más anchas de luz, a aquellas ligeras nubes azu¬ 
ladas que viajaban sobre los hombros de los guerreros, 
en los senos de los ponchos, en las ancas de los ani¬ 
males. 

Todavía algunas, las más livianas y gráciles, juegan 
a quedarse, enredándose en las oscuras manos levan¬ 
tadas de las carquejas, o pasan su levísimo peso sobre 







— 241 f-i 


f'' 

las affuas de las zanjas; los alambrados cuelgan hilos 
de plata de las sutiles gasas desgarradas, o retazos de 
ellas brillan, caídos en el chircal. 

Iaí mañana lava de los ojos el sueño, y ahora es la 
Di\asión una alegre columna que marcha olvidada del 
cansancio en que acaba de viajar. / 

En una cañada de húmedas gramillas hacemos alto; 
los jefes y ayudantes formamos círculo alrededor de 
un trozo de carne asada y fría con que un compañero 
a obsequiado al General. 

—¿Qué le parece a usted, si torcemos el rumbo ha- 
c4a la Picada de los Ladrones, sobre el Río Negro? 

—¿Qué plan tiene, Coronel? 

—Nos acercaríamos, General, a Cerro Largo; en to¬ 
dos aquellos montes yo soy muy baqueano. Observaría^ 
mos desde allí la marcha de la columna del General 
Urrutia, y decidiríamos entonces un ataque por sorpre¬ 
sa a Meló, o nuestra marcha hacia el Brasil. Si el país 
se ha levantado, podemos dar un gran impulso a la Re¬ 
volución, tomando a Meló y dirigiéndonos inmediata¬ 
mente sobre Treinta y Tres. 

—Me parece muy bien. Coronel. Desde aquí al Río 
Negro ya tendríamos muy pocas horas de viaje. ¿Us¬ 
tedes creen que la gente las resista sin desensillar? 

—La División trae muy buen ánimo, General — con¬ 
testamos. 

—Bueno; avise al baqueano que tomaremos ese rum¬ 
bo, y haga montar. 

Porque aún nos quedarán varias leguas que hacer 
antes de campar, hemos cambiado de caballo, pues la 
noche de marcha ha vencido, por primera vez desde el 
año lejano en que le pusimos el freno, a nuestro noble 
caballo colorado, de frente iluminada por una estrella. 

L<í?itamcnte lo vemos alejarse por la hondonada que 
ya vamos abandonando, en busca de la caballada que 
los conductores han empezado a reunir y arrear por 
nuestras huellas. 






242 — 


Ya no lo veremos nunca más; en los bañados del 
Río Negro va a quedar perdido, cuando una bomba de 
los aviones enemigos caiga sobre ellos y los disperse, 
aterrados y relinchantes. 

Viejo caballo que nos vio volver, año tras año al pa¬ 
go, y ritmó con su trote nervioso en los atardeceres len¬ 
tos y en las calladas noches del verano, las imágenes 
que de las lomas familares se levantaban hasta nuestra 
frente, o los sueños que desde nuestros ojos se abrían 
sobre el paisaje queriendo hallar la escondida música, 
o Ja eterna sustancia que se hace ingénuos colores en 
los macachines y coros de astros sobre el silencio aten¬ 
to de las llanuras. 

Cuanto hemos escrito, sobre sus lomos fué pensado; 
por aguardar a tener delante de los ojos la imagen vi¬ 
va ; oír distinta la voz; sentir la emoción heroica; la del 
crimen; el vencimiento de la humildad o la fatiga de 
una esperanza nunca cumplida, acortamos sus noches 
de libertad, mientras él nos llevaba, ágil, entre las som¬ 
bras de sus amigas tropillas de la querencia. 

iQué bella lección de voluntad él era, llevándonos 
por los amplios paisajes, los largos caminos; campos 
llanos, duras sierras, monte y agua, sin menguar la ale¬ 
gría de su escarceo, la agilidad de su trote. i En la no¬ 
che más oscura; en el día más pesado de sol, él ade¬ 
lantaba siempre con igual y firme paso, arrancándonos 
de la mano la rienda, por las más largas distancias. 

Cuando quisimos la soledad, él nos la dió sin distraer¬ 
nos jamás del feliz pensamiento, ni del extendido dolor 
que nos borraba el paisaje, porque su trote gallardo era 
alegría de su voluntad, más punzante que la espuela. 

Ya no lo distinguimos entre las manchas multicolores 
de los otros caballos, que nos confunden a la suya, de 
un rojo quemado. 

Bajo el sol que empieza a herirnos los ojos, vamos 
marchando hacia el Río Negro, entre cuyos verdes pa¬ 
jonales él va a quedar como una brasa, encendida, per- 





24á — 


Viejo Charrúa, sobre cuyos lomos éramos una imagen 
familiar en los caminos del pago; que engañó con el con- 
tinuo escarceo de su cabeza estrellada, los ojos más ex¬ 
pertos de los paisanos, confundiéndoles su edad. Dueño 
de su querencia; celoso de su tropilla; arisco a la voz 
que no fuese la nuestra, cuyo recuerdo él guardaba a 
través de los meses de libertad; no saben los guerreros 
que le arrean confundido en la caballada, cuánto de nos¬ 
otros lleva consigo, ni sabrá la mano indiferente que le 
ponga freno al encontrarlo perdido bajo los espinillos 
del Río Negro, con qué afectuoso ademán le acariciᬠ
bamos todas las mañanas y las tardes, antes de ensi¬ 
llarlo, la blanca estrella de la frente que él nos tendía, 
dócil, entornando los grandes párpados. 

Siempre al tranco, continuamos cruzando afiladas cu¬ 
chillas desde las cuales vemos abrirse los paisajes en la 
mañana luminosa; andamos por los caminos que orillean 
las casas en cuyas puertas entreabiertas asoman los ros¬ 
tros sorprendidos y temerosos de las mujeres y de las 
que han huido los hombres al distinguir la mancha ex¬ 
tendida de la columna levantarse sobre el fondo del ho¬ 
rizonte; bordeamos arroyos cuyos montes, con la pre¬ 
sencia de su sombra húmeda, vencen la voluntad de los 
que vamos agobiados por el sol de fuego. Nos hablamos 
con breves palabras entre silencios de sueño que un es¬ 
carceo, un paso más rápido del caballo, sorprenden y 
despiertan. 

Las frescas cañadas nos detienen y dispersan un mo¬ 
mento, con el clarear de sus manchas de agua entre los 
gráciles juncos; los pajonales nos envuelven el rostro con 
el vaho asfixiante de sus miasmas que el sol levanta; 
los pedregales se erizan de finas lanzas de luz, cuyas 
puntas se clavan bajo los párpados y los vencen y vol¬ 
tean sobre los ojos, a los cuales ya no distrae ninguna 
imagen ni paisaje. 

Los pesados ponchos van colgando de los recados y el 
sol se aplasta sobre los desnudos pechos de los gue¬ 
rreros; no hay manantial cuya agua sea tan liviana y 
fresca como para apagar la sed que el cigarro y la falta 








— 244 — 


del mate han puesto en las gargantas; la falta de ali¬ 
mento en tan prolongada marcha, vuelve un esfuerzo 
doloroso el más breve diálogo; la badana quema, como 
un fuego que atraviesa las bombachas, las piernas; y las 
distancias siguen abriéndose, acortándose, delante nues¬ 
tro, y alejándose, sin que nadie intente medirlas. 

Las llanuras comienzan a sucederse; los pajonales se 
van repitiendo cada vez con más frecuencia, hasta que 
de pronto una cuchilla afilada nos muestra un paisaje 
que levanta los ánimos. 

¡El Río Negro! 

Es una anchísima franja verde sobre la que se apoya 
el horizonte, allí cerca; se vuelve gris, más lejos; es una 
perdida línea azul en los últimos planos visibles del 
campo. 

Los que no pueden hacerlo, miran con envidia a los 
que dormidos van acortando sin ninguna impaciencia, 
la distancia que aún nos separa del río. 

Ya era cercano el mediodía, cuando el silencio del 
cielo se sacudió por los ecos del avión que bien pronto 
vimos aparecer en el horizonte, y volar por el rumbo 
que nosotros llevábamos. 

La columna se dispersa en la llanura, sobre la cual 
se forman pequeños grupos que echan pie a tierra, pre¬ 
paran las armas y esperan, con bromas de burla, a que 
el pájara gris vuele encima nuestro, para disparar so¬ 
bre él. 

Nadie muestra temor ni inquietud; todos piensan 
que no podrá dejar de vernos en aquella llanura limpia 
en que estamos; y esperan su ataque, que parece inmi¬ 
nente, para contestarle si es posible. 

Pero es cosa demostrada, que estos aviadores guber- 
nistas padecen de una miopía realmente lamentable, o 
que la cercanía de la tierra ejerce sobre sus espíritus 
un efecto de repulsión tan poderoso, que los lanza hasta 
más alto que las nubes, donde no alcanza ninguna bala 
de máuser, y desde donde ellos dejan caer, valerosos, 
sus bombas, lo mismo sobre una columna revoluciona- 






— 245 — 


ría, que sobre un campamento de sus mercenarios ca¬ 
maradas. 

Debe ser un espectáculo lleno de sugestión el Eío Ne¬ 
gro visto desde tan gran altura; basta o-bservar el placer 
con que estos aviadores vienen buscándolo todas las 
mañanas, y cuando a él se aproximan, cómo elevan el 
vuelo hasta no ser más que una gran mariposa gris 
en el espacio. 

¡Lástima grande, que tan inocente y fácil emoción es¬ 
tética lleve luego a estos intrépidos descubridores guber- 
nistas a afirmar que han visto y bombardeado a la 
Revolución en el arroyo Caraguatá, al que nunca nos 
acercamos en toda la campaña. Culpa que bien debe 
perdonarse, si se piensa que, desde tan alto, natural es 
confundir los típicos e inmensos montes del Río Negro, 
con los clareados y pequeños de un arroyo. 

Así vuela éste, ahora, a poca distancia nuestra, como 
si fuera a atacarnos, para torcer de improviso su línea 
gris y perderse alejándose sobre la curva del río. 

Nuestras sombras se han acortado en el campo, hasta 
ir recogidas entre las patas de los caballos, y han co¬ 
menzado a alargarse de nuevo sobre las empinadas cu¬ 
chillas, a cuyos pies ya vemos levantarse las cabezas 
despeinadas de las palmas sobre la maciza bóveda del 
monte. 

El espíritu de los hombres se alegra ante la cercanía 
del río, que ya los acoge y refresca las frentes con las 
sombras de los espinillos y los ceibos, adelantados en 
los angostos cañadones. 

Estamos terminando una marcha de diecinueve horas, 
iniciada en el lento atardecer de la Picada de las Pie¬ 
dras; sostenida en la oscura noche cuyo frío nos obligó 
a soportar el peso del poncho de invierno; alargada en 
la tibia mañana, y en el sopor de este principio de la 
tarde ardiente del verano. 

Un viejo sapee criollo, nos recabe con la fresca som¬ 
bra de sus brazos abiertos sobre el blando suelo de arena. 





CAPITULO XI 


PROPOSICIONES DE PAZ 


Mientras unos van por las llanuras buscando ganado 
para carnear, otros caminan rumbo a la cercana pulpe¬ 
ría en busca de provisiones; bajan la barranca de la 
picada los guerreros que vienen a refrescarse el rostro y 
llenar de agua las calderas del mate, en el Estado Ma¬ 
yor se están recibiendo y trasmitiendo al jefe, las noti¬ 
cias que traen los vecinos amigos y las descubiertas 
desprendidas durante la noche. 

Por ellos nos enteramos de la lentitud de desgano con 
que las tropas mercenarias vienen acercándose al río, 
y del estado de anarquía en que actúan sus jefes. Nin¬ 
guno entre ellos confía en el que le acompaña; y así 
marchan vigilándose, amenazándose con sus ametralla¬ 
doras, y sembrando el camino que hacen, de frases de 
recelo para el que los viene siguiendo. 

Por Rivera avanza un ejército integrado por un regi¬ 
miento de caballería, las fuerzas policiales bajo el mando 
de su jefe, y unos paisanos que ha podido reunir Ne- 
pomuceno Saravia. El jefe del regimiento teme al de 
Policía y le vigila como a un enemigo; éste a aquél; y 
ambos a Nepomuceno Saravia, cuya condición de gue¬ 
rrillero sin principios conocen ellos de sobra y contra el 
cual se previenen llevándolo, más que como a un amigo, 
como a un prisionero armado. 

Por Cerro Largo ha empezado a marchar la columna 
del General Urrutia; policía, ejército, paisanos herreris- 






— 247 — 


tas, con una cautela muy típica en el carácter de quien 
la manda. 

Allí se formó la División Cerro Largo, el núcleo más 
numeroso de la Revolución, dominando la campaña desde 
la noche del domingo hasta la tarde del lunes en que 
cruzamos el Río Negro por el Paso de Aguiar. Por ese 
mismo departamento marchamos y campamos durante 
dos días, buscando y realizando la incorporación de Ba¬ 
silio Muñoz. 

Y el general cartaginés que el Gobierno tiene en Cerro 
Largo, una semana después del pronunciamiento revolu¬ 
cionario, recién se encuentra marchando a cuatro leguas 
de Meló, de la cual había partido. 

Imposible imaginar una incapacidad más absoluta y 
una prudencia guerrera más libre de todo riesgo. 

Lo que no le impedirá decir más tarde, en un repor¬ 
taje, que tiene la seguridad que si hubiese salido de Meló 
con doce horas de anticipación, copa por completo a la 
columna rebelde y hasta apresa al propio Basilio Muñoz. 

Es innegable que si el General Urrutia hubiese mar¬ 
chado con una modesta regularidad; con un mínimo 
sentido de la responsabilidad que le incumbe como jefe 
gubernista obligado a imponer el orden, nos habría al¬ 
canzado desde el primer día de nuestro levantamiento, 
cuando nuestros grupos recorrían la extensa región a su 
cargo, sin encontrar más policías que aquéllos que pren¬ 
dió el Coronel Silveira y que siguen en nuestra columna. 
El general cartaginés, que después de disuelta la Divi¬ 
sión revolucionaria, imprime tal fanfarronada, sabía muy 
bien que podría alcanzarnos. Y porque lo sabía, es que 
ha empleado ciento cuarenta y cuatro horas para hacer 
veinte kilómetros de marcha con su ejército. 

Precaución, como se ve, más que prudente, para no 
tener la desagradable sorpresa de encontrarse con los 
revolucionarios en algún recodo del camino. 

Pero nadie podrá negarle, que si fué prudente hasta 
la sabiduría, en la guerra, es audaz hasta la temeridad 
en la paz. 

El Capitán Oriente Leiva, que había quedado a núes- 







— 248 


tra retaj^nardia, se incorpora al campamento y trasmite 
las novedades que ha recogido en su serveio de des¬ 
cubierta. 

Vecinos de Cerrozuelo le informan que la noche du¬ 
rante la cual tomamos los prisioneros al Coronel Bar- 
badora, la vanfruardia de ese contincrente í?ubernista 
huvo en desorden baeia el sur. abandonando un camidn, 
canfimnloras municiones y armas, refncriándose en los 
molotes del Bío Nei^ro un í^mno de veinte soldados. 

Kn las inmediaciones de1 "Rincón de Pereira. un escua¬ 
drón del recrlmienfo de Tacuarembó pretendió cortarle 
el paso y ocuparle les caballadas que él arreaba. Nues¬ 
tro compañero tendió su r^uerrilla, eomnuosta sólo de 
doce hombres v los rubernistas. cuyo regimiento se ha¬ 
llaba a media Icfirna esca«'a de distancia, se conformaron 
con hacerle aljrnnos disparos y deiarlo marchar tran- 
nuilamente, sin intentar una acción oue les sería secrura- 
mente ventam«?a. Mientras tanto, el Coronel Süveira ha 
pronuesto al General el atanue sobre Meló, cuva opor¬ 
tunidad sólo detiene la lentitud con oue marcha TTrrutia. 

Se ha podido saber que el iefe guhernista diriee su 
rumbo hacia nosotros v cruzaró el arrovo Fravle Muerto 
probablemente por la Picada de Suárez. Se han enviado 
descubiertas a ese rumbo, y se dispone formar una pe¬ 
queña columna de cien hombres a cuvo frente se colo¬ 
cara el Comandante Amestov. Cuando la distancia que 
nos separa de Urrutia se hava reducido, y prolongado 
la oue a él lo separa de Meló, el Comandante Amestoy 
se dirigirá sobre la Picada de Suórez, a fin de provocar 
el combate con la vanguardia irubernista ha.sta obligar 
a todo el eiército a pasar la Picada y hacerse perseguir 
en dirección al Paso de Aguiar. 

La División, entretanto, esper-ará a Amestoy en la 
margen opuesta del Fravle Muerto, donde él deberá in¬ 
corporársenos después de haber dejado en los pantanos 
del Hincón de Aguiar al ejército gubernista, con sus 
autos, carros y camiones. 

Aprovechando las ventajas que nos proporciona la 
agilidad de nuestras fuerzas y la probada resistencia 





física de nuestros soldados, marcharíamos precipitada¬ 
mente sobre Meló —entre cuyos guardadores sabemos 
que imperar el miedo,— y a la cual sorprenderíamos al 
amanecer del día siguiente. 

De este modo, la marcha que Urnitia va a tardar ocho 
días en hacer, la realizaríamos nosotros en una noche, 
provocando en ellos el lógico desconcierto que nuestros 
fusiles aumentarán hasta su entrega o dispersión. 

Ocupada la ciudad, apenas nos detendríamos allí hasta 
cumplir las más elementales exigencias de la guerra, pa¬ 
ra marchar inmediatamente hacia el sur buscando la in¬ 
corporación de los revolucionarios de Treinta y Tres. 

Calculadas las distancias; la capacidad de resistencia 
física de nuestros hombres; la posición de los ejércitos 
gubernistas; la pesadez de sus marchas y el estado mo¬ 
ral y material de la guarnición de Meló, el plan del Co¬ 
ronel Silveira que el General Muñoz aprueba íntegra¬ 
mente, pues él es también baqueano en el departamento, 
debía cumplirse con toda felicidad. 

Habríamos dejado muchas leguas al norte, a nuestra 
espalda, a los cinco ejércitos gubernistas en campaña 
contra nosotros, y obtenido un éxito militar cuyas con¬ 
secuencias morales en el espíritu del país, serían extraor¬ 
dinarias. 

La noticia de nuestra marcha victoriosa hacia el sur, 
levantaría al espíritu público, y señalaría nuestro rumbo 
a las'aisladas columnas revolucionarias que comenzarían 
a realizar su incorporación con nosotros. 

El descanso y la seguridad de que al otro día no se 
ha de marchar, prolongan la luz de los fogones en el 
campamento recogido, como ninguno de los que hemos 
ocupado, en los cerrados senos del monte del Río Negro. 

La vanguardia ha encendido los suyos bajo los árboles 
de la orilla que marca el límite del departamento de Ta¬ 
cuarembó; el Cuartel General y el Estado Mayor, en el 
apretado semicírculo que el río describe, con anchas la¬ 
gunas, sobre un lecho de arena que bordean los despei¬ 
nados sarandíes. Perdida de nuestra vista por las ba¬ 
rrancas que los espinillos ensombrecen, la División ha 









— 250 — 


extendido sus fogones ya, sobre los eampos de Cerro 
Largo. 

Sobre una lejana y áspera cuchilla que cierra el pai¬ 
saje en la noche luminosa de estrellas, junto a las formas 
desvanecidas de las casas del ciudadano Lidio Silvera, es 
un centinela de luz en la oscuridad callada, el fogón de 
la guardia que comanda el Capitán Juan Muniz. 

La cena frugal, carne asada en las brasas, ha termina¬ 
do, y aún en los fogones se prolongan los diálogos mien¬ 
tras el mate comienza de nuevo a recogerse en el hueco 
de las manos. Por el blando piso ya andan las lentas 
rondas de los centinelas, y cae desde la elevada copa del 
sauce la luz de las estrellas. 

Las últimas noticias recibidas muestran a los jefes el 
fracaso del movimiento revolucionario en todo el país. 

Alguien nos ha traído los primeros diarios que leemos 
desde que montamos para la guerra. Bien sabemos que 
sus informaciones sobre la Revolución deben ser admi¬ 
tidas con grandes reservas, pues provienen de fuente 
gubernista y su espíritu no puede ser otro que el de 
mostrar al país como totalmente pacificado. Pero aún 
así mismo, ciertos hechos y nombres nos dan la amarga 
certidumbre de que todo está perdido. 

Nuestros compañeros de Colonia y Soriano, bajo el 
mando de Ovidio Alonso y González Viera, ya se han 
batido bravamente en Paso Morlán, entregando algunas 
nobles vidas a la causa libertadora. Pero su sacrificio ha 
sido dolorosamente estéril, pues nadie se les ha reunido, 
ni ha intentado protegerlos. 

Las listas de ciudadanos reducidos a prisión en Mon¬ 
tevideo y en el interior, demuestran que será en vano 
esperar una acción vigorosa de la opinión revoluciona¬ 
ria. La casi totalidad de los que serían los indicados 
para organizaría y dirigirla, están en las cárceles; los 
demás e\i el destierro y algunos, los menos, sin que se 
sepa dónde se ocultan ni qué hacen. 

No hay noticias del jefe batllista; como no sea la 
certidumbre de que no se encuentra en campaña al frente 
de una columna revolucionaria. 




Los inforaes recibidos por radio cuando levantába¬ 
mos el campamento en la Picada de las Piedras, han sido 
desmentidos; no se ha pronunciado por la Revolución 
ningún contingente del ejercito, ni de la policía. 

Villanueva Saravia, a quien el comentario público atri¬ 
buía antes del movimiento un poderío militar impresio¬ 
nante, ha logrado reunir unos trescientos paisanos y 
ubicarse al norte de Cerro Largo, en pie de guerra. 
Pero sin buscar ni desear contacto con nosotros, ha su¬ 
frido el bombardeo de los aviones gubernistas; y ante esa 
presión, se nos dice que se ha dirigido a Terra haciéndole 
saber que es neutral en la lucha. El Gobierno, por su 
parte, no ha querido comprender, esa extraña neutrali¬ 
dad, y le ha impuesto la inmediata disolución de sus 
contingentes. 

En tales circunstancias, ¿qué esperanza abrigar, aun¬ 
que arrojáramos a nuestros compañeros al más esfor- 
lado sacrificio t 

No tenemos munición; nuestras armas no alcanzan pa¬ 
ra dotar de ellas a todos los soldados; no llevamos más 
dineros que los escasos que cada uno ha podido quitar a 
la pobreza que dejó en su propio hogar; no nos acom¬ 
paña en el país, ni siquiera una intensa propaganda es¬ 
crita, dirigida desde Buenos Aires, con cuyos efectos 
pudiéramos contar en el caso de internarnos en el centro 
o el sur de la República. 

Y para que el sentimiento del total abandono en que 
nos hallamos, no deje ningún apretado resquicio a la 
esperanza, llega al campamento un amigo del Coronel 
Silveira, en cuya sensatez y veracidad hace plena fe el 
jefe batllista. 

Aquél acaba de abandonar el ferrocarril en que ha 
viajado normalmente desde Montevideo a Cerro Largo. 

Durante los primeros días de nuestro levantamiento, 
la Capital ha vivido horas de agitada expectativa sobre 
la suerte de la República, cercando al Gobierno en un 
temor que sus propias precauciones denunciaban. 

Pero nadie se ha lanzado a la calle a gritar su solida¬ 
ridad con los paisanos que ya van por el campo, lu- 








— 252 — 


chando por la libertad de todos. Ya a esas horas varios 
días después de estar el país convulsionado, Montevideo 
se ha distraído de estas vidas que se están ofreciendo 
por librarla de la ignominia de una Dictadura, porque 
unos cuantos futbollistas han conquistado para el Uru¬ 
guay ese título de campeones del deporte, que nos colma 
de alegría y ya va pareciendo que es la más alta y no¬ 
ble aspiración de la República. 

El valor criollo; la inteligencia de la raza; la hidal¬ 
guía, el orgullo; el ánimo ardiente, vencedor de con¬ 
trastes; el sentimiento del sacrificio de la individualidad 
para que triunfe el armonioso y justo equilibrio del con¬ 
junto; el amor a la patria, que pone fuerza insospechada 
en los pies y lágrimas de emoción en los ojos; todas nues¬ 
tras más puras virtudes se las llevan a lucir por el ex¬ 
tranjero nuestros futbollistas, mientras Montevideo se 
agolpa en las calles y plazas oyendo a los altos parlantes 
que la electrizan de angustia hasta el llanto, con la na¬ 
rración prolija de la dramática lucha en la que se está 
jugando el honor de la República. 

No importa que en Paso Morlán hayan caído muertos 
y heridos, ciudadanos a los que balas mercenarias aba¬ 
tieron; nadie sabrá ni recordará que en aquella cuchilla 
se estaba ofreciendo a la muerte, la vida de Francisco 
Espinóla (hijo), uno de los cerebros más nobles y pode¬ 
rosos de la literatura del país. No importa que cente¬ 
nares de hombres hayan abandonado sus tranquilas vi¬ 
das, para restablecer la libertad y realizar la justicia en 
un día que muchos de ellos no verán, por que desde el 
cielo las bombas enemigas les cegarán de muerte los 
ojos. 

¿Quién sufre por ésto y porque en el Uruguay Terra 
haya quebrado una tradición honorable de vida cívica 
y moral, si de nuevo somos campeones de fútboll? 

El valor criollo, la inteligencia, el espíritu heroico, 
se han salvado. 

¡Vuelen las campanas; abrácense los hombres; lloren 
las mujeres. El rico ama a esos muchachos del pueblo 








— 253 


que, lejos, honran a la patria; el pobre olvida que ma¬ 
ñana lo espera el taller, donde lo explotan... ! 

¡Qué incontenible, estruendosa alegría, sentirse uru¬ 
guayos, campeones de futboll! 

Bajo la luz que las estrellas están derramando calla¬ 
damente sobre el Río Negro; perdido en la ligera som¬ 
bra de los espinillos; envuelto en la tibia arena, Marcos 
Mieres está muerto. 

Marcos Mieres, peón de estancia... Marcos Mieres... 
¿Quién lo recordará? 

El motor de un auto puebla de multiplicados ecos las 
oscuras galerías del monte, y a#poco nos avisan que 
han llegado al campamento tres amigos: Gonzalo Arrar- 
te, un hijo suyo, y Juan José Gari. 

Trae el primero, proposiciones de paz que el General 
Urrutia le ha hecho concretamente, pidiéndole que las 
trasmita al comando revolucionario. 

Nosotros tenemos una opinión tan arraigada del cré¬ 
dito y atención que merece la palabra de ese servidor 
de la Dictadura, que por primera vez desde que forma¬ 
mos en la División Cerro Largo, permanecemos al mar¬ 
gen de la deliberación de los jefes. 

Es en el fogón del General Muñoz en donde se realiza 
la entrevista, a la que asisten además del jefe, los ciu¬ 
dadanos Arrarte y Gari y el Coronel Silveira. 

El campamento se ha dormido; sólo brillan bajo las 
pesadas sombras de los árboles, el fogón del Cuartel Ge¬ 
neral y el nuestro. 

Era ya cercana la medianoche, cuando vemos avan¬ 
zar hacia la salida de la Picada al grupo de los viaje¬ 
ros, y nos adelantamos a despedirlos. Va con ellos el 
Coronel, quien nos dice, mientras vamos andando entre 
los guerreros dormidos sobre el recado: 

—El señor Arrarte nos ha traído unas proposiciones 
de paz del General Urrutia, a las que hemos contestado 
con el General Muñoz, después de considerar la situa¬ 
ción del país. Vd. habrá visto que los ferrocarriles con¬ 
tinúan corriendo en todas las líneas, sin ninguna inte¬ 
rrupción; que los ejércitos gubernistas se mueven sin 








— 254 — 


ser molestados por ninguna fuerza nuestra de alguna 
entidad. Todo nos muestra que en el campo estamos so¬ 
los, y en la capital no podremos contar con ningún 
apoyo. 

—Esa es la verdad, por desgracia. 

—Nuestra proyectada marcha sohre Meló no nos apor¬ 
taría, pues, las ventajas morales que nos prometíamos de 
ella. Porque una vez internados en el centro o sur del 
país, ¿cómo proseguir la lucha si no tenemos munición, 
ni esperanza de que nadie nos secunde ? Precipitaríamos 
a nuestros compañeros al sacrificio, sin haber cambiado 
en nada el curso de 1^ guerra. 

—Hemos esperado un tiempo más que suficiente para 
provocar la acción solidaria del país, y ésta no se ha 
producido, ni ya parece posible que se produzca, i Qué 
garantías ofrece el general gubernistat 

—El mismo ha declarado al señor Airarte, que no 
duda de que algunos regimientos estuvieran comprome¬ 
tidos con nosotros; pero es evidente que en caso de ha¬ 
berlo estado, no han cumplido su compromiso, ni lo 
cumplirán ya. Nos propone la disolución de la columna 
y su desarme, aconsejando que nos ocultemos unos días 
los responsables del movimiento, en la certidumbre de 
que aún cuando él sepa nuestra ubicación, no nos hará 
molestar. 

—¿Y nuestras armas? 

—^Nos propone que le dejemos algunas, viejas, en el 
lugar en donde desarmemos a la División. 

—¿Le contestaron afirmativamente? 

—Vd. comprende que con esas proposiciones se ase¬ 
gura el regreso tranquilo a sus hogares de los compa¬ 
ñeros en la campaña, sobre quienes no recae, ni puede 
recaer, la responsabilidad que nosotros asumimos. 

—En la situación de aislamiento en que nos hallamos, 
convencidos de la imposibilidad de hacer vacilar al Go¬ 
bierno, debe ser, sí, nuestra fundamental preocupación, 
la vida y tranquilidad de los que tan generosamente nos 
han acompañado. 

—Eso es lo que ha decidido nuestra respuesta acep- 


II 









tando las bases de paz que se nos proponen. En cuanto 
a nosotros, personalmente, marcharemos rumbo al Brasil. 

Junto a su auto sobre las barrancas de la Picada de 
las Piedras, en donde habían de quedar el resto de la 
noche para partir a la mañana siguiente llevando la res¬ 
puesta a Urrutia, dejamos a los amigos y regresamos 
a tendernos en los recados. 

• • # 

La mañana se está levantando diáfana y alegre en el 
cielo que, como una invertida copa azul derrama su luz 
sohre el río, donde ya suenan las voces de los guerreros 
y andan los caballos. En el espacio abierto del monte, el 
viejo sauce criollo es un ligero toldo verde y luminoso 
bajo el que se enciende el fogón del Estado Mayor. 

A pocos pasos de distancia, en el principio de un sen¬ 
dero que sube las barrancas montuosas, el General habla 
en el círculo de sus ayudantes. 

Alguien ha esparcido en la División el rumor de que 
se nos han enviado por el jefe gubemista proposiciones 
de paz, y sólo turba la alegría con que se acoge la no¬ 
ticia, el pensamiento de que vamos a separarnos sin 
haber visto al enemigo con sus guerrillas tendidas. 

Olvidados de la lucha, entre nosotros está sonando la 
pena de saber que en el campamento hay un padre que 
abandonó su hogar dejando en él a un hijito enfermo, y 
que aún ignora que el niño murió mientras él estaba au¬ 
sente. Nadie se atreve a nublar la tranquila confianza 
del escribano Fernando Guerrero, volcando sobre su al¬ 
ma tanto dolor. 

Estamos esperando la llegada del comisario Zarza, el 
mismo que apresáramos en Cerrozuelo a las fuerzas de 
JBarbadora, y a quien hemos enviado a buscar, pues se 
nos ha dicho que teme por su vida en la División. 

Cuando el policía prisionero llega, ya estamos con el 
Coronel acompañando en el mate amargo a Basilio Mu¬ 
ñoz y hasta allí se le conduce. Niega el hombre el temor 
que se le atribuye y encuentra fáciles y cálidas palabras 







. — 256 — 

para expresar la tranquilidad de espíritu y la gratitud 
con que marcha entre los soldados revolucionarios, que 
no han herido ni del más leve modo su dignidad humana, 
ni su presunta adhesión al gobierno al que servía hasta 
el momento de ser tomado prisionero. Y aunque él insiste 
en demostrar que nada teme ni Je molesta en el escua¬ 
drón encargado de su custodia, el General Muñoz lo in¬ 
vita a marchar y campar entre nosotros, acompañado del 
guardia civil con quien se le apresó y al que se ha per¬ 
mitido que sirva al comisario de. asistente. 

Nadie dijera, viéndole la alegría del rostro, la desen¬ 
vuelta espontaneidad de la expresión, ni oyendo la ge¬ 
nerosa cordialidad con que los jefes revolucionarios le 
hablan, que aquel hombre era un prisionero de guerra. 

Ya no bastan las menudas hojas del sauce a detener 
el pesado sol de la mañana, por lo que Vicente ha im¬ 
provisado una ligera carpa con nuestro poncho de ve¬ 
rano. Porque en la División Cerro Largo no se vieron 
nunca las alegres manchas de las lonas extendidas dando 
abrigo y sombra a los guerreros. Tendidos en el sueño, 
o reunidos en las ruedas del. mate amargo junto al fo¬ 
gón, nadie supiera quién era el jefe, cuál el soldado, 
entre aquellos que, todos por igual, no tenían más techo 
que las combadas coi>es de los árboles iluminados de 
estrellas o sosteniendo el peso de un sol de fuego; sen¬ 
tados en el suelo, sobre los blancos cojinillos, sin uni¬ 
formes, galones ni sables. 

No se oyeron nunca las guitarras de los payadores, 
ni la voz del canchero anunciando los tiros de taba. 

Todo el tiempo ha sido en los campamentos para 
descansar de las extenuantes marchas, atender los ser¬ 
vicios de la guerra y ensillar de nuevo para seguir an¬ 
dando. 

Recién en esa clara mañana del domingo, los hom¬ 
bres bajan sin prisa a bañarse en las anchas lagunas del 
río; se olvidan del tiempo en las ruedas del mate amargo, 
o van y vienen por los fogones avivando los diálogos de 
los amigos. 

Estamos esperando la respuesta gubernista que han 









de traernos los mediadores, y no ha de marcharse hasta 
qne ellos no llegnen. 

Bajo nuestra reducida carpa, buscamos alejar del es¬ 
píritu la melancolía que sobre él se tiende, como un 
atardecer de otoño, toda ver que el pensamiento des¬ 
cansa de las inmediatas preocupaciones de la guerra; 
y nos acostamos sobre el recado para distraernos en la 
lectura de Shacha Jegulev. 

El campamento descansa en la certidumbre de que el 
enemigo se encuentra lejos y de que la paz es cuestión 
de horas; las que tarden en ir al alcance de Urrutia y 
regresar los mediadores. Por eso siente acercarse el avión 
por el cielo silencioso de la tarde, y apenas si los solda¬ 
dos obedecen a la voz de los jefes que les ordenan ocul¬ 
tarse en el monte y preparar las armas. 

Nadie espera el ataque de aquellos mismos que nos 
han hecho llegar sus proposiciones de paz. Calculadas 
las horas que han transcurrido desde que partieron los 
mediadores con la respuesta, de que han sido aceptadas 
las condiciones de nuestro desarme, y la distancia que 
han debido recorrer para alcanzar al ejército de Urru¬ 
tia, lógico es pensar que este aviador que viene volando 
sobre el Río Negro, ya haya recibido informes sobre 
la situación de armisticio de hecho en que nos hallamos. 
Para eso disponen los gubernistas de los más veloces y 
modernos medios de comunicación. 

Desde la sombra de los espinillos o apenas protegidos 
por un grueso gajo del sauce criollo que traza una recta 
oscura sobre la tierra, los guerreros continúan llamán¬ 
dose y hablándose con altas voces, mientras aún siguen 
llegando a las lagunas del río, los que vienen a dar de 
beber a sus caballos. 

Nadie ha pensado en apagar los fogones y apenas si 
los caballos se han recogido en la orilla de sombra del 
monte. 

Cruzábamos nosotros el espacio abierto de nuestro cam¬ 
pamento, cuando nos encontramos con Segundo Muniz 
que iba, al tranquilo paso del caballo, hacia la salida de 
la Picada. 







— 258 — 


—i Vas a la pulpería? — le preguntamos. 

—No, voy aquí no más, al campo limpio. 

—^Viene el avión. ¿No sientes que ya está muy cerca? 

—Sí, por eso voy a mirarlo, campo afuera. Ya vie¬ 
ne ahí. 

—¿Te parece mejor esperarlo al descubierto? 

—Ah, sí. Hasta luego; ya se nos viene encima. ¿Tirará? 

—Nos han propuesto la paz. Hasta luego. 

Pareció que el monte temblaba; que un pedazo de 
cielo había caído y rodaba sobre las aguas del río, con 
sordos ecos. 

Los caballos levantaron los sonoros hocicos; más allá, 
se acallaron las voces alegres de los hombres. Siguió un 
grave silencio del paisaje, que los motores sacudían 
estrepitosamente. 

Las miradas estaban puestas en las copas de los ár¬ 
boles; los labios callados; las manos en las armas. Y de 
nuevo, como por un cañón cercano, se sacudió el cielo, 
el monte, la tierra y el río. 

—Es con nosotros... —dijo una voz. 

—¡Nadie se mueva! ¡Apunten! 

No podemos verlo; pero le sentimos volar velozmente 
sobre el campamento; sus ecos se derraman con pesa¬ 
dez y desde la altura, hienden las copas de los árboles 
y se multiplican en las bóvedas sombrías. 

Pareció la furia de un cícople estallando en la lla¬ 
nura; repitiéndose en el monte; alejándose por los so¬ 
noros senos de los cañadones. 

El silencio de la tierra tenía una sensación de asombro 
patético, ante aquellos estampidos que lo despedazaban. 
El relincho de un caballo fué como una apretada herida 
sonora por donde se escapó la angustia. 

—Nos está viendo. 

—No esperen la orden; si baja un poco, ¡fuego so¬ 
bre él! 

Los motores muerden rabiosamente al silencio; van, 
vienen, giran sobre nosotros; parecen alejarse entre re¬ 
zongos de furia, hasta que de pronto, heridos de des¬ 
pecho por aquella mudez con que el paisaje ahoga sus 












259 — 

écos, lo golpean de nuevo, en el cielo, la tierra y el río. 

—¿Pegará? 

—Fue en el rumbo en que está la División. 

—Cayó en el campo. 

—Todavía está ahí. 

—Nos busca. 

Pero no; es el río entre las barrancas; son las bóvedas 
de los espinillos y los surcos de los cañadones, que nos 
acercan sus ecos; el avión ya sigue las curvas del Río 
Negro, trazando desde lo alto una paralela con la franja 
verde del monte en la llanura. 

Sin embargo aún sentimos el último estallido de la 
bomba que acaba de arrojar, como un trueno cercano. 

—Se despide el hombre... 

—Hasta mañana, valiente. 

—Si estos aviadores no mueren de grippe, lo que es 
de bala están libres. Con esa altura... 

—i Los temerarios aviadores gubernistas I 

Ya volvíamos a los fogones, cuando los soldados pre¬ 
guntaban aún; 

—i Y es ésta la paz de Urrutia? 

—Será la última vez; no habrán tenido aún comuni¬ 
cación. 

Momentos después, el ciudadano Julio Lauría llegaba 
al campamento a abrazar a su hijo, soldado de la Revo¬ 
lución, y nos describía los tremendos efectos de las 
bombas en los árboles del monte. Y ante la duda de burla 
con que se acogían en el Estado Mayor sus informes so¬ 
bre los proyectiles gubernistas, impacientábase el narra¬ 
dor y reanudaba, apasionadamente, la descripción mi¬ 
nuciosa de todos los daños que él había observado en la 
tierra y en los espinillos. 

Traía para enseñarnos trozos de hélices, de espoletas, 
sucia metralla que había desgarrado el tronco de un 
ceibo; pruebas inequívocas de la perversidad con que 
Terra mandaba ultimar a los ciudadanos que luchaban 
por una libertad que él arrebató de modo artero; man¬ 
dato que unos hombres jóvenes cumplían, con una saña 







— 2«0 -- 


b 61 o comparable a la inaudita prudencia con que para 
emplearla se elevaban hasta más allá de las nubes. 

Basilio Pereira, asistente del General, ofreció un mate 
al Comandante Muñoz, diciéndole: 

—¿No ve. Comandante; si por este bicho dejo el fo¬ 
gón y voy a echarme, se me derrama el agua de la cal¬ 
dera! ¡Si no pegan a nadie... 1 

—Para otra busque un pozo, Comandante, —dijo, 
riendo, el Coronel Silveira. 

—¿Por qué, compañero! 

—¿No vió que quando Vd. invitó a su cuerpo a acos¬ 
tarse, como lo hizo boca arriba, le quedó el vientre co¬ 
mo una barranquita! 

—^No se ría, tiene razón, —^bromea Nicolás Muñoz. — 
Para la otra lo aplasto con una piedra. 

—Ya no vendrán más, —pronunció uno en voz alta; 
el pensamiento que estaba en su frente, reconcentrado. 

—estas horas debe estar en el ejército gubernista 
el mediador. 

Tornó el silencio a curvarse en el cielo desnudo de 
nubes; quebróse la cercana laguna del río con el cuerpo 
de los guerreros bañándose. Bajo los sarandíes de la ori¬ 
lla se elevaron las blancas columnas de humo, serenas 
como la tarde, y por el monte sin pájaros, corrían las 
voces ágiles de los hombres que ya empezaban a pre¬ 
parar la cena. 

Así se va la tarde y se nos viene la noche, que el 
lucero puntea con una luz más pálida que aquellas que 
los fogones levantan en el círculo de sombras del cam¬ 
pamento. 

En la rueda del fogón, prolongada después de la 
cena, domina la tristeza por lo que ha de suceder ma¬ 
ñana. Ocho días hace hoy, domingo, que a estas mismas 
horas íbamos trotando por los campos de Cerro Largo, 
alegres de esperanzas, imaginando las calles y los ca¬ 
minos del país, erizados de gritos de rebelión contra la 
Dictadura. Todo dolor; todo otro deber; lo que más nos 
une a la vida y lo que de ella quisimos hacer; la angus¬ 
tia de las que nos despidieron con amorosos brazos, se 



— 261 — 


lo llevó de la frente el viento del atardecer qne hizo 
flamear como ágiles banderines las puntas de nuestro 
pañuelo, sobre las sierras de Guazu Nambí. 

Regresaríamos o no; pero aunque quedáramos para 
siempre en el campo, una madre podría decir, en la tem¬ 
pestad de su dolor, dulcemente: no estaba seca en su 
corazón la vieja semilla de la que nació mi alma, ni 
aquélla, más cercana, que en mí germinó para que él 
naciera. Un hijo quedaba para que mañana, cuando su 
espíritu mozo vacilara entre las sensualidades de la vida 
y el áspero deber de luchar por la justicia, el recuerdo 
del padre le condujese, como una mano tiernamente te¬ 
naz, por en medio de las llamas hasta realizar su virtud. 

Una hora más de descanso para el que se dobla, dé¬ 
bil como un junco, en el taller; la sombra de un árbol, 
el abrigo de una casa, el peso de un niño en las rodi¬ 
llas, para el que hoy desfallece en la desolación de los 
cercados caminos; vuelo no aprendido aún de un íntimo 
pensamiento de mujer, libre y puro, entre los prejuicios, 
más duros que el acero, de los hombres; fugaz instante 
de desnudos ojos para mirar el real milagro de las for¬ 
mas del mundo, y liberados labios para cantarlas; la 
más humilde realización de estos sueños, bien valía la 
imperturbable mudez de nuestros labios y la quietud por 
siempre de nuestras manos. Porque la vida habría sido 
un hecho, aunque para alcanzarlo se arrojara a la muer¬ 
te. Y aquí estamos ahora, rodeando la viva luz del fo¬ 
gón que ya mañana no se encenderá, porque la indife¬ 
rencia, la fatalidad de los sucesos o la incomprensión 
del momento, fueron frías cenizas que en nosotros apa¬ 
garon a las llamas de la esperanza. ¿Cuándo ha de re¬ 
nacer en estos seiscientos hombres que, como nosotros, 
están revisando las horas de cansancio, angustias y tra¬ 
bajos, en esta última noche de campamento? 

La arena del piso ensordece los pasos con que vamos 
acompañando al Coronel hacia el bosquecillo de saran- 
díes en donde están tendidos nuestros recados. En el 
fogón del General todavía se oyen las voces del Coman¬ 
dante Olivera y del Teniente Alberto Muñoz. 




— 262 — 


Los centinelas van, silenciosos, jalonando de punti- 
tos rojos las rectas de sus guardias. 

En el tronco de un árbol la sombra de un guerrero 
se mueve y habla a media voz, dormido. 

Hay más luz en la laguna del río, que en la llanura 
del cielo. 

Lejos, el balido de un toro afirma en el silencio su 
orgulloso dominio; cerca cantan los grillos, estrellas de 
sonidos en la tierra. 


— Mayor... Mayor... 

— ¿Quién habla? 

— El Teniente Azpiroz, a sus órdenes. 

—¿No es Vd. el jefe de la guardia? 

— Sí, señor. Aquí está el compañero Sofío Díaz, que 
llega a presentarse. 

—i>h! Coronel, Coronel... 

— ¿Hablaba? 

—Buenas noches, Coronel; soy Sofío. 

— Ya sabía que no ibas a faltar. ¿Cómo te fué? ¿Has 
caminado mucho? 

—El lunes salí de Montevideo. Los he andado per¬ 
diendo por horas. Antes de salir el sol estuve en Cerro- 
zuelo, al día siguiente de la noche que ustedes pasaron 
por allí. 

—¿Y no te prendió Barbadora? 

— El se retiró precipitadamente al sentirlos a Vds. 
Esa mañana bajé hasta el Paso de Tío Antonio, en donde 
me uní a la gente de Perdomo. Allí sí llegó Barbadora, 
que iba retirándose al sur de Cerrozuelo. Les tendimos 
una guerrilla de doce hombres a cien de ellos, y así 
estuvimos, sin que vinieran, casi tres horas. Como a las 
doce llegó Barbadora con dieciocho camiones y nosotros 
nos acercamos con una segunda guerrilla como a once 
cuadras de distancia de la linca de ellos. Así estuvimos 
hasta las dos de la tarde, sin que nos atacaran. Pero en 
eso me enteró Perdomo que los oficiales querían entre- 









— 263 — 


garse, y entonces yo levanté a mis compañeros y nos 
fuimos tranquilamente. 

—íPerdomo se entregó? 

—No; él también se fué, con un compañero. 

—/.Cuántos te acompañan? 

—Los mismos que lo hicieron el primer día: ocho. 
Además, el Teniente Enrique Goicochea y su amigo Ro¬ 
sas, que me alcanzaron llegando al Paso del Gordo. 

—¿Está ahí el Teniente? 

—A sus órdenes, Coronel. 

—Mucho gusto, Teniente. Hace días que lo esperába¬ 
mos. El General se va a alegrar de verlo. 

—Muchas gracias. 

—La pena es que llegan tarde; mañana desarmamos. 

—i Qué lástima! 

Las voees siguieron hablando casi en un murmullo... 

El río entre los árboles parece un cielo de amanecer. 

—Mañana conoceremos al Teniente Goicochea... ¡ Qué 
tranquila su voz... I 







CAPITULO xn 


LA TBAICION 


—^Va a llover. Anoche cantaba el “trés-pot”. 

—Tan temprano, este calor... 

—i Marchamos esta mañana! 

—En seguida que lleguen los mediadores. 

—i Se puede decir que estamos en paz! 

—^Desde luego; Urrutia propuso condiciones que fue¬ 
ron aceptadas por nosotros; de modo que, de hecho, es¬ 
tamos en paz. 

—tDe parte de Terra trasmite Urrutia esas condi¬ 
ciones! 

—Es lógico suponer que un General, en asunto tan 
grave, no se aventure a hacer proposiciones concretas 
al enemigo, si no está autorizado para ello. 

—i Y si no lo estuviera! 

—Suya será la responsabilidad. 

—¡Vamos a tener un día bárbaro...! 

En nuestro fogón se sientan esa mañana, Segundo y 
Eulogio Muniz, que han venido desde su escuadrón, in¬ 
vitados por nosotros, a pasar juntos estos últimos ins¬ 
tantes de campamento. 

—^Por fin va a descansar, amigo Gino. 

—^No crea; ya me iba acostumbrando. Lo malo fué 
aquella marcha primera, desde Guazú-Nambí. 

El sauce criollo elevado en el centro del campamento 
del Estado Mayor, reparte su sombra entre el fogón en 
donde el Coronel, el Comandante Muñoz y los capitanes 









— 265 — 


Mujica toman el mate que ceba Cascallares, y el nues¬ 
tro en el que se sientan hombres jóvenes de la ciudad 
y el campo, mientras Juan José va pasando el amargo 
en la alegre rueda. 

A pocos pasos de distancia, el fogón del Coronel se 
anima con el ir y venir de los oficiales que llegan desde 
el otro lado del río donde está campada la División, y 
con las palabras altas y nerviosas del ciudadano Lauría, • 
que ha vuelto a visitarnos para dar a su hijo el abrazo 
de la despedida antes de que marchemos. 

Desde la vanguardia, campada en la orilla opuesta 
del monte, nos están llegando las . novedades de la re¬ 
gión, que trasmite desde la casa de* Lidio Silvera el 
capitán Juan Muniz, jefe de la guardia avanzada. ^ 

—Lauría^ está asombrado epn las bombas. T 
—Dice que son terribles;, que abren en la tierra pozos 
más grandes que una cueva, de, toro, y pican totalmente 
a Ips espinillos. ... r, (., ^ 

—¿yendráufhoy lp5|,aviones,t,,,, 

,.,^Bs seguro que,no^,f, j,,., ; , 

—Lo que soy yo T^iice ,*5egnndo Muniz— no los 
espero en el monte., Ayer salí pampo afuera y loa , estuve 
observando tranquilamente. ^ r: •, 

rr^iA qué distancia cayó ayer la más próximat . t 


mado la División Cerro (Largo, sin, expresarles cólectiya- 
mente nuestra gratitud y , las causas,que determinan el 
abandono dp la lucha armada, ' 

Para sugerir a los jefes este pensamiento) vamos al 
fogón d® Basilio MupoZj .eq^ei quq hallamos también al 
Coronel, y exponemos a ambos las ideas generales sobre 
las cualep entendemos que^,debe redactarse una procla¬ 
ma que será leída a los compañeros en él último campa^ 
mentó. Apruébanlo así los jefes y nos internamos en el 
monte acompañados por Edmundo, que ha de escribir 
h proclama que,nosotros.xedactemps. ^^.^^ 


—Como a cuatro cuad?^,. «í. 

,,Tj-¡Una gran puntería! „„ 

. .Pensamos que no, debemos .pesppdirnos de ., aquellos 
seiscientos ciudadanos cuyo espíritu generoso ha for- 


r» *!í><i r.-^r;íl 



I 


I — 266 — 

Un sendero tortuoso parte desde el sauce criollo; pasa 
junto al fop:6n de Basilio Muñoz; sube la barranca del 
rr»onte y en el se adentra describiendo una curva que se 
anuda alrededor de un grueso espinillo, a cuyo pie cae 
la somb^’a de sus cerrad ho^as Bato iv^a chata nroi^rfa 
abovedada de verdes iluminados, tiernos y sombríos, 
vuelve a partir el sendero en dirección a la arena del 
campamento, abogado por retorcidos gajos y ramas es¬ 
pinosas que obligan a recoger el poncho contra el cuer¬ 
po al pasar. 

Retorcida huella de las aguas del monte bu^’cando al 
río; camino de los trés-pot que baio la bóveda verde 
pasan el fugaz arco iris de seda de su cuerpo; descanso 
de los ganados, del sol ardiente que picanea sus lomos; 
galerías amonedadas de luz, por donde vuelan, flores 
deshojadas, las grandes mariposas; largos caminos de 
hormigas nue en la sombra espesa no advierten la hora 
dei mediodía para el descanso de su tenaz y presuroso 
I ardar. el sendero es una cinta manchada de claros y 

¡ o<?curos. que anuda los retorcidos troncos sobre la ba- 

I rranca circular que cierra el campamento. 

I Lo alfombran espinas, quebradas ramas secas; hojas; 

trozos olvidados de las resacas del invierno; tiernos 
pastos que reverdece e^ room. detenido en la cálida ma- 
ña^m por el abrigo de los árboles. 

► Ni un pájaro en las ramas, ni un ruido en la tierra; 

i’ sombra y silencio en el monte. Sobre las copas, la reso- 

na’^te Hiz del cielo. 

Fl pensamiento se recoge trabajosamente para orga¬ 
nizar las frases oue vamos dictando, porque el espíritu 
j se distrae en el recuerdo de todo lo que esperamos, y se 

frustró, de aquella Revolución, y en las iluminadas fi- 
)| guras de los guerreros que están pasando frente al 

sauce elevado en el claro del campamento, como la in¬ 
signia de los fogones del Cuartel General y el Estado 
Mavor. 

I Cuando terminamos de redactar la proclama, vamos 

J en procura del General, para leérsela. 

El viejo guerrero está vestido ya para la marcha; 







nos pide que leamos en voz alta, a fin de que puedan oírla 
los ayudantes, entre quienes Basilio Pereira continúa ce¬ 
bando el mate amargo. Sin corregir palabra, Muñoz es¬ 
cucha y aprueba el saludo de despedida a nuestros 
compañeros, que dice así: 

A los ciudadanos del Ejército Libertador, oficiales y 
soldados de la División Cerro Largo. 

Compañeros: 

Vuestros compañeros en estos días de trabajos memo¬ 
rables por la libertad del país, se dirigen a vosotros con 
la simple y ruda llaneza de esta vida de rebeldía que 
habéis aceptado con tan noble es1í)iciamo, para informa¬ 
ros de la situación actual del país y del movimiento ar¬ 
mado que hemos sostenido en favor de sus libertades. 

Bien sabéis que sólo atendiendo a dos imperativos 
categóricos, hemos abandonado la tranquilidad del tra¬ 
bajo en el calor del hogar de cada uno: imperativo de 
la inmensa mayoría de la opinión pública del país, que 
manifestó inalterablemente su resistencia a un gobierno 
surgido de la deslealtad y la traición. Y el imperativo 
de nuestra propia conciencia ciudadana que nos impide 
todo tranquilo trabajo y todo hogar feliz, mientras go¬ 
biernen a la República la arbitrariedad y el despotismo. 

Movidos por tales impulsos, os incitamos a la lucha. 
Lo hicimos convencidos de la total responsabilidad en 
que incurríamos ante el país y nuestros partidos. 

Creíamos —y seguimos creyendo — ser la expresión, 
dignificada por la evidencia del desinterés, de los más 
nobles anhelos del país, y de la voluntad inquebranta¬ 
ble que nuestros respectivos partidos políticos han ex¬ 
presado en sesiones solemnes de sus más altas autori¬ 
dades. 

En la madrugada del 28 de Enero de 1985. la H'storm 
verá clarear, entre las sombrns de esta noche de pade¬ 
cimientos que envuelve a la República, las limpias lu^es 
anunciadoras de que permanece y alienta entre nosotros 




— 268 — 


el claro sol que iluminó tantos días memorables de nues¬ 
tra tradición. 

La ‘‘División Cerro Largo'* ha honrado, con la cali¬ 
dad y el número de sus integrantes; con el admirable 
espíritu de sacrificio con que ha cumplido los planes 
militares y políticos del comando; con su austero res¬ 
peto a los prisioneros caídos en su poder; con su con¬ 
ciencia de que combatía por el país y no contra él, ma¬ 
nifestada en la celosa consideración que guardó en todo 
instante al vecino, sin preguntar su filiación política; 
ha honrado, reptimos, la pureza de los principios que 
mueven su esfuerzo. 

Ciudadanos de ella: recoged ese lauro, que es vuestro. 

Los campos de Cerro Largo, Durazno y Tacuarembó, 
han visto el gallardo desfile de vuestra rebeldía, entre 
los ejércitos del Gobierno que quedaban, desalentados, 
contemplando vuestras huellas, mientras esperábamos el 
pronunciamiento general del país, propiciado por vues¬ 
tras marchas, y el recibo de armas y municiones para 
buscar las acciones decisivas. 

Ni uno ni otras han llegado. 

No es vuestra la culpa, ni nuestra. 

Profundas causas que escapan al dominio de vuestra 
voluntad, aunque ésta se esfuerce hasta la muerte; y a 
la nuestra, aunque se arme de todas las previsiones po¬ 
sibles, han producido sus efectos, contrarios a nuestras 
más legítimas esperanzas. 

Aparte de los conocidos movimientos de nobles cama- 
radas de otras regiones, es evidente que las fuerzas del 
Gobierno, armadas con el dinero del pueblo, quitan en 
este momento toda posibilidad de una victoria militar 
a las fuerzas del pueblo. 

Mas no habéis fracasado. 

Vuestro gesto, obscurecido en lo hondo de vuestra 
tristeza por la presencia de los hechos actuales, guarda, 
— estad seguros — como semilla fecunda, la cierta pro¬ 
mesa de que de ella partirá, elevado bajo los grandes 
cielos del país, el árbol de la Libertad. 











Esto os debe y deberá la República en la cercana 
hora que esperamos, de la definitiva justicia. 

Pediros más en este instante, sería sacrificaros cons¬ 
ciente y culpablemente. 

Recoged como vuestro todo el honor de esta jornada, 
mientras los que aquí firman, proclaman como suya 
toda la responsabilidad. 

Que al regreso a vuestro hogar sepan leer en vuestro 
ejemplo los mandatos de una conciencia digna, vuestros 
hijos, ciudadanos de mañana; y que no olvidéis la gra¬ 
titud con que os despiden los que tuvieron el honor de 
mandaros, — no por sus méritos, sino por vuestra gene¬ 
rosa y espontánea voluntad — es nuestro voto. 

Confundidos en el mismo encendido anhelo de liber¬ 
tad, os abrazan con gratitud y cordialidad perennes, 
vuestros camaradas. 

General Basilio Mtiñoz 
Jefe del Ejército Libertador 

Coronel Exequiel Silveira 
Jefe de la División Oerro Largo 

Mayor Justino Zavala Muniz 

Jefe de Estado Mayor 

Picada de los Ladrones, Febrero 4 de 1935. 

Cuando leemos al Coronel el documento que hemos 
redactado y que él aprueba, nos dice: 

—Ordene ensillar. Marcharemos inmediatamente. 

—I Volvió el ciudadano Arrartet 

—Se acaba de ir. ¿Sabe con qué se salió Urrutia, 
ahoraT 

—^No nos hemos enterado, aún. 

—Pues dice que Terra contestó al telegrama que él 
le pasara, dándole cuenta de su gestión, con la orden .se¬ 
vera de desarmarnos y prendemos. 

—^Eso no depende de Urrutia, si no de nosotros. íT 








— 270 


qué piensa hacer él, después de una respuesta seme¬ 
jante ? 

—Mandó decir que él avanzará lentamente dándonos 
tiempo a que nos desarmemos y disolvamos la División. 

—Tenemos entendido que Uds. no entregarán arma 
ninguna... 

—¡Desde luego! No les dejaremos ni aún las inser¬ 
vibles. 

La orden de ensillar se cumple en breves minutos por 
que los guerreros, que saben desde el amanecer que mar¬ 
charemos esa mañana, ya tienen los caballos prontos y 
recogido el campamento. 

Mientras esperamos a que Vicente nos traiga a Clarín, 
estamos atendiendo a las novedades del servicio y juz¬ 
gando los últimos hechos, con el doctor Rincón Artigas, 
el ayudante Athos Viera y Lavalleja Arpí. El ciudada¬ 
no Lauría viene entre los guerreros, abrazándolos con 
ruidosas palabras de despedida; cerca nuestro besa a su 
hijo, que ya está sobre el caballo, y luego pasa entre 
nosotros dirigiéndose a la rueda de los jefes. 

—¡A caballo! 

Miramos alrededor, con el impulso emocionado de 
guardar en los ojos la visión del último campamento 
revolucionario. 

En las orillas de la laguna ya asoman los primeros 
soldados de la División, que están dando de beber a 
sus bestias; más cerca, el General Muñoz, tiene el pon¬ 
cho claro en el brazo cuya mano sostiene la rienda del 
tordillo; sus ayudantes, el Comandante Olivera al fren¬ 
te, ya han montado. 

Aún vemos a Julio Lauría hablando con el Coronel 
Silveira, que ya tiene a su rosillo por la rienda; hacia 
la izquierda, bajo los espaciados zarandíes que apenas 
si sombrean una pequeña barranquita de arena sobre el 
río, un hombre se ha sentado y parece aún dormido. 

—ii Quién es aquél que todavía está a piet 

—^E1 Teniente Goicochea, — nos contesta un ayu¬ 
dante. 

Hacia la salida de la Picada, los hombres que la noche 











anterior han llegado con Sofío Díaz, y los demás com¬ 
pañeros del Estado Mayor, ya están formando la colum¬ 
na. Los hermanos Muniz, Gino, el Teniente Silvera y 
Edmundo, forman un grupo a nuestro frente. 

Sobre la arena resplandeciente ya no quedan ponchos 
ni cojinillos; de las sombras de las pequeñas barrancas, 
apenas si se alzan lentamente las columnitas de humo 
de los fogones apagándose. 

Arriba un pesado cielo de tormenta. 

¡El último campamento revolucionario! Las visiones 
de estos días de guerra que han desfilado por nuestro 
espíritu, lo han insensibilizado para la fácil emoción; 
estamos mirando pasar las figuras de los guerreros, con 
una amarga serenidad que no tiene palabras. 

—¿Oyó? Ahí viene... 

—¿ Quién t 

—Escuche; todavía viene lejos, pero ya se le sienten 
los motores. 

La voz del Coronel se alza, ruda, sobre el murmullo 
que los ecos del avión, aún lejano, ha levantado entre 
nosotros. 

—¡Pie a tierra... I ¡Escondan los caballosI 

Sin apuros nerviosos; con pesado desgano; entre fra¬ 
ses despectivas o palabras de burla, vamos echando pie 
a tierra y alineando a los caballos en la sombra que 
los cspinillos voltean sobre las pequeñas barrancas. 
Unos los atan en los gajos; otros los tienen de la rienda; 
algunos suben por los senderos que se internan en el 
monte y se sientan a liar un cigarro casi bajo la inclL 
nada cabeza del caballo. 

A nuestro lado pasa Basilio Pereira; la bombilla del 
mate en los labios, la caldera en la mano. 

Gino se ha recostado en el sauce y mira, con su lenta 
mirada, el cielo luminoso que se abre sobre su cabeza; 
el Teniente Goicochea viene atravesando el trecho des¬ 
cubierto del campamento. 

El silencio del campo comienza a sacudirse por el 
golpe de los motores que se acercan velozmente. 

Vamos pasando entre los caballos que los guerreros 




^ 272 — 


han escondido en la orilla del monte, hasta encontrar el 
espinillo a cuya sombra redactamos la proclama de des¬ 
pedida. 

Ya nos tendíamos sobre la huella que nuestro cuerpo 
había dejado en los tiernos pastos, cuando los asisten¬ 
tes se arrodillan a nuestro lado, mientras Juan José 
dice, bromeando: 

—Vamos a morir aquí, al lado de nuestro Mayor. 

—Son dos los que vienen. ¿Les distingue el ruido de 
los motores? — pregunta Vicente. 

—I Vení aquí, muchacho! — sentimos la voz de enojo 
del General, llamando a uno de sus hijos. 

Sobre el silencio extendido en el monte avanzaban 
los ecos de los dos aviones, sacudiendo el cielo y el 
paisaje que el sol elevado quemaba. 

—Hoy ya no han de tirarnos. 

—Seguramente. Nos han propuesto la paz; hemos 
esperado aquí al enviado de Urrutia y confiados en la 
buena fe de esas proposiciones, no hemos cuidado ocul¬ 
tar la ubicación del campamento. Atacarnos sería una 
infamia, después que han sabido dónde estamos, gracias 
a las gestiones pacificadoras de Urrutia. 

—Son capaces de todo. 

—Esto sería demasiado. 

Se diría que los hombres, las bestias, los árboles, el 
río, la abierta llanura extendida bajo el sol, han enmu¬ 
decido bajo el sacudimiento de aquellos ecos que des¬ 
cienden del cielo de tormenta, cada vez más sonoros, 
más numerosos, multiplicándose y confundiéndose en el 
silencio curvado en las sombreadas galerías. 

Tan veloz como la marcha que ellos vienen haciendo, 
tropel violento que ya parece sacudir la tierra, el espí¬ 
ritu los aguarda, los presiente, en una expectativa a 
cada instante más aguda, que la mudez del paisaje vuel¬ 
ve solemne. 

Ahora se distinguen claramente los de uno y otro 
avión; el primero viene por la izquierda, trazando una 
perpendicular sobre el monte, mientras el segundo, más 
retrasado, vuela siguiendo la línea del río. 



Se acercan... Se acercan... 

Por entre la copa del espinillo se ve un trozo de 
cielo, altísimo, azul puro. 

Los caballos se impacientan y quieren romper los ca¬ 
bestros que los sujetan. La impaciencia levanta a un 
soldado desde un rincón entre salidas raíces y lo lleva, 
arrastrándose, a arrollarse bajo un viejo tronco. Suena 
el cerrojo de un máuser. 

—^Desde aquí podrá verse — dice una voz. 

—I Cállese I — reprende otra. 

Fraj^oroso tropel de baguales enloquecidos que salta 
por la curva del cielo, rueda sobre las copas, cae y corre 
por la tranquila superficie del río; y se lleva las mira¬ 
das atentas, los oídos afsruzados, el espíritu en suspenso. 

Se acercan... Se acercan... 

Hemos levantado el busto, buscando al General y al 
Coronel. Basilio Muñoz está sentado en el declive de la 
barranca cercana a su fogón; en línea recta con él, ve¬ 
mos a Exequiel Silveira a través de los delgados troncos 
de los árboles que forman un bosquecillo circular. 

Los tres estamos formando un cerrado semicírculo 
cuyo centro es el sauce criollo levantado sobre el piso 
de arena. 

Ya parecen llenar el cielo hasta los horizontes, los 
rudos golpes de los motores. 

Se diría que un sombrío presentimiento está pesando 
sobre las frentes levantadas de los guerreros cuyos 
labios enmudecen, y en las testas humilladas de los ca¬ 
ballos, que permanecen con las orejas echadas hacia 
atrás, inmóviles, mientras ruedan sobre unos y otros los 
ecos que pueblan el cielo y el monte. 

— I Ahí pasó uno... cuidado! 

Sí, empequeñecido por la altura resonante, relámpago 
dé luz gris en sus alas rígidas, vimos cruzar uno de los 
aviones por el círculo de cielo que abrían sobre nuestra 
cabeza las copas de los árboles, r. 

El pensamiento es aún más rápido que el ^epidar de 
los motores de este. otro, que viene volando más.bajo, y 






presiente su ruta, el instante en que estará sobre la 
Picada, la descarga... 

Pasa por la frente una idea de fatalidad, como un 
desconocido resorte que pusiera en movimiento a todos 
nuestros nervios; y la voluntad se levanta sobre ellos, 
fría, inquebrantable, con una extraña sensación de algo 
solemne y trágicamente placentero. 

Que no se turben los ojos, ni se conmueva la voz; ni 
un gesto, ni un ademán que no tenga un deliberado 
sentido de utilidad. 

Sobre el silencio de los brevísimos momentos que el 
pensamiento está llenando, queremos nue los asistentes 
sientan miestra voz, tranquila, describiéndoles las frac¬ 
ciones de segundo que ya van a precipitar la tragedia. 
Todavía, en un plano más allá de estos pensamientos, 
hay alguien que acecha dentro de nosotros, que ve el 
más escondido impulso, y nos juzga. 

—Ahí está... 

Los ecos golpean el aire sobre el campamento; se pre¬ 
cipitan sobre nuestras cabezas. Vemos al avión iniciar 
una onda hacia la tiera... 

—^Nos apunta... ¡Nos tiró! 

Volteamos el busto; rodeamos la cabeza con los 
brazos... 

¡Qué sentimiento poderoso de humillación se anuda 
en la garganta, viéndonos con el rostro pegado a la 
tierra, mientras sentimos la vertiginosa perpendicular 
de un zumbido cada vez más sonoro y más cercano. 

El espíritu está, tenso, esperando... 

Zumba, zumba, zumba. Ahí viene la muerte... i Sobre 
quiénes caerá?... ¡ Aquí!... 

Temblaron la tierra, el monte, el cielo. 

¡Qué angustioso silencio!... 

El estallido terrible todavía está sonando en el cráneo 
y dos pensamientos veloces ya han pasado por la frente*, 
no nos hirió; nadie grita. 

—¡Muchachos! ¿están heridost 

—^No señor. ¿Y ustedt 

—Tampoco. i Cuidado, ahí vuelve t 








—¿Cambiamos de lugar, Mayort 

— Si hemos de morir, en cualquier lado es lo mismo, 
Juan José. Pero si Ud. quiere ir... 

— No señor; que sea a su lado. 

— Gracias. 

Miramos hacia donde estaba el Coronel y no vemos 
más que su sombrero; más allá se levanta Basilio Muñoz. 
La falta de Exequial y el silencio que se recoge detrás 
del grupo que separa el lugar en donde está su som¬ 
brero de aquel en que nos hallamos, nos mueve a llamar¬ 
lo esforzando la voz para que sienta más alta que el 
ruido del avión, que aún está volando cerca nuestro. Y 
cuando gritamos llamándolo, dos voces nos contestan. 

— ¿Hay heridos? — pregunta la del Coronel. 

Desde el sendero a cuyo término estamos, la voz de 
Segundo Muniz que nos llama por nuestro nombre y 
quiere encontrarnos entre las paredes obscurecidas que 
los árboles forman a su alrededor. 

Nuestras palabras lo guían, y a poco le vemos surgir 
con apresurado paso, sosteniéndose el brazo derecho dcl 
que cae a chorros la sangre. 

El sentimiento de la amistad que siempre hemos pro¬ 
fesado a este noble muchacho, más fuerte aún que el 
directo parentezco que nos une, extiende nuestros brazos 
para recibir en ellos al herido, cuyo rostro está intensa¬ 
mente pálido, mientras de su brazo la sangre no se de¬ 
rrama, sino que salta copiosa y violentamente: 

— Ya ves, me voy en sangre. Tú sabes mi enfermedad. 

^Véndame. * 

Echamos la mano nerviosa al pañuelo que llevamos 
al cuello, y en tanto ordenamos a los asistentes que lla¬ 
men al doctor Artigas, intentamos, con una torpeza que 
nos angustia, detener aquel caudal de sangre que salta 
del brazo y nos empapa el poncho. 

—¿ Duele? 

— No, no duele mucho. Es que se me va la vista. 

El pañuelo ha dado tres vueltas sobre la herida y 
la sangre, a través de él, sigue goteando interminable¬ 
mente. 














Desde al lado del sauce nos llegan precipitadas pala¬ 
bras de angustia; hondos quejidos de caballos; el golpe 
de otros, saltando entre relinchos desgarrados de dolor. 

Desde la arena; de las barrancas; del círculo de espi- 
nillos, se suceden las voces y son idénticas las palabras: 

—¡El médicoI... ¡El médicoI... ¡El médico!.. • 

Este se ha acercado sudoroso, angustiado, al grupo 
que nosotros formamos, para decirnos que es preciso 
llevar hasta una casa a los heridos, pues él carece de 
medios para atenderlos allí. Y vuelve a alejarse, él tam¬ 
bién alcanzado por la metralla en una pierna, mientras 
siguen oyéndose las voces: 

—IEl médicoI... ¡El médico!... ¡El médico!.. - 

Al lado del sauce suena un tiro. Otro. La voz de Basi¬ 
lio Muñoz grita: 

—¿Qué hiciste, muchacho! 

—^Para que no sufran, papá. 

—¿Qué fué eso, Vicente! — preguntamos. 

—A unos pobres caballos; desde aquí los estaba mi¬ 
rando revolcarse. 

Entretanto, apenas si hemos logrado contener en algo 
la hemorragia de Segundo, cuando el Coronel se nos 
acerca: 

—^Ud. que es más práctico — le decimos — sabrá ven¬ 
darlo. 

Bxequiel toma un pequeño pañuelo y ciñe con él el 
brazo herido, hasta hundírselo en la carne; y la sangre 
cesa, fin, de gotear. 

—C>^ramba, amigo, un hijo de Muniz, entregándose de 
este modo. ¿Qué diría aquel caudillo si lo viera! 

—¡ Segundo!... ¡ Segundo!... i no nos ves! 

No, no nos ve; los párpados le están cayendo pesa¬ 
damente sobre los ojos a los que cubre una tenue opaci¬ 
dad. Tal vez nos oiga aún, porque sus labios se distien¬ 
den lentamente para sonreír. Pero no, tampoco nos oye; 
es que comienza un ronco sonido en la garganta y ha 
abierto la boca para no ahogarse. 

—¡No se entregue, compañero.,, un hombre de su 
razat.«.. 






— 277 — 


Todo parece inútil; la cabeza va resbalando por el 
pecho de Exequiel; los brazos se han vuelto una cosa 
flácida; apenas si logramos mantenerle el busto, apoya¬ 
do en las rodillas del jefe. 

—i Esto faltaba... bandidos I 

—Se nos va, Coronel. 

—¿Es enfermo? 

—^Del corazón. Pocas noches antes de salir para la 
guerra, él nos lo decía en Bañado de Medina. 

—¡Levante ese ánimo, Segundo. Si Ud. va a quedar 
hasta para semilla I 

La voz del Coronel volvía a tomar un tono de simula¬ 
do desprecio, mientras su mano no dejaba de agitar el 
aire con el sombrero, junto a los labios del herido. 

Lentamente, como si volviese de una lejanía que ha¬ 
bía cansado la mirada de sus ojos verdes. Segundo Mu- 
niz los levantó hacia uno y otro de los que le sostenía¬ 
mos, y sonrió con una tranquila bondad. 

—¿No ve, amigo? Si estos blancos se entregan por 
cualquier zoncera... 

El herido comprendió el espíritu afectuoso de la 
broma y contestó, sonriendo; 

—Si no me entregué... Habrá sido un descanso. 

—^Busque caña, Mayor, y traiga; a éste le ha de 
gustar. 

Nos levantábamos ya para ir en procura del alcohol, 
cuando se nos acercó un soldado que, extendiéndonos los 
brazos manchados de sangre, nos dijo como en un tono 
de humilde reproche: 

—¿Y a mí quién me cura? 

La sencillez de aquellas palabras apagadas por el 
respeto; el dolor de su gesto, fueron como una tremenda 
acusación cayendo sobre nuestro espíritu, recordándonos 
que por atender a un pariente habíamos olvidado acudir 
al campamento a cumplir nuestro deber. Y le hablamos 
con las más tiernas palabras, pidiéndole que se sentara 
allí mismo, que ya volvíamos con el médico. 

Vamos cruzándonos con hombres que hablan precipi¬ 
tadamente, mientras van sacando los caballos del abrí- 





— 278 — 


go de los árboles; otros han andado unos pasos y regre¬ 
san con gesto de enojo a buscar el arma que han dejado 
olvidada al levantarse. Este está arresrlando su recado y 
mira, con ojos en los que asoma el odio, hacia el espacio 
abierto del campamento. Aquel va galopando, picada 
afuera, sin contestar a las frases que le gritan los que 
con él se cruzan. ¿Es que huye ese hombre; por qué? 

Bajábamos por el sendero hacia el seno de la barran¬ 
ca en donde aún humeaba nuestro fogón, cuando vemos 
venir un soldado que camina como un sonámbulo, exten¬ 
dido, rígido, el brazo en cuya mano sostiene una botella; 
dura la mirada que el horror de la muerte ha llenado. 

—¡Traiga esa caña! — le decimos con deliberada vio¬ 
lencia al quitarle de la mano la botella, y él se la deja 
arrebatar sin mirarnos, sin hablar, sin detener su paso 
de autómata. 

Pisamos, junto a nuestro fogón, un charco de sangre 
que el vientre desgarrando de un caballo muerto sigue 
ensanchando. Más allá, a la sombra de los pequeños 
sarandíes, un caballito bayo aún ensillado, tiene ya la 
rigidez del cadáver. A su lado, vemos las piernas de un 
hombre; sobre la cabeza y el pecho le han extendido 
piadosamente un cojinillo. 

—i Caramba... ya hay un muerto! — nos suenan las 
palabras en la frente. 

Dando bruscos saltos como si tuviera las manos presas 
por la manea, un caballo rosillo pasa junto a nosotros 
quejándose, mientras la sangre salta a chorros desde 
una sonora herida que lleva debajo del cuello. El ani¬ 
mal, martirizado de dolor y de miedo, alza la cabeza, 
la voltea hacia el suelo; se encoje, se levanta .sobre las 
patas; da un salto, otro, hasta que cae, boleado por la 
muerte, contra una barranca. 

El Teniente Silvera nos alcanza. 

—¿Quién es aquel muerto? 

—El Teniente Goicochea. 

—¿Sufrió? 

—^Parece que no. Tiene una enorme boca en el pecho. 




— 279 — 


—¡Pobre; llegó hoy de madrugada, para morir de 
esta manera! 

—El General está herido. 

—ii Grave? 

—Tiene tres pequeñas heridas; dos en la cara y una 
en la pierna. Pero él se ríe al señalarlas. 

Frente a nosotros Basilio Pereira está sentado, soste¬ 
niéndose en un brazo, abiertas las piernas cuyas bom¬ 
bachas empapa la sangre. 

—A Está muy herido, compañero? 

El nos reconoce la voz, y tuerce lentamente el cuello 
para mirarnos. Las palabras se nos mueren en los 
labios y un odio violento nos golpea en los pulsos, en 
el pecho, en la frente. El noble paisano no puede ha¬ 
blarnos porque tiene una inmensa herida en la mandíbu¬ 
la inferior, que le pone un gesto macabro en el rostro 
cubierto de sanare. .Aouellos oios fulsrurantes con que 
nos mira; el grito salvaje que ha lanzado la boca sobre 
cuyos labios la sangre aplasta la masa negra del bigote; 
aquella carne abierta y maínillada que se abre, roja, con 
una violenta sensación de ferocidad, resumen para nos¬ 
otros toÓM la masrnitud de la traición gubernista y de 
la cobí'rdía de aniiel ataque desde alturas inalcanzables 
para los máusers. Y la piedad por los hombres y los 
animales oue manchan, heridos, muertos, el círculo que 
el sauce criollo sombreaba, se apaga en los vivas llamas 
del od’o, que pone en los labios las más duras palabras. 

Edmundo nos ha visto pasar, y nos llama desde un 
grupo oue se encoore con murmullo de angustiadas voces, 
sobre el cuernn de un hombre cuvo busto desnudo sos¬ 
tienen las rodillas de Exequiel Silveira (hijo). 

—/Oiuén está ahí? — le preguntamos. 

—i\vudanos, llama al médico... se nos muere... iQué 
desgracia! 

—¡Toma, dale caña; a lo mejor no es más que un 
de.«imayo. Y no hables así. Edmundo, puede oírte. 

Pero cuando nos acercamos e inclinamos el rostro so¬ 
ble las e«jnaldas de los conmovidos compañeros, recono- 
mos a Gino; lívido, vueltos hacia adentro los ojos; sal- 









— 280 — 


picado el pecho de estrellas rojas de las qne está ma¬ 
nando la sangre. 

— I Pobre; no ha hecho más que sufrir, desde la prime¬ 
ra noche! 

Los rostros todos se estiran sobre él, cuya cabeza de 
adolescente descansa, pesada, en las rodillas del amigo 
que lo sostiene; un mechón de su pelo negrísimo hace 
un paréntesis leve en la frente de una palidez verdosa; 
también los brazos están punteados de heridas. Le lla¬ 
man en voz baja, con el más suave acento, los labios 
ansiosos; las manos lo sostienen con la prolongada ter¬ 
nura con que un padre acaricia a su hijo; las miradas 
quisieran animarle la vida que se le está yendo por 
aquellos labios lívidos que sólo responden a las voces 
con que le llaman, pronunciando trabajosa y blanda¬ 
mente. , 

—Mamá... Mamá... 

—^Levántalo en seguida que llegue el carro, Edmundo. 

Y mientras tanto, no le quiten el aire; hace un calor 
que ahoga. 

—¿Pero qué hacemos, qué hacemost , 

—^Pueseso... 

—Es que se nos muere, mira, se nos muere*». 

Nos vamos de allí, porque el deber no permite que el 
alma se quiebre de dolor, ni los ojos derramen lágrimas. 

Y sentimos, como si desde que nos levantáramos de 
aquel fogón en donde tomábamos mate con Gino y Se¬ 
gundo Muniz, hasta este instante en que ellos están san¬ 
grando, hubiéramos envejecido rápida y dolorosamente, 
r. Lejos, todavía, se siente al avión continuar bombar¬ 
deando los montes del Río Negro, j. 

Entre nosotros, al espectáculo de la muerte, producido 
por aquel estallido terrible que llegó hasta levantar to¬ 
talmente al caballo del Coronel y tirarlo en el suelo sin 
haber |8Ído herido, ha sucedido un momento de confu¬ 
sión en ©1 que los más débiles montaron a caballo y 
abandonando las armas, sólo pensaron en alejarse i de 
aquella picada antes de que volviera a producirse el 
Ataque Alevoso <|ue Habíaipoa p 







— 281 — 


Pero la imperturbable serenidad de Basilio Muñoz y 
las violentas palabras de Exeqniel Silveira, que así llama 
y ordena, o las de burla con que se dirige a los heridos 
para hacerles reaccionar el coraje bajo el látigo del 
aparente desprecio con que les habla, detienen la impa¬ 
ciencia de los menos, y señalan a todos el deber del 
momento. 

Ya no se acongoja el espíritu, ni se turba un instante 
el pensamiento llevado por la piedad; la voluntad es un 
escudo de insensibilidad contra el que chocan sin pene¬ 
trarnos con su emoción las tremendas visiones, ni las 
doloridas palabras. 

El espíritu se sorprende mirando esta inconmovible 
rudeza con que anda en el cerrado círculo que sombrea 
el sauce criollo, en el que la muerte tiene una tan viva 
imagen de brutalidad. 

La vida se ha desnudado de las más nobles, más armo¬ 
niosas y bellas formas con que el pensamiento ha ido 
aprendiendo a recrearla, como el paisaje moral a que 
aspiró, desde una dorada lejanía de la conciencia en la 
niñez; cuando el alma desfallecía por no saber expresar 
en qué instante de la nube, del atardecer caído más allá 
de la calle del pueblo, en qué perfume o voz de niña en 
la plaza, estaba sonando idéntica música a la que angus¬ 
tiaba la garganta y llenaba la frágil bóveda de la fren¬ 
te, de dormidos sonidos. 

La muerte no es aquí un pensamiento, ni una angustia 
del alma; no nos mueve sombrías meditaciones, ni estoi¬ 
cos renunciamientos; graves palabras, ni gestos humi¬ 
llados. 

No; es algo tan vivo como la vida; forma, imagen, 
hecho, que se expresa a sí misma y sobre la cual hay 
que pasar, mirarla, pisarla; detenerla con una botella de 
caña que la mano pone en los labios lívidos y ellos aco¬ 
gen sin que vean los ojos, ni oigan los oídos. Que nos 
mancha de sangre los pliegues del poncho sobre el pe¬ 
cho; la suela de las botas, que se empapan; las manos. 
Ya es un zumbido pegajoso de moscas revoloteando 
desde el vientre abierto del caballito bayo, hasta el 








— 282 — 


cojinillo que cubre un noble rostro. Está en dos enormes 
ojos verdes, luminosos, hieráticos en la tostada cerviz 
tendida pesadamente sobre las espinas de unas ramas; 
ya la anuncian, un relincho aliebrado, el salto sonoro 
de un chorro que el sol vuelve rojo iluminado como 
una llama. Estas patas; ¡tan ágrdes!. se han extendido 
rígridas sobre la arena y trazan dos blancas palalelas en 
que la luz se quiebra y retorna al aire pesado de la ma¬ 
ñana. Es un gresto de salvaie ferocidad en la quijada 
abierta eriza ahora una dentadura reluciente, como 
si la bestia infeliz hubiese tirado una última dentellada 
a la metralla que le desgarró el cuero y se lo dejó, fláci- 
do, colgando sobre el hocico. 

La anuncian las palabras blandas, con un acento de 
tibieza más tierna que el pecho de una paloma: Mamá, 
Mamá... Los ahogados ronquidos, como un reloj que 
va a pararse y aún continuará sonando en las frentes 
que se inclinan sobre los labios abiertos y pálidos; los 
lamentos de los que están tirados en este hoyo sombrío 
que los espiniHos aprietan. Y aquel grito, que no es 
de hombre, ni de bestia, ni han sentido jamás, como ól, 
tan trágico y violento, los que le escuchan; grito que 
salió de Basilio Pereira que continúa sentado, con sus 
dos piernas deshechas y una boca más grande que su 
boca, bajo la mandíbula, en el cuello. 

Llora Rosas, no su herida si no la muerte de su amigo 
Goicochea; se vuelve rojo o pálido de dolor el rostro 
de Fares Marexiano, el secretario del General, sin que 
BUS labios pronuncien una queja; "tiene un botón rojo en 
el brazo, Falcón, el ayudante; y Alberto Muñoz una 
cinta de sangre en la espalda; de la de Julio Lauría 
sigue manando el líquido que cae y se ensancha sobre la 
piel tostada de sol. Eulogio Muniz se ha salvado mila¬ 
grosamente de un casco de metralla que le ha desgarra¬ 
do el cuello bajo la nuca. 

Edmundo no siente su pequeña herida, porque sus 
nervios no tienen sensibilidad más que para sufrir los 
instantes^ de dolor que sus ojos miran en el rostro de 
su amigo Gino. 


La voz de Basilio Muñoz suena tranquila, paternal, 
entre los aves de los heridos y los ronquidos de muerte 
de los caballos; el Coronel Silveira y el Comandante 
Muñoz, simulan reírse, burlándose de las heridas que 
les muestran; nosotros buscamos las palabras más tier¬ 
nas, más cordiales, que caif^an como una caricia sobre 
el dolor ardiente de los guerreros. 

Pero ninguno, en verdad, está pensando lo que el ges¬ 
to y el acento muestran a los compañeros; por debajo 
está el odio, quemándonos; la compasión y la tristeza 
por no poder hacer más por aquellas nobles vidas sa¬ 
crificadas traidora y cobardemente. 

Todavía se están sintiendo los estampidos, ahora sor¬ 
dos y lejanos como de un cañón, que sacuden el monte y 
se van por el río. Pueden aiín volver los aviones y otra 
vez desde alturas que ningún máuser alcanza, sacrifi¬ 
carnos a los compañeros, aunnuo se nos llenen de odio 
los ojos que los miran, desesperada el alma. 

Ya se siente rodar al carrito por las piedras de la 
Picada, y es preciso acercar a él y subir a los heridos. 

Llamamos a Scírundo Mun^z, a nu^en rod^'^n y cuidan 
sus hermanos, Rebollo y el Comandante Ubilla. 

En escasos labios queda aún la inquietud por montar 
a caballo y alejarse de aquel pequeño espacio que la 
muerte colma. 

—Mayor, ¿cuándo marchamos? Sigue el bombardeo; 
volverán los aviones y nos descubrirán ahora fácil¬ 
mente. 

—Mientras quede un solo herido, y una sola arma en 
el campo, nadie se moverá de aquí. Esa es la orden. 

Pero ya nadie quedará dentro de unos momentos, ni 
arma abandona se perderá en el monte; podemos ahora 
ir a sentarnos junto a Basilio Muñoz y el Coronel, espe¬ 
rando a que los ayudantes avisen que todo está pronto 
para la marcha. 

El General nos acoje bromeando acerca de sus beb¬ 
das; 















— 284 — 


—i Ha visto, Mayor? Casi me ocurre un desastre. 

—De veras, General; esa punta de sangre sobre la 
nariz y esa otra sobre la ceja, pudieron ser fatales. 

—El desastre me lo produciría ésta de la nariz; si 
llega a sacarme un pedazo, ¿con qué me remiendan? Si 
por lo menos fuera como la suya... 

—Con un pedazo menos, saldría ganando. 

—^Pero fíjese ésta — nos señala un ayudante. 

La casaquilla del viejo caudillo está desgarrada en 
un ancho trozo, a la altura del pecho, por la metralla. 

—Esa sí, General. 

—Ni siquiera la oí, cuando pasó. 

El Teniente Silvera se acerca a transmitirnos la no¬ 
vedad : 

—^Hasta ahora se cuentan; un muerto, trece heridos, 
y más de treinta caballos entre muertos y lastimados. 

El Coronel pregunta: 

—¿Alzaron ya a todos los heridos? 

—Sí señor; en este viaje van los últimos, 

—Si a Ud. le parece. General, mientras la columna 
marcha bajo sus órdenes, nosotros iremos a ocupamos 
de ellos. 

—Sí, Coronel, ordene montar. 

Volvíamos al campo cerrado por el monte y en el que 
la muerte empezaba a ser un agrio hedor en el aire de 
fuego de la mañana, cuando nos detiene el paso el Co¬ 
misario Zarza para decirnos, con una sonrisa de incon¬ 
tenible alegría: 

—^Ya estamos otra vez de sable — y nos muestra el 
arma que se está ciñendo al costado. 

—¿Se va? 

—Sí señor; me acompaña el Comandante Olivera. 

—¿Por orden de quién? 

—^Del propio General; ya estoy en libertad. 

Le estrechamos la mano que nos tendía, mientras le 
decimos: 







— 285 — 


—^üd. podrá decir, comisario, cómo ha tratado la Re¬ 
volución a sus prisioneros. En cambio, mire cómo nos 
atacan a traición esos bandidos. Y que Ud. sea feliz. 

Cuando pedimos a Clarín para montarlo, Vicente nos 
lo trae con el gesto entristecido, y señalándonos la san¬ 
gre que enrojece a su pelo tostado, nos dice: 

—Tal vez no resista una marcha. 

—¿Está muy herido? 

—Tiene doce. 

Ha cambiado el paisaje; su luz, su emoción. 

No están los hombres y las cosas en él, sino él en los 
hombres y las cosas. La forma del árbol; el rayo de 
sol; las huellas en la arena; el silencio del monte y del 
río, son el toldo, el gesto, el recuerdo, la callada emo¬ 
ción, que cubren, avivan y envuelven a los hombres y 
caballos muertos, o moviéndose por última vez en la 
Picada de los Ladrones. 

Un pequeño hoyo en la tierra, a la sombra del sauce; 
blancas y numerosas cicatrices en los troncos de los 
espinillos que a sus pies tienen tiernas ramas troncha¬ 
das ; la bombilla del mate, cortada junto a los labios de 
Basilio Pereira, que recogemos y ofrecemos al General, 
quien la guarda con piadosa emoción; el rígido cuerpo 
del Teniente Goicochea cuyo rostro cubre ahora un 
blanco pañuelo de seda. Caballos blancos, tostados, ba¬ 
yos, negros, colorados; rígidos sobre el suelo, abiertos 
los vientres, quebradas las patas, saltados los ojos, dul¬ 
cemente dormido uno, con una extraña sensación de 
candorosa inocencia. Y sangre; sangre; que el sol incen- 
dia en el vaso blanco de una huella en la arena; mancha 
morada a la sombra de los árboles; charco entre las 
piedras; caminito de hormigas sobre el sendero subien¬ 
do; recuerdo de una mano en el tronco de un árbol; 
mojando los pastos aplastados; encogiendo, endurecida 
por el sol, un cojinillo; simulando un trozo de sombra 
de los delgados sarandies, sobre el piso. 

Así vemos por última vez la Picada, después que se 
ha levantado desde el tronco del sauce, la lluvia de la 
sucia metralla. 



Los torpes aviadores gubemistas han hecho nn tiro 
que el acaso convirtió en certero; la bomba, arrojada 
sin duda sobre el blanco que a la orilla del monte pre¬ 
sentaba nuestra vanguardia, cayó a doscientos metros 
de distancia del objeto al que atacaron, y explotó en el 
centro de un semicírculo que formaban el Cuartel Gene¬ 
ral y el Estado Mayor. Quiso la extraordinaria coinci¬ 
dencia de circunstancias vulgares, que cayese y explota¬ 
se a la misma distancia — doce metros escasos — del 
General Muñoz, el Coronel Silveira y nosotros, tendidos, 
entre anchos espacios, señalando la curva sobre el sauce 
criollo. 

La División va desfilando lentamente por la orilla del 
monte, y nosotros llegando a la casa del ciudadano Lidio 
Silvera en la cual se ha instalado a los heridos. 

La clásica ternura maternal de las mujeres, tiene allí 
una alta y noble imagen que conmueve al espíritu vien¬ 
do a aquellas señoras poner su casa, los lechos, todo 
cuanto puede encontrarse, para el alivio de la carne 
desgarrada, con el más generoso espíritu al servicio de 
aquellos hombres que descansan en la bondad de las 
palabras con que ellas les hablan. 

Ya recibirán, dos días después, estas mujeres ejempla¬ 
res, el castigo por su generosidad. A ellas, como a la 
señora María M. de Torres, que en Frayle Muerto insta¬ 
lara para recibir a los heridos un hospital de sangre en 
su casa, la barbarie de los terristas perseguirá y humi¬ 
llará con actos del más grosero salvajismo. 

La presencia de los compañeros destrozados por la 
metralla que la traición arrojó sobre ellos, enardece el 
ánimo del Coronel a quien vemos entonces por primera 
vez en la campaña, con los labios desbordantes de pala¬ 
bras de cólera. Suya es la orden de redactar este tele¬ 
grama, que él firma y envía por dos chasques sucesivos 
que van hacia Prayle Muerto en busca de autos en los 
cuales transportar a los heridos; 









-- 287 — 


A General Urmtia: 

“Lo hacemos responsable a Ud. de las severísimas 
“represalias que tomaremos con prisioneros y amigos 
“ Gobierno, por criminal bombardeo aviones a esta co- 
‘ ‘ lumna ya disolviéndose ante sus proposociones de paz. 

Exequiel Silveira“. (i) 

Abrazamos, entre palabras cordiales, a Segundo Mu- 
niz que ya ha reaccionado y olvida la gravedad de bu 
herida. 

Gino ya no puede oirnos; los brazos de Edmundo le 
sostienen el busto acribillado de metralla, mientras de 
uno de sus pies sigue chorreando la sangre. 

En el fondo de la pieza en la que Gino aún pronuncia 
quedamente el nombre de su madre, Basilio Pereira, de 
un valor admirable, está sentado en la cama y nos mira 
con su gesto que la herida ha hecho trágico. Nos acer¬ 
camos con el Coronel a despedirnos de aquel paisano hu- 


(1) Este General Urrutia va a decir después, en un órgano 
gubernista ^‘El Diario^', Febrero 10-1935: **Me refiero a la 
especie circulada según me consta por algunos elementos insu¬ 
rreccionados, de que la bomba que un avión arrojó sobre los re¬ 
beldes el 4 del corriente y que causó a éstos considerables perjui¬ 
cios, los sorprendió porque ellos se consideraban como en situa¬ 
ción de armisticio, a raíz de la mediación que ante roí tuviera 
para negociar la entrega, el hacendado de esta zona, señor Gonzalo 
Arrarte. No es así, sin embargo. Es cierto que el señor Arrarte 
me hizo llegar a nombre de los sublevados una proposición de 
acuerdo con la cual aquéllos se entregarían, pero sin permitir 
que se lea requisaran las armas. Como U.d. puede imaginarse — 
comentó el General — semejante condición era inadmisible, razón 
por la cual la rechacé de plano, según correspondía.'' 

Nos resistimos a comentar semejantes palabras, de un hombre 
tal. Nuestra narración, del más absoluto rigor histórico — hasta 
textual en todo lo que a este episodio se refiere — señala a la 
conciencia honrada del país y de América, la actitud verdadera 
del jefe gubernista. 

Pero más que nuestras palabras, ahí está ese telegrama, como 
una mano que con violenta nobleza desnuda a ese hombre, a quien 
Cerro Largo ha de decir un .día, como el centinela a Macbet: 

|No dormirás más, Macbet I ¡No dormirás másl 














— 288 r- 

taSde qne no profiere una queja, y que sólo puede con* 
testamos entornando los póii>adoB. 

Ha sido preciso dejar a Clarín; sus heridas le impi* 
den ya andar. 

La División se va perdiendo en la curva de una hon¬ 
donada ; nosotros vamos bajando hacia el río. 

—Se nos mueren, Coronel. 

—Tal vez pueda salvarse Gino. Segundo ya no corre 
peligro. 

Morirán de gangrena. Con este calor extraordinario, 
y la infame suciedad de la metralla con que han sido 
heridos los matarán. Acuérdese de Grauert. 

—El pobre Basilio, sí. ^Nos habrá conocido al despe¬ 
dirnos 1 

—^Pareció reconocemos. 

—iQué bandidos! 

—Son los mismos que mataron a Grauert y precipi¬ 
taron a Brum al suicidio. 

—Y con este día de tormenta, de calor insorpotable... 

La División va subiendo por el plano inclinado de una 
loma en la que se acuesta un sendero. 

Nosotros vamos a descender la última cuchilla que 
nos cierra el paisaje que se ahonda en la Picada de los 
Ladrones. 

Todavía vemos las casas de Lidio Silvera donde abra¬ 
zamos por última vez a Segundo Munis, Luis J. Gino y 
Basilio Pereira... Nos pesa en la frente el presenti¬ 
miento de la dolorosa certidumbre de la muerte, que 
hoy ya quebró aquellas nobles vidas. 

Saliendo de la Picada, sobre el suelo quebrado que 
cae a un cañadón, se alza un árbol, solo; de un gris 
azul desvanecido en la luz del invierno; manchado de 
sangre luminosa en primavera. 

Abrazado por las raíces del ceibo, bajo el suave pa¬ 
ñuelo verde del pasto de sombra, allí está tendido el 
cuerpo del Teniente Enrique Goicochea. 

—i Para qué murieron? 

Eran jóvenes; eran fuertes; ertm humildes. Trabaja- 





ban, amaban y soñaban. ¡ Cómo IJds., hombres del Uru¬ 
guay! 

Y ahora... mírenlos y contesten: 

—i Para qué murieron t 
















CAPITULO xin 

RUMBO AL DESTIERRO 


Hace una semana que nos hemos despedido de Basi¬ 
lio Muñoz. Fué en una rinconada del Río Negro, que un 
tres-pot cruzaba con su absombrada curiosidad, al 
día siguiente de haber disuelto la División. El partió 
al tranco de su caballo de guerra, seguido de unos po¬ 
cos amigos, por la llana orilla del monte que los pajo¬ 
nales cubrían, después del abrazo emocionado con que 
se desprendió de nosotros y volvió a tomar los rumbos 
del destierro. 

Y nos quedamos solos los dos, con Exequiel Silveira, 
a la hora en que el sol incendiaba el cielo por el cual 
volvía a resonar en círculos tenaces sobre nuestra ca¬ 
beza, un avión gubemista. 

Por Cerro Largo y Rivera se va cerrando el cerco 
de los ejércitos terristas que, conocedores del abando¬ 
no de la lucha por parte de los revolucionarios, mar¬ 
chan ahora precipitaadmente, desprendiendo partidos 
numerosos hacia Pago de Aguiar y Mazangano. 

Las silenciosas bóvedas del Río Negro nos sirven de 
abrigo, mientras continuamos esperando cumplir nues¬ 
tro último deber, sin inquietud ni impaciencias, cuando 
a nuestro alrededor se va levantando y creciendo el 
coro de los vecinos ultrajados, expoliados, saqueados, 
por las fuerzas que vienen imponiendo el orden dic¬ 
tatorial. 















Los intrépidos guerreros mercenarios, ahora que nos 
saben solos y desarmados, vinen diciendo que nos bus¬ 
can con celoso ardor; y no queda casa, rancho, monta, 
en nuestra cercanía, en donde ellos no busquen, afa¬ 
nosos, la presa que tan fácil les parece tomar. Así cam¬ 
pan una noche a pocas cuadras de distancia de donde 
dormimos, y pasan una mañana por las cuchillas que 
caen al río en cuya orilla arde nuestro fogón. 

La generosidad criolla nos acoge y nos colma de cor¬ 
dialidad en nuestra lenta marcha; la simpatía que nues¬ 
tra actiud provocó, pone oídos atentos en los caminos, 
en los comercios, en las llanuras dilatadas, que presien¬ 
ten los ecos de la marcha de los gubernistas que cuen¬ 
tan su número, y labios que hasta el monte llegan y 
nos señalan sus rumbos, sus intrigas, y las humillacio¬ 
nes que van dejando a su paso, como honda huella en 
el espíritu de la tranquila vida campesina. 

Nuestros caballos pacen al alcance de la mano; los 
revólvers bajo la cabezada del recado; vestidas las 
bombachas; y como despierto el oído que el grito de 
los chajás hiere en el monte y nos hace levantar la ca¬ 
beza, atiabando al silencio que en la callada noche pare¬ 
ce estarse levantando desde la tierra hasta las estrellas. 

No nos hemos quedado en los campos del Uruguay 
para que ellos nos prendan; lo sabemos los dos y por 
eso es que no necesitamos palabras para volcar el agua 
de la caldera del mate sobre el fogón; esconder las 
huellas, pronto el caballo y esperar atentos entre los 
troncos de los espinillos, a que se acerquen los pasos 
cuyos ecos sordos se levantan en la orilla del monte, 
en la dirección que señalan nuestras miradas y el re¬ 
volver en la mano firme. 

Uno está allí, porque ése es su carácter; impulso des¬ 
atado de una voluntad que se vió tantos días maniata¬ 
da por la responsabilidad de tantas vidas confiadas en 
él. El otro, por que ése es su deber; para eso montó 
para la guerra, y no s^rá de sus labois de donde ha de 



— 292 — 


salir la palabra de vacilación. Y porque, más hondo 
aún, hay un pensamiento que nunca ha de expresarse. 

Ya estarán entre los suyos, los policías de Cerro Lar¬ 
go que Exequiel apresó en la primera mañana de la 
Revolución, y libertó el medio día último en que nos 
despedimos de los compañeros. Irán volviendo a sus 
hogares los que con Antonio Gianola y Edelmiro Noble, 
tan ardorosamente buscaron nuestras huellas para in¬ 
corporársenos. Basilio Muñoz debe haber cruzado la 
frontera. 

Nunca supimos, durante la guerra, que Saturno Irii- 
reta Goyena había conmovido el sur del país levantan¬ 
do una división a la que no pudieron destruir los ejér¬ 
citos gul>crnistas. De haberse sabido, acaso el curso de 
la guerra hubiera sido otro. 

Ocho días han pasado, durante los cuales las partidas 
del Gobierno, desprendidas de los ejércitos que no nos 
combatieron, apresan ahora a los ciudadanos que re¬ 
gresan tranquilamente a sus hogares. Y desahogan so¬ 
bre ellos la nerviosidad con que han vivido en tanto 
la Revolución estuvo sobre los campos del país, dán¬ 
doles un tratamiento de vándalos que sus soldados, pri¬ 
sioneros nuestros, no conocieron jamás. 

Y, mientras tanto, dos hombres de los más directa¬ 
mente responsables, han dormido y viajado lentamente, 
a escasa distancia de esos ejércitos, sin que ninguna 
partida enemiga siga por el claro rumbo que ellos han 
ido señalando con los portillos abiertos en los alam¬ 
brados, y su marcha en las levantadas mañanas. 

La tarde está cayendo dulcemente en la inmensa lla¬ 
nura que el Río Negro, ondulante cinta oscura, reparte. 
Desde el lejano horizonte, parecen vigilarla, como dos 
grandes nubes quietas, el Cerro de Carpintería y el del 
Vichadero. 

El paisaje tiene una austera línea, desnuda de acci¬ 
dentes, desde la cumbre áspera de este Cerro de Ace- 
guá desde el cual lo estamos mirando, mientras los ba¬ 
queanos calculan el más escondido rumbo de la fronte- 




ra, y los caballos descansan hasta que la noche caiga 
y esconda nuestro paso. 

En el reducido plano que una ladera recorta, nues¬ 
tros ojos están olvidados, recogiendo las imágenes: 

Una piedra gris, sobre la que estamos sentados; una 
mata de chirca que nuestras manos distraídas desga¬ 
rran, mientras ellas las cubren con llanto de leves lᬠ
grimas blancas; un pajarito no puede dormirse en las 
abiertas ramas del árbol que los caballos sacuden bus¬ 
cando el pasto verde sobre sus raíces, y sale y entra en 
asustados vuelos. La tierra se aprieta y se quiebra en 
la herida, luminosa de cielo, del cañadón. Sobre aque¬ 
llas piedras hace equilibrios la luz para no caer en las 
sombras que hacia ella van alargando los pequeños ár¬ 
boles. 

Perdidas manchas oscuras, arrolladas o extendidas 
en aquella cumbre, somos los cuatro viajeros. Guarda¬ 
das en ellas, tantos sueños, tanto dolor, tanta lucha y, 
todavía, la esperanza. 

Bajo la frente donde se cruzan pensamientos que hu¬ 
yen de los callados labios, son dos puntitos negros, los 
ojos, que están recorriendo las eternas líneas de las 
curvas impasibles, entre las que se levanta un inmenso 
silencio indiferente. 

La noche va cayendo sobre los campos de Uruguay, 
cuyos perfiles suavizan las sombras. 

Más allá de esta llanura, los hombres siguen sufrien¬ 
do, trabajando, soñando. Unos gozan sobre el dolor de 
Jos otros; niños se están muriendo porque el pecho de 
las madres está exhausto por falta de alimento; mu¬ 
jeres pasean en auto a sus perros, por las calles de la 
ciudad, como una sangrienta injuria del egoísmo a la 
miseria. Unos hombres van entrando a la picada de un 
monte, conduciendo el contrabando que ha de sostener 
la vida de la lejana casa, y otros les esperan para dar¬ 
les muerte, porque así ganan ellos la vida de sus ran¬ 
chos humildes. 

Pero el silencio ahoga las voces con que los hombres 







— 2d4 — 


protestan, gimen los niños, suena el disparo que lleva 
la muerte. 

La distancia vuelca sus aguas de sombra sobre los 
fogones; sobre las ciudades. Y sólo quedan estas líneas 
inmensas, inmutables, de los horizontes, donde sólo vi¬ 
ve y muere el tiempo. 

Terra; sus ejércitos, sus policías, sus aviones, sus pa¬ 
laciegos; miles de frentes humilladas; de labios que 
hablan apenas por temor de que oigan el aire o las pa¬ 
redes. La fuerza; el miedo; la intriga; la obediencia 
servil... 

El redoble alegre de un galope sobre el tambor de 
una cuchilla; un poncho, como una bandera, pasando 
a lo largo de la columna revolucionaria; un pañuelo 
celeste en el cuello, cayendo sobre el pecho como el cie¬ 
lo en un río; humildes las ropas; rico de juventud el 
rostro que la emoción heroica enciende... Ahora es un 
montoncito de arena entre las altas y rudas voces del 
Río Negro, bajo los árboles silenciosos, Marcos Miercs. 

Como la inalterable línea del paisaje y el silencio del 
tiempo, su imagen—al igual de la de todos los sacrifi¬ 
cados—ya no tiene gesto, ni voz, ni inquietud alguna. 

Pero su juventud no envejecerá jamás; y en las som¬ 
bras que envuelven al Urruguay, continuará galopando 
su caballo alegre, hasta que el día le sorprenda sobre los 
campos, siempre el poncho alzado por el viento, como 
una bandera. Entonces se erguirán las frentes; gritarán 
los labios; actuará el valor. Y las muchedumbres le 
reconocerán, y comprenderán que él, joven campesino 
humilde, era la fuerza verdadera... 

• « 

Cuatro sombras silenciosas, 
diendo las sierras que levanta 
que allí ciñe al Brasil. 











Esta obra fué concebida en las 
marchas y los campamentos 
de la Revolución y escrita 
en el destierro^ 
en el año 
1936 





Zavala Uunlz>Justino«1898 




OBBAS DEL AUTOR 


CRÓNICA DE MUNIZ. 

CRÓNICA DE UN CRIMEN. 

CRÓNICA DE LA REJA. 

LA CRUZ DE LOS CAMINOS (Teatro). 

LA REVOLUCION DE ENERO (Apuntes para una 
Crónica). 




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